Katmandú (PL).- Llegues o te vayas, saludes en la mañana o te despidas en la noche, la palabra siempre será la misma: “Namasté”. Proviene del sánscrito y es la llave con que puedes abrir todas las relaciones en Katmandú porque lo mismo quiere decir “hola” que “hasta luego”, “buenos días” que “buenas noches”.

Pero Namasté es sobre todo una señal de la espiritualidad que uno encuentra en cualquier rincón de Nepal porque -subrayada con las palmas de la mano unidas junto al pecho- significa sobre todo, “respeto lo divino que hay en ti”. Al recién llegado -no importa el idioma que hable- el término le resulta poco menos que imprescindible para establecer los primeros contactos con los lugareños, pues en la capital de la pequeña nación surasiática convergen más de una veintena de etnias y casi 40 lenguas y dialectos.

Cruzado el umbral del primer encuentro, el visitante descubre de inmediato que tras la mirada rasgada y candorosa de los nepaleses alienta una sabiduría de siglos, un saber convivir en armonía con la naturaleza, y una tolerancia sin límites a otras filosofías y credos, a condición de que se respeten los propios. Que lo digan si no las legiones de hippies que en los años 60 y 70 aterrizaron aquí atraídos por la espiritualidad del entorno y la facilidad con que conseguían pasaporte a la metempsicosis vía marihuana o hachís.

Desde aquella época, o tal vez desde antes, esta es la más cosmopolita de todas las pequeñas capitales de planeta: franceses y argentinos, españoles y australianos, estadounidenses y japoneses, gente de todas partes viene aquí por las más diversas razones. Gran parte lo hace porque en Nepal se alzan ocho de las 14 cumbres del planeta con más de ocho mil metros de altura -los famosos “ochomiles”- y Katmandú suele ser el punto de partida hacia el non plus ultra del montañismo mundial, el Himalaya. (1)

A la pintoresca ciudad, por supuesto, llegan miles que ni sueñan con vencer los 8.848 metros del Everest, pero sí con practicar el senderismo entre otras cumbres más modestas que -dicho sea de paso- también requieren una especial preparación física. Otros, quizás la mayoría, desembarcan aquí porque esta es una tierra donde, a la sombra de Buda y sus 2.500 años de historia real-maravillosa, conviven dioses y hombres con la simplicidad con que lo hacen pastores y ovejas.

De hecho, no es necesario andar mucho para ver cosas inimaginables en Katmandú. Con sentarse uno en la plaza Durbar -el corazón de la parte vieja de la ciudad- puede ver cosas que en ninguna otra parte del mundo y, sin apenas moverse del sitio, las fachadas y torres de unos 60 santuarios. Uno de ellos es el templo de Maju Deval, que con sus leones y dragones de piedra convoca cada día a miles de fieles al dios hindú Shiva y es un pétreo recordatorio de las tenues fronteras entre la vida y la muerte.

Desde allí también puede verse el palacio de la Kumari (virgen, en nepalés), y si se tiene la paciencia necesaria, hasta verla asomarse a un balcón -lo hace dos veces al día-, maquillado el rostro y vestida a la usanza tradicional… Sí, porque la Kumari es una diosa viva, una niña de la casta shakya a quien desde los cuatro años se separa de la familia -para orgullo de ésta- y se aloja en el palacio hasta que tiene la primera menstruación. Llegado el momento de la “jubilación”, será sustituida por otra y recibirá de por vida una retribución estatal.

Por más breve que sea, la estancia en Durbar es siempre aleccionadora. Allí, sin mayores alteraciones a la escenografía natural, Bernardo Bertolucci filmó escenas de su película Pequeño Buda. Claro, sería un desperdicio esperar porque lo interesante venga a Durbar: las callecitas empedradas de Katmandú conducen a decenas de templos y pagodas con dioses e historias propias, esculturas, plazas y mercados, en medio de una mescolanza de sonidos y olores debutantes en los sentidos del forastero.

El día escogido es lo de menos, pues en el valle donde se asienta Katmandú tiene un clima de envidia -otro cantar es en las montañas- y para mayor dicha, este es uno de los países con menos días laborales en el año. Dicen -¡qué sabios!- que martes y jueves son los únicos días propicios para cualquier tipo de trabajo.

Eso sí, ojo al cruzar las calles porque en esta suerte de ciudad-museo hay menos semáforos que cibercafés y desde cualquier ángulo sale una moto a velocidad endemoniada. De las vacas ni se cuide, pues marchan con la mayor parsimonia del mundo y están acostumbradas a convivir con los humanos, con la ventaja para ellas que son consideradas sagradas y todo el mundo -motos incluidas- les cede el paso.

¿Cansado de andar? Por más que lo esté, no deje de ir al templo de Pashupatinath, a orillas del río Bagmati, afluente de ese sacro Ganges que cuando baja del Himalaya “comunica a los hombres con los dioses”, al decir del Rig Veda, uno de los libros más antiguos de la humanidad. El Pashupatinath ya estaba ahí 400 años antes del nacimiento de Cristo y guarda en su interior un gigantesco “lingam”, un monolito fálico alusivo al poder destructor de Shiva.

Como desde tiempos inmemoriales, cada día al templo acuden miles de fieles que, después de orar, descienden por las anchurosas escalinatas de piedra y se dan un baño en el Bagmati para purificar sus almas. Una práctica que no le aconsejamos porque el río está bastante contaminado. Mejor, una las palmas de las manos, lléveselas hasta la altura del pecho y musite un sentido Namasté, que todo Katmandú sabrá apreciar lo divino que hay en usted.

Récord de turistas en Nepal en 2011

Nepal recibió en el año 2011 casi 720 mil turistas extranjeros, 21,4% más que en el año precedente, e ingresó por ese concepto más de mil millones de dólares. Esa suma representa más del 7% del Producto Interno Bruto, lo que consolida a la industria del ocio como una de las principales generadoras de divisas en el país. Los principales mercados emisores fueron los dos gigantes asiáticos que contornean a Nepal por el sur (India) y el norte (China).

La Junta Nacional de Turismo de Nepal precisó que del total de arribos, la mayoría ocurrió por el único aeropuerto internacional del país, el de Katmandú, mientras el resto lo hizo por tierra. Las autoridades del sector, empero, reconocieron haber fallado en su intento de llegar a un millón de turistas en 2011. En buena parte la diferencia se debió a que solo fue en diciembre cuando Estados Unidos, históricamente una de sus principales mercados, canceló una advertencia de no viajar a Nepal hasta que mejoraran las condiciones de seguridad. También influyeron la crisis económica en Europa, huelgas de empleados del sector y la escasez de aviones de la aerolínea nacional.

La guerra civil de 10 años concluida en 2006 asestó un rudo golpe al turismo en la pequeña nación del Himalaya, pero la recepción de excursionistas ha ido aumentando progresivamente y el gobierno se propone aumentan las inversiones en busca de cifras más altas.

Nota:

1. Hasta que se concreten nuevas mediciones, las autoridades de Nepal considerarán dos alturas para el Monte Everest, la montaña más alta del mundo. Un acuerdo al respecto se consiguió tras una reunión de expertos nepalíes y chinos en Katmandú. Según las informaciones oficiales, el Everest tendrá por un lado 8.848 metros de altitud y, por otro, 8.850, esta última cifra incluye cuatro metros de nieve permanente, dijo Krishna Raj, director del Departamento de Estadísticas de Nepal. Se labora en nuevas mediciones con la colaboración de investigadores daneses e italianos, pero se estudian nuevos financiamientos para adquirir tecnologías más avanzadas. La altura de la montaña, con más de cuatro mil escalamientos, fue vencida por primera vez en 1953 por el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa, etnia nepalí, Tenzing Norgay.

* Corresponsal de Prensa Latina en India.