Cuando cayó el muro de Berlín -símbolo del socialismo del siglo XX-, Eduardo Galeano en 1991, vaticinó que “el socialismo no había muerto, los funerales se habían equivocado de difunto”.

El año 1992, un militar venezolano de nacimiento, pero latinoamericano de toda la vida, le demostró al mundo que el socialismo no había muerto y lo dijo claro y fuerte. Lo dijo desde las entrañas de un continente invadido en 1492, fue con golpe extrañamente rojo, rojito de socialismo.

Le demostró al mundo que el socialismo estaba buscando su segundo nacimiento, ya que el primero no fue lo que prometió, pero tampoco fue lo contrario a lo que prometió, fue a lo sumo un socialismo desviado de su camino

Ese militar, con nombre y apellidos mundiales, le recordó al capitalismo y su orden genocida, que la dignidad humana siempre se esforzará por vencer a la muerte y la pobreza que lleva a la muerte lenta.

Le recordó al capitalismo, que el socialismo es el único camino que le queda a nuestras patrias tantas veces humilladas, tantas veces despreciadas…

Le dijo al mundo libertario que el socialismo puede ser del siglo veintiuno, puede ser comunitario o ciudadano, pero es socialismo y punto.

Y el nuestro es socialismo y punto.

Es socialismo parido de las entrañas de la Madre-tierra, de la Pachamama, no es copia del modelo anglo-euro-céntrico, sino la superación cualitativa de un modelo que se traiciono a poco de haber nacido.

Nuestro socialismo viene de las entrañas de la historia, del color de nuestras pieles, de nuestros variadísimos idiomas antiguos, de nuestros saberes tantas veces extraviados y tantas veces recuperados.

Proviene de noches largas y tristes, de fiestas prolongadas y generosas con la vida, proviene de la alegría de los barros convertidos en protagonismo matemático, astronómico y político.

De aguas y mares con nombre propio y no prestado.

Es un socialismo que se nutre de las revoluciones indias en busca de Ayllu, Marka y Suyu, de aquellas que nacieron bajo la egida de Tupaj Katari y Tupac Amaru, Tomas Katari y Jacinto Rodríguez, de Bartolina Sisa, Micaela Bastidas y Gregoria Apaza.

Es un socialismo que aprende de la guerra de la independencia y el ideal de la Patria Grande que nos legarón Simón Bolívar, José Antonio de Sucre, el Tambor Vargas, José Miguel Lanza y la Comandante de América Juana Azurduy de Padilla en pleno caminar del siglo XIX.

Que proviene de Pablo Zarate Willca y Juan Lero, de Santos Marka T’ula y Leandro Nina Quispe entre siglos XIX y XX.

Que tiene las heridas del Pacifico, el Acre y el Chaco.

Que recuerda el primer congreso indígenal y la revolución traicionada del 52.

Tiene fresca en la memoria el pacto militar campesino, la dictadura banzerista, el interregno democrático de Siles Suazo y la democradura neoliberal.

Nuestro socialismo proviene de la memoria con la cual fuimos hechos, de los barros que nos dieron lugar en la tierra, de las lenguas de fuego con las cuales crecimos.

Nuestro socialismo en fin, proviene de la Madre-tierra, de la Pachamama.

Por eso nuestro socialismo es identidad, se hace desde las más antiguas raíces…

Y se hace a mano y sin permiso.

Se hace con voluntad de pueblo, con sabor de pueblo.

Se hace contra el colonialismo y el capitalismo.

Se hace contra el machismo y la violencia.

Se hace con los colores universales de la igualdad y la dignidad.

Con esos colores que Hugo Chávez señalaba como el camino a la segunda y definitiva independencia de nuestras tierras…

* Director general de Estudios y Proyectos del Viceministerio de Gestión Comunicacional.