La Habana y Caracas (PL).- Una ola gigantesca de mensajes de consternación, de aliento, de exaltación a la obra del líder venezolano, Hugo Chávez, se mueve del Pacífico al Atlántico y del Bravo a la Patagonia. Presidentes, legisladores, organizaciones sociales y políticas, mujeres, estudiantes, indígenas, gente simple y común lloran la pérdida física de Chávez, un hombre de dimensiones extraordinarias que supo revivir el legado de los próceres de la independencia.

Poco después de que el sol se escurriera por la espalda de los cerros de Caracas, la Plaza Bolívar era ya un pandemónium, un círculo dantesco donde la gente humilde de esta ciudad lloraba a su presidente y expresaba su consternación como podía. Todos allí se habían enterado hacía muy poco de la muerte de Hugo Chávez, pero al cerrar la noche nadie podía responder cómo había llegado hasta esa plaza donde un Bolívar de negro cabalga un relincho eterno.

Secretamente, este reportero sabía cómo. Los había visto caminar, llegar como autómatas, absortos en el dolor, con el apuro de los que saben que ya no llegarán a tiempo, hablando incoherencias sin parar o silenciosos, sellados como tapias. Pero en la plaza la gente se encontraba con la gente y estando juntos ya era otra cosa. Entonces se ponían a contar cómo los había ayudado Chávez, quien en sus bocas se elevaba a la altura del mismo Bolívar y, luego, crecía y crecía hasta convertirse en el Cristo pequeño que llevan las matronas en su escapulario y los hombres en lo oscuro de sus carteras.

“Van a venir 200 años más y ya nosotros no tendremos un hombre como ese”, me dijo Alberto, un negro grande que cuando por fin me presenté como periodista dejó de contarme lo que me estaba contando; o sea, que había salido corriendo del baño con la cabeza y el rostro enjabonado porque eso que le decían, que su “comandante” había muerto, no podía ser.

“Ese es el único hombre por el que a Venezuela le dolía el corazón”, confesó cuando ya le daba la espalda y enfilaba hacia la multitud que rodeaba al diputado Freddy Bernal, quien arengaba a cientos de hombres, mujeres y niños. Allí estaban, rodeando el pedestal de la misma estatua ante la que se inclinó en 1881 José Martí con todo el polvoriento peso de su camino sobre los hombros.

Una galería de rostros turbios, una jungla de gemidos, gritos pelados, canciones de lucha y dolor y, solo si uno aguzaba el oído, algún que otro silencio pequeñito, como esos puntos inestables del espacios que en un abrir y cerrar de ojos pueden transportarnos a otra dimensión de este Universo. Chávez estaba en todas las imágenes, pero la gente en la Plaza Bolívar no hacía demasiado caso de las imágenes. Las enseñaban resignados, porque ya es algo natural que uno haga eso, que, por ejemplo, se deje retratar con un afiche de su ídolo.

Pero la gente, creo, sospechaba que las imágenes mienten, que las imágenes son solo eso, y que Chávez en realidad andaba con ellos donde no se ve. Tal vez por eso, aquel viejo caminaba en círculos, como buscando una compañía invisible; y aquel levantaba el brazo con la fuerza justa para levantar dos brazos; y aquellos niños sonreían -incluso allí, en ese momento-; y tal vez por eso aquella mujer miraba a la noche como si mirara un par de ojos negros.

Cuando dejaba la plaza, pensé que aquello había sido como vivir por una noche la convulsión, la virulencia y la pasión de los años sesenta. Pensé en esa palabra: “Revolución”. Una mujer decía a alguien a través de su móvil: “No es justo, no es justo, no es justo…”.

Sobrevino entonces un gesto instintivo, pero, en realidad, este reportero no la fotografió, porque su mal no parecía estar allí, sino en todas partes, y eso es algo que asusta. Por el megáfono seguí gritando una de tantas frases acuñadas en tantas marchas durante los últimos años. La muchedumbre, ya se sabe, devolvía los “Vivas”.

Más adelante una señora le decía a quien la escuchara: “Yo sé que donde esté, Dios lo va a recibir bien, porque es el mejor líder del mundo”.

Chavez y su impronta en la Patria Grande

La integración latinoamericana es uno de sus mayores aportes en esta lucha de siglos. El actual mapa geopolítico tiene como centro a la Venezuela del presidente y líder de la llamada Revolución Bolivariana. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, la Unión de Naciones Suramericanas y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, tienen su impronta.

“Con gran tristeza he recibido la noticia de la muerte del presidente Hugo Chávez. Estoy orgulloso de haber vivido y trabajado con él en la integración de América Latina y por mundo más justo” afirmó el expresidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva.

En otra manifestación de reconocimiento a su tenaz batalla por la unidad de los pueblos de la región, el dignatario Juan Manuel Santos, resaltó el apoyo de Chávez a los diálogos de paz para poner fin a la guerra en Colombia. “Si hemos avanzado en un proceso sólido de paz con progresos claros y concretos, avances como nunca se han logrado con la guerrilla, es también gracias a la dedicación y compromiso sin límites del presidente Chávez y el gobierno de Venezuela”, destacó.

Para el canciller uruguayo, Luis Almagro, Chávez fue “uno de los mayores estadistas y visionarios de nuestra América”. De igual modo, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, lo reconoce como “un hombre profundamente comprometido con la integración de América Latina”.

Por su papel en la concreción del sueño integracionista ha sido calificado como el (Simón) Bolívar del siglo XX y XXI. “Se ha ido un inmenso latinoamericano”, aseguró el presidente de Ecuador, Rafael Correa este 5 de marzo, al valorar la esencia de este “hombre extraordinario”.

En el concierto latinoamericano de reconocimiento a su legado Evo Morales, aseguró que Hugo Chávez fue “un hermano solidario, un compañero revolucionario, un latinoamericano que luchó por su patria, por la patria grande, como también hizo Simón Bolívar”. Pero para Chávez alcanzar ese ideal pasaba en lo esencial por los pueblos, por desterrar flagelos como la pobreza, el analfabetismo, la falta de acceso a servicios esenciales como la salud o la educación.

El alcance de su quehacer está en los hombres o las mujeres del continente -no importan de dónde, pero sí su origen humilde- quienes recobraron la vista gracias a la Misión Milagro, sin costo alguno para sus menguados bolsillos. Su legado pasa por los cada vez más reducidos índices de pobrezas en su país que recibió tan lleno de petróleo y con tantas mesas sin alimentos. Fue ejemplo en la aplicación de programas sociales con nombres muy venezolanos, pero todos enfocados en reducir el número de pobres.

“Qué fácil sería terminar con la pobreza en el mundo, pero para eso necesitamos unos cuantos Hugo Chávez”, aseguró el presidente de Uruguay, José Mujica al valorar la obra del proceso de cambios que inició el gobernante venezolano cuya génesis vio en los días del Caracazo.

Latinoamérica llora, Latinoamérica se duele, pero la Patria Grande lleva dentro más que una semilla, el retoño de este hombre imprescindible que, parafraseando al dramaturgo Bertolt Brecht, luchó toda su vida.

* Periodistas de Prensa Latina.