Es para no creerlo, pero según el vicepresidente una renta de vejez es una dádiva que hacen el país y/o los empresarios a los trabajadores que ya no están en edad de trabajar; teniendo en cuenta el ímpetu con que planteó esta idea sólo le faltaba acotar que los trabajadores debieran agradecer esa deferencia empresarial y/o estatal.

El domingo 19 de mayo, en el programa televisivo con formato de entrevista/propaganda denominado “El Pueblo es Noticia”, el vicepresidente Álvaro García Linera defendía el actual sistema de pensiones y justificaba la actual política gubernamental al respecto. Al hacerlo, con su ya característico aire de sabiondo se preguntó ¿qué es una pensión? para inmediatamente contestarse diciendo:

“… es un reconocimiento, un monto de dinero que reciben las personas que han cumplido ya una edad de 60 – 65 años, después de haber trabajado toda su vida y al finalizar su ciclo productivo; cuando ya se han agotado físicamente el país [y] la empresa les reconoce, es un reconocimiento mensual… [a] …su actividad laboral en favor del país, en favor de su institución… …eso es una renta de jubilación”.

Es para no creerlo, pero según el vicepresidente, una renta de vejez es una gratitud, una dádiva que hacen el país y/o los empresarios a los trabajadores que ya no están en edad de trabajar; teniendo en cuenta el ímpetu con que planteó esta idea sólo le faltaba acotar que los trabajadores debieran agradecer esa deferencia empresarial y/o estatal.

No es mi intención aquí evidenciar lo errado que es este criterio del vicepresidente, sino mostrar cuán alejado está de la época en la que presumía de marxista y se asumía como Qhananchiri (“el que clarificaba”); baste anotar como ejemplo, lo que sostenía en su libro “Forma valor y forma comunidad”:

“… por una parte, la propiedad del capitalista es, en tanto tomamos en cuenta el proceso de producción en su continuidad ampliada, ‘una parte del producto del trabajo ajeno’, cristalización del trabajo del obrero precisamente en el proceso de producción que ha antecedido a esta nueva etapa del proceso de producción. Por otra parte, el trabajador no sólo tiene que reintegrar nuevamente con su trabajo al capitalista esto que fue su producto (parte de la jornada de trabajo en que repone el salario) con un nuevo producto, sino que, además, debe hacerlo incorporando un ‘nuevo excedente’ que perpetua su esclavización a esta forma de desposesión radical de la riqueza material” (1995).

Existe abundante literatura sobre la conversión de fanáticos revolucionarios anti-sistema en rabiosos defensores del sistema; también existen innumerables hipótesis intentando explicar estas conversiones: debilidad de carácter, ambición de poder, formación ideológica incongruente, corrupción, etc.; en este caso, tristemente, todo parece indicar que haber sido nombrado vicepresidente y haberse acercado a las veleidades del poder, han sido suficientes para oscurecer la razón del que se pretendía todo un clarificador.

* Economista, Cochabamba, 26 de mayo de 2013.