Si las secuelas de la imposición de la escritura alfabética (: que propició la desaparición de las Diosas Madre pre indoeuropeas) [1] no siguiera tan fuerte en la cristiandad, lo que habría que proponer, ahora, a la cabeza de la Iglesia católica, es la Pareja hierogamática: la complementariedad de lo masculino y lo femenino, es decir, la coincidentia oppositorum del lóbulo cerebral derecho y el lóbulo cerebral izquierdo: lo normal.

Lo que los aymara llaman jaqi y los quechua runa. Pero he aquí que Occidente está todavía lejitos de la normalidad sim-bólica. Está ch´ulla. Está dia-bólicamente desquiciado. Por ello un pasito posible, ahora, sería postular, como sucesora de Benedicto XVI, una Papisa. Una idea, por cierto, nada nueva y nada rara en la Historia de la cristiandad, pero que la patriarquía católica supo difuminar tirando la pelota al mito o, peor aun: a la leyenda: la Papisa Juana es una leyenda. Lo serio, claro, es lo racional: el lóbulo cerebral izquierdo. El siglo XX, sin embargo, ha visto renacer la leyenda de María Magdalena, a través de la novela y el cine y la arquelogía nos ha dado a conocer a la Mujer de Yavé: Asherá [2]. En 1972 se estrenó la película La Papisa Juana, con Liv Ullmann. []En octubre de 2009, se estrenó la película La Papisa, basada en una novela del mismo título, todo ello adobado dentro de un pujante feminismo y, si me apuran, ecologismo profundo: la nueva presencia de la Madre Tierra. Quizás los tiempos están maduros para un renacimiento del Movimiento de Jesús [3], un instante en el que refulgió la energía bosónica en el corazón mismo del judaísmo intertestamentario. Ese judaísmo es el que hay que volver a rescatar y es el que reclamaron los sefardíes Marranos del Siglo de Oro [4].

Un poco de memoria

Voy a seguir a J.P. Kirsch en su entrada sobre la Papisa Juana en The Catholic Encyclopedia para minimizar al máximo los sesgos anti católicos sospechables en esta provocación.

Los historiadores conocen una primera versión de la leyenda, debida a Jean de Mailly, un cronista dominico y que se encuentra en el Archiv der Gesellschaft für ältere deutsche Geschichte, XII, 17 sq., 469 sq. En 1261, otro dominico, Etienne de Bourbon adoptó la historia y la incluyó en su libro sobre Los Siete dones del Espíritu Santo. Ahora bien, lo interesante de dicho relato es que Bourbon ubica a la Papisa Juana alrededor del año 1100; es decir, en una época en que empiezan a aparecer las Vírgenes Negras en Europa que, como sabemos, son el rostro medieval y católico de la Diosa Isis y, como hemos sido enterados por Bernard Lietaer, va a empezar, también, una larga era de riqueza en Europa, ligada a las Monedas femeninas de tasa negativa [5]. Desde el punto de vista iconográfico es muy interesante, asimismo, que la representación medieval de la papisa Juana, como Juan VII se parezca tanto a la efigie de la Diosa Isis y a la Madonna católica: a la Virgen María con el niño en los brazos. Desde este punto de vista icónico: función del lóbulo cerebral derecho, la representación de la Papisa Juana está llamando la atención hacia la necesidad de la presencia de la Diosa: de lo femenino, en la conducción de la cristiandad. Es eso lo que ella significa. Toda esta constelación femenina y matriarcal, en ese periodo de la historia de Europa, es consistente simbólicamente.

¿Qué dice, empero, la leyenda de esta singular mujer? Dice que era una mujer muy talentosa, que travestida de varón llegó a ser notario de la Curia, en Roma, después ascendió a Cardenal y, finalmente, a Papa. Una carrera fulminante. También narra la leyenda que, un día, la Papisa salió a caballo y en pleno paseo le llegó la hora del parto, dando a luz un hijo; que, entonces, el pueblo la ató a la parte posterior de su caballo y la arrastró alrededor de la ciudad; la apedreó hasta morir y la enterró en el sitio mismo donde falleció: pulsiones del lóbulo izquierdo. También dice la leyenda que ahí fue puesta una inscripción que decía lo siguiente: “Petre pater patrum papissae prodito partum“. Finalmente, esta primera versión, sostiene que durante su mandato fueron introducidas las Témporas y que, por eso, fueron llamadas los “Ayunos de la Papisa”. ¿No les recuerda a los ayunos de la Reina Esther?

Una versión diferente aparece en la tercera reseña de la crónica de Martín de Troppau insertada, según Kirsch, por el autor y no por un transcriptor posterior. A través de esta fuente, la historia llegó a ser mejor conocida de la siguiente manera. Después del Papa León IV, 847-855, el inglés John de Mainz, alias Johannes Anglicus, natione Moguntinus, ocupó la silla papal dos años, siete meses y cuatro días. Él era, supuestamente, una mujer. En su juventud fue llevada a Atenas vestida de varón por su amante y, allí, fue tal su avance en el aprendizaje que nadie la igualaba. Llegó a Roma, donde enseñó ciencias y atrajo así la atención de los intelectuales. Gozó del mayor respeto por su conducta y erudición y, finalmente, fue elegida como Papa, pero, quedando embarazada de uno de sus asistentes de confianza, dio a luz un niño durante una procesión que iba desde San Pedro a la basílica de Letrán, en algún lugar, entre el Coliseo y San Clemente. Ahí murió casi de inmediato y se dice que fue enterrada en el mismo sitio. También se cuenta que los Papas, en sus procesiones, evitaban este camino, por misoginia.

En la crónica de Martín de Troppau aparece por primera vez el nombre de Johanna como el de la supuesta Papisa. Martín había vivido en la Curia, como capellán y penitenciario del Papa, razón por la cual su historia fue ampliamente leída y, a través de él, la leyenda obtuvo aceptación general. Un manuscrito posterior relata de una manera diferente el destino de la Papisa: tras de su alumbramiento, Juana fue inmediatamente destituida e hizo penitencia por muchos años. Su hijo llegó a ser Obispo de Ostia y la tuvo enterrada ahí después de su muerte.

En los siglos XIV y XV la Papisa Juana era ya considerada, por la cristiandad, como un personaje histórico, de cuya existencia nadie dudaba. Tenía su lugar entre los bustos de la Catedral de Siena. Clemente VIII, siguiendo una vieja estrategia masculina de hacer desaparecer a la Diosa, le cambió de sexo y la nominó Papa Zacarías. Sin embargo, Jan Hus, en la defensa de su doctrina, ante el Concilio de Constanza, hizo referencia a la Papisa y nadie cuestionó el hecho de su existencia. Sin embargo, en los ámbitos masculinos de poder, la Papisa fue sacada del Liber Pontificalis y su imagen de los retratos de los papas de la basílica de San Pablo extramuros en Roma. Ni letra ni imagen. Algo muy patriarcal, por cierto.

En el siglo XVI, cuando las tasas de alfabetización suben en Europa y, por tanto, la actividad del lóbulo cerebral izquierdo se incrementa, a costa del lóbulo derecho, despierta el criticismo histórico y algunos estudiosos como Aeneas Silvius: Espist., I, 30, y Platina: Vitae Pontificum, No. 106, encontraron, obviamente, que la historia no tenía sustento. Según Kirsch, a partir del siglo XVI los historiadores católicos empezaron a negar sistemáticamente la existencia de la Papisa. Pone como ejemplos de ello a Onofrio Panvinio: Vitae Pontificum, Venecia, 1557; a Aventinus: Annales Boiorum, lib. IV; Baronius: Annales ad a. 879, n. 5 y otros.

También los patriarcales protestantes, como Blondel: Joanna Papissa, 1657, y Leibniz: Flores sparsae in tumulum papissae in “Bibliotheca Historica”, Göttingen, 1758, 267 sq. admitieron que la Papisa jamás existió. Sin embargo, por joder, numerosos protestantes hicieron uso del mito en sus ataques al papado. Todavía en el siglo XIX, algunos protestantes como Kist, 1843; Suden, 1831; y Andrea, 1886 intentaron probar la existencia de la Papisa. Incluso Hase: Kirchengeschichte, II, 2nd ed., Leipzig, 1895, 81, no pudo reprimir el gustrinín de demostrar, contra Roma, la historicidad de la Papisa. ¡Ah, los usos del método científico!

Pero, he aquí, que no es sobre este carril, racional, dominado por el lóbulo cerebral masculino, donde hay que buscar la verdad de la moraleja. Pienso que es inteligente buscar, ahora, en el lado del lóbulo femenino derecho el mensaje que entraña la figura de la Papisa Juana. Pienso que el Tarot, ese juego de naipes que ha concentrado, ordenado y conservado el legado simbólico de Occidente, es donde podremos leer los derechos del lóbulo cerebral derecho y su pretensión de buscar, a través de la Papisa Juana, en este caso concreto, el equilibrio entre la energía fermiónica y la energía bosónica en el nivel noosférico, sin lo cual el catolicismo no tiene salvación.

La Papisa del Tarot

El Tarot se enmarca en el campo del lóbulo cerebral derecho y, por consiguiente, no es el principio de identidad o la lógica masculina de la causalidad la que rige, sino el principio de sincronicidad, los arquetipos y el inconsciente colectivo que, ahora, conocemos mejor a partir de la fisica cuántica y la lógica de Lupasco. En virtud del principio de sincronicidad, según Jung, la psique humana sería capaz de intuir el continuum espacio-temporal, puesto de manifiesto en las imágenes arquetípicas, en el momento de la tirada de cartas que equivaldría al colapso de Onda de los físicos y, por tanto, mantendría una relación sincrónica con acontecimientos del continuo espacio-temporal. Desde la perspectiva junguiana, las cartas pueden ser consideradas como simbólicos de tipos fundamentales de personas o de situaciones del inconsciente colectivo.

Nos vamos a detener en la carta de la Papisa, tanto según el Tarot de Marsella: que expresa bien a la medieval Papisa Juana, como la imagen del Tarot Rider-Waite que conozco un poco más.

La Papisa, en general, es la carta número 2 y expresa la Paridad en su sentido más fuerte y tiene que ver con la columna derecha del Árbol sefirótico de la Kabbalah. Por tanto, representa los atributos del lóbulo cerebral derecho. Es una mujer sabia, prudente y práctica que domina las leyes por las cuales se rige el universo: la pacha. En el Tarot Rider-Waite, la Papisa está sentada entre dos columnas, una negra y otra blanca, con las iniciales B y J respectivamente: Boaz y Jakin que representan a las dos columnas del atrio del Templo de Salomón. Boaz simboliza la función Partícula, las energías fermiónicas y Jakin, la función Onda, las energías bosónicas. Dicho de otro modo, las columnas representan los dos principios, activo y pasivo, que conforman la Sabiduría: la Sabiduría, pues, como complementariedad de opuestos. Detrás de la Papisa, hay un velo estampado con granadas, representando el Conocimiento de lo intangible. Detrás de éste velo y las columnas, se puede entrever de fondo, un mar azul: el agua, de donde proviene la Vida, como símbolo de la Creación y, en Psicología del Inconsciente. En otras palabras, la Papisa protege todos los secretos de la vida y el origen de todo. Es un símbolo ecológico. Lleva sobre la cabeza una tiara con la forma de las tres fases visibles de la Luna: creciente, llena y menguante, que son los tres aspectos de la divinidad femenina, a saber: la doncella, la madre y la anciana. Ésta tiara también simboliza la coronación de la sabiduría como sabiduría femenina. En su mano sostiene la Torá que, a su vez, simboliza la revelación de los secretos ocultos de la tradición abrahámica: el lado bosónico. Con su pie izquierdo está pisando una Luna Creciente, recordándonos de nuevo el aspecto femenino de la divinidad “Dios” es macho y hembra, padre y madre, Bosón y Fermión; mejor dicho, es el Tercero Inlcluido de su mutua complementariedad. Occidente y, a fortiori, la cristiandad se ha construido preponderantemente sobre el lado masculino, patriarcal: las funciones del lóbulo cerebral izquierdo. Esto es lo que, de cara al cambio climático: resultado del patriarcal “Dominad la Tierra”, no podemos seguir tolerando. Si queremos otra civilización, tenemos que hacer movimientos en el orden simbólico: el primera: volver casar a Yavé con su Ascherá y, luego, elegir una Papisa en lugar de un Papa.

Hasta la Pascua, en que habrá sido elegido el nuevo Papa, todas las personas que quieren un cambio de civilización, deberían ir, vestidos de Papisa Juana, a la Plaza de San Pedro a exigir una Papisa.. Así que pasen la voz por los medios sociales. Ahora es cuando.

*Es miembro del Circulo Achocalla; www.circuloachocalla.org

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[1] Cf. Leonard Shlain, The Alphabet versus the Goddes. Viking Penguin, 1998

[2] Véase: Javier Medina, Yavé y su Asherá en: www.circuloachocalla.org

[3] CF. Pablo Richard, El Movimiento de Jesús después de la Resurrección y antes de la Iglesia. Una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. Maliaño: Editorial Sal Terrae, 2000.

[4] Todros Halevi, Diálogos Marranos. Kabbalah. La Paz: En un lugar de la Macha ediciones, 2013

[5] Bernard Lietaer, Au coeur de la monnaie. Systèmes monétaires, inconscient colllectif, archétipes et tabous. Gap: Editions Yves Michel 2011