Si no puse de entrada “El Choro Soria” es porque en mis años mozos asistí a las disputas entre el que ya era Alcalde de Iquique y el diario Clarín. Dos colosos. Clarín, usando el popular lenguaje que lo caracterizaba, lanzó un insulto definitivo: quitarle a Soria su apodo de “Choro” –que en Chile designa a un personaje colorido, confiable, derecho, luchador y popular– para remplazarlo por el más ambiguo de “Almeja”.

Si mal no recuerdo, la bronca tenía que ver con las lealtades políticas entre socialistas, los de entonces, no los venales gallináceos de ahora. Raúl Ampuero, por la enésima vez, le disputaba la autoridad en el PS a Salvador Allende. Y Soria se había inclinado por Ampuero. Retrospectivamente es difícil condenarle: Ampuero fue un gigante intelectual, una personalidad descollante, respetable y respetada por todo el espectro político. Un pelín individualista, eso es sabido, ¿pero quién no lo es cuando se trata de asumir la responsabilidad de dirigir un país?

Salvador Allende ya era Salvador Allende, figura indiscutida, esperanza del pueblo llano, el responsable político que prefirió el año 1952 –junto a un PC aún proscrito– iniciar un camino difícil, abrupto y solitario, contra sus camaradas que se habían acoquinado con Ibáñez del Campo.

En los años sesenta la elección entre Ampuero o Allende no era banal. En esa época Soria era un peso pesado, dentro y fuera del PS. Lo curioso es que casi 50 años más tarde lo siga siendo. No en el PS de albañal de hoy, ni Soria ni nadie en su sano juicio pretendería disputarle ese bolichito declinante a los tenderos que lo controlan. Soria sigue siendo un peso pesado en el país, en el norte, y muy particularmente en Iquique, la tierra que lo vio nacer.

Por Iquique Soria está dispuesto a todo. A lo mejor, como a lo peor. “À la guerre comme à la guerre” es un proverbio francés que lo pone claro: en la guerra uno actúa como en la guerra, y Soria parece estar en guerra permanente contra todo lo que atente contra las posibilidades de desarrollo de su amado norte, de su región, de Iquique. A tal punto que surgió, seguramente gracias a él, ese dicho que no hace sonreír sino a los boludos: “Iquique es puerto… las demás son caletas”.

Santiago de Chile.- Su trashumancia política lo ha llevado del PS al PC, y del PC al PPD, y a establecer contactos, amistades y compadrazgos que le darían tortícolis a un búho. A quién pudiese acusarle de incoherencia, Soria de seguro le respondería que la línea conductora ha sido siempre la misma: jugar un papel eminente en el desarrollo del Norte. De Iquique. Visto así… el recorrido es rectilíneo.

Otro argumento en su favor –al hombre no le faltan los argumentos– tiene que ver con su postura en los años que precedieron a la dictadura: Soria fue uno de los puntales de la epopeya de Salvador Allende, quién no dudaba en tomar un avión para ir a Iquique a reunirse con él en torno a un almuerzo, antes de regresar a Santiago a resolver otras cuestiones no menores.

Soria lo pagó caro: cuando el golpe de Estado lo enviaron a Pisagua, y se salvó de ser fusilado por un pelo, dizque porque es ahijado de un cierto Augusto Pinochet Ugarte.

La historia suele jugar y sonreír con chistes sórdidos. Otro ejemplo conocido es el del Profesor Kerenski que fue maestro y protector de un alumno llamado Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), y padre del Aleksandr Fiodorovitch Kerenski que llegaría a ser jefe del gobierno provisorio ruso en 1917…

En cuanto a su poco reluciente padrino, Jorge Soria no lo eligió, y si hubiese podido hacerlo, lo más probable es que hubiese elegido a Iquique: uno ya no sabe si Soria es el hijo o el padre de su ciudad natal.

Queda por saber qué es lo que Soria va a hacer de su futuro político y de lo que habrá que considerar más tarde como su herencia. A sus juveniles 76 años tiene la brújula en perfecto estado. Cuando el lamentable suceso de los jóvenes conscriptos detenidos por orden del gobierno de Piñera, fue uno de los pocos que tuvo los cojones de decir que había que liberarlos.

Soria nunca ha ocultado que el avenir económico del norte tiene en Bolivia un actor eminente, que la integración latinoamericana pasa por establecer corredores interoceánicos que interesan a la vez a Chile, a Argentina, a Bolivia, a Brasil y a Perú. Soria tiene una visión de hombre de Estado, que choca con las pequeñeces agresivas de los últimos presidentes que han ocupado La Moneda. Y como es un hombre práctico, recorre las montañas para ver por donde podrían pasar las autopistas que irían –¡que duda cabe!– de Iquique hasta el Atlántico.

Queda por saber si, además de la curiosidad topográfica, Soria aún tiene la voluntad y el coraje para abrir caminos. Frente a la disyuntiva del 2013… ¿hacia dónde se inclinarán sus preferencias? Por un lado está el boulevard que ofrece la política parasitaria, el cogobierno Alianza-Concertación. Si Soria sigue ese contaminado sendero… ¡Buena suerte para el norte porque la van a necesitar! Del otro, está el combate por hacer que el pueblo de Chile recupere su soberanía, sus derechos secuestrados, la posibilidad de ser el actor de su propio destino.

Jorge Soria tiene la oportunidad histórica de recuperar para siempre el apodo que lo hizo famoso: volvería a ser para todos el Choro Soria.

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