El socialismo auténtico, a diferencia del nominal y del dictatorial, combina la democracia con la cooperación y con la libertad para pensar y actuar en provecho de todos excepto los parásitos. Realiza así las aspiraciones de los filósofos más avanzados de la Ilustración: Holbach, Diderot y Helvétius.

Los plurales que figuran en el título nos recuerdan que hay más de un socialismo y más de una filosofía. En efecto, los idearios y movimientos llamados “socialistas” van del socialismo libertario al dictatorial. Con las filosofías ocurre otro tanto: las hay claras y serias como la aristotélica, claras y vacías como la de Wittgenstein, confusas pero con un grano de verdad, como el materialismo dialéctico, y herméticas y ridículas como el existencialismo.

El título de esta nota plantea un segundo interrogante: ¿qué relación puede haber entre un movimiento político, con su ideología concomitante, y una doctrina que trata de ideas más bien abstractas, como las de ser y devenir, argumento válido y falacia, conocimiento y error, bien y mal? El liberal clásico y el socialista libertario negarán que haya tal relación, mientras que el socialista autoritario exigirá la subordinación de la filosofía a su ideología.

El típico profesor de filosofía, que no se arriesga pensando ni actuando, se pronunciará por la neutralidad cuando goce de libertad, y por el partidismo más servil cuando así se lo exija quien le paga. En cambio, el filósofo auténtico, el que prefiere abordar problemas nuevos a enseñar soluciones envejecidas, se atreverá a pensar en la relación entre filosofías y políticas, porque es un problema tan descuidado como importante para ambos términos de la relación de marras.

Entre nosotros, sólo José Ingenieros se atrevió a abordar este problema: lo hizo en Emilio Boutroux y la filosofía universitaria en Francia (Buenos Aires: Cooperativa Editorial Limitada, 1923). Este libro, que lo convirtió en el precursor mundial de la sociología de la filosofía, apareció al mismo tiempo que emergió la “reacción antipositivista”, encabezada en Buenos Aires por Coriolano Alberini, discípulo del neohegeliano Giovanni Gentile, colaborador de Mussolini y ministro de su gobierno.

(En realidad, se llamó “antipositivismo” a la reacción contra el cientificismo, o sea, el programa de Condorcet y otros ilustrados, de abordar todos los problemas del conocimiento con ayuda del método científico. Desde 1960, el anti-cientificismo es parte no sólo de las ideologías derechistas como la de Hayek, sino también del pseudo-izquierdismo que nos llega de París, el que no entiende que la política sin ciencia social es improvisada y por tanto irresponsable y condenada al fracaso. Esto lo mostraron tanto la trágica aventura boliviana del Che como las costosas “revoluciones” de Mao en el poder.)

Por algo, Ingenieros fue uno de los primeros socialistas argentinos y el fundador de la Revista de filosofía, así como el primer expositor en francés y español de la psicología científica (biológica y experimental) y uno de los críticos más elocuentes de la psicología acéfala y especulativa que aun predomina en el país bajo la protección de las filosofías anticientíficas y pseudo filosofías que se enseñan en nuestras facultades de humanidades y ciencias sociales.

Quedamos, pues, en que la política y la filosofía están relacionadas entre sí. Esta no es novedad para un marxista, quien ve intereses económicos y contradicciones dialécticas hasta en la sopa. Y debiera ser obvia para quienquiera que se ponga a pensar en los supuestos filosóficos de la acción política, sea contenciosa o administrativa.

Se practica una filosofía realista, y no irrealista, cuando se admite que lo que se aspira a construir, cambiar o gobernar existe o puede existir realmente; se es materialista, y no espiritualista, cuando se sobre-entiende que no hay ideas fuera de cerebros, y cuando se admite que lo primero que hay que hacer para sobrevivir es obtener medios de sustento y protección; y se es humanista y no nihilista, deontologista ni utilitarista, cuando se procura el bien ajeno además del propio.

Con los valores sucede otro tanto: Los valores filosóficos como la verdad, el bien y la justicia, son los más sensibles a la política. Baste recordar la mentira noble o “razón de Estado”; el nihilismo moral que preconizaba Nietzsche; la equiparación utilitaria de verdad con eficacia y del bien con la utilidad; y la afirmación de Hayek, de que la justicia social es un espejismo.

En suma, todo político filosofa, aunque casi siempre lo hace tácitamente y a veces toma meras tonterías por verdades profundas, como mi primo Manolito quien, a la edad de diez años, anunció que cierto oscuro escriba catalán [Eugenio D’Ors], que publicaba bajo el pseudónimo Xenius, era más inteligente que Platón porque él, Manolito, lo entendía a Platón pero no a Xenius.

Pero no divaguemos: vayamos derecho al grano, que es el problema de la relación entre socialismo y filosofía. Por lo pronto ¿de qué clase de socialismo estamos hablando? De todo ideario o movimiento que se proponga favorecer a los de abajo, reemplazado la explotación por la cooperación, el privilegio por la justicia social y la opresión por la participación.

Irónicamente, el socialismo se propone poner en práctica la hermosa consigna de la Revolución Francesa de 1789, que hasta ahora no ha pasado de ser aspiración: Liberté, égalité, fraternité. Los socialistas tibios o nominales, al igual que los liberales, han destacado el primer miembro de esta admirable tríada, como si la libertad pudiera reinar entre desiguales; los comunistas destacan la igualdad, como si ésta pudiera coexistir con el despotismo; sólo los anarquistas aprecian por igual a los tres miembros de la célebre triada; pero, al proponerse abolir el Estado, preconizan tácitamente un retorno al estado salvaje. Y la fraternidad o solidaridad no puede darse entre los de arriba y los de abajo, ni puede imponerse, ni debiera confundirse con la caridad.

En suma, cada de los tres miembros de la triada libertad-igualdad-fraternidad depende de los otros dos, al modo en que los lados de un triángulo se dan a la vez. Más aun, el triángulo político no es autónomo, sino que descansa sobre el cuadrado trabajo-salud-educación-seguridad. El socialismo como democracia integral, o sea, expansión de la democracia, del terreno político a todos los demás campos de la acción humana.

Suponiendo que se haya convenido en los objetivos, ¿cómo lograrlos? La respuesta clásica es que hay dos medios: el pacífico o democrático, que proponen los socialistas democráticos, y el violento o revolucionario, que procuran imponer los socialistas autoritarios. Nótese que en el primer caso se trata de proponer, y en el segundo de imponer. Y quien propone está dispuesto a discutir, mientras que quien impone clausura el debate. De aquí que la filosofía asociada al comunismo –el marxismo dogmático– haya suprimido muchas más ideas que las que ha generado o prohijado. En efecto, los marxistas dogmáticos han pretendido imponer sus ideas, casi todas anticuadas, tanto por su admiración por Hegel –el proto -post-moderno– como por su descuido de la matemática.

Esto explica el que los marxistas rechazaran por “burguesas” todas las grandes innovaciones científicas del siglo XX, con excepción de las que generó la investigación del pasado. En efecto, ha habido eminentes estudiosos marxistas o semi-marxistas del pasado social, pero no ha habido matemática, física, química, biología, psicología, sociología, politología, ni siquiera economía, que fuesen a la vez marxistas, rigurosas y originales.

Por su parte, aunque el socialismo democrático ha sido tolerante, no ha creado muchas ideas. Esto ha ocurrido, ya porque se ha empeñado en permanecer filosóficamente neutral, ya porque no ha abrazado con entusiasmo a la ciencia. Es así que muchos famosos charlatanes postmodernos se han autodenominado socialistas. No debieran quitarnos el sueño, porque son pocos e incomprensibles. De hecho, en las ciencias propiamente dichas no abundan los dogmáticos, porque la investigación original requiere libertad de búsqueda y de expresión, así como la búsqueda de pruebas de algún tipo.

La tabla siguiente es un resumen muy simplificado de la cuestión que nos ocupa:

Doctrina y movimiento / Esfera privada / Esfera pública

Socialismo nominal / Libertad personal / Neoliberalismo

Socialismo democrático / Libertad y responsabilidad / Estado servidor

Socialismo dictatorial / Sumisión / Estado protector y opresor

Nótese la distinción privado/público, inexistente bajo el totalitarismo, que todo lo incluye en el Estado. La diferencia entre el totalitarismo de izquierda y el de derecha es que el primero tiende a favorecer a los trabajadores, mientras que el de derecha actúa en defensa de los explotadores, de modo que lleva eventualmente a la agresión militar.

Lamentablemente, los marxistas han solido confundir socialización con estatización. Esto les ha llevado a despreciar el cooperativismo, que es socialista porque a una la propiedad colectiva con el autogobierno. Este es el núcleo del socialismo cooperativo que preconizó Louis Blanc en su exitoso libro L’organisation du travail (París: Société de l’Industrie Fraternelle, 1839).

El socialismo concebido como democracia integral presupone la distinción entre tres subsistemas en toda sociedad: el económico (producción, comercio y finanzas), el cultural (creación y difusión de bienes culturales, desde recetas culinarias y planos de viviendas a poemas y teoremas), y el político (lucha por el poder y ejercicio del mismo en todos los grupos sociales, de la familia y la empresa a la Nación).

La democracia integral preconiza la participación de todos en el gobierno de los tres subsistemas mencionados, o sea, tanto la propiedad como la administración de los mismos. Los socialismos escandinavos, que son tan prósperos como estables, lo practican. En cambio, el economicismo, que privilegia al subsistema económico, tanto en su versión neoliberal como en su versión comunista, se ha hundido como un buque escorado por mala distribución de su carga. Los tres subsistemas mencionados existen e interactúan en el mismo nivel. (V. mi Filosofía política (Gedisa, 2009.)

Finalmente, pasemos de la filosofía política a la filosofía total, que incluye a la ontología (teorías del ser y del devenir), la gnoseología (teorías del conocimiento), la semántica (teorías del significado y de la verdad) y la filosofía práctica –teorías del valor, de la acción, de la moral y de la política. La lógica fue absorbida hace tiempo por la matemática.

La filosofía marxista ignora a la ciencia aunque profesa amarla. Su ontología combina la confusa dialéctica hegeliana con un trozo del materialismo decimonónico; su gnoseología es empirista y carece de metodología; y su ética es utilitaria. Es tan escueta, tosca y anticuada, que ha dado de comer a un sinnúmero de comentaristas, ninguno de los cuales ha hecho contribuciones originales ni ha ayudado al nacimiento de nuevas ciencias, como la microfísica, las biologías evolutiva y molecular, la neurociencia cognitiva, o siquiera la sociología.

Evidentemente, un régimen socialista democrático no debe imponer ninguna filosofía particular en la esfera privada. Pero, en su calidad de buen administrador de los bienes culturales que debieran ser comunes, tiene la obligación de favorecer el avance de todas las ramas del arte y del conocimiento, el científico y el filosófico entre ellas.

Ahora bien, la filosofía avanza solamente cuando investiga y cuando interactúa con las demás ramas del conocimiento, desde la matemática y la física hasta la ingeniería y la medicina. Estas, a su vez, no se desarrollan en un vacío filosófico, sino que prosperan al calor de las filosofías ilustradas, y se estancan o retroceden ante los ataques de las oscurantistas. En mi Evaluating Philosophies (Springer, 2012) he argüido que el conocimiento avanza a fuerza de investigar dentro de la matriz esbozada en el diagrama siguiente:

El pentágono Humanismo, Cientificismo, Sistemismo, Materialismo y Realismo con la Ciencia en el centro.

El materialismo en cuestión no está contaminado por los dislates de la dialéctica hegeliana y afirma que lo material se da a varios niveles, del físico al social; el realismo concomitante coincide con el objetivismo; el sistemismo afirma que cuanto existe es un sistema o parte de un sistema; el cientificismo, que el enfoque científico es el más fértil; y el humanismo, que el principio moral supremo es Disfruta de la vida y ayuda a disfrutarla. Este principio se opone tanto al individualismo como al globalismo, en particular el estatismo. Además de reemplazar el culto de la muerte por el de la vida feliz y útil, implica al secularismo, aunque no impone el ateísmo.

Lamentablemente, las facultades de humanidades, en particular las nuestras, ignoran el pentágono que empolla ideas nuevas, en particular las que resultan más o menos verdaderas por ser realistas y sistémicas, por cumplir el programa cientificista, y que no dañan por ajustarse al humanismo. En efecto, en esas escuelas predominan hoy quienes repiten o comentan textos herméticos o retrógrados, como los de Hegel, Nietzsche, Heidegger y sus imitadores.

En resumen, el socialismo auténtico, a diferencia del nominal y del dictatorial, combina la democracia con la cooperación y con la libertad para pensar y actuar en provecho de todos excepto los parásitos. Realiza así las aspiraciones de los filósofos más avanzados de la Ilustración: Holbach, Diderot y Helvétius.

* El autor es uno de los filósofo hispanoamericanos más reconocidos del siglo XX. Físico y filósofo de saberes enciclopédicos, comprometido con los valores del laicismo republicano, el socialismo democrático y los derechos humanos. Son memorables sus devastadoras críticas de las pretensiones pseudocientíficas de la teoría económica neoclásica ortodoxa y del psicoanálisis “charlacanista”. Fuente: www.sinpermiso.info