En un estado de asombro casi permanente queda el viajero al descubrir La Antigua Guatemala, rodeada de volcanes y donde abundan las edificaciones añejas que en ese gran museo urbano dan fe de los aportes arquitectónicos de la época colonial. En Santiago Atitlán pervive el antiquísimo idioma tz’utujil y el arte de tejer bellísimas telas en forma de cortes (sayas) y huipiles (blusas o vestidos).

El salto al pasado en la Antigua Guatemala es posible no solo por las vías empedradas, los carruajes tirados por caballos, los vetustos centros religiosos -algunos en ruinas y otros maquillados con aires renacentistas y barrocos- sino porque muchos nativos, principalmente mujeres, lucen coloridos cortes (vestidos) y huipiles (blusas).

La ciudad parece estar anclada en el tiempo. Allí se conserva la primitiva sede de la Universidad de San Carlos de Barromeo, hoy Museo del Arte Colonial, donde pinturas y esculturas evocan las escenas de la graduación en aquella prestigiosa academia. Grabado en una de las paredes de las salas de exposición está lo repetido por la guía turística: “la investidura doctoral era una aparatosa recepción en la Catedral de la Antigua”.

El egresado, acota, recorría las calles en suntuoso paseo a caballo, entretanto trompetas, atabales, maceros, doctores, autoridades, caballeros y público anunciaban con su presencia que ser universitario era el más preciado abolengo. Historiadores sostienen que Santiago de los Caballeros de Guatemala -así nombrada originalmente- competía por su desarrollo urbanístico con México, Puebla de Zaragoza, Lima, Quito y Potosí.

La erupción del volcán Agua, uno de los divisados desde allí, destruyó en 1541 a la Ciudad Vieja, ubicada entonces en el denominado valle de Almolonga. Por esa razón la trasladaron hacia el valle de Panchoy, donde quedó establecida y se erigieron las más valiosas muestras de arquitectura barroca centroamericana, pese a los estragos causados por los terremotos de 1717 y 1751, que obligaron a reconstruirla. Sin embargo, el potente sismo de 1773 ocasionó graves pérdidas materiales que obligaron a las autoridades a cambiar la Capitanía al actual asentamiento, que alberga la capital guatemalteca. Por eso a aquella la rebautizaron como la Antigua Guatemala o la Antigua.

El Parque Central de estos días sirve para hacer una escala técnica antes de seguir el recorrido. Es un escenario agradable para conversar, sentado en cómodos bancos a la sombra de tupidos árboles, escuchar melodías tradicionales de un grupo en vivo, pasear con la familia o para leer la prensa o un buen libro. La Fuente de las Sirenas permanece en el centro de esa plaza, cubierta en la época de Cuaresma -de febrero a abril- de pétalos morados, el color de la penitencia como advierte un amigo al tiempo que alude a que los católicos pagan por llevar en andas a Cristo en las procesiones habituales durante esta época del año. Es tanto el honor que sienten los devotos, precisa el guatemalteco, que pagan por cargar al menos una cuadra una escultura de quien murió en la Cruz por los hombres.

Desde el parque se contempla la impecablemente blanca Catedral de San José, que en 1680 adquirió la grandiosidad que la convirtió, con su estilo barroco, en una de las más lujosas de Centroamérica del momento. Luego de atravesar el famoso Arco de Santa Catalina, se encuentra la iglesia de la Merced, inaugurada en 1767, que admira al caminante por la pulida fachada de estilo barroco en la cual se aprecia una esmerada labor ornamental realizada en yeso. También sobreviven las ruinas y la parte restaurada de la otrora sede de la Compañía de Jesús, orden fundada en Roma en 1542 por San Ignacio de Loyola (1491-1556) para combatir las herejías.

Mucho más encierra este sitio urbano de 45 mil habitantes, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1979: el Museo del Libro Antiguo en su interior conserva la réplica de la primera imprenta de Guatemala llegada en 1660 y la Casa del Tejido Antiguo atesora trajes tradicionales, procedentes de diversas regiones del territorio guatemalteco.

Cada dos pasos se levanta un establecimiento comercial o un vendedor ambulante insiste hasta el cansancio en demostrar que su producto es el mejor del mundo y que valdría la pena llevarlo de una vez. El “regateo” (pedir rebajas) es una regla que el comprador no debiera violar. Si el que paga se sintiera en desacuerdo con el precio propuesto por el vendedor, la solución salomónica es decir que más adelante adquirirás el producto. Santa frase esa para quien aspira a quedarse con algún recuerdo, a un precio relativamente módico.

El visitante tiene la oportunidad de saborear platos originarios como el humeante pepián, un caldo de viandas, especias y carnes como el pollo, que se acompañan de calientes tortillas de maíz, costumbre culinaria heredada de los sabios mayas. Los defensores de los dulces deben quitarse el sombrero en Sombrerón, donde la boca se hace agua con tantas golosinas típicas al alcance de la vista: canillitas de leche, cocadas, colochos de guayaba y bolitas de tamarindo…

Un café, un té o un chocolate caliente piden los turistas en la terraza de La Casaca, a la altura de un tercer nivel, donde se tiene parte de la metrópoli a los pies y se disfruta de los tejados, los volcanes, el parque y los árboles. Algunos, armados de laptop y audífonos, aprovechan la cobertura wifi para vía Skype desafiar las distancias y contarles a “Mom” y a “Dad” sus impresiones, y hasta les muestran con la computadora parte del paisaje a los padres, que dialogan a miles de kilómetros. Otros teclean desaforadamente por sus celulares tipo BlackBerry mensajes a familiares o amigos, tal vez alusivos a la urbe, visitada por José Martí en 1877, y de la cual dejó pasajes memorables en su libro Guatemala, editado por primera vez en febrero del año siguiente.

Asimismo, Antoine de Saint Exupéry en 1938, luego de un accidente de aviación, se recuperó en esta villa, que a juicio del catedrático argentino Jorge Carrol, radicado en este país, le sirvió de inspiración al autor para escribir su célebre libro El Principito. Según apunta Carrol en una investigación, la recuperación transcurrió en una casona en La Antigua Guatemala, curiosamente rodeada de los volcanes de Agua, Fuego y Acatenango, tres, como los del Asteroide B612, habitado por aquel pequeño de rizos dorados.

A propósito de esa supuesta coincidencia, el académico recuerda un fragmento del volumen traducido a cientos de idiomas y dialectos: “¡Oh! Mi planeta -dijo el principito- no es muy interesante, es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad y uno extinguido; pero nunca se sabe (…) Tengo también una flor (…) tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo”. Para el doctor en Ciencias Filológicas resulta evidente que esa planta es una rosa de La Antigua, “la ciudad de las perpetuas rosas”, con “tres volcanes: uno el Volcán de Agua, extinguido, pero nunca se sabe, y los otros dos, el de Fuego y el Acatenango, activos”.

Casi seis décadas antes de la estancia de Exupéry en La Antigua, el más universal de los cubanos había pintado sobre ese lugar: “… ¡cómo burla la naturaleza americana al maravilloso arte faraónico, el osado, el perfecto, el semihumano, -con su volcán de Fuego, coronado por los blanquísimos vapores y su volcán de Agua, con su falda sembrada de flores amarillas!…”. “… Se va a la Antigua pisando flores. Se viene de la Antigua brindando vida; pero para el enfermo y el poeta, -¡otro enfermo sin cura!- para el artista y el literato, que es también otro artista, siempre habrá vida nueva en aquella tierra virginal…”.

Santiago Atitlán en la tierra de la flor del maíz

Duele saber que en Santiago Atitlán el 37% de sus habitantes son pobres y casi la mitad, analfabetos; pero anima conocer que aquí pervive el antiquísimo idioma tz’utujil, no obstante el paso del tiempo, y el arte de tejer bellísimas telas en forma de cortes (sayas) y huipiles (blusas o vestidos). En ese municipio de unos 50 mil pobladores, ubicado a 160 kilómetros al oeste de la capital, resulta paradójica la coexistencia de tanta riqueza cultural y natural ante la cruda pobreza, una dura realidad replicada en diversos puntos de Guatemala.

A la comunidad practicante de esa lengua se le llama aj tz’utujila o aj tz’utujile, que significa “gente que viene del lugar de la flor de maíz”, recoge el libro Historia y Memorias, dedicado a los orígenes de esa etnia. Ese grupo, precisa el volumen, se asentó a orillas del lago Atitlán más o menos en el 1250 después de nuestra era.

Un lago, volcanes, iglesia, plaza, parque y mercado capta a primera vista el visitante, pero con cierto reposo, uno descubre mucho más escondido bajo la epidermis de ese paraje con nombre de Apóstol, localizado a una altitud de 1.593 metros sobre el nivel del mar. Personas de distintos credos políticos o religiosos coinciden en respetar a Maximón, deidad indígena, cuya imagen está compuesta con pañuelos de colores y una máscara debajo de la cual no existe rostro.

La cofradía de la Santa Cruz organiza festividades en honor de ese ídolo, que representa un hombre de baja estatura, revestido con grandes pañuelos de seda atados a su cuello. Dicen que tiene dos esposas, cambia de casa todos los años, fuma, bebe, colecciona corbatas y usa perfumes. Sus residentes cuentan que durante Semana Santa traen al santo hasta el parque central y lo maltratan a palos y mediante esa forma violenta “se levanta”.

Muchos prefieren evitar verlo y comentan que los individuos le piden lo bueno y lo malo como regalos para el año. Según documentos históricos, en 1585 el pueblo era identificado como Atitlán de la Real Corona y años después como Atitlán solamente, cuando pasó a ser la cabecera del corregimiento del mismo nombre, cuya jurisdicción comprendía la parte sur de los actuales departamentos de Sololá y el norte de Suchitepéquez.

Después, en las primeras décadas del siglo XVIII, alrededor de 1730, los corregimientos de Atitlán y de Tecpanatitlán los agruparon en una unidad administrativa: la alcaldía Mayor de Sololá. El nombre actual del municipio es Santiago Atitlán y está relacionado con la primera iglesia donde se veneró al Apóstol Santiago, a cargo de los religiosos franciscanos que evangelizaron la zona.

Desde 1547 edificaron esa parroquia, considerada una de las más antiguas de su tipo en Centroamérica, alrededor de la cual hoy cientos de personas escuchan la misa del padre en la plaza del frente durante una celebración católica o dentro de la misma en días normales. Sus nativos han reclamado a sus clérigos de paso hablarles en español y tz’utujil, idioma heredado de los sabios mayas.

En Santiago Atitlán permanece la centenaria campana de ese templo que, según cuentan, repicó hasta el estruendo aquel diciembre de 1990, cuando sus habitantes expulsaron al Ejército y la Policía de allí, suceso único en el conflicto armado interno (1960-1996). La capilla cuenta en su interior con el denominado Parque de La Paz, erigido en memoria de los mártires del 2 de diciembre de 1990 en medio de esa guerra civil, la cual causó 250 mil muertos a manos de las fuerzas de seguridad en general, 45 mil de ellos víctimas de desapariciones forzadas.

No todo es dolor, también corre la voz del “Hacedor de Lluvia”, un señor de una cabellera y barba blanca que llevaba un pomito de agua en el bolsillo, del cual tomaba y tomaba, pero siempre tenía. Miguel Sisay, oriundo de allí, recuerda que en su infancia ese personaje legendario tenía la capacidad de invocar las precipitaciones y conservaba la costumbre de poner en orden las piedras del camino.

Asimismo, en el imaginario popular viven historias míticas como la de los espíritus del lago Atitlán, que de vez en cuando, deambulan de noche por las estrechas calles de ese poblado. Sobre su arte de tejer me explican que los precios de los cortes (sayas) oscilan desde 300 a 5000 quetzales (desde 38 a 632 dólares), pues como opina la oriunda de ese poblado, la doctora Irene Quieju , “se paga más el arte que la pieza en sí”.

Está la posibilidad de mandarlos a hacer o comprarlos en mercado, indica, mientras sostiene que los huipiles (blusas o vestidos) están valorados desde 700 a más de 5000 quetzales (de 88 a más de 632 dólares). Se puede encargar la confección de trajes típicos para las bodas, aunque acota que algunos novios en los últimos años se visten a la manera de occidental para su ceremonia de casamiento.

Aparte de hilar cortes y huipiles, los hijos de Santiago Atitlán pintan, cantan, esculpen. Las familias viven del comercio, el turismo, la agricultura y la pesca en un paisaje, donde es cotidiano ver a niños pedir un quetzal al turista, mientras otros acompañan a sus madres en las ventas diarias del mercado.

* Corresponsal de Prensa Latina en Guatemala.