Río de mayor recorrido en el mundo, cauce de mitos y leyendas, ribera para faraones, egiptólogos y escritores, y fuente económica, cultural y vial de varios estados, el Nilo es también el más extenso proveedor hídrico de África. Tumultuosa como sus aguas, la diversidad ha corrido por su corriente con similar halo místico que las polémicas sobre el lugar donde nace o quién fue el primer explorador occidental que avistó su existencia.

Escenario de expresiones artísticas como la literatura, el cine y la televisión, al Nilo se le ha cuestionado hasta si es en realidad el río más extenso del mundo, comparado con su gran contendiente mundial, el suramericano Amazonas. Estudios entre 2007 y 2008 redefinieron en un punto del sur el nacimiento del Amazonas y no en el norte como se creía, a partir de lo cual este último fue considerado el más extenso del mundo, de acuerdo con esas investigaciones.

La geografía parece cosa fácil y atractiva frente a un mapa, desde un avión, o a partir de la óptica de un aventurero, pero en la práctica resulta muy complejo cotejar la realidad vivida con lo que se teoriza sobre ella. La tesis establecida hoy día sobre el punto más remoto del Nilo (término del árabe “Nil” y este del griego “Neilos”) es el río Luvironza, de Burundi, aunque antes se decía que era la parte ugandesa de los lagos Victoria y Alberto.

Sin embargo, el Luvironza (también conocido por Ruvyironza) es, a su vez, uno de los brazos superiores del río Kagera, que discurre por el extremo noroeste de Tanzania y actúa como frontera natural entre este país y Ruanda. Estas no son, sin embargo, las únicas dualidades sobre su origen fluvial, plagado de teorías a partir de frecuentes expediciones desde su desembocadura en el Mediterráneo hasta las fuentes más distantes, y en sentido inverso.

Tres exploradores de Reino Unido y Nueva Zelanda, liderados por Neil McGrigor, reclamaron en marzo de 2006 haber sido los primeros en viajar por el río desde una nueva fuente en la selva tropical de Nyungwe, en Ruanda, hasta el afamado Delta del Nilo. Pero son tantos los ríos, lagos, ojos de agua visibles y subterráneos y otras fuentes, que cada nuevo hallazgo geográfico conduce más a la vieja teoría de que el Nilo se origina en diversas partes y en ninguna en particular.

“Estoy convencido que el Nilo nace de muchos lagos, no solo de uno”, declaró hace ya siglo y medio el científico y explorador británico Richard Francis Burton, uno de los primeros que incursionó e investigó sus bases fluviales. Tal vez esa relatividad respecto a orígenes se entienda mejor si se recuerda que la cuenca de ese río abarca unos tres millones 350 mil kilómetros cuadrados, además de ramales enlazados con Tanzania, Sudán o Etiopía.

Una particular complejidad añade al asunto la posible interconexión geográfica entre el Victoria y el resto de los denominados Grandes Lagos de África. ¿Quién puede medir las aguas que se intercambian entre ellos, por ejemplo, cuando hay grandes lluvias? ¿Cuantos canales subterráneos pudieran enlazarlos y beneficiar después al Nilo?

Situados a lo largo del Gran Valle del Rift, los más importantes de esos lagos son Tanganica, Kivu, Malawi, Moero, Rukwa, Kyoga, Alberto y Edward, embalses estos dos últimos sobre los que sí está probado que tributan al Nilo Blanco. Curso fluvial que tomó su actual configuración al final de la Era Terciaria, los debates sobre su nacimiento real desde los primeros estudiosos en el siglo XIX han sido considerados entre los mayores enigmas de la geografía.

Aunque durante siglos la ciencia sostuvo que su origen era en Etiopía, exploradores británicos comenzaron en 1850 otras pesquisas sobre el embrión del río que marca el cuadrante nororiental de África. Griegos y romanos remontaron en la antigüedad su curso en busca del controvertido nacimiento, pero solo pudieron avanzar hasta el punto que une el Nilo Blanco con el Nilo Azul, en la actual capital sudanesa de Jartum.

El británico John Hanning Speke llegó hasta el lago Victoria en 1858, mientras su compatriota Samuel White Baker divisó el Alberto en 1864, pero la mayor parte de la zona no fue cartografiada hasta ese año. Algunos textos cuentan que Speke bautizó a ese embalse con el nombre de la reina británica Victoria al pensar que allí estaba el nacimiento del Nilo.

¿Por qué se habla de un origen etíope?

Caudal de 6.695 kilómetros (unos 300 kilómetros más que el radio de la Tierra por el Ecuador) si se mide desde su origen en el Luvironza, las aguas del Nilo recorren Uganda, Sudan y Egipto, pero algunas de sus fuentes parten de Etiopía.

La insistencia de algunos defensores sobre el presunto origen etíope del Nilo o respecto a que su cauce pasa por ese país, exigen aclarar que la corriente principal corre muy lejos de Etiopía. Cualquier mapa sobre el curso del río muestra con claridad lo anterior, aunque esa confusión tiene cierta base real, ya que dos de los afluentes básicos de su caudal central en esa región nacen en verdad en territorio etíope.

Uno de ellos es el Nilo Azul, que parte del conocido lago Tana, el mayor de Etiopía, ubicado en la meseta centro-norte de Amhara, y el otro es el Atbara o Atabarah que discurre más al norte, casi fronterizo con Eritrea. Se estima que la teoría sobre el presunto nacimiento etíope puede tener también un componente nacionalista a partir del citado origen de dos afluentes en su territorio.

“A nuestro país le han querido quitar tantas cosas que nos niegan hasta el origen de nuestra principal fuente fluvial”, declaró hace años a este redactor el etíope Massay Habte Mariam. “Etiopía reclama una parte del Nilo para no morir”, expresó nada metafóricamente el pasado 2012 el periodista Ben Solomon en la publicación digital estadounidense Global Post.

La antigua Abisinia, donde nacen parte de sus aguas, y Egipto, destino final del río y estado requerido en especial de agua por sus escasas lluvias, han sostenido un histórico litigio por el uso de esa fuente hidráulica. Desde la década de los veinte del pasado siglo, Addis Abeba trató de explotar su franja territorial de aguas del Nilo, pero entre esa época y los 50, distintos tratados internacionales respaldaron a El Cairo en esa disputa.

Más de una vez Egipto amenazó con medidas concretas para evitar que el Nilo sea represado antes de llegar a su territorio, lo cual se complica en los últimos tiempos con un polémico proyecto etíope sobre una presa de gran capacidad llamada Renacimiento.

Etiopía reclama 1.448 kilómetros de río, pero existen demandas de otros países beneficiados por sus aguas como Uganda, Sudán y Kenya, cuyos gobiernos se quejaban hasta ahora de la dominación egipcia sobre ese recurso. No obstante es obvio que, al margen de leyes y derechos territoriales, un gran embalse etíope afectaría a todos esos Estados aledaños y complicaría las presentes negociaciones sobre el tema.

Aunque con tales aires de actualidad, los debates sobre esas discrepancias son históricos en organismos como la Unión Africana y ya en 1959 derivaron en un denominado Acuerdo de Aguas del Nilo. Bajo la alegación de supuestos “derechos históricos” sobre esa fuente, el depuesto presidente Hosni Mubarak amenazó incluso con prohibirle a Etiopía el uso de esas aguas.

El desaparecido primer ministro etíope Meles Zenawi solía hablar sobre “un mito existente entre los egipcios respecto a que Etiopia los estrangula con el Nilo, pero lo que se requiere es desarrollar la confianza entre ambos pueblos”. Egipto satisface cerca de un 95% de sus necesidades acuíferas desde ese río, mientras que Etiopía sólo emplea el uno o el dos por ciento.

El colosal impacto de Egipto en el decursar humano desde su aparición como estado, asoció río y país de tal modo que a este último llegó a llamársele “el regalo del Nilo”, según el historiador griego Heródoto. Resulta imposible desvincular la historia egipcia de las aguas potables de esa fuente, así como de su empleo en la navegación, el regadío y el turismo mundial.

Tampoco debe hablarse del Nilo sin mencionar a Egipto, pues, igual que el Tigris y el Éufrates en Oriente Medio y el Indo en la India, el curso bajo del río Nilo fue cuna de una de las primeras civilizaciones del mundo.

Beneficiados hace ocho mil años por esas aguas, los antiguos egipcios llamaban “tierra roja” al desierto, y “tierra negra” al valle del Nilo, inundado tres meses cada verano y fertilizado por el limo o lodo de sus orillas. Aquellos pobladores atribuían un origen divino a esas crecidas, provocadas por lluvias estivales en regiones tropicales africanas de donde parte su corriente, así como por el deshielo de algunas montañas de esos territorios.

La mayor parte de la población de Egipto, todas sus ciudades, excepto las del Delta y los oasis, y muchos lugares de interés cultural e histórico se encuentran a lo largo del valle del Nilo.

* Periodista de la redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.