La Habana (PL).- Por suerte, la naturaleza nos dotó con un sistema nervioso central sumamente desarrollado que nos permitió crear adaptaciones exomórficas (herramientas, por ejemplo) que al interponer entre nuestro organismo y el entorno nos facilitó una inédita apropiación de energía (nutrientes), garantizando así la perpetuación de nuestra especie, sobre todo en ambientes cambiantes u hostiles.

Por favor, observe por un momento sus dientes, mire sus uñas (basta con las de las manos), y constate la solidez (o falta de ella) de su musculatura. Ahora compare mentalmente esos atributos físicos con los colmillos y garras de un felino cualquiera, o con los músculos de un caballo. Sin excepciones, un cotejo honesto revelará las desventajas relativas de nuestro cuerpo en cuanto a especializaciones que pudieran favorecer la supervivencia en ciertas circunstancias.

Por suerte, la naturaleza nos dotó con un sistema nervioso central sumamente desarrollado que nos permitió crear adaptaciones exomórficas (herramientas, por ejemplo) que al interponer entre nuestro organismo y el entorno nos facilitó una inédita apropiación de energía (nutrientes), garantizando así la perpetuación de nuestra especie, sobre todo en ambientes cambiantes u hostiles.

Con la elaboración de herramientas, a decir del antropólogo, arqueólogo y paleontólogo español Eudald Carbonell, “la humanidad sale del bucle sencillo de la selección natural (…) e introduce su particular forma de selección, la técnica y cultural”. De hecho, en varias especies del género Homo la tecnología constituyó (y lo sigue haciendo en nuestro caso) la manera primordial de adaptación al medio. (Nos referimos a la tecnología definida, según Carbonell, como la adquisición que jerarquiza teóricamente todas las técnicas y métodos empleados para transformar materias primas en objetos aptos para el uso y el consumo).

En paralelo, su progresivo desarrollo durante las últimas decenas de miles de años posibilitó un cambio cualitativo y cuantitativo en las relaciones sociales intra e intergrupales humanas, haciéndolas cada vez más complejas. ¿Cuándo el cerebro humano fue capaz de albergar/generar procesos cognitivos complejos, propios de mentes modernas? ¿Cuándo fuimos capaces por vez primera de crear y manipular símbolos con nuestro cerebro?

Muchos investigadores vinculan esas capacidades a la aparición en el registro arqueológico de adornos, pigmentos utilizados para la decoración corporal, expresiones artísticas sobre las rocas…. y la elaboración de herramientas compuestas. Siguiendo ese tipo de razonamiento, este mes el profesor Kyle S. Brown, de la Universidad de Ciudad del Cabo, publicó en Nature el hallazgo de herramientas microlíticas (pequeñas piedras trabajadas) con un edad de 71 mil años, provenientes de Suráfrica.

Esos restos líticos -pertenecientes a Homo sapiens-, explican Brown y colaboradores, con toda probabilidad fueron los componentes cortantes y punzantes de armas arrojadizas, las cuales, a partir del análisis comparativo con otros restos arqueológicos, fueron casi con seguridad flechas. Por supuesto, donde hay una flecha también habrá un arco, creaciones ambas sólo posibles si se cuenta con una bien engrasada cadena de elaboración y montaje, y cuya manufactura requiere inevitablemente de la existencia de elaboradas relaciones sociales, así como de un mecanismo de transmisión de conocimientos de gran fidelidad: el lenguaje articulado.

En su artículo los investigadores enumeran los pasos que debieron darse para fabricar las microherramientas de piedra. A saber, seleccionar y transportar la materia prima (piedras), colectar leña, darle tratamiento térmico a las piedras, preparar el núcleo lítico, producir las cuchillas pétreas, y por último, insertarlas y ajustarlas en la madera. La confección del arco y el cuerpo de las flechas implicó tareas adicionales como escoger la madera apropiada, transportarla, moldearla, y probablemente modificar plumas, hueso, fibras…

Necesariamente, todas esas operaciones fueron ejecutadas en el transcurso de varios días, semanas o meses, siendo interrumpidas por otras urgentes y cotidianas. Lograr el producto final, en consecuencia, demandó de la existencia de mentes capaces de procesar imágenes y objetos de forma virtual, y de seguir secuencias productivas sobre periodos prolongados. Es lo que llamamos inteligencia operativa, propia de mentes modernas.

Aunque hay algunas evidencias de la aparición esporádica -y sin continuidad- de herramientas microlíticas en los registros arqueológicos de más de 40 mil años (con fechados de 60-65 mil años antes del presente), hasta el momento se pensaba que la capacidad para la elaboración de esos artefactos apareció en estadios más recientes de nuestra historia evolutiva. Por tanto, los hallazgos del equipo de Brown apuntan a la probable evolución de esa capacidad durante unos 10 mil años, acoplada a tratamientos térmicos con cierto grado de perfección, originados hace más de 100 mil años.

Pero si tenemos en cuenta que esas técnicas de avanzada -como otras- se revirtieron en progreso social gracias al aumento simultáneo de la inteligencia, es casi inevitable concluir que los H. sapiens de hace unos 70 milenios, unidos en grupos con altos niveles de cooperación, armados con arcos y flechas -y la inteligencia suficiente para usarlos adecuadamente-, eran ya los depredadores más formidables que habitaban el planeta.

Sin dudas, una mala noticia para quienes se interpusieron accidentalmente en el camino que hoy sabemos los llevó fuera de África, fueran animales u otras especies de humanos. No es de extrañar, entonces, que la extinción de los Neandertales coincidiera con el arribo de H. sapiens a Europa.

Neandertales. ¿Parientes lejanos o primos cercanos?

La idea que tenemos en la actualidad sobre el hombre de Neandertal difiere favorablemente de aquélla que existió en el siglo XIX, cuando se descubrieron sus primeras osamentas en una cueva de Alemania. Lo que en un principio fue una imagen más parecida a la de un simio que a la de un humano, se ha ido transformando en la de un primo cercano, con un cerebro de dimensiones incluso superiores a las del hombre moderno.

El primer fósil fue hallado en 1856 en la caverna Feldhofer, situada en unas colinas de pieza caliza en el valle del río Neander, a unos 12 kilómetros al este de la ciudad germana de Dusseldorf. Debido a ciertas diferencias morfológicas entre la estructura ósea del fósil y la de los humanos, en ese entonces se sacaron apresuradas conclusiones que se han visto desmentidas con el paso del tiempo y los avances de la antropología y la genética.

Aparentemente, según descubrimientos más recientes, los neandertales, que se encontraban en Europa, el Medio Oriente y Asia Occidental, eran tan inteligentes como el Homo sapiens, poseían un lenguaje articulado, eran omnívoros y cuidaban de los demás miembros del clan. Estos datos han hecho que el mundo científico todavía esté dividido entre los que creen que los neandertales fueron una especie aparte (Homo neanderthalensis) y los que los consideran una subespecie (Homo sapiens neanderthalensis) humana.

Los progresos en el análisis del genoma de los organismos vivos han demostrado que nuestro ácido desoxirribonucleico (ADN) y el de los neandertales coincide en un 99,5% y algunos investigadores sospechan que la coincidencia puede ser incluso tan alta como el 99,8%. Los investigadores también han encontrado evidencias que indicarían una interacción sexual entre ambos miembros del género Homo, pues hay pruebas de que grupos de las dos subespecies llegaron a convivir en estrecho contacto desde unos 80 mil años atrás.

Estas han sido halladas en lo que fueron asentamientos en el Medio Oriente y Europa, lo cual provocó en un principio largos debates sobre el significado de esas especulaciones. Más recientemente se han revelado otras pruebas más concluyentes de esa interrelación, pues se ha demostrado que entre el 2,5 y el 4% del genoma humano fue heredado de los neandertales. Según los datos reunidos, tanto los neandertales como los denisovanos hicieron una contribución fundamental al mejoramiento genético del Homo sapiens en los territorios europeo y asiático.

El homínido de Denisova, cuyos restos se encontraron en las cuevas de ese nombre en los montes Altai, en Siberia, desciende de una migración a tierra asiática distinta de la que surgieron los neandertales y el hombre actual. La contribución genética consistió en el reforzamiento del sistema inmune, al mejorar la capacidad del organismo del hombre moderno para reconocer y actuar contra agentes patógenos cambiantes, sobre todo contra los virus con gran capacidad de mutación.

La revisión de las concepciones antiguas sobre este primo hermano del hombre actual también han tenido otro origen: la valoración del probable universo espiritual y simbólico de los neandertales, lo cual demostraría su nivel de inteligencia. El descubrimiento de pigmento de ocre en el yacimiento de Maastrich-Belvedere, en los Países Bajos, con una antigüedad probable de 700 mil años, podría indicar que los neandertales se anticiparon al hombre actual en el empleo de este mineral con fines decorativos y simbólicos.

Todavía no hay seguridad sobre el significado del hallazgo, pues hasta ahora se consideraba que el uso de ocre con ese fin (como en las figuras de las cuevas de Altamira) era propio del Homo sapiens en épocas más recientes. La nueva valoración del papel de nuestros primos en la evolución humana también ha provocado varias teorías sobre por qué los neandertales desaparecieron hace unos 30 mil años, lo cual sigue siendo un misterio.

Hasta ahora se ha considerado que no pudieron competir con el Homo sapiens llegado de África o que en su extinción jugo algún papel su limitada mezcla con el hombre moderno. La más reciente hipótesis, basada en análisis de las variaciones del ADN de grupos neandertales de España, asegura que nuestros primos casi desaparecieron de Europa hace 50 mil años, pero que lograron sobrevivir otros 10 mil años con el aporte de otros grupos similares llegados desde Asia.

Este trabajo acaba de ser publicado por la revista Molecular Biology and Evolution, en el cual se estima que la extinción se debió sobre todo a factores climáticos, cuando el mundo sobre el cual habían reinado cambió notablemente y ellos no fueron capaces de adaptarse al nuevo entorno. Cualquiera de estas hipótesis cuenta con partidarios y detractores, pero puede que aún surjan más en la medida en que los hallazgos científicos sobre nuestros primos abran nuevas incógnitas sobre su existencia y evolución.

Parientes y mezclados

¿Hubo una Julieta neandertal y un Romeo sapiens? La teoría sobre la posible mezcla entre los ancestros de los seres humanos modernos y los neandertales genera no pocos debates entre los paleoantropólogos. Mientras algunos defienden que hubo amor con descendencia incluida entre ambas especies de homínidos, otros sostienen que los mestizos fueron tan pocos que no dejaron una huella genética entre nosotros.

Investigadores de la Universidad de Cambridge pueden ahora echarle más leña al fuego a la polémica científica con un artículo difundido en Nature. Ellos no descartan que entre humanos y neandertales pudiera existir el amor alguna vez, pero instan a ser cautelosos con respecto a esa teoría. De acuerdo con los investigadores, en una población es probable que existan patrones genéticos similares que equivocadamente pueden atribuirse al cruzamiento entre especies, sin que ello implique precisamente que existieran relaciones sexuales cuyo resultado fuera un bebé mestizo.

Como no viven neandertales a los que se pueda entrevistar y los homo sapiens del Pleistoceno murieron hace mucho tiempo, la respuesta hay que continuar buscándola en otros informantes fidedignos: los genes. Anders Eriksson y Andrea Manica, autores del estudio, construyeron un modelo a partir del cual infirieron que el polimorfismo (variación en la secuencia de una región determinada del ADN entre individuos de una población) entre los euroasiáticos y los neandertales es compatible con escenarios en los que no hubo hibridación.

Llevando al entendimiento popular tales términos científicos, los expertos proponen una teoría alternativa hubo: mezcla genética pero no con relaciones sexuales mediante. Un ancestro común de humanos y neandertales es el origen de las similitudes genéticas que tenemos con nuestros desaparecidos parientes, según la nueva teoría difundida en Nature. Por tanto, los expertos piensan que se debe tener precaución al inferir la existencia de mezcla genética y sostienen que en investigaciones futuras se deben tener en cuenta la estructura de las poblaciones.

Hace dos años Svante Paavo, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva confirmó que los humanos compartimos un dos por ciento del genoma con los neandertales. Solo los africanos no tienen herencia genética de esos antiguos parientes europeos del ser humano. Los científicos de Cambridge no ponen en duda la teoría del científico sueco, tampoco la que defendieron expertos de la Universidad de Stanford, quienes sugirieron que los europeos actuales debían la mitad de sus variantes genéticas al cruce entre neandertales y denisovanos; los asiáticos hasta un 80 por ciento y los habitantes de Papua Nueva Guinea en un 95%. Pero Eriksson y Manica se muestran cautelosos con la teoría de amores primitivos y herencia genética.

Hace medio millón de años vivió en África y Europa un antecesor de neandertales y humanos. Como sucede en la actualidad con poblaciones europeas que son diferentes unas de otras, las de ese homínido no se encontraban completamente mezcladas a través de los continentes, pero las que estaban más próximas presentaban mayores similitudes genéticas en comparación con las más lejanas.

Según los expertos, luego de 350 mil a 300 mil años, la rama europea y africana se separaron, la europea se convirtió en neandertal y la otra en homo sapiens. (Esto es un resumen sumamente simplificado de lo que probablemente ocurrió) Como las poblaciones no estaban impedidas de cruzarse, los humanos modernos de África que estaban más próximos a Europa mantuvieron variantes genéticas que compartieron con neandertales.

“Nuestro trabajo demuestra claramente que los patrones vistos en la actualidad en el genoma del neandertal no son excepcionales, sino que concuerdan con nuestras expectativas de lo que podríamos ver sin la hibridación. Si sucedió algún cruce -es difícil decir que nunca ocurrió- habría sido mucho más escaso de lo que se dice”, expresó Manica.

El pie de los misterios

Como casi todo lo que tenga varios cientos de miles -o millones- de años de antigüedad, el registro fósil de nuestros ancestros de encuentra bastante fragmentado, con numerosas lagunas temporales entre una especie descrita y otra, que se hacen mayores en la medida en que aumenta la edad de los restos. Ello deja suficiente espacio para el debate científico acerca de los orígenes del género Homo.

Adicionalmente, con frecuencia, cuando pudiera pensarse que se ha alcanzado una descripción razonable del árbol evolutivo humano, un fósil nuevo viene deshacer -para bien- el rompecabezas a medio ensamblar. En años recientes el sorprendentemente completo fósil de Ardipitecus ramidus (4,4 millones de años) ha hecho replantearse ciertas ideas generalmente aceptadas, entre ellas algunas relativas al bipedalismo en los homininos (primates -ya extintos- más emparentados con el hombre que con el chimpancé).

Pero, independientemente de “detalles” en los diferentes puntos de vista, es generalmente aceptado que la selección de la locomoción bípeda desempeñó un papel determinante en el establecimiento del linaje humano como vía evolutiva separada de orangutanes, gorilas, y chimpancés. Un nuevo fósil, reportado ahora en las páginas de Nature por el profesor Yohannes Haile-Selassie, del Museo de Historia Natural de Cleveland, ofrece otra visión para el panorama reinante en África durante el Plioceno tardío.

El hallazgo en cuestión se limita a unos pocos huesos del pie de una especie aún desconocida que vivió en la localidad llamada Burtele 2, del actual sitio paleontológico de Woranso-Mille, en la región etíope de Afar central, hace entre 3,2 y 3,8 millones de años. Por esa época deambulaban por el este del continente africano los Autralopitecus afarensis (a quienes perteneció la famosa Lucy), sobre cuyo tipo exacto de locomoción existe aún cierto debate, y, según sostiene ahora Haile-Selassie, también lo hacía el dueño del pie hallado por él, denominado oficialmente BRT-VP-2/73.

Pero lo sorprendente de todo esto es que, por sus características anatómicas, quien usara ese pie en vida no tenía una morfología y hábitos de locomoción (inferidos) similares a sus contemporáneos Au. afarensis, sino, gracias a un pulgar oponible, más bien parecidos a los mucho más anteriores Ar. ramidus. Esa característica sugiere fuertemente que quien se apoyara en BRT-VP-2/73 conservaba -al contrario de Au. afarensis- cierta capacidad prensil en sus pies, lo cual le permitiría explotar ecosistemas arbóreos de manera efectiva. No obstante, su estructura metatarsofalangea apunta al mismo tiempo a la bipedestación voluntaria en el suelo.

Todo ello indica que durante el Plioceno tardío se contaba con la presencia de al menos dos especies de homininos bípedos diferentes por el este de África. Al mismo tiempo evidencia la retención -por un tiempo sumamente prolongado (más de un millón de años)- de particularidades anatómicas entre nuestros ancestros (o miembros de líneas evolutivas cercanas), algo insospechado hasta ahora para ese periodo.

Para “complicar más las cosas”, algunos especialistas -aunque pocos, hay que reconocerlo- estiman que las huellas fósiles de Laetoli, en Tanzania (impresas en el fango formado por ceniza volcánica húmeda hace 3,5 millones de años) fueron hechas por una especie diferente a Au. afarensis -a quienes se las adjudica la mayoría de los paleoantropólogos-. Al mismo tiempo, y como es evidente que BRT-VP-2/73 tampoco dejaría ese tipo de marca en el suelo, el número de posibles ancestros lejanos del Homo sapiens coexistiendo en la misma región seria de al menos tres… toda una multitud.

Por ahora lo más cercano a la certeza que es posible saber basándose en unos fragmentos de un sólo pie es que cuando “nos bajamos de la mata” tras diferenciarnos de nuestro último antepasado común con los chimpancés, no le dimos la espalda totalmente al bosque, al menos por aproximadamente tres millones de años, y mantuvimos la capacidad para trepar ya fuera en busca de alimentos o para escapar de los predadores.

No obstante, la plena comprensión de la diversidad física (y poblacional) de los homininos del Plioceno tardío, así como sus consecuencias sobre la evolución humana, requerirá de más excavaciones en busca de nuevos fósiles. Los restos que con algo de suerte se hallen permitirían en principio determinar otras características anatómicas de los dueños de BRT-VP-2/73, y tal vez esclarecer cuales particularidades relativas al bipedalismo evolucionaron una sola vez, o aparecieron en nuestra prehistoria múltiples veces de manera independiente.

La verdad está allá afuera… aún enterrada en África.

* Periodistas de Prensa Latina.