París (PL).- El asesinato de tres mujeres kurdas en París conmovió a la opinión pública nacional e internacional, generó protestas en esa comunidad y llevó a primer plano la situación de la más numerosa minoría étnica sin Estado del mundo. Los cuerpos fueron descubiertos en la madrugada del 10 de enero de este año en el Centro de Información sobre el Kurdistán y, de acuerdo con las primeras versiones, todas tenían heridas de bala en la cabeza, dos de ellas en la nuca, lo cual hace pensar en una ejecución planificada y perpetrada a sangre fría.

Si bien la noticia pronto desapareció de los grandes titulares, devorada por la información sobre la intervención militar francesa en el conflicto armado en Malí, el hecho reviste una enorme gravedad para las autoridades galas, responsables de esclarecer el caso. Una de las víctimas era Sakine Cansiz, cofundadora del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), agrupación creada en Turquía para luchar por la soberanía y el reconocimiento de los derechos históricos y culturales de ese pueblo.

En noviembre de 1978, cuando Abdullah Ocalan convocó a un grupo de allegados y militantes para fundar el PKK en las cercanías de Diyarbakir, en el sudeste de Turquía, Cansiz era la única mujer allí presente. Combatió con las armas en la mano, fue capturada, sufrió tortura, prisión y exilio y se convirtió en un ícono para las mujeres de su pueblo, a las que convocó a luchar no sólo por la libertad, sino también por sus derechos.

Junto a ella murió Fidan Dogan, de 32 años, quien nació en Turquía pero creció y se educó en Francia. Era la representante del Congreso Nacional del Kurdistán ante las autoridades galas y la presidenta del Centro de Información donde ocurrió el triple asesinato. La otra víctima, Leyla Soylemez, de 24 años, era una joven activista cuya familia reside en Alemania.

El común denominador de estas tres mujeres, aseguró Pierre Laurent, secretario nacional del Partido Comunista Francés, fue su coraje e inteligencia y su militancia “en una causa justa, la inscripción en la Constitución turca del reconocimiento de los derechos políticos y culturales de su pueblo”.

La comunidad kurda europea responsabilizó a Ankara por el crimen perpetrado a pocos días del anuncio de eventuales negociaciones para finalizar las hostilidades iniciadas en 1984 entre el PKK y el gobierno turco. “Es un ataque contra la paz”, señalaron durante una manifestación para rendir homenaje a las féminas. Asimismo, recordaron al gobierno de Francia su obligación de dar una respuesta rápida, capturar lo más pronto posible a los autores y aplicar justicia.

El primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan señaló, por su parte, supuestas pugnas en el interior del PKK como origen del ataque. La noticia, en todo caso, trajo de nuevo a la luz pública la dramática situación de este pueblo, que desde más de mil años antes de nuestra era se asentó en el sur de la península de Anatolia, donde desarrolló una de las culturas más antiguas de la Mesopotamia.

Toda la región original del Kurdistán abarca 190 mil kilómetros cuadrados de la actual Turquía, 125 mil de Irán, 65 mil de Irak, 12 mil de Siria, más una pequeña porción de Crimea, una extensa área donde existen, por otra parte, cuantiosas reservas de hidrocarburos. Con casi 25 millones de miembros, son hoy día la más grande minoría étnica en el mundo sin un territorio propio ni un Estado que los represente, a pesar de contar con una historia cuyos antecedentes se pierden en las raíces del tiempo.

Antes de nuestra era, Jenofonte ya habla de ellos en su libro Anábasis; Alejandro de Macedonia cruzó su suelo en una gran expedición hacia oriente; durante la edad media pasaron por allí los caminos de la “ruta de la seda”. Persas, romanos, bizantinos y otros imperios disputaron su territorio.

La primera gran división del Kurdistán ocurrió cuando se lo repartieron otomanos y persas, situación que se prolongó hasta finales del siglo XIX. Entre 1808 y 1880 se produjeron numerosas rebeliones contra los turcos para lograr la independencia, pero todas fracasaron. La debacle más grande ocurrió tras el final de la I Guerra Mundial y la derrota del imperio turco, cuando lograron en principio que en el Tratado de S’vres se reconociera la independencia del Kurdistán.

Ese pacto jamás se llevó a la práctica y pronto las potencias vencedoras en el conflicto lo sustituyeron por el acuerdo de Lausana, que repartió el territorio entre Turquía, Irak, Irán y Siria. Las fronteras fueron ratificadas, con ligeras variaciones, luego de la II Guerra Mundial, sin tomar en cuenta para nada los intereses y los derechos de los antiguos pobladores de esa zona.

Fueron estas condiciones las que dieron origen al PKK y el inicio de una lucha armada por la soberanía contra el gobierno de Ankara, la cual ha causado hasta la fecha más de 45 mil muertos en ambos bandos. El año pasado se considera uno de los más violentos, con unos 500 insurgentes y 140 militares y policías fallecidos. Ocalan, el principal líder del PKK, fue capturado en 1999 en Kenya, trasladado a Turquía y condenado a cadena perpetua, lo cual no ha impedido que siga siendo un interlocutor válido para buscar una solución política al conflicto.

La mayor parte de la población kurda, unos 15 millones, viven en la actualidad en la parte bajo dominación turca.Según recientes estudios, en Francia habitan unas 150 mil personas de origen kurdo, con una fuerte concentración en las regiones de Ile-de-France, Alsace, Lorraine y en Bouches-du-Rhône. El 90% de ellos provienen de Turquía y el resto son de Irán, Irak, Siria y Líbano.

El triple asesinato de París está sin dudas vinculado con este proceso y toca ahora al gobierno francés la responsabilidad de arrojar luz sobre un hecho grave, cuyos alcances y consecuencias aún son del todo imprevisibles.

* Corresponsal de Prensa Latina en Francia.