El MAS-IPSP nació sobre el fundamento político de las organizaciones sociales e indígenas del país, y con la responsabilidad de encarar el proceso de cambio. Fue tan así, que cuando Evo Morales llegó a ganar por primera vez las elecciones presidenciales, quien había ganado en verdad era el sujeto colectivo del pueblo, a la cabeza de un líder de origen indígena que, por entonces, no tenía una personalidad tan soberbia y arrolladora como la de ahora. Todo parecía indicar que el pueblo al fin había llegado a ganar el Estado, para iniciar la descolonización del poder, ese poder que por tantos años lo había colonizado, es decir, despojado de agencia.

Sin embargo, ya en la primera gestión ese mismo pueblo, que había apoyado incondicionalmente a Evo Morales, advirtió el primer síntoma negativo de su gobierno: el hecho de que su presidente se había rodeado de autoridades advenedizas, muy poco empáticas con las organizaciones populares e indígenas: los jacobinos de todo color e impostores del proceso de cambio. Era muy decepcionante ver, tanto en el nivel ejecutivo como en el legislativo, que las decisiones políticas no nacían en las organizaciones sociales ni de la memoria de sus líderes, pero sí en los recovecos de algún imaginario radicalmente anticomunitario y oscuramente pragmático, que no se podía visibilizar, pero del que ya se sospechaba.

Las pugnas, diferencias y rencillas en el interior mismo del gobierno dejaron ver el segundo síntoma negativo. La posición que pretendía gobernar con apego a los lineamientos del proceso constituyente y aquella otra impostura que prefería seguir el camino del máximo pragmatismo posible, se habían enfrentado. Esta fricción dio lugar al saldo político de aquellos líderes, autoridades e intelectuales que comenzaron a expresar su coherencia en forma de críticas, que suscitó la molestia del gobierno en general, no tanto del mismo Evo Morales Ayma, pero definitivamente sí y muy profundamente de su entorno palaciego. Fue así como el gobierno comenzó a recorrer el camino del autoritarismo y del desmantelamiento del Instrumento Político y Social del Pueblo.

El tercer síntoma fue simultáneo o subsidiario del segundo: en el gobierno existían dos tendencias: quienes seguían al vicepresidente García Linera y quienes eran fieles al presidente Morales Ayma. Tomando en cuenta que ya había corrido demasiada agua turbia debajo del puente, todo se resolvió con el alejamiento de los más débiles: los tributarios de la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia. La cúpula de clarividentes se quedó para elevar a nivel de modelo una conducta, denominada por ellos mismos, “patriótica” y “revolucionaria”, aunque en el fondo su “patriotismo” no fuera mayor que bautizar una serie de obras con el nombre del presidente, y su revolución no fuera más profunda que pintar su ejercicio vertical del poder con los colores de la Wiphala y darle variedad a sus actos públicos, con la presencia de una serie de dirigentes y líderes indígenas, que debían sonreír y mostrarse felices, pero sólo si también sonreían y estaban felices los ministros, el “vice” y más aún el sacrificado “hermano” presidente.

El alejamiento de organizaciones como CONAMAQ, CIDOB y la COB constituye el cuarto síntoma. El gobierno, es decir el grupo palaciego, no dejó esperar su respuesta: cooptó dirigentes a cambio de ciertos privilegios, como sentarse a lado del Evo, asistir al matrimonio del vicepresidente, tener pasajes aéreos a una y otra reunión o recibir el título casi nobiliario de “soldado del proceso de cambio”. Como los soldados no tienen derecho a pensar, sino tan sólo a cumplir órdenes, muchos aceptaron ese título, creyendo que su servilismo era -quizás- una forma de llevar alegría a los sacrificados días de los gobernantes. La segunda respuesta fue más inusitada y reaccionaria: el grupo palaciego trató de dividir a aquellas organizaciones que criticaron la aprobación de las leyes que no fueron consensuadas. Tres ejemplos: CIDOB actualmente tiene dos directivas, una afín al grupo palaciego y otro independiente. CONAMAQ casi corre la misma suerte y hace algunos días se manifestó la idea de crear otra Central Obrera Boliviana (COB).

Quinto síntoma. No es cierto que en la Asamblea Legislativa Plurinacional haya hegemonía indígena y que las decisiones y el poder estén en manos de los representantes del pueblo. Prueba de ello es lo que pasó con los Asambleístas que, al no estar de acuerdo con la aprobación de una serie de leyes, como la Ley de la Madre tierra, de la consulta del TIPNIS o la Ley de Extinción de Bienes, fueron objeto del garrote azul de la cúpula de metafísicos. Los dos hechos históricos más sobresalientes, en los que encuentra correlato este síntoma, son la represión de Chaparina, que dio lugar a la disidencia de los diputados indígenas representantes del TIPNIS y del CIDOB, y el debate entre Rebeca Delgado y Carlos Romero. Este último “affaire” dejó claro que las autoridades electas y tributarias de la consigna de “gobernar obedeciendo al pueblo” no se encuentran a la altura del currículum vitae de las autoridades ejecutivas del grupo palaciego. Fue para evitar este tipo de “indisciplinas” que se impuso la segunda presidencia de la senadora Gabriela Montaño, fiel guardiana de la antidemocrática “democracia interna” del MAS.

El sexto síntoma, en el proceso de desestructuración del proceso de cambio, pone en el escenario al vicepresidencial enemigo de los libre-pensantes: el origen y verdadera causa de que, tanto en la cámara de diputados como en la de senadores, los asambleístas sean limitados a levantar la mano y a sentir miedo de hacer blanquear los ojos de los incondicionales “soldados” del vicepresidente. Sin que nadie pareciera haberse dado cuenta, de pronto el MAS había sido convertido en un partido de interioridades totalitarias, donde la libertad de expresión y el interés de fiscalizar al nivel ejecutivo debían ser castigados con improperios como “anti-revolucionario”, “infiltrado”, “opositor”, “derechista”, “antipatriota” y otro tipo de intrigas, suscitadas por quien –además- hace todo lo posible por no firmar ningún documento gubernamental: el jacobino García Linera, líder del grupo palaciego y principal obstáculo de cualquier voluntad oficialista u opositora, de izquierda o derecha, que pretenda llegar al presidente Evo Morales con la verdad, con cualquier verdad.

Para muchos y muchas, hasta aquí, está claro que quien ha llegado al poder no es el pueblo, sino una especie muy rara, pero ya excesivamente evidente, de llunk‘us que forman lo que la Diputada Rebeca Delgado muy bien denominó “grupo palaciego”, íntimamente subordinado al vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Un grupo al que se deben los principales síntomas de la crisis del verdadero proceso de cambio, el origen de leyes anticonstitucionales, de la represión a los pueblos indígenas y causa principal de que Evo Morales no sea visto más que como un simple símbolo, pero no como el verdadero gobernante. A esto hay que añadir todavía otros efectos, como las conductas patriarcales, no sólo de los hombres del MAS y del gobierno, sino también de las mujeres contra las mujeres que no forman parte del círculo “ejemónico”, ya sea por ser libre-pensantes o porque se niegan a firmar proyectos de ley sin antes revisarlos. “Aquí no caben nada de cuestionamientos, y si no les gusta, renuncien a sus cargos; con o sin ustedes igual vamos a seguir “trabajando” por la patria”. Son las frases que resumen la flexibilidad moral del presidente de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

El gobierno piensa que detrás de las movilizaciones sociales que actualmente se despliegan se encuentran intereses golpistas, derechistas y electoralistas. El gobierno debería pensar en que el pueblo también ya sabe que detrás de él se esconde el responsable de todos los errores del proceso de cambio: el vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia y su grupo palaciego. Esté círculo está formado por ciertos diputados y ciertos senadores, ciertos ministros, “dirigentes” sociales e “indígenas” y autoridades ejecutivas, para quienes la Constitución Política del Estado se ha convertido en una estrategia para mantenerse en el poder, para “vivir bien” en ese ámbito, hasta donde se pueda y como sea posible. Todo en nombre de “su” proceso de cambio, de “su” revolución, de “su” auto-patriotismo.

* Cultura Quechua, Norte de Potosí.