(CUBARTE).- Se ha reconocido como “poesía social” al movimiento poético emergido en España después de la Guerra Civil (1936-1939), a partir de las reivindicaciones por la democracia y las libertades civiles contra la represión sangrienta del dictador Francisco Franco, entre 1939 y hasta su muerte en 1975. El término se consolidó para referirse a la obra de algunos poetas que vivieron la experiencia de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y participaron en la lucha contra Mussolini en Italia, Hitler en Alemania y regímenes similares en varios países de Europa, cuyos pueblos sufrieron el genocidio fascista; en ese contexto, también se acuñó la expresión de “poesía comprometida” para reafirmar su responsabilidad de los poetas que la escribían con su dramático momento.

A lo largo de la década del 50 y hasta los años 60 y 70, durante el período inicial y más dramático de la Guerra Fría, y luego en medio de los enfrentamientos a las dictaduras militares en América Latina, aliadas de las oligarquías nacionales y de sucesivos gobiernos norteamericanos, creció la poesía social en Hispanoamérica, un espacio donde subyacían profundas raíces de protesta. En todos los casos, esta poética convivió con leyes restrictivas de censuras, y algunas veces bajo la persecución de sus autores; si bien una parte de los libros o de los poemas que la representaban fueron publicados en sus respectivas sociedades, otros vieron la luz en el extranjero, pues servían como instrumento de denuncia no permitido ante la injusticia y a favor de los más débiles y desamparados.

Precedieron a la poesía social en España, partiendo de esta proyección ideológica, las obras de varios autores de los Siglos de Oro, del Romanticismo, y, más cercanos en el tiempo, de la Generación del 98, principalmente Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez; pero sobre todo, las de Federico García Lorca, Miguel Hernández y Rafael Alberti, integrantes de la Generación del 27, así como de los poetas vanguardistas latinoamericanos César Vallejo y Pablo Neruda, quienes compartieron la época del franquismo. Homólogos europeos con similares orientaciones firmaron no pocos poemas cercanos a esta manera de relacionarse con el hecho social, aunque con diferentes lenguajes; ejemplos de ello son el francés Paul Eluard, el italiano Pier Paolo Pasolini y el alemán Bertolt Brecht, igualmente víctimas de la persecución fascista.

Desde el punto de vista estético, la poesía social en la posguerra española fue definida como realista y testimonial, objetiva y exteriorista, centrada en lo épico o en los problemas que afectaban la justicia social, utilizada como denuncia o protesta, y generalmente en verso libre. Los poetas españoles le cantaron al trabajo y a los más humildes, a la dignidad y a un futuro promisorio, al decoro del ser humano en la lucha por sus derechos y al verdadero alcance de la belleza en la vida, con las palabras utilizadas en el habla cotidiana. Se trataba de poemas desbordados de problemas humanos, que mostraban la carne y el hueso, la raíz y la sustancia de la angustia y la enajenación, al alcance de todo el que supiera leer; una poesía objetiva, de urgencia y apremio, escrita desde la calle y al latido del tiempo, rebelde y sin complacer, mostrando sus impurezas, crítica y acusadora, conscientemente agresiva para los agresores y en la búsqueda de la emancipación; en fin, “cargada de futuro”.

Algunos de estos poetas españoles en su búsqueda y diálogo, infiltraron opiniones contrarias al oficialismo franquista y participaron de un discurso crítico que a la larga incidió en algún cambio de esta sociedad retrógrada y medieval, generó polémicas y provocó una humanización vindicadora, abriendo el espectro de lectores que accedieron a la poesía. La participación generada por la comunicación constituyó un elemento importante para los cultivadores de la poesía social española; sus opositores, los detractores y renegados, que, huyendo del pueblo fueron a imitar a Garcilaso de la Vega, quedaron recogidos en sus reducidos espacios culturales y comenzaron una descalificación hacia la poesía social que persiste hasta nuestros días.

La pluralidad, tanto desde la creación como en la recepción de la poesía social, generó una multiplicación creativa y receptora que puso a temblar a cenáculos y élites. Poetas como Gabriel Celaya, Blas de Otero, Gloria Fuertes, José Hierro, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Félix Grande, entre otros, han demostrado que más allá de la poesía civil que parte de exaltar valores históricos, resultaban necesarias obras que cuestionaran el presente de manera crítica y directa, el aquí y el ahora, con el protagonismo preciso de palabras que no caducan, porque el lenguaje poético, aunque acuda a la inmediatez y al sentido recto, aporta a la obra una capacidad de reinterpretación en el tiempo abierta a nuevas lecturas, a otros contextos y receptores.

En América Latina la poesía de tema social se intensificó en el siglo XVIII; en el primer cuarto de la siguiente centuria los poetas suscribieron temas épicos y políticos en medio de las batallas que se libraban contra España, siguiendo la exaltación a héroes o la filiación a agrupaciones o partidos políticos que representaran intereses anticoloniales. Fue un proceso que respondía a la defensa de un proyecto de patria y al reforzamiento de la identidad nacional, en medio de la emergencia republicana que arrastró guerras de caudillos e hizo en ocasiones retroceder los ideales de integración; sin embargo, en toda esta transformación se puso de manifiesto un mayor sentido democrático y una mayor proyección liberal o emancipatoria que en la sociedad española.

Los antecedentes pudieran venir del colombiano José Joaquín Olmedo con su canto a Bolívar o de nuestro José María Heredia con su obra de construcción de poesía patriótica. Estos precedentes se continuaron en el ideario romántico; algunos ejemplos los podemos encontrar en el movimiento poético de protesta generado contra Juan Manuel de Rosas en Argentina, encabezado por José Mármol, además del tema del destierro en el que se destacaron el colombiano José Eusebio Caro o el venezolano José Antonio Pérez Bonalde. La culminación de estos temas sociales fue evidente en la gigantesca obra de José Martí que estrenó una nueva escritura, la de su modernismo literario, que tenía siempre como proa a la ética junto a la belleza de las formas.

La inauguración de la modernidad americana, con la impronta de la Revolución mexicana de 1910, y posteriormente con la Revolución rusa de Octubre de 1917, dejó una huella social y política en todo el continente que permitió un avance notable de los discursos literarios cuestionadores de las sociedades en cada país. Mujeres como la chilena Gabriela Mistral, las uruguayas María Eugenia Vaz Ferreira y Delmira Agustini, así como la argentina Alfonsina Storni, abrieron un espacio social para el género.

Otros poetas como el chileno Pablo de Rokha o el puertorriqueño Luis Palés Matos problematizaron de diversas maneras el tema social en la poesía; así mismo surgían las notables obras ya mencionadas de Neruda y Vallejo, que dejaron desbrozado el camino para una diversificación mayor de los asuntos sociales en la lírica. La poesía social se acercó como nunca antes a los temas políticos; la voz de Vladimir Maiakovski en la URSS y los numerosos poetas comunistas de España y América Latina condujeron los temas sociales a una proximidad con los políticos y los hicieron confundir.

En Cuba, con larga tradición de poesía civil, los poemas de Rubén Martínez Villena abrieron espacios a temas nunca antes tratados en poesía, complementados con algunos textos de Agustín Acosta; las vanguardias, con los versos de José Zacarías Tallet y Emilio Ballagas, o con los libros de Manuel Navarro Luna y Regino Pedroso, pero especialmente con la obra de Nicolás Guillén, dejaron abonado el terreno a una poesía social que vendría con los jóvenes de la Generación de los Años 50.

Con los primeros libros de Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Roberto Branly, Rafael Alcides, Raúl Luis, Manuel Díaz Martínez, Rolando Escardó, César López, Antón Arrufat, Alberto Rocasolano, Domingo Alfonso, Luis Suardíaz y Georgina Herrera, entre otros, la poesía social cubana logró cristalizar un vínculo orgánico que potenciaba el diálogo con el lenguaje conversacional, una comunión entre lo personal y lo colectivo frente a la iluminación de la historia, el protagonismo del realismo épico, y algunas veces testimonial, con una vocación de servicio a las tareas políticas, bien mediante el versolibrismo o la prosa poética, los versículos, o incluso, la métrica tradicional, pero siempre con la misma preocupación comunicacional de sus homólogos españoles.

Una promoción siguiente de poetas que emergieron en pleno período revolucionario, continuaron estos derroteros de la poética social; puede constatarse en las primeras obras de autores que con mayor o menor sutileza o violencia expresiva, desarrollaron poéticas de cercanía al periodismo o a la narrativa, al humor o a la ironía, casi siempre empleando una gran sencillez expresiva hasta lograr la intensificación de lo explícito, en su carácter anecdótico o en el empleo de formas híbridas del lirismo coloquial, tal y como puede notarse en las obras de Luis Rogelio Nogueras, Raúl Rivero, Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera, Miguel Barnet, Nancy Morejón, Jesús Cos Causse, entre otros.

Los cultivadores cubanos de la poesía social ―potenciada en el contexto de los primeros años de la Revolución― se acompañaron de los demás creadores de esta corriente literaria prevaleciente en los años 60 y 70 en América Latina, gracias, entre otros factores, a las relaciones fundacionales que la Casa de las Américas estableció con cientos de poetas, entre ellos: los mexicanos Juan Bañuelos, Efraín Huerta y José Emilio Pacheco; el guatemalteco Otto Raúl González; el salvadoreño Roque Dalton; los nicaragüenses Ernesto Cardenal y Claribel Alegría; el colombiano Jorge Zalamea; los venezolanos Aquiles Nazoa y Ramón Palomares; el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum; los peruanos Antonio Cisneros, Arturo Corcuera e Hildebrando Pérez; el uruguayo Mario Benedetti; los argentinos Francisco Urondo, Juan Gelman, Raúl González Tuñón, Noé Jitrik y Leónidas Lamborghini; los chilenos Nicanor Parra, Enrique Lihn y Gonzalo Rojas, entre otros.

Sus discursos y contextos fueron muy diferentes, algunos abandonaron la poesía social y tomaron nuevos rumbos, otros dieron la vida por lo que escribieron; sin embargo, en todos predominó en determinado momento una obra de gran aliento artístico. Esta pléyade, junto a algunos cubanos y españoles mencionados, constituye uno de los cuerpos estéticos más importantes de la poesía en general, y no solo del continente, sino también del idioma. Si bien es cierto que la poética social se intensifica ante escenarios bélicos, también podemos afirmar que no es necesario un conflicto armado para que esté presente, todo depende que concurran inéditos discursos estéticos en realidades sociales nuevas.

Más que escuela, la poesía social fue un movimiento que a través del tiempo se convirtió en una actitud ante la sociedad y la política, y seguramente será así en el futuro. En Europa, la barbarie del fascismo hizo que los poetas descubrieran que no solo se escribía con fundamentos estéticos, sino también por razones éticas. En América Latina, lo ético había predominado en la escritura desde el siglo XVIII ―en Cuba pueden considerarse un ejemplo temprano las décimas de la “Dolorosa métrica” de la marquesa Jústiz de Santa Ana, una protesta por la capitulación de La Habana ante la escuadra inglesa―, y también con la gestación de los procesos independentistas que se desarrollaron a principios del XIX.

Pero esta preponderancia de la ética sobre la estética fue abriendo la entrada a discursos en que el nivel artístico cedió al dramatismo testimonial, y también, al facilismo de la espontaneidad, por lo que no pocas veces los sentimientos más nobles fueron confundidos con la poesía. En esos contextos, no pocas veces la intervención de la política, y de los políticos, en la promoción de programas partidistas, estatales o gubernamentales mediante el arte, devaluaron aún más estas propuestas: he aquí una de las primeras causas por la que entró en crisis la poesía social en el escenario latinoamericano, este hecho fue aprovechado por los conservadores para silenciar acciones revolucionarias y críticas sociales, respectivamente. En los países socialistas fue más bien consecuencia de traumáticos cambios sociales y políticos, después de la negación de los paradigmas de la modernidad y del fracaso de prácticas desvirtuadas por la proyección estalinista, mal asumidas en la conducción de los procesos culturales, los cuales paralizaron o hicieron cambiar de actitud a no pocos autores ante una frustración generalizada.

El rechazo de muchos poetas contemporáneos hacia la poesía social, parte de los errores de confundir estética con propaganda y de considerar exclusivamente el papel del arte como arma o instrumento de la política. En el caso cubano, además, la sobresaturación de temas políticos ha hecho considerar a algunos creadores de reciente promoción que estos asuntos constituyen propiedad de los aburridos medios de comunicación y de los burócratas de la política, pero no del arte y de los poetas. Sin embargo, la poesía social siempre existirá aquí o allá mientras se padezca una injusticia, se provoque un dolor y coexista la represión, consciente o inconsciente, evidente o enmascarada.

Cambian los contextos y aparecen nuevas coyunturas, se disfraza o se esconde la injusticia, en la Isla o fuera de ella, pero la necesidad de la denuncia siempre estará latente, y por tanto, la posibilidad de esta poética. En algunos países hay muestras de una depurada y limpia poesía social ahora mismo, que encuentra su acomodo en un medio cultural que no ha sido sobresaturado y abrumado por el peso de la política en la vida social. No han sido pocos los poemas en que lo social está intercalado o confundido entre asuntos de la individualidad, como el amor o la propia existencia, y no tiene mucho sentido clasificar qué peso tiene lo social sobre lo individual. Siempre existen nuevas formas de evidenciar críticamente lo injusto y de combatir la enajenación, porque el proceso de emancipación es infinito, aunque se hayan alcanzado niveles de justicia muy altos.

La nueva poesía social de cualquier lugar avanzará más lejos cuando se encuentren nuevos modos poéticos que la logren trascender, novedosos recursos artísticos que sostengan estéticamente una propuesta para protestar y denunciar, reclamar y acusar. Se requiere una poesía social diferente a las anteriores, es una necesidad que se potenciará cuando las urgencias impongan los requisitos, y estos, obliguen a los resultados.

* Poeta y licenciado en Filología, especializado en Lengua y Literatura Hispánica. Nació en Pinar del Río/Cuba en 1950. Actualmente es Investigador del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas de Cuba. También ha sido Director de Literatura del Instituto Cubano del Libro; Director de la Editorial Letras Cubanas y Subdirector de la Editorial Casa. Su obra poética se encuentra en la edición de los siguientes libros: “El polvo finísimo del tiempo” 1983; “Desnudo en el camino” 1988; “Peregrinaciones” 1991; “Crónica de la noche” 1995. Su última publicación es el ensayo sobre la identidad cubana “La Palma en el Huracán” (Ediciones Rodriguistas, Santiago-Chile 2000).