La Habana (PL).- La reciente muerte del presidente venezolano Hugo Chávez volvió a poner sobre el tapete la duda acerca del origen y causas de enfermedades letales que, sorpresivamente, atacaron a prominentes líderes latinoamericanos como Dilma Rousseff, Lula da Silva, Cristina Fernández y Fernando Lugo.

El expresidente paraguayo Fernando Lugo padeció de un linfoma no-Hodgkins, y casi simultáneamente la actual mandataria brasileña Dilma Rousseff, en pleno apogeo de su campaña política, se tuvo que enfrentar a un cáncer en el sistema linfático. También llamaron la atención los casos del ex presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, a quien se le diagnosticó un tumor en la laringe, y Cristina Fernández, presidenta de Argentina, que fue operada de un cáncer de tiroides.

Llama la atención la repentina muerte del argentino Néstor Kirchner, mientras aspiraba a un nuevo período presidencial, que fue víctima de un fulminante infarto del miocardio mientras tomaba un café en un hotel en la Patagonia.

Aún están frescas las revelaciones de la ejecución de pruebas científicas hechas por Estados Unidos con seres humanos en Guatemala a mediados del siglo pasado, que incluyeron la inoculación de graves enfermedades en personas utilizadas como conejillos de Indias. Tampoco se olvidan los altos índices de padecimientos cancerígenos registrados entre la población de la isla puertorriqueña de Vieques, como consecuencia de las pruebas bacteriológicas realizadas por la Marina estadounidense, y la confirmación del asesinato por envenenamiento con plutonio del líder palestino Yasser Arafat.

La historia muestra otros casos de muertes en condiciones poco claras de líderes que se volvieron incómodos para la política de Estados Unidos y sus aliados. El chileno Salvador Allende, el panameño Omar Torrijos, el granadino Maurice Bishop, por solo citar tres ejemplos y en diversas circunstancias, murieron trágicamente en ejercicio de sus cargos.

Por su parte, el líder cubano Fidel Castro acumula un récord impresionante de intentos frustrados de asesinato que supera las 600 acciones fraguadas y financiadas en las oficinas de Langley. Recientes revelaciones de Wikileaks confirmaron mediante documentos secretos dados a conocer, que el Departamento de Estado norteamericano estuvo al corriente y con gran interés, de las posibles enfermedades que afectaban y los medicamentos consumidos por varios líderes de las izquierdas latinoamericanas.

Durante una graduación militar, en una de sus últimas apariciones públicas, el extinto mandatario venezolano Hugo Chávez sugirió que Estados Unidos puede estar detrás de la propagación de las enfermedades oncológicas entre los líderes de países latinoamericanos. “No sería extraño que hubieran desarrollado una tecnología para inducir el cáncer y nadie lo sepa hasta ahora”, expresó Chávez en aquella oportunidad.

El presidente encargado de Venezuela Nicolás Maduro volvió a poner en dudas el origen de la enfermedad de Chávez y pidió que se iniciara una profunda investigación científica para determinar las causas y origen del cáncer de quien fue un destacado inspirador de las acciones en favor de la cooperación e integración latinoamericana y caribeña. Al margen de cualquier conjetura, sigue llamando la atención esta avalancha de cáncer en figuras políticas.

No se puede olvidar que Estados Unidos ocultó durante medio siglo su responsabilidad por la muerte de alrededor de un millar de personas en Guatemala como consecuencia de experimentos realizados con miembros del ejército, prostitutas, presos y enfermos mentales, hasta que el cúmulo de evidencias llevó al presidente Barack Obama a pedir disculpas por esos crímenes.

Las autoridades del gobierno de Venezuela anunciaron recientemente que iniciarán una investigación científica sobre el agresivo cáncer que le quitó la vida al político latinoamericano, en momentos en que se disponía a cumplir un nuevo mandato de gobierno, después de ganar abrumadoramente en las elecciones de octubre pasado.

Eliminación de líderes: ¿cáncer inducido?

La sospecha de que el presidente Chávez murió en marzo último de un cáncer inducido concede actualidad al viejo oficio de eliminar a líderes en cualquier parte del mundo, incluso mediante lo que podríamos llamar “crimen tecnológico”. Junto a la (re)aparición de informaciones sobre la existencia de métodos científicos para matar, se ha generado un debate tras el anuncio de Caracas sobre una investigación profunda para determinar si fue transmitido el tumor que mató a su líder.

La posibilidad de que puedan ser inducidas de modo programado ese tipo de enfermedades acapara el momento científico y político, mediante declaraciones que apuntan hacia anteriores y no muy conocidos estudios sobre el tema, en particular en Estados Unidos. Aunque la suspicacia respecto a esas prácticas en dicho país no es cosa nueva, renuevan su vigencia denuncias como la de Julian Assange, quien se remitió a ciertos aportes científicos estadounidenses en un lugar llamado Fuerte Detrick.

Assange, conocido por la difusión de documentos comprometedores a través de WikiLeaks, aseguró en marzo de 2012 que esa sección especial del Departamento Virus del Centro para la Investigación de Guerra Biológica se emplea desde 1975 para ese tipo de ensayos. El lugar se conoce como “Instalaciones Fredrick para la Investigación del Cáncer” y es supervisado por el Departamento de Defensa, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Instituto Nacional del Cáncer, asegura Assange en una entrevista con Globo News.

Según esas investigaciones ultrasecretas citadas por la fuente, es posible desarrollar programas sobre virus del cáncer sumamente agresivos, letales y además inmunes. Su nombre científico es Virus Humano de la célula T de Leucemia (Htlv). Mediante esos proyectos, son creadas de modo artificial células malignas sumamente invasivas, capaces de propagarse en el organismo a través de la sangre o de la linfa, inhibir cualquier defensa y causar una metástasis incontenible.

Se trata, dicho de otro modo, de una alteración del material genético de las células humanas para provocar el tumor mediante inoculaciones que pueden emplear diversas vías, según el investigador y periodista guatemalteco Percy Alvarado Godoy. Entre los recursos de esos laboratorios que funcionan hace más de 40 años figura el de células madre (stem cells), procesadas mediante mutaciones y monitoreadas para convertirlas en fenotipos malignos más heterogéneos y de rápido desarrollo, según la fuente.

La agencia estadounidense The Associated Press, por su parte, publicó en 2007 un informe basado en documentos desclasificados a los que consideró como “uno de los secretos más duraderos de la Guerra Fría”. “El Ejército de Estados Unidos exploró -aseguraba al respecto el informe- la posibilidad de utilizar venenos radioactivos para asesinar a personas importantes, militares o civiles”.

El propio presidente Chávez fue en Venezuela en una especie de hado premonitorio, quien primero aludió en declaraciones, el 28 de diciembre 2011, a posibles enfermedades inducidas, al asombrarse del padecimiento simultáneo en varios líderes latinoamericanos. La posible responsabilidad de Washington fue sugerida por el extinto presidente al referirse a la aparición de cáncer en los brasileños Rousseff y da Silva, la argentina Cristina Fernández, el paraguayo Fernando Lugo y en él mismo.

“No sería extraño que hubieran desarrollado una tecnología para inducir el cáncer y nadie lo sepa hasta ahora”, comentó Chávez, sin conocer entonces ciertos detalles sobre el asunto que sí manejan ahora quienes ordenaron la investigación. Las interrogantes del líder, de cuya aplastante respuesta todo parece indicar que él fue dolorosa víctima, pueden ampliarse en proporciones ilimitadas en tiempo y espacio:

¿Cuántos líderes, revolucionarios, progresistas o personas inconvenientes a un gobierno o poder habrán sido en el curso de la historia víctimas de crímenes basados en esas inescrupulosas fórmulas para construir la muerte?

La respuesta a esa pregunta en lo cual respecta al asesinato inducido sería ya tan vasta que requeriría virtualmente de cálculos matemáticos, porque se extendería a enfermedades como el infarto y a personas no líderes como artistas y religiosos. Pero si ampliamos el diapasón a la eliminación en general de personas relevantes de un sector que “no convienen a otros” con suficiente falta de escrúpulos como para acudir al crimen por cualquier vía, en la actualidad existen estadísticas preliminares.

500 magnicidios importantes en la historia

Unos 500 magnicidios han sido ejecutados en los últimos 21 siglos, según la investigación para el libro Magnicidios de la historia, de Pedro González-Trevijano, rector de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, publicado en noviembre pasado. El texto, que recoge crímenes por conspiraciones, ideologías, poder, venganzas, odios, fanatismos y extremismos recopilados durante dos años por el autor, enfatiza en los 10 asesinatos de líderes que considera más importantes.

González-Trevijano asegura entre esa decena de grandes víctimas que la muerte por 23 puñaladas de Julio César fue “el primer gran magnicidio de la historia”, y detalla otras como la del indio Mahatma Gandhi (1948) y la del francés Jean-Paul Marat (1793). El autor dice simpatizar con Abraham Lincoln, el primero de los cuatro presidentes estadounidenses asesinados (1865), y por el último de ellos, John Fitzgerald Kennedy (1963). Los otros dos fueron James A. Garfield (1881) y William McKinley (1901).

Aunque el libro no olvida el envenenamiento del francés Napoleón Bonaparte (1821) o la del zar Nicolás II (1917), no menciona los casos del dirigente palestino Yasser Arafat (2004) y la del escritor chileno Pablo Neruda (1973), ambos ahora en investigación.

Pero las “estadísticas” sobre magnicidios aumentarían todavía más si se les añadiera los intentos frustrados en la historia, entre ellos contra siete jefes de estado estadounidenses en ejercicio y contra un octavo que ya había cesado en el cargo. Los presidentes fueron Andrew Jackson (1835), Franklin Delano Roosevelt (1945), Harry S. Truman (1950), Richard Nixon (1974), Gerald Ford (1975), Jimmy Carter (1979) y Ronald Reagan (1981), y el expresidente fue Theodore Roosevelt (1912).

Entre los intentos de asesinato fracasados, arrojan cifras récord los planeados contra el líder cubano Fidel Castro, que superaron los 600, todos ellos orquestados por gobiernos estadounidenses.

Cuenta el historiador y novelista italiano Valerio Massimo Manfredi (1943), en su obra Alexandros, que el rey (356-323 a.n.e.) rechazó la propuesta de sus generales de asesinar a su principal enemigo en filas persas, el comandante mercenario Memnón de Rodas. Alejandro conoció, por cierto, sobre “enfermedades inducidas” ya en su época, hace 2.300 años, cuando sus generales solicitaron a espaldas suyas a Macedonia a través del historiador Calístenes (360-328 a.n.e) un veneno para el asesinato del militar.

Un soldado llegado desde la distante patria le entregó a Calístenes, que acompañaba la tropa, una cajita metálica enviada por Aristóteles (384-322 a.n.e.), tío del historiador y maestro de Alejandro y, junto a ella, la siguiente esquela: “Este fármaco causa la muerte al cabo de diez días con síntomas semejantes en todo a una grave enfermedad. Destrúyelo cuando hayas hecho uso de él. Y si no lo has hecho destrúyelo igualmente. No lo toques por ningún motivo ni aspires su olor”.

* Periodistas de Prensa Latina.