Málaga, España (PL).- Una biblioteca es como un termómetro para grandes enfermos, aquejados de delirium tremens que posiblemente nunca se curen pero que, los pobrecitos, conservan la esperanza de vivir. Hablo de mi modesto trasto de madera rústica que me sigue desde hace muchos años arrastrando libros que luego ya nadie querrá leer. Porque leer es algo muy personal, intransferible, totalmente hecho a medida para administrar la locura de quien utiliza esa magia que tantos efectos secundarios tiene.

En los años sesenta, en una galería de París que daba al Boulevard des Italiens, donde se amontonaban gozosos los mejores ejemplares de la Série Noire, novelas más bien cortas en las que principalmente autores norteamericanos despellejados por la sociedad burguesa norteamericana se refugiaban en unas doscientas páginas para contar historias de policías y ladrones en Estados Unidos.

No eran relatos policíacos puros, tampoco lo son ahora, sino tratados sociales sobre el asfalto, la selva de todo norteamericano de ciudad mediana y medianamente pobre. Todo ese corrillo de bandidos, mujeres fatales, hombres desgraciados, policías idealistas, policías resquebrajados por el afán de tener cada día más dólares, un cachito de lo que presumían tener los malhechores que ellos perseguían, y que caían fatalmente en las arenas movedizas de la facilidad de vivir, en el fango del robo descarado. Adoro este mundillo y de vez en cuando echo manos a sus personajes para que me enjuaguen el cerebro.

Cuando tengo que correr a mi biblioteca en busca de McBain, es que la cosa está regular. Si echo mano de Deshell Hammett, adiós gaviota bonita. Pero cuando me tengo que aferrar al humor de ese negro maravilloso llamado Chester Himes es que la cosa está que arde. Probablemente como para él cuando en los años cincuenta tuvo que huir de Estados Unidos a París porque los norteamericanos no le apreciaban demasiado. Tan poquito que incluso le encerraron en una cárcel de alta seguridad durante años.

Era cuando a nadie se le ocurría mandar a un negro a la Casa Blanca. Y eso que aunque negro, Himes era un brillante universitario con una manera de contar que sólo tenía la gente de color, los afroamericanos como pide que se diga lo políticamente correcto. Peor para ellos, dijo sin duda el director de la Colección Série Noire que convirtió en poco tiempo a Chester Himes en el favorito de los millones de personas que en el mundo aman la novela policíaca con ritmo y garbo.

Pero esta mañana de martes 14 los presagios me parecían espantosamente malos. Leer un periódico o escuchar un informativo en esta Europa desarmada por el tsunami de la crisis económica llegada de Wall Street es ganas de hacer como el ciego de Chester Himes que un día en el metro de Nueva York se sacó de la bolsa un magnífico Colt 45 y empezó a pegar tiros a troche y moche. Entonces, en esos momentos, sé que el pobre e inocente ciego tenía razón. Porque él no disparaba sin ton ni son. Quería matar los malos recuerdos de tener el color de piel que no estaba de moda, de estar perseguido por la mala suerte.

Porque es verdad que de vez en cuando, cuando te atenaza la angustia de los impuestos que suben y suben para nunca bajar, cuando sabes que en el norte un hombre en plena madurez gozosa de su vida se ha ahorcado porque iban a echarlo de casa, cuando te cuentan que un banquero acaba de ingresar en prisión y ha salido horas después tras pagar una fianza de unos tres millones de dólares, lo que no ganará un trabajador honrado ni durante tres vidas, pides prestado el revólver del ciego.

Bendito Chester Himes, de cuántos aprietos me ha sacado. Incluso si yo no he visto tu película “Algodón en Harlem” y otras que andan por ahí. Prefiero leerlo porque todo lo que cuenta huele a palabras pasadas por moviola antes de desembarcar en la pantalla blanca. Ahora todos somos negros europeos. Pero confieso que estos días, con las abrumadoras noticias de la crisis económica europea, que arrastra otra política-social, el medicamento ya no me hace efecto. Ni siquiera Alicia y su país de maravillas, por vena cinematográfica o directamente por libro, me da el menor respiro. Y, de pronto, creo haber encontrado la solución. Quiero que todos los europeos que sufrimos las embestidas de los políticos ladrones, de los gobernantes fulleros o ineptos, nos convirtamos en Cenicientas o Cenicientos, ya saben aquella leyenda infantil que Walt Disney hizo más popular que el chocolate.

Personalmente voy a intentar convertirme en un buen Ceniciento. Ya sé, lo recuerdo, que primero tendré que pasar unos años apabullado por la maldad de mis hermanastras, que tendré que fregar los suelos y las paredes, hacer de comer para unas tragonas siempre insatisfechas, coserles bellos vestidos para que vayan a las fiestas en las que a mí no me dejarán entrar. Pero mi ventaja es que ellas viven el cuento pero no lo conocen, ignoran cómo va a terminar. Soy el único que podré escaparme a un baile con botas de esparto mascado y que allí encontraré, antes de las doce, porque luego será la catástrofe, a una Princesa de ensueño, la más poderosa del mundo, que jamás ha oído hablar de crisis, que no tiene nada de ladrona ni de marrullera y que de tontita es una buena persona.

Mis hermanastras que tanto me odian no saben que aunque yo tenga que regresar a casa antes de que suene la última campanada de la medianoche, la Princesa será finalmente para mí. Porque mi hada madrina, que en tiempos dirigió el FMI y tuvo que dejarlo porque no aceptaba tanta trampa ni tanta maldad para con los más débiles, es además prima hermana de la Princesa que me destina. Nos casaremos y seremos felices.

Lo que ya no recuerdo, y me sube la angustia candente por el fondo del pernil, es cómo termina el cuento. Chester Himes me llama por el móvil para decirme que lo que estoy contando es una versión muy sui generis de la Cenicienta, que es más bien una mezcla de este cuento y de Blancanieves. No importa, innovemos, como dicen los políticos que dirigen Europa con tanto talento como tenía el enanito Gruñón para hacer punto de cruz.

Querido Chester Himes, me llegan noticias de tu país, que tanto daño te hizo a ti, vía París, la ciudad en la que fuiste el rey de todos los mambos del mundo. “Hollywood Babylone” es un libro de un tal Kenneth Anger, que apareció por primera vez en las librerías en los años veinte para hablar de un Hollywood que era todo menos inocente. Me percato, Chester, de que todas las actrices del reparto más o menos célebres de aquella época hubiesen dejado a las mujeres fatales que durante meses me enseñaste a conocer en tu Harlem de esos mismos años, donde la picaresca era el medio de vida más común. Desde el pastor que decía convertir papel en billetes de banco hasta la gorda horrenda que en una esquina cualquiera te vendía la palabra de Jesús por un puñado de dólares (falsos, naturalmente), mientras con la otra mano te quitaba hasta la camiseta.

El autor de ese babilónico Hollywood dice, cuenta el semanario francés Le Nouvel Observateur, que aquello era en realidad Sodoma y Gomorra, vamos que no era lectura adecuada para niños en pañales. Se ve, se adivina al multimillonario Randolph Hearst que durante un paseo en yate de todo lujo quiere matar a tiros a Charlie Chaplin porque el payaso, que entonces no le hacía reír a él, estaba intentando copular en el puente inferior con Marion Davis, una de las grandes estrellas de la época.

De Marlene Dietrich afirma el autor que lo único que le daba sentido a su vida eran las aventuras con muchachitas inocentes que tenían las mismas aficiones sexuales que ella. Incluso aparece John Wayne en un pequeño papel de una pequeña película sobre fútbol norteamericano del que lo sacó una estrella entonces muy conocida, Clara Bow, que lo usaba como un muñeco sexual de lo más cómodo.

Y yo que siempre he tenido una especie de adoración mística por Mae West, que me parecía el ejemplo de la estrella impoluta de Hollywod, cuenta el autor que en 1934 protagonizó un duro enfrentamiento contra la censura norteamericana, que entonces estaba pulcramente basada en las partes nobles y bajas de los actores y actrices.

Pero, querido Chester, nuestras mujeres fatales, las que vosotros trajisteis en vuestras maletas desde diferentes rincones de Estados Unidos, no tenían nada que ver con las furcias elegantes que con tanta fruición relata el libro “Hollywood Babilonia”. La vuestras eran mujeres que luchaban día a día para que el día siguiente fuese menos malo. Podían llegar hasta cometer actos que repelían al sherif del condado, pero siempre en nombre del amor, por lo menos de un cierto amor. Eran mujeres malas que hasta podían ser buenas. O tal vez eran sólo mujeres, nada más que mujeres.

* Periodista, crítico de cine y colaborador de Prensa Latina.