Bogotá.- La apatía representa un muro de contención que tiende a ser reforzado por el Estado para evitar la recuperación de la memoria. La apatía colectivizada es el gran resultado que obtiene el poder administrando el miedo y el terror bajo la fórmula de: cooptación, veto o aniquilamiento, que le permite limitar las libertades, mantener bajo amenaza a opositores y adversarios, crear rupturas al interior de las luchas sociales y cerrar los espacios donde habita la memoria para imponer el olvido.

Sin embargo no cesan las convocatorias para abandonar la apatía, lo hicieron por décadas las madres de mayo frente a la casa rosada, lo hacen las familias de los desaparecidos del palacio de justicia, las organizaciones de víctimas de los crímenes de estado y las madres de los ejecutados de Soacha en Colombia. El Estado empuja hacia la inmovilidad y la personalización del mundo y las gentes en las calles empujan a reclamar memoria y justicia, convocan a derrotar el miedo, anuncian que la indiferencia es tan peligrosa como la represión y llaman a superarla. Benedetti con sus versos invita a no quedarse inmóvil en medio del camino, a no llenarse de calma, a no reservar del mundo solo un lugar tranquilo y Brecht preguntó de que servía decir la verdad sobre el fascismo si no se iba a decir nada contra el capitalismo que lo origina.

Si se vence el miedo se vence la apatía y viceversa, como lo muestran los referendos y plebiscitos ganados por la gente común contra el perdón y el olvido, propuestos para ocultar los crímenes de estado e imponer leyes que al superar los límites de los derechos humanos caen en el terreno de la impunidad. Un buen ejemplo de lucha contra el miedo se plantea en el Film NO, dirigido por Pablo Larraín, que evoca la derrota del intento de perpetuación criminal de Pinochet en chile. Al estado corresponde ofrecer garantías para poner la memoria en el debate público con miras a modificar la propia forma de entendernos como seres humanos, para que los acuerdos que vayan logrando en una mesa de negociación, vayan creando estructuras materiales de reconciliación. Este propósito exige en primer lugar que la clase en el poder renuncie de manera explícita a dos cosas de fondo: La primera, a la idea de mantenerse en una guerra permanente, sobre ella es que edifica alianzas temporales y simbólicas que le permiten mantener a la sociedad en estado de guerra, obligar a la población a vivir para la guerra, calificar a sus adversarios políticos y sociales como enemigos a combatir y, aniquilar sin un horizonte de fin del conflicto, si no de fin de un enemigo abstracto que puede ser cualquiera, sobre el cual se puede reiniciar la reproducción del circulo vicioso de la crueldad y la muerte.

Esa situación estructural no ha permitido conocer que es vivir en paz, ni experimentar el significado de ser humanos a plenitud, sin temores, sin carencias, sin discriminaciones, sin persecuciones. La guerra en Colombia es un fracaso cuyos éxitos se miden por el número de asesinados y de daños provocados, igual la fórmula de gestión del capital se afianza sobre la muerte y la degradación, con expresión en múltiples formas de violencia. La segunda, situación de fondo, es que el estado elimine las lógicas de la venganza y del honor, sobre las que justifica sus acciones de guerra y que impide restablecer el equilibrio provisionalmente roto. El régimen de Uribe convirtió la venganza una razón de estado, en un imperativo social para comprometer los sentimientos de los individuos y eliminar las nociones de ética, responsabilidad y culpabilidad, organizó la vida en función de la muerte y a través de ella y reforzó las instituciones para mantener activas las voces que alientan la muerte y en lugar de la dignidad humana colocó el honor, para destruir de manera sistemática la existencia política que permite construir la dignidad, los derechos, la justicia.

El discurso de la venganza y el honor, lo representa hoy el ministro de defensa, como a su más claro exponente, sus llamados que debieran ser a cesar el uso de las armas (porque el estado hace parte de un proceso de paz en curso) al contrario refuerzan la violencia, llaman a fortalecer la guerra como institución social necesaria e irrefutable, inculcan a seguir códigos de venganza, alientan las acciones delictivas del neo paramilitarismo, invita a verter sangre enemiga, incita a devolver golpe con golpe, a que los jóvenes sacados del sistema escolar y malnutridos donen su vida como un sacrificio obligado para salvar una patria que les es ajena. A través de la voz del ministro, hablan los grandes propietarios, los determinadores de hacer la guerra para defender sus propiedades. El estado se apropió de la guerra, del territorio y de los pobladores, a quienes impone reglas de conducta, maneras de ser, impone la disciplina militar y recluta a jóvenes pobres para enseñarlos a vengarse de los suyos. La misión gloriosa y heroica que el ministro enseña es que la guerra es el principal derecho soberano del estado, es decir, ratifica que el estado es una máquina de muerte, el instrumento de barbarie al que se debe rendir culto. La simetría de las transacciones del capital se corresponde con la simetría de la venganza y la acumulación de las riquezas, se manifiesta de la misma manera que la violencia vengativa, es este el punto de encuentro entre el capital y el fascismo que señala Brecht.

El Estado llama a la apatía, a la indiferencia, los pueblos llaman a la memoria, a no olvidar, a no perdonar, a no hacer silencio. Hacer memoria inevitablemente tendrá que reflejar otras realidades hasta ahora encubiertas. La memoria recordará que hay insurgencias porque hay motivos para levantarse en armas, que hay gritos porque se imponen silencios, que en las calles se anuncian protestas porque en los recintos del estado se evita la democracia. La memoria recupera historias, la de grandes relatos y pequeños acontecimientos, la de pequeños mundos destruidos, arrasados, violentados lejos del alcance de los medios. Cuando se hace memoria el primer responsable es el Estado, al que los pueblos le confiaron su protección, no patentes de corso para la muerte. Un estado no puede hacer de la guerra su misión, ni el gobierno convertirla en su objetivo.

Cuando las cosas vienen a la memoria, las percepciones cambian y hay que estar dispuestos a cambiar, a comprender la importancia de reconocer al otro, su diversidad, su diferencia. Hacer memoria permite derrotar la guerra, reconstruir sociedades destruidas por la barbarie. De la barbarie nazi empezó a saberse con el fin de la guerra y la firma de tratados de paz, igual con el fascismo o la invasión a Vietnam, sometida y bombardeada. La memoria sirve de base para configurar marcos de paz y hacer conciencia que la guerra no solo produce muertes, desapariciones, encarcelamientos, si no también enfermedades y lesiones incurables por falta de medicamentos, deserción escolar y falta de oportunidades de educación y recreación, despojo, humillaciones. La memoria enseña que en un país en guerra todas las carencias, la explotación, la dominación y las muertes tienen que ver con la guerra. Cuando Vietnam logró hacer memoria se encontró con 7 millones de víctimas civiles entre muertos y heridos, 12 millones obligados a huir, 5 millones rociados con herbicidas tóxicos como el agente naranja. Memoria y Dignidad se completan, se complementan en la lucha social.

P.D. Kseniya Simonova, hace memoria de la invasión a Ucrania usando una caja de luz, arena, música y la yema de sus dedos. En 2009 ganó el concurso Ukraine‘s Got Talent con una animación contra la invasión del Tercer Reich. El video dura 8 minutos y puede verse en: http://www.youtube.com/watch?v=B6X8oX3pQqA; ò http://pelapapas.com.mx/htmls/animacion-arena-2.html

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