Para ver con perspectiva histórica el estancamiento económico que afecta a EE.UU. y a otras economías capitalistas avanzadas hay que retrotraerse a la grave desaceleración de 1974-75, que marcó el fin de la prosperidad de posguerra. La interpretación dominante de la recesión de mediados de los 70 dice que el pleno empleo de la primera época keynesiana sentó las bases de la crisis al robustecer la posición del trabajo en relación con el capital. (1)

Según han venido sosteniendo muchos destacados economistas de izquierda cuya visión no difiere en este punto de la corriente académica dominante, el problema era la existencia de una clase capitalista “demasiado débil” y una clase obrera “demasiado fuerte”. (2) Con distintas pruebas empíricas, se atribuía comúnmente la caída a un aumento de la participación salarial en el ingreso, con la consiguiente contracción de los beneficios empresariales. Lo que ha venido en llamarse “teoría de la crisis por contracción de beneficios”. (3)

La Monthly Review jugó un papel clave en la introducción de una variante radical de la perspectiva de la “contracción de beneficios causada por el pleno empleo” en los EEUU publicando en su número de octubre de 1974 el artículo seminal de Raford Boddy y James Crotty “Class Conflict, Keynesian Policies, and the Business Cycle” (Conflicto de clase, políticas keynesianas y ciclo económico). (4)

Ese artículo iluminaba el bien establecido hecho de que los salarios y los costes de mano de obra por unidad crecen cuando se acerca el pico máximo del ciclo económico, apuntando indiciariamente a l colapso del auge. Sin embargo, los autores pasaron a sugerir que el incremento de la participación salarial en el ingreso en condiciones de pleno empleo era responsable en buena medida del gran declive económico entonces en curso.

“Los capitalistas –escribían—, guiados por algo más que su instinto de clase, piensan que el pleno empleo sostenido es manifiestamente absurdo… La maximización de beneficios precisa evitar el pleno empleo sostenido”. Al sostener eso, los autores opusieron su perspectiva a la del gran economista marxista polaco Michał Kalecki, así como a las posiciones de Josef Steindl y Howard Sherman. (5)

Para Kalecki, el poder de los trabajadores para lograr aumentar los salarios monetarios –aunque significativo en el momento de auge del ciclo económico— no era una amenaza económicamente relevante para el capital, ni siquiera en condiciones de pleno empleo, a causa del poder de que las grandes empresas tenían para dictar precios. De modo que si el sistema evitaba resueltamente la promoción del pleno empleo a través del estímulo del gasto público, ello no podía atribuirse a razones económicas per se, sino más bien a la amenaza política que ese pleno empleo permanente representaba para la clase capitalista.

Con la “amenaza de ir a engrosar la reserva” ya no disponible, el poder social general de la clase capitalista quedaría disminuido. El “aumento de las tasas salariales resultante del robustecido poder negociador de los trabajadores”, observaba Kalecki, “es menos probable que se reduzcan los beneficios que no que aumenten los precios, lo cual afecta negativamente sólo a los intereses de los rentistas. Pero la ‘disciplina’ en las fábricas y la ‘estabilidad política’ son más apreciadas por los dirigentes empresariales que los beneficios. Su instinto de clase les dice que el pleno empleo duradero es absurdo desde su punto de vista”. Ese fue el contexto en el que introdujo su celebérrima noción de “ciclo político de la economía”, conforme a la cual el gobierno capitalista oscilaría entre promover el pleno empleo y promover la austeridad y el equilibrio presupuestario, generando un “subempleo controlado”. (6)

En tajante contraste con este argumento de Kalecki, Boddy y Crotty sostuvieron que, a medida que la economía se acercaba al pleno empleo se generaba un incremento en la participación de los salarios en el ingreso, lo que representaba una grave amenaza para los beneficios capitalistas y desembocaba en una crisis económica estructural. Los efectos económicos del ciclo económico servían entonces, según ellos, para “reforzar los aspectos socio-políticos subrayados por Kalecki”. (7) Para ellos, como para el grueso de los analistas económicos, la causa principal de la crisis de mediados de los 70 fue una contracción de los beneficios inducida por los salarios. La idea de que, a medida que la economía se acerca al pleno empleo, aparece una contracción de beneficios, se convertía ahora en una teoría más general de la crisis económica y aun del estancamiento. (8)

En la segunda mitad de los 70 y en los 80 asistimos al triunfo del monetarismo, de la teoría económica de la oferta y a otras formas de conservadurismo de libre mercado y de neoliberalismo. La teoría académica establecida regresó a las ideas prekeynesianas de austeridad, resucitando la falaz Ley de los Mercados de Say, según la cual la oferta crea su propia demanda (una Ley ya desacreditada por Keynes y, mucho antes, cabalmente refutada por Marx). Desde la perspectiva de la Ley de Say, el proceso de acumulación capitalista no estaba atravesado por obstáculos propios, endógenos, sino sólo molestado por los tropiezos externos que representaban los sindicatos obreros y las interferencias estatales.

Todo eso significó la restauración de la ideología económica fundamental de la clase capitalista. En fecha tan temprana como 1732, Sir William Pulteney había declarado en la Cámara de los Comunes británica: “Es ahora mismo una queja universal en el País que los salarios ofrecidos a los trabajadores son la causa principal de la decadencia de nuestros comercio y de nuestras manufacturas; nuestra tarea, así pues, consiste en tomar todas las medidas imaginables para hacer que nuestros trabajadores trabajen por salarios más bajos que los actuales. (9)

Tan hondamente penetran esas ideas en el mundo de los negocios y de las finanzas, que un influyente estratega financiero de nuestro tiempo, Eric Green, jefe del gabinete de investigación de tasas de cambio exterior en TD Securities, se avilantó en 2012 –en medio del actual período de desempleo elevado, lenta recuperación e incremento de la disparidad de ingresos— a sostener que las grandes empresas estadounidenses estaban amenazadas por una “contracción en sus márgenes de beneficios causada por los costes laborales”. (10)

Mas si la adhesión a una perspectiva de contracción de beneficios resulta natural en la derecha, difícilmente lo resulta en medios de izquierda. Ello es, sin embargo, que un buen número de notorios teóricos radicales insistieron a mediados de los 80 en la “posibilidad” de que la estrategia neoliberal de represión salarial llegara a resultar exitosa: no podía excluirse “en absoluto” tuviera éxito en punto a resucitar la acumulación capitalista a largo plazo. (11)

Más recientemente, en un intento de explicar las raíces histórico-económicas de la Gran Recesión, un artículo de 2009 publicado en Dollars and Sense sostenía, como cosa de pura necesidad económica, la deriva del capital, en la era Reagan, en pos de la “superoración del pleno empleo contractor de beneficios (…) Como el New Deal de los 30, la era Reagan sentó las bases de un nuevo conjunto de instituciones-marco relativamente estables. La llamada estructura social neoliberal de acumulación, por muy monstruosa que resulte, funcionó como un marco para la acumulación y el crecimiento económico durante unas tres décadas.” (12)

Algunos analistas económicos de la izquierda, sin embargo, rechazaron desde el comienzo la tesis de la contracción de beneficios. Aunque contribuyeron a dar preeminencia a esa perspectiva al publicar el artículo de Boddy y Crotty, los editores de la Monthly Review Harry Magdoff y Paul Sweezy pertenecían a la misma tradición teórica marxista (en sentido amplio) que Kalecki y Steindl. Para esos pensadores, la contradicción económica fundamental de la acumulación capitalista-monopolista en el periodo posterior a la II Guerra Mundial se localizaba en el lado de la demanda, más que en el de la oferta, lo que se reflejaba en una tendencia a la subutilización de la capacidad productiva, una subutilización dimanante de problemas de absorción del excedente, endémicos del sistema. (13)

De acuerdo con esa concepción, el excedente económico (plusvalía), actual y potencial, generado en la producción bajo el régimen del capital monopolista rebasaba las posibilidades de ofrecerle salida abiertas por el consumo y la inversión capitalistas. El resultado era una tendencia al estancamiento económico, que se manifestaba en un lento crecimiento, un elevado desempleo y un exceso de capacidad. El problema era aquí precisamente el contrario del señalado por la teoría de la contracción de beneficios: el capital era demasiado fuerte, y el trabajo, demasiado débil.

Desde esta perspectiva, la prosperidad que definió a los años de posguerra se entendía como algo transitorio, como una desviación histórica del normal estado de estancamiento característico de la acumulación bajo el capitalismo monopolista. La llamada edad de oro de los 50 y los 60 podía atribuirse a una variedad de factores. Entre ellos: 1) la enorme liquidez de los consumidores construida en los años bélicos, 2) la reconstrucción de las economías devastadas por la guerra en Europa y Japón; 3) los gastos militares de la Guerra Fría (incluidas dos guerras regionales en Asia); 4) una segunda ola de automovilización de la economía estadounidense; y 5) una gran extensión del esfuerzo de ventas. (14) Pero a fines de los 60 el grueso de esos estímulos históricos se había desvanecido. Sin innovaciones capaces de marcar época, como la máquina de vapor, los ferrocarriles y el automóvil, y sin nuevas muletas para la acumulación privada, la economía caería más y más en una situación de lento crecimiento a largo plazo.

Si, empero, la economía del capitalismo monopolista logró evitar un estancamiento profundo en los 80 y los 90, no fue a causa del advenimiento de un nuevo y estable “marco de acumulación capitalista” en el período de Reagan, sino a causa de una explosión financiera que arrancó de la manera más seria entonces, drenando el enorme excedente económico en manos del capital. Lo que Sweezy llamaría “la financiarización del proceso de acumulación de capital” operaba, así pues, como una influencia contrarrestadora, capaz de levantar la economía (impulsada, asimismo, por un gasto militar acrecido). (15) Pero, tal y como premonitoriamente observaron en su día Magdoff y Sweezy, el coste de la deuda terminaría siendo tan grande, que socavaría la capacidad del Estado para intervenir efectivamente como prestamista de último recurso. La burbuja estallaría, y entraría en escena un estancamiento profundo. (16)

Esas dos perspectivas, la teoría de la contracción de beneficios y la teoría de la “sobreacumulación” y el estancamiento, representan dos interpretaciones harto distintas de la crisis de 1974-75 y de la trayectoria de largo recorrido de la economía estadounidense. (17)

Según han ido las cosas, las tendencias empíricas observables no han resultado muy favorables al enfoque de la contracción de beneficios. No sólo el estancamiento económico, cada vez más profundo, de las últimas cuatro décadas ha venido acompañado por un decremento –y no por un incremento— de la participación de los salarios en el ingreso, sino que hay razones incluso para dudar de un incremento de la participación de los salarios en el contexto de los años inmediatamente anteriores a la crisis de 1974-75. Ocurrió, antes bien, que el pequeño pero perceptible incremento de la participación de los salarios en el ingreso registrado a fines de los 60 y comienzos de los 70 no fue –como se ha mostrado con datos— sino el resultado de una breve expansión de la participación pública en la economía. No hubo en esos años una contracción significativa de los beneficios en el sector privado durante esos años. (18) Lo que se creyó una montaña, fue apenas un grano de arena. (19)

La superioridad de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital: Marx y Kalecki

Esas debilidades empíricas de la teoría de la contracción de beneficios tienen que verse en el trasfondo, más amplio, de su incompatibilidad general con la teoría marxiana de la acumulación. Lo que puede verse del modo más claro en las críticas a la perspectiva de la contracción de beneficios realizadas por Marx, Kalecki, así como en los horizontes estratégicos socialistas que ambos fueron capaces de dibujar a resultas de su crítica. El tenor principal de la teoría marxiana de la crisis siempre se dio en oposición a la tesis de la contracción de beneficios, una tesis que tiende a frustrar las aspiraciones de la clase obrera. Fue precisamente en relación con este problema que Marx habló de la holgada “superioridad de la economía política del trabajo” frente a la “economía política del capital”. (20)

En 1865, Marx se libró a un debate en el seno del Consejo General de la I Internacional sobre los efectos del alza general de los salarios monetarios. Buscaba en esa polémica refutar la idea –promovida por algunos representantes obreros de la época—, según la cual un incremento salarial generaría una crisis económica y un mayor desempleo. En su alocución al Consejo General –conocida hoy como Valor, precio y beneficio—, Marx ilustraba el problema dividiendo los bienes de consumo en dos departamentos. (Lo que, implícitamente, introducía ya un esquema tripartito: Departamento I, bienes de inversión; Departamento 2, bienes salariales; y Departamento III, bienes de lujo o bienes de consumo de los capitalistas.) Asumiendo que los trabajadores gastan sus salarios simplemente en bienes salariales o necesidades (Departamento II), Marx ilustraba el efecto inmediato de un incremento general de los salarios monetarios explicando que los mayores salarios implicarían un desplazamiento de la demanda, de los bienes no- salariales (Departamentos I y III) a los bienes salariales (Departamento II), dejando inalterados en la economía tanto el producto social total como el empleo, pero reduciendo los beneficios totales. (21)

Aun siendo verdad, decía Marx, que un alza general en el nivel de los salarios monetarios llevaría a un decremento de la participación de los beneficios en el ingreso, el efecto sería menor, porque los capitalistas podrían aumentar los precios “a resultas del incremento de la demanda”. En efecto, los trabajadores presionan generalmente a favor de alzas salariales sólo mediante acciones defensivas que buscan responder a cambios económicos previos diseñados por el capital. De aquí que sus reivindicaciones salariales se reduzcan normalmente al intento de restaurar el anterior equilibrio (de lo contrario, sus salarios caerían por debajo del valor de la fuerza de trabajo). (22) Además, unos salarios más altos funcionan simplemente como estímulos para que el capital busque abaratar más los costes de la mano de obra por unidad incrementando la productividad, revolucionando los medios de producción, aumentando la tasa de explotación y los beneficios y, simultáneamente, descartando el trabajo redundante. Todo eso tendría a largo plazo por efecto la disminución de la participación salarial en el ingreso. La “guerra industrial” de la competencia, observaba Marx, “tiene la peculiaridad de que sus batallas se ganan menos por la vía del reclutamiento que por la vía del descarte en el ejército de trabajadores. Los generales (los capitalistas) rivalizan entre sí, a ver quién es capaz de deshacerse del mayor número de soldados industriales”. (23)

Así pues, en resolución, Marx arguyó que sólo en condiciones muy excepcionales –como las que se dieron a comienzos del XIX con el auge de los ferrocarriles— podía darse una contracción de beneficios impulsada por el crecimiento salarial que no fuera meramente fugaz. En tal caso, el proceso de acumulación arrojaría por resultado “un añadido extraordinario de trabajo pagado”, de modo que los salarios promedio crecerían por encima del valor de la fuerza de trabajo y reducirían la tasa de explotación. Sin embargo, lo normal en el capitalismo, insistía Marx, era “el incremento tendencial de la tasa de plusvalía, es decir, del nivel de explotación del trabajo”. Ni siquiera la introducción de una jornada de trabajo más corta, de sólo diez horas, subrayaba Marx, elevaba substancialmente ni el empleo ni la participación salarial en el ingreso. (24)

Para decirlo todo, en la sección inicial de su capítulo sobre “La ley general de la acumulación” en el primer volumen de El Capital, Marx pareció contradecir eso sugiriendo que la contracción salarialmente inducida de los beneficios podía resultar de una combinación de acumulación rápida y escasez de trabajo. Pero eso no era sino un paso lógico en su argumento sobre el supuesto restrictivo –introducido en el título mismo de esta sección— de un cambio técnico (la composición orgánica de capital) constante. Pero incluso en ese caso, sigue siendo verdad que el nivel salarial está determinado por la tasa de acumulación, y no al revés. Así pues, “en los mejores tiempos” para el trabajo, escribía Marx, la reducción en la participación relativa del trabajo no pagado o plusvalía, es decir, la reducción de la tasa de explotación, “nunca puede llegar tan lejos, como para resultar una amenaza para el sistema”. (25) Un incremento en la participación salarial en el momento culminante del ciclo económico era simplemente, para Marx, “un heraldo de la crisis”, nunca su causa. (26)

Una vez removido el supuesto artificial de que no hay cambio tecnológico (en las secciones siguientes del capítulo), el reabastecimiento constante del ejército de reserva de los parados por medio del incesante revolucionamiento de los medios de producción se ve como un factor represador de los salarios y de las aspiraciones de la clase obrera dentro del sistema. Todo afin de asegurar que una tasa creciente de explotación sea la tendencia normal (o la ley general) del proceso de acumulación capitalista. (27) En lo atinente a la lucha en torno a los salarios, la producción y el empleo, Marx declaraba: “Esa misma necesidad de acción política general proporciona la prueba de que en su acción meramente económica el del capital es el lado más fuerte”. (28)

En su artículo “Lucha de clases y distribución del ingreso nacional” –publicado póstumamente en 1971—, Kalecki reprodujo el esquema general de la argumentación de Marx. Basándose en el modelo tripartito, Kalecki sostuvo que un incremento general de los salarios en condiciones de competencia perfecta o libre no tendría el menor efecto a corto plazo en el volumen general de producción y de empleo. Sin embargo, Kalecki desarrolló la lógica del argumento más allá de Marx, demostrando –bajo el supuesto de que “el volumen de la inversión y del consumo de los capitalistas están determinados por decisiones tomadas antes del corto período considerado, y no se ven afectadas por el incremento salarial durante ese período”— que no se daría “ningún desplazamiento absoluto de los beneficios hacia los salarios a causa de un alza salarial generalizada. El aumento de las pérdidas en las partidas de los bienes de consumo y de los bienes de inversión capitalistas causadas por el aumento de los costes salariales quedarían enteramente compensado por los acrecidos beneficios registrados en la partida de los bienes salariales. (29)

Muy otra cosa, sostenía Kalecki, ocurría en una economía capitalista-monopolista, caracterizada por el exceso de capacidades y el poder para dictar precios monopólicos. Aquí sí que era posible que los sindicatos obreros y las industrias monopólicas –con gran poder para dictar precios— negociaran mayores salarios, lo que traía consigo un pequeño incremento de la participación salarial en el ingreso. Dado el exceso de capacidad, eso traería consigo el incremento, no el decremento, de la demanda efectiva agregada y del empleo. Además, a largo plazo, la mayor demanda y los superiores beneficios agregados cuando la economía se acercara al pleno empleo alimentarían expectativas de beneficios capaces de contrarrestar cualquier declive de la inversión causado por un incremento de la participación salarial en el ingreso.

Kalecki, Keynes y la inflación como expresión de la lucha de clases

Es verdad que los incrementos salariales podrían llevar a la inflación. Pero la inflación se vería finalmente contenida, sostenía Kalecki, en los estrechos límites, dentro de los cuales les resulta posible a las grandes empresas aumentar los precios sin llegar a romper las barreras monopolistas de entrada y permitir el surgimiento de una competencia procedente de otras industrias. (30) No estarían, pues, las grandes empresas en condiciones de traspasar totalmente los costes salariales a los consumidores, un hecho que tendría un efecto positivo en el conjunto de la economía. Como dijo Joan Robinson: “Kalecki diagnosticó la inflación como una expresión de la lucha de clases”. (31) Las principales víctimas de esa espiral inflacionaria, según Kalecki, no serían ni los capitalistas ni los trabajadores, sino los rentistas. (32) De este modo, Kalecki anticipaba los rasgos principales del período de la estanflación (estancamiento e inflación) de finales de los 70.

Kalecki, en un análisis de 1944 con el que Keynes estuvo plenamente de acuerdo, sostuvo que las vías principales hacia el pleno empleo eran, o bien el aumento del gasto público, o bien la redistribución. La vía al empleo por la redistribución del ingreso, dijo, requería políticamente la “contracción de los márgenes de beneficio” mediante impuestos al capital. (33)

Así pues, para Kalecki, la doctrina de la contracción de beneficios, según la cual “cuando los salarios suben, los beneficios caen otro tanto” (es decir, en la misma medida) era “totalmente falsa”. (34) No sólo una crisis de contracción de beneficios dimanante de un alza salarial era un falso problema en el conjunto de una economía capitalista perfecta o libremente competitiva, sino que el incremento limitado de la participación salarial ocasionalmente registrado en una economía capitalista monopolista estimulaba la demanda agregada. Un incremento salarial, en la medida en que resultaba posible, constituía, así pues, una vía económica hacia, no contra, el pleno empleo y hacia un mayor crecimiento del ingreso. (35)

El Frente Popular francés y la estrategia socialista

Las ideas de Kalecki sobre el argumento de la contracción de beneficios, el ciclo económico político y la estrategia económica socialista echan históricamente sus raíces en su atenta observación del gobierno de Frente Popular francés dirigido por Leon Blum en 1936-37. Kalecki pasó en París el verano de 1937, y fue testigo de los acontecimientos. En lo que vino en llamarse el “experimento de Blum”, si hizo un esfuerzo coordinado para poner por obra una semana laboral de 40 horas, dos semanas de vacaciones pagadas para todos los trabajadores y derechos de negociación colectiva. Como parte de ese programa de reformas, el Frente Popular acometió un incremento substancial de los salarios monetarios de los trabajadores manuales, que llegaron a crecer un 60% en el curso de un año. Ese incremento de los salarios monetarios no tuvo, sin embargo, un efecto negativo sobre el producto social general ni sobre el empleo, puesto que los precios mayoristas aumentaron proporcionalmente. Sin embargo, generó ganancias netas tanto para los trabajadores manuales y como para los grandes capitalistas, y en general, para todo el sector industrial. A expensas, claro, de los rentistas y de otros grupos de ingreso. Sin embargo, a pesar de que el gran capital salió ganando significativamente con la redistribución a favor de la industria que el alza salarial trajo consigo, no por eso dejó de aliarse con los rentistas a fin de resistirse a los incrementos salariales, quejándose de una contracción de los beneficios. El gobierno Blum terminó sucumbiendo a esas presiones, lo que llevó a una frustración fatal de las aspiraciones obreras. (36)

Fundándose en esa estimación del experimento de Blum, Kalecki sostuvo, como Marx antes que él, que los trabajadores tenían que luchar siempre y de forma consistente por mejores salarios a poco que las circunstancias económicas lo permitan, aunque sólo fuera para contrarrestar los recortes experimentados en las recesiones. Sin embargo, incluso con pleno empleo y en una situación de máxima fuerza del trabajo, la “lucha por los salarios” –escribió Kalecki— “no es probable que traiga consigo cambios fundamentales en la distribución del ingreso nacional”: la fuerza de la clase capitalista en la lucha económica y su poder social general eran simplemente demasiado grandes. Para que se dieran cambios fundamentales en la distribución, el Estado tendría que introducir impuestos al capital. Más importante aún, el pleno empleo, en vez de verse como un fin en sí mismo, debería utilizarse como la base estratégica, a partir de la cual el trabajo podría lanzar un ataque en toda regla contra las reglas del juego burgués. En efecto, esa opción es la que hacía de una situación de pleno empleo algo tan sumamente peligroso para la clase capitalista. Por eso afirmó Kalecki que la clase capitalista se empeñaría a fondo en la resistencia contra una vía de pleno empleo a largo plazo, luchando con uñas y dientes contra lo que veía como una amenaza potencial contra su poder social. (37)

La estrategia propuesta por Kalecki en los 40, en la época en que el Partido Laborista británico crecía con fuerza (en un tiempo, sin precedentes históricos, de empleo total debido a las condiciones de guerra), era romper el ciclo político de la economía que permite al capital reaccionar –con políticas de austeridad— contra cualquier cosa que se acerque al pleno empleo. Los trabajadores deberían tratar de superar el ciclo político de la economía sirviéndose del pleno empleo para incrementar su poder social. En un artículo de 1942 titulado “La esencia de la planificación democrática” y escrito para la revista laborista Labour Discussion Notes, Kalecki, que entonces trabajaba en el Instituto de Estadística de Oxford, argüía que, en cualquier programa de transformación social, la condición de partida que había que establecer era la garantía del pleno empleo y de la seguridad económica de los trabajadores. Eso daría “ánimo y determinación” y “proporcionaría a los trabajadores y a los estratos sociales bajos la autoconfianza” necesaria para comprometerse con un “ritmo vigoroso” de cambio social y dar a luz a la institución de la “planificación socialista democrática”. Una vez que la “sanción del despido” –el ejército industrial de reserva de Marx— “dejara de ser operativa”, los trabajadores desafiarían cada vez a la autoridad empresarial, generando la fuerza social necesaria para un movimiento de planificación democrática radical.

El principal propósito estratégico del nuevo gobierno laborista tendría que centrarse en “alterar las relaciones de fuerza en la sociedad, haciéndose con los centros clave del poder económico, social y político de los grupos capitalistas más fuertes”. Kalecki argüía a favor de un “pleno control público central de la banca y de las finanzas, de la inversión y del comercio exterior, y posiblemente también de la asignación de las materias primas y las mercancías básicas”. Eso precisaba del “control social directo” de los sectores industriales clave, ya a través de la “plena nacionalización”, ya mediante la institución de “algún tipo de corporación empresarial pública”. Los requisitos más importantes aquí eran: “que quienes dirigen y gestionan la corporación (pública) no tengan otro incentivo financiero que sus remuneraciones”; y que, si hubiere inversores privados, no se les permitiera “control ninguno sobre las decisiones políticas y de gestión”. (38)

Kalecki reconocía que todo eso sería ferozmente resistido por el capital, el cual se serviría de todos los medios, incluido el sabotaje, para bloquear cualquier cambio que amenazara su posición de clase. Sin embargo, afirmaba que si el Partido Laborista se empleaba con todas sus fuerzas al final de la guerra, sería capaz de generar una economía de pleno empleo y de convertir esa economía en un medio para seguir robusteciendo el poder de la clase obrera. “Este período, que puede ser corto, será el que ofrezca las máximas oportunidades al laborismo, el momento en el que el pleno empleo ha generado un sentimiento de autoconfianza entre los trabajadores. Entonces habrá llegado la hora de que el laborismo se sirve de su poder político al completo: para golpear con audacia y para golpear duro. Será el momento en que habrán de sentarse las bases de esa revolución social continua, sin la cual la planificación socialista democrática seguirá siendo un sueño estéril”. (39)

La estrategia político-económica de Kalecki para el cambio social se proponía socavar fatalmente lo que Marx había llamado la principal “palanca” del capital para disciplinar a la clase obrera: la existencia de una población relativamente excedente o ejército industrial de reserva. Removiendo esa palanca, sería posible alterar las reglas del juego. (40) Entretanto, la máxima respuesta del capital en esta lucha de clases sería tratar de generar lo que Steindl llamó luego el “estancamiento como política”, oponiéndose a todas las políticas públicas tendentes a contener el desempleo y aun el estancamiento y aumentando el ejército de reserva del trabajo para preservar el poder social de la clase capitalista, aun a expensas de los beneficios totales. (41)

La restauración borbónica en la teoría económica

Ello es que el Partido Laborista británico llegó al poder en los 40 y luego, pero –ni siquiera durante su máxima influencia— no ejerció su pleno poder poniendo por obra un proyecto de transición de clase en la línea propuesta por Kalecki. (42) Con el auge del thatcherismo en Gran Bretaña y del reaganismo en los EEUU de fines de los 70 y de los 80, el capital mismo, como observó Steindl, buscó romper con el ciclo político de la economía, poniendo en su lugar la “tendencia política” regresiva ahora conocida como neoliberalismo. Fue un intento de retrasar el reloj a un régimen económico de estilo prekeynesiano con desempleo creciente, a fin de contraer los salarios e imponer una mayor disciplina de clase a los trabajadores. Al propio tiempo, se abrigó una economía de casino financieramente dirigida al servicio del capital. (43) El pleno empleo y la inflación salarial fueron de nuevo presentados como amenazas a la prosperidad, a lo que Steindl se refirió como “el regreso de los Borbones” en la teoría económica. (44)

Los efectos económicos de esa restauración de la teoría económica prekeynesiana son evidentes en las tendencias observables en los EEUU de las últimas cuatro décadas, más o menos. El porcentaje de los trabajadores en la producción y de los trabajadores no empleados en labores de supervisión en relación con en el empleo total del sector privado se mantuvo constante en el 83% de todos los trabajadores tanto en 1965 como en 2011. Sin embargo, la participación de esos trabajadores en el volumen salarial del sector privado total cayó del 76% en 1965 al 56% en 2011, mientras que su participación en el PIB cayó en el mismo período de cerca de un 30% a cerca de un 20%. (45)

En esas circunstancias, incluso un economista de la corriente dominante como Paul Krugman se ha sentido obligado a declarar que “estamos volviendo a hablar de capital contra trabajo… [un] tipo de discusión casi marxista”. (46) Además, al tratar de discernir por qué la política de pleno empleo no entra ni en consideración en la cúspide de la sociedad norteamericana, ni siquiera en un contexto de hondo estancamiento y creciente desigualdad, Krugman no pudo hallar en su libro de 2012 (¡Terminad ya con esta crisis!) otra explicación racional que la explicación ofrecida por Kalecki, y es a saber: que el capital ve el pleno empleo como una amenaza a su poder social total. (47)

En la perspectiva de Kalecki, la cerrada oposición de la clase capitalista al pleno empleo de largo plazo a través de la intervención estatal significaba que a los trabajadores no les quedaba otro recurso que luchar por aumentos salariales y el pleno empleo, y buscar sobre esa base una plena transición al socialismo. “El laborismo”, advertía en 1942:

“… no debe hacerse ilusiones sobre la gran lucha que tendrán que librar contra esos grupos [capitalistas de interés]. Resistirán ferozmente, porque lo que anda en juego no son tanto sus beneficios, cuanto su poder personal y social, que aparece en dos formas: poder en la sociedad en su conjunto y poder sobre la industria de los obreros. Mientras se mantenga la primera forma de poder, todos los esfuerzos hechos por los trabajadores en las fábricas y a través de los sindicatos obreros para disminuir la segunda forma de poder sólo pueden tener un éxito limitado. La lucha por los derechos de los trabajadores en la industria y por una representación obrera más eficaz a través de cosas como los consejos de trabajo y los comités de producción es, ni que decir tiene, de gran importancia y (…) tiene que jugar un papel vital en la lucha total contra los capitalistas. Pero nunca puede ser un substituto de la necesaria batalla para destruir el poder ejercido sobre el conjunto de la sociedad por los grandes grupos de interés capitalistas.

“Su poder es, en efecto, un poder de clase, y mientras su poder de clase siga intacto, la capacidad de los grupos capitalistas dirigentes para manejar las cosas a su antojo –en el peor de los casos, con sabotaje— es enorme (…) Sólo puede romperse destruyendo no sólo su influencia política, sino lo que constituye la base real de la misma, su poder económico en las grandes fuerzas productivas sobre las que tienen una control prácticamente incontestado…

“Lo importante, sin embargo, es que el Partido Laborista no se arredre ante las consecuencias de la revolución social en la industria, sino que se haga dueño de la situación, no buscando calmar el ímpetu de los trabajadores, como hicieron los dirigentes del Frente Popular en Francia, sino dirigiéndolo contra los enemigos de la planificación democrática.” (48)

El análisis político-económico de Kalecki se basaba aquí, según explica él mismo, en una economía capitalista “aislada”. (49) Tal y como sucedieron históricamente los acontecimientos, no sólo falló el Partido Laborista a la hora de actuar con decisión en interés de la clase obrera, sino que los acrecidos militarismo e imperialismo de la Guerra Fría, como el propio Kalecki tuvo luego ocasión de observar, alteraron el cuadro de forma considerable. El crecido gasto armamentista produjo un mayor nivel de empleo que en los años anteriores a la Guerra, al tiempo que incorporaba a una parte importante de la clase obrera a un proyecto regresivo nacionalista-imperialista y chovinista, lo que socavó la capacidad del trabajo para unirse y promover sus genuinos intereses mediante la lucha de clases. (50)

En el capitalismo monopólico-financiero altamente globalizado de nuestros días, las contradicciones a que se enfrenta el movimiento obrero son todavía más complejas. El capital, en forma de empresas transnacionales, es cada vez más móvil globalmente y cada vez más capaz de dividir y conquistar internacionalmente al trabajo, presionando a la baja a escala mundial los salarios y los costes de mano de obra por unidad, enfrentando entre sí a trabajadores de distintas nacionalidades. (51)

Sin embargo, los argumentos de Kalecki para no aceptar la lógica del sistema e insistir en la necesidad de arrebatar el poder social a la clase capitalista siguen siendo cruciales en nuestros días. El peligro de la teoría de la crisis capitalista como contracción de beneficios siempre ha sido el de la sugerencia tácita a los trabajadores de que la lucha por sus aspiraciones democráticas e igualitarias lleva derechamente a la recesión, empeorando sus condiciones de vida. Como lo formuló Kalecki:

“Ni que decir tiene: hay ciertos ‘amigos’ de los trabajadores empeñados en persuadirles a la clase obrera de que debe abandonar interés propio la lucha salarial. El argumento normalmente empleado a este propósito es que el incremento de los salarios causa desempleo, lo que es perjudicial para el conjunto de la clase obrera”. (52) Esta posición se hace visible en los EEUU de hoy con el debate sobre si incrementar un tantito el salario mínimo. (53)

Los argumentos que Marx y Kalecki opusieron a la teoría de la crisis como contracción de beneficios no sólo se revelaron correctos en su día, sino también en nuestra época. Década tras década, hemos asistido en los EEUU a una progresiva disminución de la participación salarial en el ingreso (así como de la remuneración total). La participación en el PIB del 80% más bajo de los trabajadores del sector privado se ha desplomado. Al propio tiempo, la participación en el PIB de ejecutivos, supervisores y otros empleados fuera de la producción en el sector privado ha crecido espectacularmente. (54) Paralelamente, la participación total del capital en el ingreso ha crecido a marchas forzadas. Más que a un marco estable de acumulación, eso ha llevado al estancamiento, la inestabilidad financiera y el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores.

Las conclusiones político-económicas a las que llegó Kalecki estaban en línea con las de Marx, quien, precisamente en oposición al argumento de la contracción de beneficios, dejó dicho redondamente que la lucha de los trabajadores, en todas y cada una de las etapas de su camino, era una lucha racional, porque reflejaba la superioridad de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital. Sin embargo, el objetivo último de la lucha de la clase obrera no era la aspiración a tal cual logro dentro del sistema, sino precisamente reemplazar el sistema capitalista por una economía socialista controlada por los productores directos. Como Marx declaró en la sentencia final de Valor, precio y beneficio:

“En vez de la consigna conservadora: ‘¡Un salario justo para un día de trabajo justo!’, los trabajadores tienen que inscribir en sus banderas el lema: ‘¡Abolición del sistema de salarios!’”. (55)

Notas:

1. Paul A. Samuelson, el más destacado representante del keynesianismo de la corriente principal (también llamado “síntesis keynesiano-neoclásica), llegó a conceder que las “prescripciones” de Keynes, “en su forma más simple, resultaron autodestructivas, e medida que la obligación de desarrollar políticas humanitarias de pleno empleo permanente causaron el que las economías modernas sucumbieran a la nueva enfermedad de la estanflación (elevada inflación, junto con paro y exceso de capacidad)” Samuelson, “The House that Keynes Built”, New York Times, 29 de mayo, 1983.

2. David M. Gordon, Thomas E. Weisskopf, y Samuel Bowles, “Power, Accumulation, and Crisis,” en Robert Cherry, et. al., The Imperiled Economy (New York: Union for Radical Political Economics, 1987), 43; Alain Lipietz, “Behind the Crisis,” Review of Radical Political Economics 18, no. 1 y 2 (1986): 13.

3. Véase Howard J. Sherman, “Inflation, Unemployment, and the Contemporary Business Cycle,” en John Bellamy Foster y Henryk Szlajfer, comps., The Faltering Economy (New York: Monthly Review Press, 1984), 93.

4. Raford Boddy y James Crotty, “Class Conflict, Keynesian Policies, and the Business Cycle”, Monthly Review 26, no. 5 (octubre de 1974): 1–17. Véase también: Raford Boddy y James Crotty, “Class Conflict and Macro-Policy: The Political Business Cycle,” Review of Radical Political Economics 7, no. 1 (1975): 1–18.

5. Boddy y Crotty, “Class Conflict, Keynesian Policies,” 4, 8. A diferencia de Boddy y Crotty, algunos teóricos de la izquierda cometieron luego el error de pensar que Kalecki mismo había presentado una teoría de la contracción de beneficios. Para esta errónea interpretación, véase, por ejemplo, Andrew Glyn, Capitalism Unleashed (Oxford: Oxford University Press, 2006), 31. Para una crítica de ese mal uso de Kalecki, véase: Robert Brenner, “The Economics of Global Turbulence,” New Left Review 229 (1998): 14–17.

6. Michal Kalecki, “Political Aspects of Full Employment,” en Kalecki, The Last Phase in the Transformation of Capitalism (New York: Monthly Review Press, 1972), 76–83, Selected Essays on Economic Planning (Cambridge: Cambridge University Press, 1986), 24. Steindl insistió, de acuerdo con Kalecki, en que “un alza o una baja generalizada de los salarios nominales no necesariamente, ni siquiera regularmente, afectan a la participación de los beneficios, porque son los capitalistas quienes deciden el ‘porcentaje de margen’ añadido a los costes salariales para fijar el precio”. Josef Steindl, Maturity and Stagnation in American Capitalism (New York: Monthly Review Press, 1976), 236–37.

7. Boddy y Crotty, “Class Conflict,” 4.

8. Boddy y Crotty presentaron la contracción de beneficios como factor explicativo de la crisis económica. Otros, sin embargo, legaron todavía más lejos, y la vieron como la fuente del estancamiento a largo plazo. Véase, por ejemplo, Gordon, Weisskopf y Bowles, “Power, Accumulation and Crisis”; y en Gran Bretaña: Andrew Glyn y Bob Sutcliffe, Capitalism in Crisis (New York: Pantheon, 1972).

9. Pulteney, citado en Philip Morowski, The Birth of the Business Cycle (New York: Garland Publishing, 1985), 15.

10. “Labor Costs a Challenge to Fed, Companies,” Wall Street Journal Marketwatch blog, 8 de marzo, 2012, http://articles.marketwatch.com

11. Thomas E. Weisskopf, Samuel Bowles y David M. Gordon, “Two Views of Capitalist Stagnation,” Science and Society 49 (otoño de 1985): 259–86.

12. Alejandro Reuss, “That ‘70s Crisis,” Dollars & Sense, no. 285 (noviembre–Diciembre 2009): 23–24. Estos pensadores sostienen que la economía de nuestros días se caracteriza por una caída de la participación salarial en el ingreso, teniendo, así pues, la presente crisis una causa diametralmente opuesta a la de los 70.

13. Para una sumaria presentación general del argumento de los monopolios y el estancamiento, véase: John Bellamy Foster y Robert W. McChesney, The Endless Crisis (New York: Monthly Review Press, 2012), 29–38.

14. Harry Magdoff y Paul M. Sweezy, The Deepening Crisis of U.S. Capitalism (New York: Monthly Review Press, 1981), 181–82.

15. Paul M. Sweezy, “More (or Less) on Globalization,” Monthly Review 49, no. 4 (septiembre 1997): 3.

16. Harry Magdoff y Paul M. Sweezy, The Irreversible Crisis (New York: Monthly Review Press, 1988), 76. Sobre el declive a largo plazo de la tasa de crecimiento económico desde los 70 hasta hoy, véase: Foster y McChesney, Endless Crisis, 3–4.

17. Magdoff y Sweezy, Deepening Crisis,179.

18. Fred Magdoff y John Bellamy Foster, “Class War and Labor’s Declining Share,” Monthly Review 64, no. 9 (marzo 2013): 1–11.

19. La actual investigación sobre los ciclos económicos, como ha señalado Sherman, ha mostrado que el incremento de la participación salarial en el ingreso en el punto culminante del ciclo económico típico no se debe a al incremento del ingreso de los empleados que se da en esa fase –y que es, a lo sumo, “minúscula”—, sino más bien al hecho de que “los salarios se mantienen, mientras que los beneficios caen”. Howard J. Sherman, The Roller Coaster Economy (Armonk, NY: M.E. Sharpe, 2010), 52–53.

20. Karl Marx, On the First International (Nueva York: McGraw-Hill, 1973), 5–12.

21. Karl Marx, Value, Price and Profit (Nueva York: International Publishers, 1935), 12–16; Karl Marx y Friedrich Engels, Collected Works (Nueva York: International Publishers, 1975), vol. 20, 338. Valor, precio y beneficio es el texto de una charla ante una audiencia obrera, y nunca fue revisado por el propio Marx para su publicación. Se publicó como panfleto por vez primera en 1898, en edición de su hija Eleanor. En la charla que dio Marx no usó el lenguaje formal de los Departamentos, como en el volumen II de El Capital, sino que se refirió simplemente a los sectores de los bienes salariales y de los bienes capitalistas de lujo como dos “ramas de la industria distintas. (En sus esquemas de reproducción del volumen II, Marx subdividió el Departamento II en el subdepartamento de los bienes salariales de la clase obrera y el de los bienes de lujo de los capitalistas. Teóricos marxistas posteriores han tratado esos dos subdepartamentos como departamentos propiamente dichos, el Departamento II y el Departamento III, respectivamente.) Tampoco se refirió explícitamente Marx en esa charla al sector de los bienes de inversión (Departamento I), a pesar de que, puesto que representaba la acumulación de capital, era la fuerza directriz. Con todo y con eso, al distinguirse en Valor, precio y beneficio entre el departamento de los bienes salariales y el departamento de los bienes de lujo, resulta indudable que Marx estaba argumentando implícitamente en términos de un esquema de reproducción con tres departamentos y de los intercambios que tenían lugar entre el departamento de los bienes salariales y los de los bienes no salariales. De aquí que se incluyan en la explicación del argumento, ya que sin ellos que daría incompleto. En efecto, como habrá ocasión de ver más adelante, el argumento de Marx sobre los efectos de un incremento salarial generalizado en la distribución entre los tres departamentos fue reproducido más tarde por Kalecki.

22. Marx, Value, Price and Profit, 6, 56.

23. Karl Marx, Wage- Labour and Capital (Nueva York: International Publishers, 1933), 45.

24. Karl Marx, Capital, vol. 1 (Londres: Penguin, 1976), 771. Karl Marx, Capital, vol. 3 (Londres: Penguin, 1981), 347; Marx, Value, Price, and Profit, 54–55.

25. Karl Marx, Capital, vol. 1, 762, 769–70, Capital, vol. 2 (Londres: Penguin, 1978), 486–87.

26. Karl Marx, Capital, vol. 2, 486–87. Al referirse al incremento de la participación salarial en el ingreso que se daba en el punto culminante de cada ciclo como un “presagio” de crisis (una suerte de indicador principal), es evidente que Marx no estaba atribuyendo la caída cíclica misma a ese hecho. La pionera aproximación de Marx al ciclo económico (y a las crisis periódicas como fenómeno cíclico) era compleja, y destacaba varios factores, aunque nunca llegó a desarrollarse como una teoría consumada. Tuvo en cuenta prácticamente todos los elementos que incorpora el análisis actual del ciclo económico, poniendo un énfasis especial, sin embargo, en la comprensión del ciclo como algo determinado por fluctuaciones de inversión, particularmente la relativa a la renovación del capital fijo (una perspectiva que habría de ejercer una enorme influencia en la teoría económica en general). El enfoque de amplios horizontes de Marx tienen muchos elementos en común con el análisis dinámico de Kalecki que, fundado en la mutua interacción entre la inversión y los beneficios, incorpora factores procedentes tanto del lado de la demanda como del lado de la oferta. Por eso los intentos recientes de reducir la teoría marxiana del ciclo económico a una explicación en términos de contracción de beneficios inducida por los salarios carece de la menor base en el pensamiento de Marx. Para el punto de vista de Marx sobre los ciclos económicos, véase: Marx, Capital, vol. 2, 264; Ernest Mandel, The Formation of the Economic Thought of Karl Marx (Nueva York: Monthly Review Press, 1971), 140–53; Howard J. Sherman, The Business Cycle (Princeton: Princeton University Press, 1991), 70, 135–36. Sobre Kalecki en ese respecto, véase Sherman, The Business Cycle, 71–72; y Michal Kalecki, Theory of Economic Dynamics (Nueva York: Monthly Review Press, 1965).

27. Marx, Capital, vol. 1, 772–94. Para teóricos como Kalecki, Steindl, Baran y Sweezy, incluso la limitada importancia que Marx otorgó a la contracción de beneficios bajo el capitalismo competitivo no era sino la expresión del hecho de que, por decirlo con las palabras de Steindl, Marx no consiguió distanciarse por completo” de “la simplicidad de la ‘teoría económica clásica’” (aludiendo aquí a la perspectiva de la Ley de Say). “Un incremento salarial jamás puede reducir los beneficios” en el conjunto de la economía, observaba Steindl, “mientras se mantengan altos los niveles de inversión y de consumo capitalistas”. Steindl, Maturity and Stagnation, 237.

28. Marx, Value, Price and Profit, 59.

29. Michal Kalecki, Selected Essays on the Dynamics of the Capitalist Economy (Cambridge: Cambridge University Press, 1971), 156–59.

30. Ibid, 161.

31. Joan Robinson, “Michal Kalecki: A Neglected Prophet,” New York Review of Books 23, no., 1 (March 4, 1976): 28–30.

32. Kalecki, Last Phase, 78.

33. Kalecki, Collected Works (Oxford: Oxford University Press,1990), vol. 1, 374, ; Keynes a Kalecki, 30 de diciembre de 1944, en: Kalecki, Collected Works, vol. 1, 579.

34. Kalecki, Selected Essays on Dynamics, 156. Kalecki observó también agudamente que esta doctrina era el último refugio de la Ley de Say: “Aun cuando en el análisis de otros fgenómenos la Ley de Say no consiguió reclutar adeptos, o al menos adeptos demasiad fieles, en este caso [el de un alza del salario monetario] no se puso en duda la preservación del poder adquisitivo”.

35. Ibid, 160–64.

36. Kalecki, Collected Works, vol. 1, 283–84, 326–41, 563–65; Selected Essays on Economic Planning, 23–24. Véase también Gunnar Myrdal, “A Parallel: The First Blum Government1936—A Footnote to History,” en: N. Assordobraj-Kula, et. al., comps., Studies in Economic Theory and Practice: Essays in Honor of Edward Lipiński (Amsterdam: North-Holland Publishing Co., 1981), 53–62.

37. Kalecki, Collected Works, vol.1, 284–85.

38. Kalecki, Selected Essays on Economic Planning, 19–24.

39. Ibid, 24.

40. Marx, Capital, vol. 1, 784.

41. Kalecki, Selected Essays on Economic Planning, 24; Josef Steindl, “Stagnation Theory and Stagnation Policy,” en: Foster and Szlajfer, comps., The Faltering Economy, 179–97.

42. Lo que habría podido hacer el Partido Laborista políticamente es, obviamente, debatible. Véase, por ejemplo, Ralph Miliband, Parliamentary Socialism (Londres: George Allen and Unwin, 1961); Raymond Williams, “Class Voting in Britain,” Monthly Review 11, no. 9 (enero de 1960): 327–34.

43. Steindl, “Stagnation as Policy,” 189.

44. Josef Steindl, “The Present State of Economics,” Monthly Review 36, no. 9 (febrero, 1985): 35.

45. Magdoff y Foster, “Class War and Labor’s Declining Share,” 8–10.

46. Paul Krugman, “Robots and Robber Barons,” New York Times, 9 de diciembre de 2012, http://nytimes.com

47. Paul Krugman, End This Depression Now! (Nueva York: W.W. Norton, 2012), 94–96, 206.

48. Kalecki, Selected Essays on Economic Planning, 20–24.

49. Kalecki, Collected Works, vol. 1, 340.

50. Kalecki, The Last Phase, 85–114.

51. Foster y McChesney, The Endless Crisis, 103–54.

52. Kalecki, Collected Works, vol. 1, 284.

53. Para una visión racional, keynesiana, del posible incremento del salario mínimo, véase Paul Krugman, “Raise That Wage,” New York Times, 17 de febrero de 2013, http://nytimes.com Para una visión irracional, prekeynesiana (Ley de Say), véase James Dorn, “Obama’s Minimum Wage Hike,” Forbes, 20 de febrero de 2013, http://forbes.com La verdad es que, aun si la propuesta de Obama de elevar el salario mínimo a escala federal hasta los 9 dólares la hora prosperara legalmente, el salario mínimo real (ajustado a la inflación) ¡quedaría todavía por debajo del de 1968! Gar Alperovitz, What Then Must We Do (White River Junction, VT: Chelsea Green, 2013), 7.

54. Magdoff and Foster, “Class War,” 10.

55. Marx, Value, Price and Profit, 61.

* Editor de la Monthly Review, la más importante revista de pensamiento socialista en lengua inglesa. Traducido para www.sinpermiso.info por Antoni Domènech. Fuente: www.sinpermiso.info, 21 abril 2013