Málaga, España.- Es la historia del cine que nos gobierna. La historia de una parte del cine norteamericano que desde que terminó la Segunda Guerra Mundial (1945) y las producciones norteamericanas tuvieron paso libre en Europa, punto importantísima en su política de penetración, se ha empeñado siempre en propagar sus ideas, por malas que fueran, y sus ideales, por partidarios que resultaran.

Esa guerra, en la que Estados Unidos tardó dos años en llegar, hasta que los japoneses abrieron las hostilidades humillando a la Marina de Estados Unidos en Pearl Harbour, tuvo desde el primer momento una retaguardia propagandística cuyo cuartel general fue Hollywood. Cada paso en “pos de la paz” que los ejércitos estadounidenses daban fuera de la patria eran acompañados por apabullantes bodrios cinematográficos que vendían de la forma más descarada la cruzada de Estados Unidos para satisfacer las necesidades en democracia de los demás.

Aunque siempre hubo directores de cine que vendieron por su cuenta otras versiones, especialmente con la guerra de Vietnam, el Pentágono procuró en todo momento que sus supuestas hazañas militares fueran plasmadas en las pantallas del mundo entero a su manera bastante maniquea. A veces echando mano de guionistas que eran enormes escritores, maestros en el arte de la intriga, los films de Hollywood fueron en todo momento la “explicación” magnificada que Washington difundía por cada capital, cada pueblo del mundo.

Europa aprendió a mascar chicle cuando por fin, tras la entrada en guerra de Japón, comprendieron que había que dar también el callo en Europa para vencer al Eje, del que formaban parte los nipones.

Desde la guerra de Corea a Vietnam, pasando sobre todo por la II Guerra Mundial, los técnicos de Hollywood constituyeron el cuerpo propagandístico más eficaz y mejor dotado para que el espectador viese en las acciones bélicas de Estados Unidos un preponderante deseo de paz y de pacificación. Se destruían países, se quemaban bosques enteros con NAPALM en nombre de la concordia que, desgraciadamente parecían decir los mensajes cinematográficos, tenían que pasar por la represión para que fuesen conocidos (la letra con sangre entra) para que resultasen eficaces.

En esa vorágine de producciones guerreras surgieron algunas joyitas, como la tan cacareada “Casablanca”, película de difícil producción que a la postre consiguió su objetivo, hacer que la guerra pareciese bella. En una ciudad de Marruecos, país que por entonces andaba entre el neutralismo y el amor por Francia, se situó la acción de esta película que debería de haberse titulado “Tánger” ya que los guionistas querían una ciudad donde fuese fácil la intriga.

En los años cuarenta, Tánger, ciudad internacional por la voluntad de una serie de países que probablemente consideraron una buena operación disponer de un punto del globo donde pudiese pasar todo y donde no pudiese ocurrir nada. El contrabando, primero el tabaco y luego la droga, el espionaje, la lucha entre refugiados de otros países y de otras situaciones políticas corrían por las calles y se refugiaban en los grandes hoteles, mientras que los bancos se mostraban extremadamente discretos con los grandes o pequeños capitales que pudiesen aterrizar en sus cajas.

En uno hotel tenían su sede los espías alemanes, en otro los españoles, más allá los ingleses, los norteamericanos, quizá también los soviéticos. Tánger era la ciudad aventurera que deseaban los productores para plasmar una viril y romántica aventura metida en la guerra que sacudía al mundo. Los ingredientes fueron acertados: Humphrey Bogart en su papel de héroe centroeuropeo metido hasta los codos en una lucha a muerte para salvar a la humanidad frente a los terribles nazis que pululaban por Tánger a la caza y captura de enemigos del III Reich. A Ingrid Bergman la convirtieron en particular monja de la paz y de la guerra. La receta estaba complementada con un negro pianista -ojo al odio de los nazis por la gente que no fuera escrupulosamente aria y una serie de perdedores de distintas naciones, para mayor júbilo de los cazadores nazis.

Yo estaba convencido, aunque a veces alguna película de los novena y dos mil me diera repelucos, que el cine propagandístico norteamericano era ya una broma del pasado. Pero medio siglo después, un colaborador de Noticine.com, Emiliano Basile, me ha destrozado mis pacíficas y adorables ilusiones, señalando que por lo menos tres películas recientes, de cuño yanqui, desde luego, “Objetivo la Casa Blanca”, “Ataque a la Casa Blanca” y “Olimpo bajo fuego” rompen la tregua de la memez y el patriotismo barato que durante años Estados Unidos justificó como un complemento necesario para que sus guerras maravillosas que ponían y quitaban regímenes a ritmo de cañonazo, y hasta con bombas atómicas (Hiroshima, Nagasaki, dos ciudades mártires) se convencía a Japón de que la guerra que no hiciera Estados Unidos era una infamia con la que había que acabar, aunque fuese dejando secuelas en cientos de miles de personas para toda una vida de agonía y de hospitales.

También es verdad que los japoneses se lo habían buscado. ¿Cómo se les ocurrió desafiar a la Potencia Máxima atacando su querida base de Pearl Harbour? La primera bomba atómica, jamás utilizada hasta entonces, llevaba el bonito nombre de Little Boy y la dejaron caer sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, un lunes en el que ciento de miles de japoneses se dirigían a sus trabajos. Pero no fue bastante. El 9 de agosto, jueves, otra bomba del mismo calibre bautizada Fat Man cayó sobre Nagasaki.

Me pregunto con qué ojos verán los japoneses esos gritos de patriotismo machacón que los norteamericanos siguen lanzado en sus películas de masas. Espero que alguien haya tenido la idea de presentarlas en las escuelas, algo que debería de hacerse también en nuestro primer mundo, donde ya todo es posible.

Lo malo es que el público del mundo entero convierte la mayoría de las películas estadounidenses, sobre todas esas que pecan de patrioterismo barato, en taquillazos casi seguros. La culpa es que un gran porcentaje de los cines, sea en el país que fuere, son copadas regularmente por las producciones de Estados Unidos. El número de films y los medios enormes de que disponen los productores hacen que este fenómeno no sea casual. En cine, como en información, Norteamérica domina en todas partes. Y, de rebote, los espectadores menos atentos llegan a meterse en la mollera que no hay salvación sin Estados Unidos, sin los héroes norteamericanos. Que les debemos vasallaje.

Esta manipulación, tanto más grave cuando se trata de informaciones vitales afecta principalmente a los países más pobres. En 1978 se produjo una gran batalla, que quedó en agua de borraja, para impedir ese desequilibrio. La plantearon los pobres en el marco de la UNESCO (Organización de Naciones Unidas para Educación, la Ciencia y la Cultura).

En un informe de la UNESCO de diciembre de 1982, se explicaba que “de acuerdo con ciertas fuentes, 80% de las noticias difundidas en el mundo entero proceden de los países industrializados y de ellas entre el 10 y 20% se refieren al Tercer Mundo”.

Un dato que tiene todo el valor de una acusación que se agrava con esta otra valoración: en 1978 los países en desarrollo, con 70% de la población mundial, sólo disponían de una fracción de los medios de comunicación: 22% de los títulos de libros publicados en el mundo, 17% de la distribución total de los periódicos, 9% del consumo de papel periódico, 27% de las emisoras de radio, 18% de receptores de radio, 5% de las emisoras de televisión y 12% de televisores.

Por cierto que en aquel entonces nadie se atrevió a plantear de frente el desequilibrio de intercambios en el cine entre el norte y el sur. Y la manipulación del cine norteamericano pudo continuar.

Una estaca para James Bond

En la soñolienta faz de los amaneceres que no quieren llegar, que nunca te dan más luz que las velas de la obsesión de una procesión de Semana Santa en el pestañear del día en un callejón de un pueblo perdido en una serranía andaluza, aparecen los miedos como ejércitos sedientos de respingos de los cruzados sarracenos llenos de cruces y odios; miedos que dieron miedo a Freud, que hicieron sonreír a los freudianos y odiarse a los lacanianos.

Y una mañana con la primavera bonita que ya ni siquiera deseas, aparecen los tambores de la banda de música de Mijas encaramados en el olor a jazmines de muchachas bonitas y talentosas que acompañan a la imagen que desfila como promesa de redención. Tambores cercanos, adiós Gary Cooper, que los tuyos fueron lejanos, marcan la carnicería de que vivió El Galileo cuando todo un pueblo de acicalados imbéciles le persiguió hasta el horror final, la cruz que abrió la esperanza de un mundo mejor.

Comprende entonces, oh romano multicopista, insensato fariseo que vas por las salas de cine pregonando la venida de un nuevo amo del Universo, que si después de que te hayan paseado dos horas por un hospital tendido en lo alto de una cama con una sonda que te sale del pene, en medio de una multitud imbécil y miedosa, que se aparta como cuando pasaban los carros llenos de muertos de la peste por las calles mugrientas y tediosas de Lyon, rumbo al cementerio.

Si después de ese paseo empujado por sanitarios con bata blanca que discuten a voz en grito de la última hazaña del Real Madrid. Si después de todo esto te sigues considerando un ser humano eres un hombre feliz o loco. Podrás sacar tu Smith and Wesson .357, llenarlo de balas de plata con la cabeza rajada, apuntar y disparar al corazón del último James Bond que se te atraviese por el pasillo, aunque lleve un gotero como el tuyo y parezca más desesperado que tú.

Los James Bond son inmortales, como las pesadillas. Nos están depauperando la vida desde los años sesenta y no hay quien acabe con ellos. Nacieron en la guerra fría, cuando Estados Unidos y Soviética se amaban lo mismo que hoy, salvo que entonces había dos superpotencias y ahora queda una, el gendarme del mundo, Washington DC.

Desde 1962 (“Agente 007 contra el Dr. No”) con el risueño introvertido Sean Connery pasando por Desde Rusia con amor (1963) y terminando, por ahora, con Skyfall con el extrovertido y alegre Daniel Craig, han sido unos cuantos actores los que se han apuntado a esa encarnación del mal en el pellejo de un agente de su Majestad Británica, James Bonds, 007, con licencia para matar al público con su rematado catecismo de bueno fabricado en Londres: George Lazenby, Roger Moore, el menos siniestro, Pierre Brosnan, guapo de supermercado y Timoty Dalton. Que Dios me perdone si he olvidado a algunos de estos justos de la interpretación.

Nacidos por necesidades políticas, menos que comerciales, han sido durante casi medio siglo la forma de mostrarnos y mostrar a los demás que Occidente siempre ha tenido un macho bravío para defender, la que los gobiernos al mando del mundo inventaban para someter al resto.

Adobados con una salsa machista de lo más incongruente, donde las mujeres no sólo son bellas, sino tontitas y casi siempre trabajadoras esclavas a las órdenes de los malos, esos James Bond han sido para mí una pesadilla. Para mí y para montones de espectadores hartos de que el Imperio siga queriendo lavarnos el cerebelo aunque sea con un pretexto de entretenimiento y “humor”.

En mi semanal lectura de Le Nouvel Observateur he hallado un refuerzo considerable para fundar una liga contra James Bond. Martin McDonagh, autor de Bons baisers de Bruges, historia contada a su manera de dos asesinos a sueldo. Cuentan, escriben, que cuando tenía 27 años, Martin McDonagh fue a recibir un premio de dramaturgia en Londres.

La alegría se le cayó a los pies al poco rato de empezar las festividades. “Los invitados levantaron sus copas para brindar por cuenta–. Yo soy irlandés y no me gusta la reina. Mi hermano y yo nos negamos a ponernos en pie y nos pusimos a despotricar. De pronto, las manos de Sean Connery me agarran por atrás y oigo que me dice: ‘Cállate, muchacho’… Entonces respondí: ‘Fuck you’…”.

El joven realizador, que posee una experiencia de calidad en el teatro y en el cine, dice que no le importaría rodar una película sobre James Bond (pese a las manazas de Connery) pero que sería a condición de que le dejen transformarlo en un alcohólico. Y explica: “No puedo concebir que alguien sea dichoso sirviendo a Su Majestad, que ha matado a tantos irlandeses… Me vería obligado a rechazar la propuesta”.

Sí, querido Martin, llevar a James Bond por la senda del alcoholismo más desaforado y sacarlo de ese sendero cursi de sus Martinis tan pasados de moda sería una excelente solución aunque a largo plazo. Por mi parte propongo que cuando la cirrosis le lleve al barrio lejano de la muerte le clavemos una estaca de madera, como se hace con los vampiros y a escala menor con las sardinas del sur de España.

Y si se rompe la estaca, aunque se están utilizando ahora unas de acero para asar las sardinas, no sé, no sé, siempre podemos darle al último James Bond ese paseíllo de la humildad subido en una cama de hospital y arrastrarlo por varias salas pobladas, sin olvidar, bien sir, la sonda profunda que le salga del alma.

Y, quién sabe, podría ser que esta ducha de humildad, cuando el paseo te demuestra que eres poco que poca cosa, hiciese que James Bond renunciara a su licencia para matar y se recluyera voluntariamente en una orden religiosa, los hermanos Fossores por ejemplo, que dedican su vida a enterrar a los que alguna vez se creyeron vivos.

* Periodista, crítico de cine y colaborador de Prensa Latina.