Bogotá.- Los grandes problemas que afronta Colombia pasan por la economía. La exclusión, la expulsión de poblaciones desplazadas de sus territorios, la miseria arrinconada en los barrios populares, la niñez explotada y hambrienta pasa por la economía. La degradación ambiental, el saqueo de recursos naturales, minerales y energéticos pasa por la economía. Las acciones de guerra, la crueldad y las políticas de terror pasan por la economía. Los fraudes al patrimonio público, a las rentas de la nación, al erario, a las instituciones pasan por la economía. Las carencias, insuficiencias y falta de garantías para realizar derechos pasan por la economía.

En su forma más simple, la economía es la ciencia que estudia las relaciones sociales de producción, distribución, cambio y consumo de bienes materiales. Su estructura contiene categorías de análisis como: mercancía, valor de cambio y uso, trabajo, fuerza de trabajo y plusvalía, entre otras útiles para entender las causas y las consecuencias que configuran la realidad del mundo de desigualdades, inequidades, discriminaciones y violencias que vivimos. Es decir no es simplemente “la economía” como tratan de justificarlo quienes pretenden “naturalizar” las relaciones sociales, desprendiéndolas de los conflictos y las tensiones de poder y presentarla desmembrada y sin capacidad de acción en un estadio de pureza, en el que su potencia analítica y creadora de mundos es reducida a términos de: Eficiencia y Competitividad, como criterios máximos del actual sistema controlado por un centro hegemónico de poder.

Como la economía no es entonces simplemente “la economía”, nada que tenga que ver con las relaciones entre seres humanos en el ámbito del mundo material ocurre por designio natural, ni por intervención de una mano invisible. Cada vez es más visible la mano del capital que desde el seno de la clase en el poder crea, promueve y fija un orden ideológico y simbólico que lleva a confundir mercado con economía y a través de él instalar un modo de relaciones que pone a su servicio todos los esfuerzos y valores humanos socavándolos. Convierte a los demás humanos (y sus creaciones culturales) en mercancías, en objetos, en recursos, en clientes y en apéndices de los procesos productivos. A estos demás humanos, solo les queda la posibilidad de resistir, negarse, luchar para hacer valer su exclamación de que si le quitan la vida le quitan los medios por los cuales vive (Shakespeare).

La economía desmembrada, ha sido silenciada en sus modos de explicación. El ser humano cambiado por el individuo poseedor, colocado en el centro de las relaciones sociales y por debajo de él puesto el consumidor ya no como aquel que satisface necesidades o deseos, si no como el que es convertido y reconvertido en un producto más, a través del cual se entreteje la sociedad de consumidores, en la que el sujeto es puesto en la condición de objeto. El mercado reemplaza la economía y los análisis sobre cambio o intercambio, que eran la base para explicar el origen de la desigualdad, eliminados junto con sus contenidos de plusvalía y prácticas de distribución. De esta manera los dueños del capital cumplen el doble propósito por una parte de impedir que se comprenda fácilmente la totalidad de lo que ocurre y por otra convertir las conquistas humanas como los derechos humanos en obstáculos a al llamado desarrollo económico, del que se eliminan sus contenidos de libertad, bienestar y equidad.

El mercado se inventó la palabra mágica: “éxito” tras el que menos del 5% de habitantes del planeta controla al restante 95%, en un sistema de apartheid global casi perfecto. Debajo del éxito están presentes pero las devastadoras evidencias de la catástrofe humana y del planeta, resultantes de sus propósitos de éxito que son equivalentes al insaciable deseo por acumularlo todo. Los dueños del capital, se convierten en reptiles que no cesan de expandirse y crecer al ritmo de las riquezas colectivas que se tragan. Este pequeño porcentaje de población distribuida por el mundo ha organizado de la manera más racional, calculada y metódica las estrategias para: Quitar significado a las luchas y deseos del 95% de población; crear y dirigir la barbarie de la guerra para devastar y saquear en nombre del interés general y de la libertad o la democracia.

El éxito convoca la alianza de ese pequeño grupo universal de apartheid trasnacional distribuido a su interior como en la edad media en: empresarios, políticos y militares. Para los tres el Estado es su gran herramienta de poder. Los tres afinan sus voces desde adentro del Estado y sus instituciones repiten un único libreto de protección al capital. Las Cortes acatan las reglas prediseñadas por el recetario trasnacional, muchas de ellas procedentes de la Organización Mundial del Comercio, que tiene constitución propia para defender “derechos fundamentales” del mercado superiores a los derechos humanos; Los legisladores hacen converger las leyes con los intereses privados y establecen delgadas líneas -fácilmente franqueables- para combinar legalidad con ilegalidad, cuando lo requieran. El gobierno se encarga de la enajenación de bienes públicos y de la guerra.

En Colombia el programa en curso concebido por esta alianza resulta de la combinación de Seguridad democrática, que se mantiene vigente y profundiza sus raíces de guerra a pesar del proceso de negociación política del conflicto con las FARC y; La confianza inversionista a cuya sombra se han entregado los ahorros de los trabajadores y sus dineros de la salud y las pensiones y está en proceso acelerado la entrega de la biodiversidad incluida la riqueza mineral. Los grandes beneficiarios para lograr el éxito de eficiencia y competencia tienen como instrumentos: los TLC (U.S.A., UE, Corea) y; la explotación minera. La alianza está representada para esta etapa por trasnacionales y multinacionales (40% del sector empresarial, según base de Datos ENS) cuyas juntas directivas (más que sus capitales) tienen origen en Estados Unidos (una de cada dos), Unión Europea (10%), México, Japón, Holanda, Suiza, España, Corea y Brasil. Para lograr el éxito minero de este apartheid el Estado ha entregado (en contra de los intereses de la nación, según la creciente y permanente expresión de movilización social y política) el 40% del territorio colombiano para proyectos mineros, esto es cerca de 45 millones de hectáreas, de 114 millones que conforman el territorio.

Para defender los intereses de la alianza las acciones de guerra abierta y encubierta se extienden por todo el territorio defendiendo el capital en nombre de la soberanía. Es un ejército fundamentalista que alienta el espíritu de guerra, ya instalado en el imaginario colectivo. Las ejecuciones son aplaudidas con júbilo y vítores por los consumidores, los éxitos de muerte representa ganancias en moneda fuerte. Población y territorio se controlan a través del miedo, y el terror incentiva las ansias de más guerra, de odio, de venganza. Gobernantes, empresarios y militares, anuncian que la paz hay que ganarla con el dolor de la guerra que después vendrá la prosperidad, la equidad, las oportunidades. El mercado oculta el dantesco infierno que fácilmente podría ser puesto al descubierto por la economía política de no estar desmembrada. A través de ella podría verse el despojo, la humillación, el modo como las gentes más empobrecidas son convocadas a matarse en la arena de un circo creado por el capital, pero adicionalmente convocada a pagar los costos de la guerra, mientras los dueños del capital revisan sus utilidades. El espíritu de luchas y resistencias populares sin embargo no cesa de crear y resistir, sabe que su momento es ahora.