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La verdad; hermana categórica de la justicia y la libertad está en peligro, está cada vez más en riesgo por las intrigas “goebbelianas” de sus detractores.

La verdad cual cirio que ilumina a los pueblos de sus sombras, esta intimidada y su luz cada vez más tenue está siendo conminada por los vendavales de la mentira, del disimulo, de la dobles en el mensaje, la perfidia, el sensacionalismo y la desinformación.

Pero esta verdad se niega desvanecer y como: “…un fueguito muerto de frío” como dijera nuestra poetiza Matilde Casazola persiste con sus fulgores y no quiere ni debe desfallecer ya que la verdad es la única que nos hará libres, es más es un derecho inalienable del pueblo a ser ecuánimemente informado según la vetusta Ley de Imprenta de 1825, postulados que se quedaron en los anaqueles y en los recintos universitarios de comunicación, permanecen en los buenos propósitos del decálogo del periodista, pues a la hora de la práctica los intereses ideológico – políticos de los medios pesan más que la ética profesional y al peor estilo se incomunica al pueblo, el lema es: “”Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. (Joseph Goebbels ministro de propaganda nazi de profesión periodista y escritor).

En la euforia del neoliberalismo, cuando los Chicago boys de Milton Friedman estaban en boga y se hablaba del fin de las ideologías, el prevendalismo con todas sus vertientes y matices tocaba a tope en la política boliviana y sin reparos, esta clase política que ahora se encuentra en su ocaso, hablaba sin ruborizarse y con tal desparpajo que el mejor negocio y el camino más cercano hacia el poder político pasaba por el control de los medios de comunicación.

Esa forma de hacer política, de asaltar el poder adueñándose y monopolizando los medios masivos para que una vez llegados al poder se convirtieran en acaudalados y soberanos chiquitos en sus feudos, fue una norma.

Está demás citarlos en estas líneas porque ya es de conocimiento de la opinión pública, lo espinoso que es este modus operandi por parte de los dueños de medios quienes chantajean a los trabajadores de la información, ya que se tiene que escribir lo que a ellos les parece, una información parcializaba, sesgada y lo peor de todo conspiradora para llevar al caos, la anarquía y la confrontación sangrienta entre hermanos bolivianos, el ejemplo mediato y más patético para ilustrar esta afirmación está en aquel aciago día del 11 de enero del 2007 en Cochabamba y hoy con los bloqueos de la COB exigiendo la reformulación de la Ley de pensiones.

Por suerte el pueblo aún cuenta con medios y trabajadores honestos de la comunicación de apego a la deodontología y la ética periodística que no se sumergieron en el maremágnum de la impunidad y se mantienen firmes con los postulados de una información ecuánime, de apego a la ética periodística y sobre todo a la verdad.

Estos renovados aires que experimenta la nueva dirección de la Federación Sindical de Trabajadores de la Prensa de Cochabamba (FSTPC) al mando de Claudio Rojas después de cinco años de crisis orgánica, esperemos que tome en cuenta estos reclamos y vele por los postulados de la libre expresión sin cortapisas.

Vivimos en un estado de derecho y esto significa que no podemos estar exentos de las leyes, es ya tiempo de cambiar la fisonomía de esa nuestra diosa Themis, tan vilipendiada de gorda, ciega y tuerta, pero no es suficiente el cambio de los nuevos magistrados en el Tribunal Supremo de Justicia en Sucre, sino que también, se necesita del concurso de todos los bolivianos, de apegarnos más a las leyes y estar más conscientes de nuestros derechos pero también de nuestros deberes tan indispensables en el cambio y si de comunicación se trata, el medio no debe de utilizarse como una trinchera política para fines particulares y a título de libertades urdir contra el estado de derecho no sólo es desmesurado sino que le hacemos un flaco favor al periodismo que tarde o temprano tendrá que pagar una alta factura por el descrédito que ya se siente en la opinión pública boliviana.

La ética periodística es imprescindible en el ejercicio del periodismo y como dijera Gabriel García Márquez es tan inherente como el zumbido al moscardón.

Por: Ernesto Joaniquina Hidalgo