“Los reyes y los papas deberían ser inmortales”. Lo ha dicho un politólogo italiano pocos días atrás. Desde la antigüedad, la “sede vacante” ha sido motivo de luchas de poder. Un trono vacío ha sido siempre un peligro tanto en el pasado como en el presente y en muchas ocasiones se ha tratado de ocultarlo simbólicamente con rituales o ceremonias, que de hecho han constituído verdaderos exortismos institucionales contra la ausencia del poder. Los juristas del pasado llamaban el interregno “justitium”, porque en ese espacio de tiempo se suspendían todas las actividades judiciarias.

Para evitar que el vacío de poder hiciese precipitar la sociedad en el caos o para tener el tiempo necesario para preparar la sucesión del nuevo soberano, se prolongaba artificialmente la “despedida del muerto” alargando el momento de su salida definitiva de este mundo. La idea era que hasta que no se fuese descompuesto totalmente el cuerpo real, la autoridad no podía ser transmitida al sucesor, ya que la mano del difunto tenía todavía la fuerza para sostener el cetro.

Por esta razón, la muerte de un soberano representaba un vacío que amenazaba a la sociedad y al pueblo y trataban de hacerlo durar lo máximo posible. En muchas sociedades se llegaba a construir un simulacro del soberano que se ponía en la cama como si fuese un enfermo grave. Los médicos lo visitaban continuamente señalando el empeoramiento minuto por minuto hasta declararlo muerto al momento oportuno, como sucede actualmente en los regímenes dictatoriales y democráticos.

En la Roma imperial este ritual se llamaba “funus imaginarium”, se hacía un solemne funeral con el simulacro y se concluía con una procesión con todos los senadores del Imperio Romano.

En el caso de los pontífices, la muerte no poda ser ocultada porque no habían herederos y la muerte se simbolizaba con la rotura del anillo del pescador. En la Roma papal, desde el Medioevo hasta los años 1600, muy a menudo a cada muerte de papa comenzaban los saqueos haciendo de Roma una ciudad violenta, no obstante algunos decretos pontificios tratasen poner freno a estos actos vandálicos.

También el Vaticano actual trata de acelerar la elección de nuevo papa con el “motu propio” de Benedicto XVI. Su “motu propio” da la posibilidad de anticipar el inicio del cónclave si se “constata la presencia de todos los cardenales electores”. Así como Celestino V, tres días antes de su “gran rechazo” en 1294 promulgó una constitución, declarando que las reglas del cónclave, decididas veinte años antes en el II Concilio de Lione del 1274, serían válidas no solo si la “sede vacante” se hubiese abierto con la muerte del papa, sino también en caso de su dimisión al pontificado.