Era el año 2000 y lo recuerdo sólo por su apodo: el “Tusto”. Cuando lo conocí, era una persona mayor pero siempre había sido un hombre pequeño, menudo. Y de seguro, su carácter había sido también siempre así: alegre, dicharachero, vivaz. Por eso, nos pasábamos horas y horas conversando. El me contaba del Vilunto, el misterioso cerro que coronaba el lugar donde moraba, me narraba historias de la selva que nos rodeaba: curas que se desquiciaban por muchachas bellas como la flor del lapacho, tesoros y campanas escondidas, almas en pena, patrones despiadados, nazis fugados. Cuando platicábamos, nunca faltaba la que, según el Tusto, era “la mejor coca del mundo”: la coca producida en su Santa Cruz del Valle Ameno, un pueblo de ensueño, al que ya le cantó el insigne Nazario Pardo Valle, y que queda próximo, tan cerca a paso de jinete, de la hoy convulsionada Apolo, la capital de la provincia Franz Tamayo, en el norte del Departamento de La Paz, antes conocida por un nombre –que aunque también ajeno- le era más propio: Caupolicán.

Digo que siempre hubo coca en Apolo y digo para seguir diciendo que antes incluso de llamarse Caupolicán, la región tenía otro nombre, este sí, casi propio: se llamaba Apolobamba, el valle de Apolo, al cual se accedía bajando desde la cordillera del mismo nombre, una macizo de montañas imponentes, donde se halla Pelechuco, la cabecera de la otra sección provincial, y que con Apolo son como dos hermanos, unidos por geografía y por la historia, aunque a veces no se quieran mucho. Se llamaba Apolobamba, y digo que era un topónimo casi propio, por ser el más antiguo que se recuerde, pero en realidad, vino del Cusco, vino con los quechuas, vino con los Incas, que tras muchos intentos, lograron asentarse y convivir con los habitantes originarios: los Lecos y los Aguachiles, entre otros.

¿Cómo se empezó a forjar la fama cocalera del valle de Apolo y sus alrededores? No lo sabemos con certeza. Pero, de seguro, algo tuvieron que ver los Kallawayas, intermediarios entre los pueblos de las tierras bajas y los pueblos de las tierras altas, y quienes guiaron las expediciones incas hasta la tierra de los Lecos. Los Kallawayas eran expertos herbolarios y no es desatinado decir que ellos pudieron haber sido los domesticadores de la planta, una especie eminentemente tropical, al menos en las estribaciones selváticas de la Amazonía Sur, que ellos frecuentaban en sus viajes chamánicos para recoger sus vegetales curativos.

Guamán Poma cuenta la historia a su manera, y más bonita y más terrible, según la óptica de cada quien. Habla del sexto Inca, del Inca Roca, el Inca Jaguar, el Inca-Uturuncu, amigo de los chunchos e introductor de la coca en los Andes. Antes, ahora menos, chunchos refería a los pueblos de la selva (el Antisuyu) como los pueblos que habitaban originalmente en el valle de Apolo.

Inca Roca, según el cronista más famoso de las Indias, era un hombre fuerte, corpulento, que hablaba con voz potente, y que era un “putaniero” (sic). Todo un personaje. El secreto de su conquista/amistad con los selváticos fueron dos: el don de convertirse en tigre, en uturuncu: todo un saber y una metáfora que llega hasta el presente, y el tener muchos hijos y casta con las nativas, con las que residía la mitad del año, ya que iba y venía desde el Cusco. Dice Guamán Poma, “este dicho Inca comenzó a comer coca y la prendió en los Andes y así le enseñó a otros indios de este reino”.

Un historiador francés, amante de Bolivia, llamado Thierry Saignes, estudió el tema con bastante acuciosidad, probando que mitmaq (Migrantes forzados) chachapoyas (Norte del Perú) fueron trasladados por los incas para encargarse de los cultivos de coca hasta el valle de Apolobamba. Debajo del Cusco, estaba Carabaya, donde se situaban las minas de oro del Inca. Si trazamos una línea horizontal entre Carabaya y la selva, allí, en el medio del trayecto, se encuentra Apolo. Eso lo prueban también todos los caminos construidos esas épocas, antes de la llegada de los europeos. La importancia asignada a la producción de coca en este lugar, y la fama de su calidad (que vía Nazario Pardo y mi amigo el Tusto llegan hasta el presente), hacen sospechar que Apolobamba albergaba también cocales del Inca, o sea cocales sagrados.

A propósito, Thierry Saignes propone una etimología, que no tiene nada que ver con dioses griegos, para el topónimo Apolobamba: “conferido a la cordillera ubicada entre los ríos Suches y Tuichi”. Afirma en un hermoso trabajo titulado Hacia una geografía histórica de Bolivia y publicado en 1993 que “el nombre ulo designa los gusanos que comían las hojas de coca y podemos preguntarnos si “Apu-ulo” no sería “el señor de los gusanos” cuya importancia para esta región dedicada al cultivo de la coca, es vital”.

Como se advierte, hay toda una historia, una tradición y hasta una leyenda que rodean y enraízan a la coca con Apolo. El actual conflicto que se vive en la región entre cocaleros y erradicadores de coca abreva en dos problemas ajenos a ese pasado y externos a la realidad apoleña: la llegada de ingentes cantidades de nuevos mitmaq pero esta vez forzados por la codicia, y la ligazón de esa explosiva presencia con el negocio del narcotráfico que asola y violenta a Apolo (y al Parque Madidi, del cual es parte de su zona de influencia), proveniente desde el Perú.

El que quiera leer más sobre el tema, consulte mi libro Aislados, especialmente entre las páginas 43 y 101, ingresando aquí: http://es.scribd.com/doc/120009439/Aislados-Cingolani