La Habana (PL).- En mayo de 1968, una Francia de aparente bonanza económica y estabilidad política vio tambalearse el orden establecido, bajo el alcance de la mecha encendida por un estudiantado que demandaba “la imaginación al poder”. Los sucesos de aquellos días, aún 45 años después, despiertan opiniones encontradas entre analistas e historiadores, quienes les dan calificativos que van desde el de revuelta hasta el de revolución.

Pero más allá de las definiciones en torno a los hechos, iniciados cuando el estudiantado parisino pidió un cambio de su realidad sociocultural, diversos historiadores coinciden en que se trató de un momento trascendental para Francia y el mundo. Al mismo tiempo, consideran al llamado Mayo francés, en el que más nueve de millones de personas llegaron a unirse contra el Gobierno, como un tipo de confrontación sin precedentes en la historia del país.

Ya no era la pujante burguesía que se levantaba frente a la anquilosada aristocracia, como en 1789; tampoco se trataba el orgullo nacionalista y las reformas proletarias que inspiraron a los comuneros en el siglo XIX; ni de la resistencia frente a la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora tenía lugar un desplazamiento en el plano de lo cultural, de un interés por enfrentarse al concepto de institución, por revertir el sentido de las relaciones sociales que se mantenían rezagadas en comparación con el rápido avance de la economía y la industrialización.

La economía de la Francia de 1968 era expansiva y seguía un ritmo ascendente; el nivel de vida de los asalariados se incrementaba en función del crecimiento de la productividad industrial; la inflación se encontraba controlada, la moneda consolidada. Según los estudiosos Jean-Francois Cabral y Charles Paz, en su texto “La huelga general de mayo-junio de 1968. ¿Cuál es su vigencia para los revolucionarios?”, en la década de 1960 el aparato productivo francés estaba reestructurado, mientras que el número de asalariados alcanzó niveles nunca antes vistos.

Pero lo que en cifras generales pudo verse como un ambiente de bonanza financiera, tuvo sus repercusiones en el área laboral, pues el trabajo manifestó un aumento de su intensidad, semanalmente los obreros trabajaban una media de 46 horas, y el crecimiento económico fue mal distribuido. Sin embargo, no fueron los trabajadores quienes iniciaron los acontecimientos de aquellos días de barricadas, manifestaciones y huelgas generales, porque más allá de esas contradicciones, la coyuntura política y económica del país no anunciaba una situación de crisis.

¿Qué condiciones llevaron entonces a que en el estudiantado universitario prendiera una mecha extendida con rapidez a nivel nacional, y en la cual se enrolaron millones de personas, hasta dejar a Francia prácticamente paralizada?

Para entender los hechos, un contexto

En sentido general, en 1968 el poder francés, bajo la conducción de Charles de Gaulle, se mostraba estable, con un aparato policial bien armado y diseminado por todo el tejido social para reprimir cualquier intento que pretendiera quebrar el equilibrio de la V República. Sin embargo, a pesar de una coyuntura política y económica que no hacía sospechar el estallido, en el plano sociocultural el panorama era más complejo, no solo en territorio galo, sino a nivel mundial.

Ya en la década de 1960, los Estados Unidos vivían luchas por los derechos civiles, con figuras como Malcom X y Martin Luther King, mientras que allí y en otras partes del mundo comenzó a desatarse un fuerte movimiento pacifista en contra de la guerra de Vietnam, protagonizado por los jóvenes.

Por otra parte, el triunfo de la Revolución cubana contribuyó a radicalizar procesos en América Latina, al tiempo que se produjo la descolonización de un gran número de países, entre ellos Argelia, en 1963, con lo cual el gobierno francés perdió su última colonia importante. En medio de este contexto, comenzó a ganar protagonismo la generación joven, aquellos primeros frutos del llamado “baby boom”, nacidos después de la guerra y, por consiguiente, desligados de gran parte de los valores y concepciones patriarcales de sus mayores.

Suelen distinguirse tres etapas del mayo francés: la estudiantil, el detonante de todo cuanto vendría después; la social, cuando los trabajadores llevaron a cabo numerosas huelgas a nivel nacional; y la del desenlace, en la que el gobierno logró diluir el proceso. En marzo de 1968, la universidad de Nanterre, en la periferia parisina, fue escenario de una manifestación de 300 estudiantes contra el arresto de un compañero, en un anfiteatro bautizado en honor al guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara, hecho que marcó el nacimiento del Movimiento 22 de marzo.

Un mes después, en el propio anfiteatro, el movimiento programó jornadas de lucha contra el imperialismo, las cuales condujeron a que el rector de la universidad de Nanterre decidiera clausurar la institución, y a que la policía desalojara el lugar y realizara numerosas detenciones. El 3 de mayo, los alumnos de la Sorbona protestaron en solidaridad con sus compañeros, las fuerzas del orden reaccionaron con más de 500 apresamientos y los manifestantes se refugian en el bulevar de Saint Michel con gritos de “Muera la represión”, “Liberen a nuestros camaradas” y “Gaullismo-dictadura”.

Unos 600 mil jóvenes estaban en huelga el 6 de mayo y difundían panfletos que buscaban la solidaridad de los trabajadores, mientras una gran manifestación aguardó a las puertas del edificio donde las autoridades académicas juzgaron a varios detenidos. Para el 9 de mayo se anunció la reapertura de la Sorbona y Nanterre, pero al día siguiente los estudiantes ocuparon las facultades reabiertas y una amplia manifestación se llevó a cabo en el Barrio Latino durante la noche, en la cual se produjeron los enfrentamientos más violentos.

La llamada “noche de las barricadas” puso al poder ante una situación inesperada, la represión policial provocó las simpatías de los trabajadores con la causa estudiantil y ello condujo a que las organizaciones obreras de base llamaran a la huelga general. Cabe preguntarse entonces: ¿qué querían los estudiantes?, ¿cuáles eran los ideales que defendían?, ¿por qué aquel grupo de jóvenes, bien instalados en clases medias y altas, protagonizaban ese tipo de revueltas?

Para diversos estudiosos, el problema esencial no era la explotación económica ni la opresión política, sino la trasgresión de lo que tradicionalmente se entendía como cultura, de ahí que el énfasis de sus proclamas estuviera en la exigencia de imposibles. Ellos se enfrentaban a los valores que constantemente imponían las sociedades industriales, al consumismo, al confort material, y a la alienación que estos provocaban y que reducía la intensidad de la vida espiritual.

Por eso, en la “Carta de la Sorbona”, plantearon: “La revolución burguesa fue jurídica, la revolución proletaria fue ‘económica’. La nuestra será social y cultural, para que el hombre pueda devenir él mismo, y no se contente más con una ideología humanizante y paternalista”.

Cuando a principios de mayo de 1968 universitarios franceses proclamaron su deseo de una revolución social y cultural, aún estaban lejos de conocer el alcance de sus acciones, las cuales llegarían a paralizar toda una nación. Desde los meses anteriores, el alumnado de diferentes centros de altos estudios había comenzado a manifestarse contra el poder establecido, y de modo creciente pedía el apoyo de los trabajadores, en medio de actividades marcadas por la improvisación.

Incluso, la decisión de levantar las primeras barricadas no surgió formalmente por parte de ninguna organización, pues aunque los militantes de la Juventud Comunista Revolucionaria jugaron un papel importante en la iniciativa, fueron alzadas bajo un ambiente de espontaneidad.

Otras fuerzas del momento

A partir del 13 de mayo los trabajadores se solidarizaron con la causa estudiantil, sobre todo, ante la represión policial que sufrieron los jóvenes, pero además, aprovecharon el contexto para exponer sus propias demandas y necesidades como grupo social. Hacia finales de mes, el paro ya había alcanzado dimensiones nacionales, y se reconocía la existencia de más de nueve millones de huelguistas, que lanzaban reivindicaciones como el aumento de los salarios y la modificación profunda de las estructuras sociales.

De acuerdo con las informaciones publicadas aquellos días por la novelista canadiense Mavis Gallant, París se convirtió en una ciudad donde no funcionaba las escuelas, los medios de transporte ni los servicios de correo. Al mismo tiempo, nadie podía cobrar un cheque, circular en coche, comprar azúcar, ver la televisión o escuchar la radio pública, mientras los gases lacrimógenos invadían los apartamentos hasta el quinto piso.

Charles de Gaulle se enfrentó a un acercamiento entre estudiantes y trabajadores: si los primeros por sí solos no eran suficientes para poner en jaque al poder, la entrada a escena de los segundos llevó al país a rechazar la figura del presidente. Pero es poco probable que los obreros, y los trabajadores en sentido general -puesto que las huelgas llegaron hasta el sector terciario-, tuvieran una comprensión real del movimiento estudiantil.

Los propios jóvenes notaron que los trabajadores exigían exclusivamente aumentos salariales, pero eran conscientes de que necesitaban su apoyo, ya que solo ellos podían paralizar la economía, recordó el investigador uruguayo Alfredo Alpini en su texto “A 30 años, el mayo francés”.

En el caso de los partidos y corrientes políticas, la situación no fue diferente; uno de los más criticados fue el Partido Comunista Francés, por no haber comprendido el potencial revolucionario de mayo del 68. La izquierda y los grupos radicales tenían entre sí fuertes divergencias, pues si la situación internacional estaba signada por diferentes tendencias políticas, incluso dentro de la propia idea de un proyecto anticapitalista, esa diversidad se dio también en el proceso galo.

Pese a las diferencias, distintas corrientes como los trotskistas, maoístas y socialistas, entre otros, encontraron su convergencia en un imaginario antiestatal y autogestionario, desafiante de la llamada “sociedad de la abundancia”. Sin embargo, la acción colectiva careció de un liderazgo, mientras el interés de los jóvenes por dejar todo en manos de la espontaneidad y el hecho de que estudiantes y trabajadores no establecieran vínculos más estrechos, imposibilitó que se creara un contrapoder.

Las cartas del gobierno

Los sucesos de mayo sorprendieron al Gobierno: tanto De Gaulle, como el primer ministro, Georges Pompidou, se encontraban fuera del país, y si en los primeros días no sospecharon las dimensiones que alcanzarían los sucesos, poco después la preocupación fue en ascenso. Tras la “noche de las barricadas”, el 10 de mayo, Pompidou anunció la amnistía para los detenidos y varias reformas en la Universidad, pero el movimiento las rechazó, pues al ver el alcance de sus acciones confiaron en la posibilidad de cambio, y que no podían conformarse con simples reformas.

El 20 de mayo Francia se encontraba paralizada, escaseaban los artículos de primera necesidad y existía un vacío de poder, ya que el Ejecutivo y los partidos tradicionales estaban desbordados por una situación cuyas raíces y dimensiones no comprendían. Pero esa brecha no pudo ser aprovechada por los grupos radicales, y ante la imposibilidad de plantearse una estructura que pudiera satisfacer las exigencias de todos los actores participantes, el secuestro de la situación era cuestión de tiempo.

El 25 de mayo, en medio de decenas de manifestaciones a nivel nacional, ardió la Bolsa de París; el 27, se hicieron públicos los acuerdos de Grenelle, entre Gobierno y sindicatos, y se produjo el rechazo masivo a los mismos en las asambleas de trabajo, por lo que la huelga general continuó. De Gaulle anunció el 30 de mayo la disolución del Parlamento y la convocatoria a elecciones generales, pero en la tarde decenas de miles de sus seguidores desfilaron por París con muy buenos resultados en apoyo al Gobierno.

En la mayoría de las fábricas, los obreros se oponían a la desmovilización y se enfrentaban a las posiciones conciliadoras de los sindicatos. Pero en una sociedad que era muy conservadora, las personas comenzaron a contentarse con reformas, y aunque el 1 de junio 40 mil jóvenes en París proclamaron la continuidad del movimiento, al tiempo que varias huelgas siguieron en marcha, la disolución definitiva era cuestión de tiempo.

Al garantizar el incremento de un 35 por ciento del salario mínimo industrial y de un 12 por ciento de media para todos los trabajadores, el Gabinete realizó su estocada final, que provocó la retirada de los trabajadores y dejó a los estudiantes nuevamente solos. El 13 de junio, el Ejecutivo prohibió todas las manifestaciones callejeras, a la vez que declaró ilegales los grupos de la izquierda que no estuvieran en el Parlamento, y para el final del curso el proceso estaba diluido.

Consecuencias y legado

En el momento en que se sucedieron los hechos de mayo de 1968, no fue posible una comprensión inmediata de los procesos que se daban al interior del movimiento, y las reinterpretaciones actuales tampoco han sido unánimes en cuanto a la significación y la impronta de esos hechos.

Hay quienes afirman que la revolución pretendida por los jóvenes transcurrió en la esfera de la cultura, y no tanto en el orden económico y político, aunque su rebelión tuvo repercusiones en esos dos ámbitos, como los aumentos salariales y la renuncia de De Gaulle, en 1969. Sin embargo, aunque desde el primer momento los estudiantes no se plantearon un cambio radical en la sociedad, varios autores creen que no puede descartarse la idea de que concibieran esa transformación.

Al mismo tiempo, según exponen estudiosos como Alpini, este proceso tenía demandas en su seno que a partir de la década del 70 serían reivindicadas por grupos específicos: las mujeres, los homosexuales, los ecologistas y las minorías culturales, entre otros.

El legado del mayo francés, por tanto, va más allá de resultados concretos, se evidenció en los años siguientes con cambios de mentalidad y comportamientos, y pasa por el reconocimiento de derechos, la liberalización de las costumbres y la democratización de las relaciones sociales y generacionales.

Unido a esto, algunos especialistas coinciden en reconocer que en mayo de 1968 se gestaron las condiciones de lo que luego sería la posmodernidad, pues se proponía una ideología contestataria, centrada en la idea de la autogestión, que pudiera ser la alternativa al capitalismo.

Y en ese sentido, concuerdan, es posible considerar al mayo francés como un antecedente de la ideología posmoderna, en cuanto cuestiona lo tradicional, y por consiguiente, evidencia una crisis de todos los paradigmas, no solamente políticos, sino socioculturales.

* Periodista de la redacción Europa de Prensa Latina.