A finales del mes de marzo pasado se conmemoraron 18 años de la fundación del partido de gobierno, el MAS-IPSP. La celebración de dicho aniversario fue organizada con la participación de las más altas autoridades de los poderes Ejecutivo y Legislativo, incluyendo al Presidente y Vicepresidente del Estado Plurinacional en la ciudad de Santa Cruz, otrora capital representativa de la oposición derechista y neoliberal del país y que ahora constituye la principal plaza de disputa electoral, de acuerdo al incremento y el total poblacional establecido preliminarmente por el censo de población efectuado el año 2012.

Es precisamente allí, donde además reside el principal motor económico y financiero capitalistas de Bolivia, donde el gobierno inocultablemente despliega una estrategia de seducción para desplazar y conquistar aquella reticente y tradicionalmente opositora región a los impulsos de transformación democrático cultural; donde se efectuaron los principales actos de celebración y se tuvo la ocasión de escuchar una vez más las palabras del Presidente y Vicepresidente.

Muy en contrario a una alocución de la que se esperaba pueda evaluar críticamente lo avanzado en 18 años desde la creación del partido oficialista y más de 7 años gestión gubernamental; pudiera, además, delinear claramente las tareas que quedan pendientes en la marcha del proceso de transformación y cambio, la estrategia que se espera seguir para alcanzar los objetivos planteados, y un mandato político para encarar las acciones principales que siguen a futuro; en realidad hubo que conformarse con aquel trillado, incansable y repetitivo discurso, que se ha convertido en una constante y tediosa práctica que el Presidente Evo Morales ejercita no hace meses, sino años de gestión gubernamental.

Se trata de una especie de libreto memorizado, pero que además se repite y reproduce casi cotidianamente en los innumerables viajes y entrega de obras que efectúa en diversos lugares del país, en una rutina que no tiene pausa para la reflexión y el análisis sobre lo que verdaderamente importa para alcanzar los objetivos de la descolonización, la lucha antiimperialista, la liberación nacional, la construcción del paradigma alternativo al capitalismo salvaje y el neoliberalismo en decadencia y, en fin, al socialismo comunitario para Vivir Bien en armonía con la naturaleza que, prácticamente, han dejado de ser mencionados.

Parecería como si el proceso se hubiese agotado tan pronto (muy en contra de las pretensiones electorales y el discurso que se ufana en anunciar larga vida al mismo), en una especie de círculo vicioso que no cambia ni se renueva; pero lo que es peor, se realimenta en la autocomplacencia del propio Presidente, que no se cansa de repetir permanentemente lo mismo y no encuentra mejores ideas que compartir, ni propuestas que socializar, que no sean aquellas que reafirmen su cada vez más inocultable inclinación por la inversión desarrollista, la construcción obras de diverso tipo, la explotación de los recursos disponibles y la acumulación de ingresos y ganancias, así como su abierta predilección por el tamaño y la cantidad de cemento que se “siembra” a lo largo y ancho del país.

Preocupaciones acerca del discurso presidencial

En correlación a ello, tres son las preocupaciones que se originan a partir de dicha constatación: primero, porque denota un énfasis y una preocupación presidencial por temas que están alejados del ideario y los objetivos del proceso de cambio, para privilegiar asuntos de forma; segundo, porque ante el extravío ideológico y el vacío de dirección política que debería ser encarada y cubierta por la clase obrera, los pueblos indígena originario campesinos y las organizaciones sociales, resulta realmente preocupante que el propio Presidente y el instrumento político contribuyan a banalizar el contenido y orientación el proceso y, tercero, porque en vez de contribuir al restablecimiento de un sujeto social protagónico que contribuya a profundizar el proceso de cambio y transformación, opta por asegurarse un sustento social basado en el ofrecimiento y propaganda de obras que solo condice con un estrecho objetivo de campaña para asegurar aquel ansiado apoyo electoral (que constituía el fin último de la partidocracia tradicional y la democracia representativa que utilizaba el voto como sinónimo de participación social y popular).

Un discurso de este tipo, de ninguna manera contribuye a la profundización del proceso, en vista del vaciamiento de contenidos que implica referirse machacona y repetitivamente al incremento de las reservas internacionales y el ahorro interno, la construcción de diverso tipo de obras o la recuperación de los recursos naturales, pero sin mencionar, por ejemplo, la dependencia y sometimiento al capital, las inversiones, la tecnología y los intereses transnacionales que aún persisten y mantienen al país en condición de productores y exportadores de materias primas. Es decir, sin reconocer que aún quedan pendientes las tareas de liberación nacional, la descolonización y la construcción del socialismo comunitario para Vivir Bien.

Es preocupante que nada menos que el Jefe de Estado acuda al uso de un discurso que si bien ayuda a socializar logros, resultados y obras que están en consonancia con la bonanza económica emergente de los elevados precios internacionales de las materias primas, los hidrocarburos y minerales que el país explota y exporta; en cambio le hace un flaco favor a la evidente desideologización y la pérdida de horizonte que sufren las organizaciones y sectores sociales potencialmente revolucionarias que han caído secuestradas por intereses corporativos y sectoriales que les impide abanderar los problemas y las luchas de interés nacional, porque a tiempo de favorecer al vaciamiento de contenidos que implica la utilización de este tipo de discurso, tampoco favorece a cubrir el vacío de dirección política que le hace falta al proceso y que bien podría y debería ser cubierta por el instrumento político (que a su turno también se ha enredado en tareas tan estrechas de perspectiva, como la de re empadronar y depurar militantes, sobre una base nada menos que de 60.000 personas –de un total de más de 5 millones de electores- que actualmente forman parte del MAS, según información proporcionada por la propia Vicepresidenta del instrumento político).

En fin, es preocupante porque así como la crisis, la depresión económica y la ruina provocan malestar social y crean condiciones para la movilización social y las revueltas (véase lo que ocurre en Europa por ejemplo); así también ocurre a la inversa, cuando los momentos de bonanza y éxito económico encubren las contradicciones y ocultan las condiciones de explotación que se ejerce sobre los sectores mayoritarios, favoreciendo a un ambiente propicio para no emprender ni realizar tareas de transformación y cambio. Es más, bajo estas condiciones de bonanza económica, construcción de obras y desarrollismo, si bien puede ser acompañada por un proceso de empoderamiento social emergente de una nueva correlación de fuerzas sociales y la ruptura de aquel antiguo sistema de castas dominantes; sin embargo, al no estar acompañado con el empoderamiento económico comunal y asociativo, en realidad lo único que favorece es al aburguesamiento de los nuevos sectores emergentes y, por tanto, a su alineamiento ideológico y político con los sectores conservadores y reaccionarios que corresponden a esa nueva realidad de bonanza económica, acumulación capitalista y competitividad individualista.

No es pues suficiente socializar el bienestar económico, la ganancia capitalista y achicar las brechas de pobreza y desigualdad que el Presidente Evo Morales se encarga de ensalzar cotidianamente, llevado por la inercia de un aparato y de un tipo de gestión que parece haber optado por el expediente fácil de los emprendimientos millonarios y la explotación de los recursos disponibles; sin observar o habiendo sucumbido ante la idea de dar cumplimiento cabal del mandato popular, el ideario del proceso y la propia Constitución Política del Estado.

Las limitaciones del discurso presidencial

Cuando el Presidente Evo Morales opta por un discurso centrado en el objetivo de promover e impulsar las inversiones públicas y privadas, resaltar la bonanza económica y la acumulación de ingresos y ganancias, la cuasi obligación que reclama para realizar obras de diverso tipo y envergadura, y la insistencia por impulsar el crecimiento de la economía y el desarrollo, en realidad está expresando varias limitaciones que vale la pena mencionar, en vista de la trascendencia que tienen para el proceso.

La más notoria y evidente limitación consiste en divulgar y socializar un discurso que siendo acorde a las aspiraciones y necesidades de desarrollo de los pueblos y comunidades, pero lamentablemente responde a la visión de crecimiento y progreso occidental y capitalista, así como a un enfoque extractivista y explotador de los recursos naturales disponibles, que corresponden a las prácticas del capitalismo salvaje. Al reclamar insistentemente en la necesidad de ejecutar los presupuestos disponibles, realizar y construir obras, incentivar la inversión y desarrollar proyectos, si bien contribuye evidentemente a mejorar la eficiencia pública y dinamizar las economías locales y regionales por el movimiento de los recursos monetarios que se disponen e inyectan desde el gobierno; sin embargo, no han tenido la virtud, hasta ahora, de responder a una visión estratégica de las necesidades locales y regionales, de establecer iniciativas productivas comunitarias y asociativas sobre la base de nuevas relaciones de producción y trabajo, que sean sostenibles en el tiempo y con empleo permanente y que, además, cumplan el requisito de guardar una relación armoniosa con la naturaleza.

Así pues, lo que se viene impulsando en la práctica es la construcción y realización de obras “a como de lugar”, importando solo que ellas sean de gran envergadura e impacto monumental. Por otra parte, un discurso como el que utiliza el Presidente Morales, es muy propicio para establecer relaciones paternalistas, prebendales y patrimonialistas, porque sencillamente al estar en juego el acceso a recursos financieros ofrecidos por el gobierno y medirse la capacidad y competencia de las autoridades ejecutivas de los diversos niveles del aparato público en la cantidad de obras que realiza o el porcentaje de ejecución presupuestaria que cumple, entonces no solo está en juego una escala de mayor o menor eficiencia debida, sino también de lealtades que acercan o distancian de la figura del Presidente. Este efecto pernicioso, muy útil para promover un mayor esfuerzo y exigencia a las autoridades de turno, también constituye caldo de cultivo para las pugnas internas, la competencia desleal y el establecimiento de redes prebendales vinculadas al uso y destino de los recursos presupuestarios y financieros disponibles.

El discurso electoralista

En lo que respecta a lo que podría denominarse como el discurso electoral que surge como efecto del lanzamiento de la campaña a 2 años de la realización de las elecciones; lo cual resulta realmente sorprendente, sobre todo en un escenario en el que definitivamente no existe ninguna posibilidad de competencia que no sea aquella que el propio oficialismo se encarga de inventar y crear, llama la atención también el contenido y enfoque del discurso utilizado que paso a analizar.

Como ya fue mencionado más arriba, cuando se decide poner en marcha la maquinaria electoral, movilizar a los sectores sociales en torno a la candidatura presidencial y privilegiar un discurso electorialista orientado a consolidar y ampliar la base social de sustento gubernamental; en realidad se está cometiendo al menos 3 errores de apreciación: primero, garantizar la sola reproducción del gobierno y la reelección presidencial al antiguo estilo de la partidocracia derechista tradicional que solo buscaba reproducirse en la gestión gubernamental, dejando de lado el cumplimiento y realización de un programa y la profundización de las transformaciones sociales; segundo, porque equivocadamente calcula que ganando las elecciones puede asegurar mecánicamente la supuesta continuidad del proceso, olvidando la imperiosa necesidad de construir un programa de transformaciones (no una agenda de desarrollo por más patriótica que se llame) que dé continuidad al mandato popular recibido en octubre de 2003 y 2005 y, tercero, porque equivocadamente percibe y entiende que puede resolver las contradicciones, los intereses encontrados y las disputas de poder y por el acceso a la renta nacional y los excedentes producidos por la economía, que ha dado lugar a la desideologización y pérdida de objetivos de los movimientos y organizaciones sociales; cuando en realidad esta situación de vaciamiento ideológico y preponderancia de intereses sectarios, particulares y corporativos, no es sino expresión de las condiciones de explotación, trabajo y producción que aún persisten y que no se han cambiado, a pesar de los años que lleva el proceso de transformación y cambio.

Es decir, que se produce un error de apreciación, cuando para resolver o atenuar la interminable avalancha de demandas e interpelaciones que plantean cotidianamente diversos sectores sociales en conflictos que bloquean ciudades y caminos del país, o para superar la penosa desideologización de las principales organizaciones sociales del país que han perdido su orientación, así como la reivindicación de asuntos de interés nacional para escoger y privilegiar asuntos sectoriales e inmediatistas que terminan contraponiéndose entre sí; se decide impulsar un discurso electoralista que solo se concentra en la mera candidatura presidencial[1]/, y únicamente atina a buscar la reproducción del gobierno y la gestión gubernamental, como si la sola comunión de consignas y coincidencias electorales pudiese borrar los intereses y contradicciones en pugna.

Debería pensarse que la demanda de apoyo popular a las organizaciones sociales y la exigencia de lealtades a la candidatura presidencial que resultan de la campaña electoral lanzada, no ha de impedir que continúen surgiendo y multiplicándose disputas como por ejemplo el agua que enfrenta a comunidades, vecinos, autoridades, etc., o por la explotación de los recursos naturales (sean estos hidrocarburíferos o mineros), que también enfrentan a cooperativistas, sindicalizados, comunidades originarias, campesinos, etc., en una lucha sin fin que responde a aquella natural vocación para satisfacer necesidades inmediatas, el acceso al excedente nacional y a los recursos disponibles que garantice aquel bienestar social que, como contraparte inherente a las condiciones y relaciones de producción imperantes, los pone en competencia y lucha entre y contra todos aquellos sectores que disputen los mismos recursos y fuentes de trabajo, que por cierto son claramente competitivos, individualistas y excluyentes, porque continúan respondiendo a relaciones de explotación y pugna por acceder al excedente generado por una economía, que responde todavía a los impulsos conservadores y reaccionarios del capitalismo y la burguesía emergente.

Por otra parte, no puede descontarse que alimentar un discurso electoral centrado en la búsqueda de apoyo y respaldo a la candidatura presidencial, si bien puede servir de termómetro para establecer y consolidar lealtades, también desatará e incentivará la ambición popular para acceder a los beneficios del poder, aún a pesar de que discursivamente se desaliente este opción y se reclame el puro compromiso desinteresado de la población. Es más, al reclamar y promover el apoyo popular sobre la base de lealtades supuestamente preexistentes, se desatará una competencia para demostrar quiénes son o están más comprometidos con la candidatura, antes que contribuir a la profundización del proceso y a la construcción de un programa de transformaciones. Esta competencia de lealtades, como de hecho ya se puede apreciar en el comportamiento de la dirigencia del instrumento político y las organizaciones del MAS, ha de derivar y promover una especie de “caza de brujas” y la depuración de filas al interior de las organizaciones sociales y el propio partido de gobierno, con el argumento de alcanzar el realineamiento y compromiso militante con el proceso, cuando en los hechos ello significará solo alimentar aquel llunkerío (adulonería) denostados, sin limar y menos superar las múltiples contradicciones, tendencias y sobre todo intereses que se verán en pugna por demostrar su “lealtad y compromiso”.

Ello permite concluir que en la medida en que no se produzca y se promueva una nueva base económica y productiva, así como nuevas relaciones sociales de producción e intercambio, basadas en prácticas comunales, asociativas y sociales que sienten las bases para la construcción del socialismo comunitario, entonces no solo persistirán los intereses sectoriales, inmediatistas e individuales, sino que el propio proceso si bien habrá contribuido a desestructurar el antiguo sistema de privilegios y romper con aquellos tradicionales mecanismos de exclusión y discriminación imperantes en el pasado; también será artífice de la emergencia de un nuevo sector aburguesado que buscará restablecer antiguas relaciones de dominación y explotación, aun a pesar del origen clasista o étnico cultural del cual surja. Y con ello, en correspondencia al tipo de intereses que representan y la persistencia de relaciones sociales de explotación capitalista, es claro que los conflictos y disputas por la renta nacional, los recursos disponibles (incluida el agua, la tierra, los hidrocarburos y los minerales), así como la lucha por el poder político, continuarán asediando y reproduciéndose interminablemente, en una secuencia archiconocida de conflictos y crisis que el pueblo sufre desde hace décadas. Frente a ello, tiene la palabra el señor Presidente.

Nota:

[1]/ “Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado, este Estado no debería existir, y al fin no existiría”. Simón Bolívar. Enero 20 de 1830.

* Sociólogo boliviano, Cochabamba – Bolivia; abril 4 de 2013.