Preguntarse por el fin de una dictadura militar como la chilena bien pudiera parecer una obviedad. Es como preguntar por el fin del Tercer Reich o la Guerra Fría, pues, todos los signos indican que, en efecto, la historia ha señalado un ocaso. Pero debemos ser cautos e insistir en la pregunta, más todavía en la experiencia chilena, pues pareciera que lo que dábamos por finiquitado persiste obstinado de mil maneras en la vida social y política de nuestro país. Instalada la interrogante, surge la inquietante sospecha de que no se trata de enmarcar en un paréntesis un determinado régimen de terror (1973 – 1989), pues los paréntesis suelen ser porosos, cuando no, ilusorios. Si nuestra sospecha es correcta, habría iniciar una reflexión con la hipótesis de que el golpe de estado de Augusto Pinochet se fraguó mucho antes de lo que indican las fechas oficiales y todavía no termina.

1.- Backyard: El patio trasero

Si hemos de darle crédito al Informe Church, un documento elaborado por el Senado estadounidense en 1975, lo cierto es que la Casa Blanca a través de su servicio de inteligencia CIA financió la desestabilización del gobierno de Salvador Allende desde que éste fuera elegido en las urnas, antes de que asumiera la presidencia del país en 1970. De hecho, en una tradición inaugurada en Italia en 1948, la CIA intervino en las elecciones chilenas de 1964 y 1970. El gobierno de entonces, encabezado por Richard Nixon y su secretario Henry Kissinger, fueron los artífices que vieron culminada su obra en septiembre de 1973 como parte de una estrategia mundial inscrita en la Guerra Fría.

No es necesario forzar la historia para demostrar con nítidos antecedentes que la conspiración anti allendista fue obra de una potencia extranjera y que ésta comenzó, por lo menos, tres años antes de los fatídicos acontecimientos como una sistemática acción encubierta. Todo lo acontecido durante los llamados mil días del gobierno popular: boicot diplomático y económico, atentados terroristas, huelgas de gremios profesionales y empresariales, presión al interior de las fuerzas armadas, y una orquestada campaña de prensa encabezada por El Mercurio, respondió en gran medida a los dólares invertidos en Chile, tanto por agencias gubernamentales estadounidenses como por corporaciones multinacionales.

Desde la perspectiva de Washington, el gobierno de Salvador Allende significaba un riesgo serio y la amenaza de una “segunda Cuba” en América Latina y con ello una expansión del poder comunista soviético. Recordemos que aquel mismo año, el gobierno de Nixon se retiraba de Vietnam como fruto de una negociación en París. Recordemos, además, que la intervención norteamericana en Latinoamérica no era nada nuevo en su agenda política regional; después de la Segunda Guerra Mundial cayeron los gobiernos de Arbenz en Guatemala, Goulart en Brasil y la República Dominicana fue invadida igual que Granada y Panamá años más tarde. Hasta el presente, todas las administraciones en la Casa Blanca han mantenido el bloqueo a Cuba y una hostilidad explícita a cualquier régimen de corte democrático popular, como es el caso de Venezuela, Ecuador o Nicaragua.

La dictadura de Augusto Pinochet deja el poder ejecutivo en el marco de su propia institucionalidad. Este hecho marcará la llamada transición pacífica a la democracia, con el aplauso no disimulado de Elliot Abrams. Con escasas medidas cosméticas, los gobiernos de la Concertación debían gobernar con las reglas heredadas de la dictadura y con el compromiso de no tocar a ninguno de los cómplices del general durante su gobierno. La Concertación de Partidos por la Democracia gobernaría durante cuatro gobiernos sucesivos sin alterar, en lo fundamental, el modelo económico ni el modelo político diseñado por el dictador.

El resultado de casi dos décadas de “gobiernos democráticos” en que se alternaron la Democracia Cristiana y el Partido Socialista generó en el país más expectativas que resultados. La gestión concertacionista logró naturalizar un orden constitucional, revistiéndolo de una pátina republicana que no hacía sino consolidar lo que algunos han llamado una “democracia de baja intensidad” Como todo proceso, éste no estuvo exento de graves debilidades entre sus propios protagonistas y, en el límite, de una degradación de la cuestión pública en que se mezclaron negocios y política. En pocas palabras, una “constitución de facto”, ilegal y corrupta en su origen, terminó de corromper a una clase política que olvidó los grandes valores que decía defender para comenzar a defender los valores bursátiles y a las grandes empresas.

Los últimos gobiernos concertacionistas, insistiendo en un “pastiche republicano”, no lograron mantener la unidad en sus propias filas ni impedir que los escándalos se sucedieran. El proceso hizo crisis en las últimas elecciones presidenciales, dándole una mayoría circunstancial al actual mandatario, representante del empresariado y la derecha extrema. En el presente, la movilización social pone de manifiesto un cierto “malestar ciudadano” con el actual estado de cosas. Se ha planteado la necesidad de una “Asamblea Constituyente”, cuestión que divide a las distintas corrientes progresistas y democráticas ante la posibilidad de un eventual gobierno liderado por Michelle Bachelet.

La Concertación constituyó un instrumento político de la década de los ochenta respaldado por el gobierno de los Estados Unidos. Durante dos décadas, este conglomerado de partidos articulo una política de consensos cuyo resultado está a la vista: Un gobierno de derechas. No es fácil, por tanto, proyectar un “revival” concertacionista en los años venideros, pues la realidad social y política es muy diferente a aquella de los años ochenta y noventa. Pareciera que todo se juega en un programa que se haga cargo de reformas serias y profundas en el sistema económico y político. No es posible conjugar, al mismo tiempo, la herencia de Pinochet en lo económico y lo político con el creciente malestar de la población.

Los acelerados cambios culturales verificados en esta primera década del siglo XXI instalan a las nuevas generaciones en coordenadas que exceden incluso los límites históricos nacionales, de tal suerte que surgen reclamos democráticos que no admiten los límites estrechos de una sociedad altamente autoritaria, clasista y excluyente. Los movimientos estudiantiles han mostrado ya los síntomas de estas nuevas tendencias políticas y culturales que instalan nuevos horizontes de sentido en nuestra sociedad, ante los cuales ni el actual orden institucional ni la clase política que quiere gestionarlo está a la altura.

Pinochetismo sin Pinochet

La dictadura del general Augusto Pinochet se planteó como un régimen fundacional, esto es, como un punto de inflexión en la historia del país. Para llevar a cabo este propósito legó a las generaciones posteriores una carta constitucional diseñada, expresamente, para preservar un modelo económico y político que asegurara el dominio ganado por la fuerza de las armas para los sectores de derecha. Si bien la historia ya ha barrido de escena las cenizas del dictador, no ha ocurrido lo mismo con el diseño institucional sancionado por la junta militar en los años ochenta del pasado siglo.

El Chile de hoy no es sino la prolongación pseudo democrática del poder heredado por los políticos y empresarios de extrema derecha desde aquella pagana noche en Chacarillas. Fue allí, una fría noche de julio de 1977 cuando un grupo de fanáticos, devotos del Opus Dei, nacionalistas o pretendidos liberales, sellaron el pacto entre el terror militar y la elite política y empresarial que nos gobierna en nuestros días. Mientras muchos hogares en modestas poblaciones eran allanados cada noche, mientras muchos chilenos eran torturados, exiliados o asesinados, los poderosos celebraban sus nupcias con el sátrapa.

Hasta nuestros días permanece intocado un sistema electoral que impide la expresión genuina de un pueblo, mediante artificios legales que dejan fuera a los partidos pequeños. Hasta el presente, la impunidad de civiles y militares es la atmósfera naturalizada de nuestro quehacer político. Contra la opinión de sentido común, es necesario señalar que la dictadura en Chile no ha terminado: No ha terminado para los pueblos originarios que solo reciben una feroz represión de parte de las autoridades por reclamar sus derechos ancestrales. Tampoco ha terminado la dictadura para las miles de familias endeudadas por un sistema que lucra con la educación de los jóvenes de nuestro país ni para millones de trabajadores que deben sobrevivir con salarios miserables gracias al modelo neoliberal imperante. La dictadura existe en cientos de leyes y decretos que ordenan un país fundamentalmente autoritario al que se han plegado no pocos miembros de una clase política oportunista.

En esta llamada democracia, el pinochetismo impune está vivo aunque su líder haya muerto, jactándose de sus crímenes, haciendo apología de la violencia y del terrorismo de estado. Una avenida todavía celebra el once de septiembre y buques de la Armada Nacional enarbolan el nombre de uno de los golpistas. En esta llamada democracia, los cómplices de graves delitos de lesa humanidad siguen fungiendo como legisladores o funcionarios de gobierno. El pinochetismo sin Pinochet persiste como una peste en la sociedad chilena, impidiendo a las nuevas generaciones avanzar hacia formas más profundas de democracia. La actual constitución garantiza prebendas a la clase política, impunidad a civiles y uniformados y, desde luego, millonarias ganancias a las corporaciones chilenas y extranjeras.

Mediante un manejo cuasi monopólico de los medios de comunicación se ha incubado entre nosotros un imaginario mal sano que convierte las justas demandas de los movimientos sociales en una amenaza. Los noticieros de televisión y la prensa de gran tiraje han incubado una cultura del miedo y del consumo suntuario. La herencia pinochetista se traduce, entonces, en una amnesia dirigida que nos impide recordar que nuestra sociedad está erigida sobre una pila de cadáveres y que los culpables andan sueltos.

A cuarenta años del golpe de estado de 1973 los tribunales se han mostrado reacios, acaso incapaces de hacer justicia. Los pocos procesados y sentenciados por temas relativos a derechos humanos cumplen sus condenas en cárceles de lujo. El mismo Augusto Pinochet murió impune gracias a los buenos oficios del gobierno chileno, rodeado de sus seres queridos y con las bendiciones de rigor. A cuarenta años del golpe de estado, muchos chilenos todavía viven el luto y la angustia de no saber dónde están sus seres queridos. El golpe de estado no ha terminado en Chile, la reconstrucción democrática de nuestra sociedad no ha tenido lugar. Más allá de la demagogia, lo único cierto es el olvido, olvido de las víctimas de aquel trágico episodio. Olvido de los pobres de cada día. Olvido de nuestra propia dignidad como país.

2.- El lugar sin límites

El mismo 18 de septiembre de 1973, el cardenal Raúl Silva Henríquez levanta su voz en el Te deum de aquel año para clamar por la paz entre los chilenos. Este sacerdote salesiano, “el cardenal del pueblo” volcó toda su pasión para reclamar por los caídos, los pobres y los que sufren. Inspirado en la mejor tradición del Concilio Vaticano segundo, creó el Comité Pro Paz muy tempranamente en octubre de 1973 y más tarde la Vicaría de la Solidaridad. Este gran chileno fue una luz en medio de una noche oscura que junto a Helmut Frenz, un pastor luterano expulsado por la dictadura en 1975, representan lo mejor de la tradición cristiana entre nosotros.

La gente más sencilla y humilde encontró en estos grandes pastores un apoyo solidario frente a un estado terrorista cuya policía secreta secuestraba, violaba y torturaba a chilenas y chilenos. En nombre de imperativos éticos cristianos, estos pastores tuvieron el coraje de hacer frente a la tiranía en los momentos en que se atropellaban los derechos más elementales de la dignidad humana. Con dios y contra el general, estas figuras religiosas llevaron consuelo a cientos de familias que lloraban a miles de detenidos, torturados, desaparecidos y ejecutados políticos.

En muchas poblaciones de las grandes ciudades crecía un movimiento cristiano en el seno de la cultura popular. Los llamados curas obreros compartieron la suerte de los desposeídos y atropellados por el régimen. Los nombres de Pierre Dubois y André Jarlan quedarán inscritos en nuestra memoria como sacerdotes consecuentes con el mensaje de los evangelios, símbolos de la población La Victoria. En el Chile de Pinochet, el rostro doliente del crucificado estuvo en las esquinas de nuestras ciudades y en las mazmorras de la dictadura. El Vía Crucis de un pueblo entero quedó salpicado de sangre de varios sacerdotes asesinados por la DINA, la organización criminal creada por el dictador, entre ellos Joan Alsina, Miguel Woodward, Antonio Llidó, Gerardo Poblete.

En el Chile actual, donde el olvido y la frivolidad parecen prevalecer, es necesario volver nuestra mirada a aquellos tiempos de dolor. Recordar los rostros y las palabras de quienes hablaron de paz en medio de tanta penuria. No se trata de una mórbida delectación en la tragedia y la muerte sino, muy por el contrario, de un aprendizaje moral para todos los chilenos de hoy. Es nuestra memoria de aquellos días lo que nos constituye como nación, una parte de lo que somos. Hacer presente ese otrora en el aquí y ahora es también un sutil ejercicio de sanación y redención.

Los años oscuros

Los sectores populares, en aquellos aciagos días de terror y muerte, tuvieron que aprender a lidiar con la represión, el secuestro y el asesinato. En las paredes de la “ciudad ocupada” se leían graffitis donde el Director General, verdadero innombrable, era reconocido como “Pin-8”, una manera de decir sin decirlo: Pinochet. Se multiplicaban los chistes sobre la dictadura, una suerte de terapia social para sobrevivir en medio de una realidad oprobiosa, pues nadie sabía si aquella noche llegarían los carros de carabineros a allanar la población en busca de panfletos o sospechosos de pertenecer a alguna organización popular. Todos eran llevados a la medianoche a los sitios baldíos mientras sus escasos enseres eran destrozados, sus vidas ultrajadas.

Todas las ciudades del país debieron vivir durante años bajo un implacable “toque de queda”, cuyo inicio y término diario se indicaba con tiros al aire. Hacia comienzos de la década de los ochenta comenzaron las protestas populares, con una elevada cesantía y sueldos miserables. Era la estrategia del “Schock” ideada por los tecnócratas neoliberales que imponían su ideología a todo Chile por la fuerza de las armas. Durante una de aquellas noches de protesta, más de cuarenta cadáveres amanecían dispersos en diversos rincones de la capital, mientras el ministro del interior, Sergio Onofre Jarpa hablaba de la institucionalidad del país.

Nombres como el “Estadio Nacional” o el “Estadio Chile” donde asesinaron a Víctor Jara quedarán grabados en el alma de nuestro país como lugares de tortura y crimen. Ni odio ni rencor, dolor. Esos y tantos lugares son nuestro equivalente de Auschwitz y Dachau, lugares en que nuestra humanidad ha descendido varios escalones hacia la barbarie. Los muertos de Chile esperan su redención, su paz, en medio de una sociedad más justa y más humana, donde sea la justicia la que presida nuestra vida social. Como cantó Pablo Neruda: “Aunque los pasos toquen mil veces este sitio / No borrarán la sangre de los que aquí cayeron/ Y no se extinguirá la hora en que caíste/ Aunque miles de voces crucen este silencio”

Desde aquel 11 de septiembre, la soldadesca golpista asedió a las poblaciones más pobres del país, cumpliendo así el mandato de los poderosos que anhelaban un pueblo dócil, obediente, esclavo. Como un capítulo más de nuestra “Historia nacional de la infamia”, mientras todavía no se apagaban las cenizas del bombardeo a la Moneda, aquella noche el Canal 13 transmitía la celebración de la derecha, puesta en escena para todo el país, fiesta animada por Los Huasos Quincheros que cantaban “El patito chiquito” con burlas soeces a los derrotados. Lo que sobrevive en el recuerdo es, precisamente, aquello que ha causado más dolor. Para contar una verdad no se requiere militancia alguna sino un corazón bien puesto y una pizca de decencia, nada más. Es cierto, han pasado cuarenta años, pero el sufrimiento de tantos está allí, en el corazón de muchos que no encuentran sosiego en los malls que hoy se multiplican por las ciudades de Chile.

Una herida que no ha cesado de sangrar, una herida que impide la paz de tantos sobrevivientes y de tantos muertos. Esta es la otra historia de Chile, aquella que apenas comienza a ser contada. No la historia oficial, ni siquiera los informes de organismos especializados sino aquella que arranca las lágrimas de quienes tienen la valentía y el privilegio de recordar. Una historia que, hasta aquí, ningún candidato a algún puesto ha tenido la valentía siquiera de balbucir. Las nuevas generaciones merecen conocer toda la verdad por vergonzante y lamentable que sea, porque es parte de nuestra historia. Ni odio ni rencor, dolor.

Cuarenta años después: El lugar sin límites

Entre las mucha metáfora de nuestro país, está aquella imaginada por José Donoso en su novela El lugar son límites (1967). Un sórdido espacio prostibulario presidido por el travestismo. A cuarenta años de distancia, nuestro país parece, en efecto, sumergido en un clima político, moral y cultural lamentable. Digámoslo claro, distamos mucho de ser una sociedad mínimamente justa, mínimamente digna, mínimamente democrática. Estamos cada día más lejos de cualquier “reino”, lo “fino y espiritual” está proscrito por una retahíla de medios de comunicación que adormecen nuestros sentidos y domestican la amnesia generalizada. Habitamos el lugar sin límites de la mediocridad, la corrupción, la codicia, la impunidad y la estupidez. La mercantilización de la vida – bajo la forma de una sociedad de consumidores de segunda o tercera categoría – ha sumido a Chile en un materialismo ramplón que justifica la existencia de millones con baratijas, ilusiones y mentiras.

El moralismo fariseo de algunos medios cuela el mosquito y deja pasar enormes camellos. Grandes empresas lucran con la salud de los chilenos, con la educación de los chilenos y con las pensiones de vejez de los chilenos, en el límite de lo legal y de lo moral. Preocupados por el penúltimo escándalo de algún futbolista no vemos la complicidad de farmacias que estafan a millones con los precios de medicamentos, tampoco vemos la impunidad de civiles y militares que siguen ocupando cargos como si en este país no hubiese pasado nada.

La herencia del dictador es una sociedad hecha a la medida de los sinvergüenzas que han hecho grandes fortunas gracias a una legalidad neoliberal espuria que legitima el abuso. Es la derecha de hoy, travestida en “centro derecha”, nombre de fantasía que no alcanza a disimular el burdel en que habita. Son los mismos rostros, los mismos nombres los que aparecen en la banca, en las empresas, en el gobierno, en los principales partidos políticos y los grandes escándalos financieros. Hasta el presente, nuestra sociedad muestra los costurones de un mundo oligárquico y neoliberal, donde los empresarios, como antaño, llegan al parlamento y, a veces, a la presidencia. Chile: El lugar sin límites.

3.- Mentiras, silencios y censuras

La quema de libros en diversas esquinas de la capital así como el control total de la prensa impresa, el bombardeo de estaciones de radio y el control de la televisión señalaba la voluntad de la junta militar por acallar toda crítica ante la ignominia que se estaba cometiendo. Mientras miles de chilenos eran llevados a estadios convertidos en campos de concentración y tortura, muchos de ellos eran ejecutados sin que mediara ningún proceso judicial. La barbarie se había entronizado en todo el país. La casa de Pablo Neruda, premio Nobel de literatura, fue asaltada, mientras el poeta agonizaba y moría en extrañas circunstancias en una clínica de Santiago. Víctor Jara había sido acribillado en el Estadio Chile y su cuerpo despedazado con signos de tortura lanzado en las afueras de la ciudad. Un manto de mentiras, silencios y censuras cubrió como una nube tóxica todo el territorio nacional. Los principales medios afines al naciente régimen dictatorial y que habían sido parte de una larga conspiración – Canal 13 de televisión y la cadena El Mercurio – celebraban el triunfo como propio: “Exterminados como ratones”.

Todo régimen autoritario convierte, invariablemente, los medios de comunicación en instrumentos de propaganda política. Con este propósito legitima e institucionaliza el control y la censura de todos los medios y de obras culturales. En el Chile de Pinochet, la institución encargada de vigilar y castigar las voces críticas se llamó Dirección Nacional de Comunicación Social (DINACOS). Aunque en lo formal DINACOS era una dependencia del Ministerio Secretaría General de Gobierno que funcionó hasta el último día de la dictadura, en los hechos resultaba ser una extensión de la misma policía secreta del régimen a cargo del Mamo Contreras. Desde allí el “anti periodismo” pinochetista examinaba toda publicación impresa, medios radiofónicos y televisivos, así como toda forma de expresión cultural. La dictadura cubría las operaciones de la DINA, convirtiendo asesinatos de ciudadanos en presuntos enfrentamientos de terroristas y la desaparición de personas en triviales casos policiales, con la complicidad de los tribunales.

El control de la información durante la dictadura militar tuvo, por lo menos, tres ejes. En primer término, se legitimó el actuar de las fuerzas represivas en nombre de “la amenaza marxista” bajo la tesis pinochetista de la “Guerra Interna”, inspirada en la “Doctrina de la “Seguridad Nacional” elaborada por los intelectuales del Pentágono para todos los ejércitos latinoamericanos. En segundo lugar, se promovió con fuerza una “despolitización” de la población, reprimiendo todo germen de organización popular en todos sus niveles. Para ello los medios saturaban los noticieros con distractores como el futbol, los juegos de azar, la farándula local y el “entertainment” Por último, se aisló al país de la contingencia internacional, silenciando la visión crítica hacia la dictadura chilena que prevalecía en organismos internacionales y gobiernos de todo el orbe.

La voz de los ochenta

El resultado de esta estrategia de dominación redundó en lo que en aquellos años se llamó “apagón cultural” Una población domesticada en el miedo, la despolitización y, en muchos casos, en la ignorancia de toda referencia a su pasado inmediato. Una cultura en que el interés individual estaba por sobre cualquier interés colectivo. Un régimen policial que se eternizaba con un “toque de queda” y que proporcionaba, en el mejor de los casos, empleos mal pagados y precarios era el caldo de cultivo para que prácticas deleznables como la denuncia y el “soplonaje” fuesen parte de la vida cotidiana. El régimen de Pinochet degradó moralmente la vida de todos los chilenos, borrando los límites entre lo que pudiera entenderse como aceptable o bueno y lo aberrante o malo. Este es el único modo en que los gobiernos y organizaciones criminales pueden actuar impunemente en el seno de una sociedad.

No obstante, una soterrada resistencia lograba romper el cerco informativo dictatorial y difundir algunas de las atrocidades que se cometían. Así, “Radio Chilena AM”, un medio ligado a la Iglesia, y más tarde “Radio Cooperativa” se convirtieron en las voces opositoras y de manera mucho más clandestina las radios de onda corta como “Radio Moscú”, con su clásico programa “Escucha Chile” La aparición de la “cassette” permitió que gran parte de la “música prohibida” pudiera circular en diferentes espacios juveniles, creando una cultura de resistencia. La “generación de los ochenta” fue el germen de una ola que culminaría con el triunfo del “No”, algunos años más tarde.

Las nuevas generaciones no solo reciclaron los viejos cantos de Víctor Jara, Violeta Parra o Quilapayún sino que sumaron nuevas formas de expresión cultural más próximas al Rock. Este movimiento que tuvo su epicentro en el llamado Rock argentino, tuvo sus representantes nacionales en “Los Prisioneros” que se convirtieron en la “voz de los ochenta” y verdaderos portavoces del malestar juvenil frente a una dictadura oprobiosa. En un mundo en que la actividad política explícita estaba interdicta, el ámbito cultural se convirtió en espacio privilegiado para la resistencia. Los grupos musicales que continuaban la tradición del neofolcklore, Illapu, Ortiga, y aquellos grupos de raigambre rockera. Pero también estaba la actividad teatral, la poesía y la literatura. Escritores como Ramón Díaz Eterovic, Pía Barros o Carlos Franz y dramaturgos de la talla de Luis Rivano, Juan Radrigán, Gregory Cohen testimonian esta tradición ochentera hasta hoy. La actividad cultural de aquella década anunció de algún modo el ocaso de un mundo represivo que aspiraba a perpetuarse en el poder.

La cultura del exilio

La dictadura de Pinochet tuvo como consecuencia casi inmediata la expulsión o deportación de muchos chilenos a tierras extranjeras. Muchos de entre ellos tuvieron que abandonar el país porque la junta militar los expulsó, otros tuvieron que marchar por la imposibilidad de sobrevivir a las nuevas condiciones creadas por el régimen. La diáspora chilena de estos primero tiempos de exilio fue, en lo fundamental, política. Los países de Europa y América Latina se mostraron especialmente generosos como tierras de asilo.

Contra el lugar común difundido por la dictadura, en lo principal y para la mayoría no se trató de un “exilio dorado”, por el contrario, fue el desarraigo obligado, prolongado y, muchas veces, doloroso de miles de compatriotas que debieron abandonar familias en su tierra natal. La creatividad de muchos de ellos, empero, pudo superar la adversidad y dar valiosos frutos para nuestra cultura nacional. Escritores, cineastas, grupos musicales, aportaron sus capacidades intelectuales y artísticas en innumerables actividades solidarias hacia un Chile sufriente. No era raro encontrar en las grandes ciudades del mundo a argentinos, uruguayos y chilenos compartiendo el infortunio del destierro. Revistas chilenas en el exilio, tales como Creación y Crítica, Araucaria, América Joven han quedado como parte de nuestra historia cultural, lo mismo las cintas de Raúl Ruiz o los trabajos musicales de Inti Illimani y Quilapayún, e innumerables libros publicados en aquella época en diversos países.

No se ha escrito todavía la historia del exilio chileno, pero no cabe duda que significó una herida más para miles de compatriotas que vieron sus vidas truncadas por una historia trágica. Muchos de los anhelos de nuestra sociedad de hoy se lo debemos a los aportes de chilenos que regresaron al país, al triste aprendizaje del exilio que viene a enriquecer en la actualidad las demandas democráticas de una mayoría de chilenos. No obstante, es cierto que muchos no regresarán porque han constituido su destino en otras latitudes y deberán vivir con el recuerdo triste del golpe de estado que cambio sus vidas para siempre y la nostalgia sempiterna por la tierra que los vio nacer. Por ello Shakespeare denominaba al exilio, de modo figurado, como “el otro nombre de la muerte”

4.- Felonía, cobardía y traición

El presidente Salvador Allende se dirige por última vez al país a las 9:10 AM del once de septiembre de 1973, lo hace a través de “Radio Magallanes” que sería bombardeada minutos más tarde. Como arrancadas de una tragedia griega, sus palabras pasarán a la historia tal y como las concibió Allende, es decir, como una “lección moral”: “Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. . . ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!…”.

La figura de Salvador Allende, y con ella todo el conglomerado de la Unidad Popular, era la expresión de una cierta “modernidad política” que se había inaugurado tempranamente con la irrupción de los primeros partidos obreros (1922) y la primera transmisión radial ese mismo año. Hay una relación evidente entre el desarrollo de la radio y el ascenso de las luchas populares, pues, en cuanto medio masivo de comunicación, capaz de quebrar el monopolio de la palabra impresa, incorpora, por primera vez en la historia humana, a los analfabetos. La radio restituye la oralidad allí donde la aristocrática lecto escritura señalaba una frontera social y cultural.

Por ello, no parece, en absoluto, casual que las últimas palabras de Allende hayan sido proferidas, precisamente, a través de las ondas radiales. Con su último discurso se cerraba todo un capítulo de la cultura y la política en nuestro país. Salvador Allende se dirige en sus últimos discursos a los trabajadores, a las mujeres y a los jóvenes, sabiendo que su voz se instalaba, ya para siempre, en el imaginario histórico social de un pueblo entero. En este sentido, se trata de un discurso profundamente lúcido, en tanto entiende que no se trata de un sacrificio en vano, sino de un acto histórico y político que anuda un tiempo futuro con ese trágico presente que será para las nuevas generaciones un presente diferido. Se advierte aquí una sutileza, al afirmar que le anima una fe en Chile y su “destino”, literalmente confina la acción de la junta militar a los estrechos límites de su presente.

Las últimas palabras de Allende acusan explícitamente a la junta militar de los sublevados. Las palabras son definitivas y absolutas: felonía, cobardía y traición. Esta denuncia del presidente Allende es, en efecto, el castigo moral que como la marca de Caín llevaran consigo estos uniformados durante el resto de su existencia. Finalmente, la acusación de Salvador Allende recae sobre un sector de la sociedad chilena que renuncia a la democracia en defensa de sus privilegios: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Augusto Pinochet: ¡Las Cámaras quedarán en receso hasta nueva orden!

El general Augusto Pinochet es el rostro de una junta militar que llega con el estigma de haber asaltado el poder. Las primeras declaraciones del dictador se transmiten por televisión en blanco y negro, indicando que una nueva etapa comenzaba. Entre las primeras medidas de la junta militar se consigna el receso obligado de toda actividad política en el país, incluidas ambas Cámaras del poder legislativo.

El golpe militar en Chile, como está muy bien documentado, fue financiado y preparado desde Washington como parte de su estrategia mundial de Guerra Fría que ese mismo año incluía el retiro de Saigón. De hecho, durante los sucesos del mismo once de septiembre, varios navíos estadounidenses estaban en las inmediaciones de Valparaíso, como parte de la operación UNITAS. Recordemos que fue en este puerto donde comenzó el alzamiento militar.

La figura de Augusto Pinochet es aquella del antagonista, aquella del general que traiciona la confianza que había depositado el presidente Allende en su comandante en jefe, un archivillano arrancado de una antología de terror. Si la estatura de su “traición” ya lo instala en el fango de lo deleznable, las atrocidades que siguieron a su ascenso al poder, decenas de miles que fueron víctimas de asesinatos y torturas, solo ratifica su perfil: uno de los grandes criminales de la historia.

En algún momento, sus seguidores de extrema derecha quisieron compararlo con el héroe de la independencia Bernardo O’Higgins. Se llegó al ridículo de que fuese el mismo dictador quien se auto proclamó “Director General”, usurpando para sí el título del libertador de Chile. Lo grotesco del argumento es que lejos de la austeridad y patriotismo de O’Higgins, Augusto Pinochet se enriqueció en el poder y al momento de su muerte le sobrevivieron suculentas cuentas bancarias en el extranjero.

Augusto Pinochet pasa a la historia como otro dictador latinoamericano que arrastró a las fuerzas armadas a traicionar a un gobierno constitucional para servir los intereses de una potencia extranjera, alejándolas de todo patriotismo para convertirlas en verdugos de su propio pueblo. La derecha ha convertido a los uniformados, hasta el presente, en garante de sus privilegios e instrumento represivo de sus compatriotas. Todavía resuenan los ecos de hace cuarenta años, la voz de Allende dirigida a su pueblo: “Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará”.

Pinochet y la derecha hoy

La muerte del dictador fue una muerte impune para vergüenza de nuestras instituciones y del gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle y su canciller José Miguel Insulza, actual secretario general de la OEA. La muerte del nonagenario dictador fue el punto de partida para un “pinochetismo sin Pinochet” Todos los cómplices, civiles y uniformados, activos y en retiro, se han atrincherado en partidos de derecha, disfrazados de demócratas y los más descarados en organizaciones fantasmas que lucran con el pretexto de salvaguardar “lo obra” del extinto general.

Lo cierto es que “la obra” del dictador sigue en pie y se llama Carta Constitucional, de ella deriva todo el andamiaje político institucional que legitima el orden económico neoliberal en el llamado “modelo chileno” Hasta la fecha, los partidos de derechas han actuado en defensa de los intereses empresariales, impidiendo reformas sustantivas a un modelo que hace posible una distorsión de la voluntad popular en cada elección, la entrega de las riquezas básicas del país a capitales extranjeros y el enriquecimiento de una minoría en desmedro de sueldos miserables para los más.

La herencia de la dictadura se respira con fuerza en La Moneda y se llama autoritarismo. Su expresión es la represión a los movimientos estudiantiles o a las luchas del pueblo mapuche, entre otros. A cuarenta años de aquel fatídico once de septiembre, el pueblo chileno no ha recuperado una democracia digna de tal nombre. A cuarenta años del golpe de estado, muchos de los criminales de entonces siguen impunes, llegando a la desvergüenza de rendirle homenajes a Augusto Pinochet como burla a las víctimas sobrevivientes, todo esto con la anuencia de un gobierno que posa de demócrata liberal.

El “pinochetismo sin Pinochet” es el rostro hipócrita de los candidatos de la derecha que medran de las dádivas empresariales para reciclar un modelo tan arcaico como injusto. La derecha aspira a seguir jugando con su baraja marcada, para ello propone nuevos rostros cuyas sonrisas no logran disimular la mueca de codicia y desdén hacia un pueblo que anhela nuevos rumbos. Tal como lo advirtiera Allende hace cuarenta años “…en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente…”, y persiste como una peste entre nosotros, como una simulación de democracia y como una amenaza muy real.

5.- El corazón de las tinieblas

A las 11 de la mañana de aquel martes 11 de septiembre de 1973, aviones de combate Hawker Hunter bombardeaban el palacio de La Moneda donde resistía el presidente Salvador Allende con un grupo de leales. Las imágenes del palacio en llamas han pasado a la historia como un dantesco final de la “vía chilena al socialismo” Muchos alrededor del mundo se sintieron profundamente conmovidos por lo que acontecía en este distante país sudamericano. A cuarenta años de distancia se puede afirmar que este lamentable episodio está cargado de simbolismo, pues muestra la destrucción de una larga democracia latinoamericana. Pero, además, desnuda de manera cruda y descarnada los límites de furia y violencia que puede alcanzar la lucha política y social en países caracterizados por la exclusión y la desigualdad.

El bombardeo de La Moneda abrió una ventana al infierno en pleno centro de la capital chilena, estruendo, muerte y fuego. Se trata de uno de aquellos momentos históricos radicales, hay un antes y un después. Se trata de un instante del tiempo en que toda retórica política, toda argumentación o razonamiento desaparece. Es el grado cero de la política. Abolido todo rasgo de civilización con su carga valórica, se impone aquello que Joseph Conrad llamó “El corazón de las tinieblas”, miedo y odio visceral. Una vez abierta esa ventana, es posible sentir los gritos desesperados de los que sufren tortura, el llanto de las viudas y los gemidos de madres que buscan a sus hijos. La ventana al infierno inaugura un grisáceo camino de cenizas y cadáveres, una noche en la que todavía transitamos, aunque pocas veces somos conscientes de esto.

Las llamas de La Moneda incineraron toda ingenuidad, ya nada volverá a ser lo mismo para los chilenos. La sociedad entera, víctimas y victimarios, han de descender varios escalones hacia la barbarie. El conscripto se convertirá en asesino o torturador, más de un militante en un delator y la niña bonita en una prostituta al servicio del tirano. Ese político de entonces sabe que fue cómplice y ese viejo general guarda silencio perseguido por sus fantasmas. Las palabras resultan inútiles para rasgar las tinieblas, no hay silogismos para dar cuenta de la locura y el mal, simplemente se habita ese aire espeso al que, finalmente, casi todo el mundo se acostumbra.

Los pueblos que atraviesan la noche pierden su capacidad para soñar. Son los sueños y no las cosas los que iluminan los días de los humanos. En medio de esta noche sin luna, nos seduce la ilusión de las cosas, vanos espejismos. Solo los sueños nos regalan un horizonte que nos impele a vivir juntos nuestro tiempo y a construir nuestra historia. Así ha sido desde tiempos inmemoriales, soñar juntos un destino para la tribu. Un día de éstos va a despuntar la luz del amanecer en la cordillera, la hora de volver a soñar, dejando atrás las tinieblas espesas que han humedecido nuestra piel después de tanta noche.

Silencio y vergüenza

Hay veces en que el cronista calla, enmudece de vergüenza, para dejar que la voz polifónica de los que han sufrido tanto hable por sí misma como en un “collage del horror”. Relato de su reclusión en el recinto de la DINA Villa Grimaldi, Región Metropolitana: El día 19 de noviembre de 1975, a las 2:00 a.m. aproximadamente, ingresan a nuestro domicilio, rompiendo la puerta, unos 12 a 15 civiles armados con metralletas preguntando por [se omite el nombre]. Inmediatamente proceden a amarrar a mis hijos con un alambre en las muñecas y los obligan a permanecer de boca en el piso en el pasaje. A mí me golpean con los puños al intentar averiguar lo que estaba sucediendo. Revisan toda la casa, causando enormes destrozos en muebles, colchones, etc. A mí también me atan las manos con alambre; todos vendados, somos subidos a diferentes vehículos particulares. Yo quedé en el mismo vehículo con mi hijo.

Según relato posterior de mis vecinos, había gran cantidad de vehículos estacionados en un gran operativo. Fuimos trasladados a lo que resultó ser Villa Grimaldi. Allí permanecí alrededor de tres horas, en un lugar que parecía ser una especie de patio habilitado como galpón. Se escuchaban voces y gritos, como que hubiera un gran número de personas. Me interrogaban siempre y me golpeaban fuertemente con los puños y manos, especialmente en la cara; a veces caía al suelo y me costaba incorporarme, ya que aún estaba amarrado. Mujer, detenida en noviembre de 1983. Relato de su reclusión en el Cuartel de la CNI de Concepción, VIII Región: Me subieron a uno de los vehículos, me vendaron la vista, y empezaron inmediatamente a interrogarme y a golpearme en el estómago.

Hombre, detenido en mayo de 1988. Relato de su reclusión en el Cuartel General de Investigaciones (General Mackenna), Región Metropolitana: […] allanaron la casa, golpearon a mi familia, destrozaron la casa buscando armamento, me golpearon delante de mi familia, me pusieron una capucha en la cabeza, me subieron a un auto sin levantar la cabeza. Llegamos al cuartel, donde me pusieron en una pieza chica, donde me amarraron de pies y manos, luego comenzó la tortura con golpes en los testículos, corriente en la boca, oídos, golpes en las piernas, luego, como no conseguían nada, me golpearon con manoplas, luego entró un compañero y lo torturaron delante mío para hablar.

Mujer, detenida en noviembre de 1973. Relato de su reclusión en el Regimiento Tucapel, IX Región: Al llegar a estas dependencias me hicieron desnudar, acostarme en un escaño, me dio la impresión que era de esos que se ven en las plazas, donde me ataron un brazo y una pierna hacia arriba y la otra hacia abajo, después me pusieron un bloque de cemento en el vientre y me aplicaron electricidad vaginal, en los pezones y oídos, llenándome la boca con caca de animal, seguramente para que no se oyeran mis gritos y quejidos. Esto lo hicieron durante muchas horas, después me dejaron tirada, desnuda, yo andaba con la regla y así y todo también fui violada en tres oportunidades, no sé si sería una persona o diferentes. Esto es algo que recién ahora estoy contando… Mujer, detenida en septiembre de 1974.

Relato de su reclusión en la casa de la DINA de José Domingo Cañas N° 1315, Región Metropolitana: En José Domingo Cañas fui golpeada en diversas partes del cuerpo. Nuevamente fui manoseada y obligada a presenciar la tortura de mi esposo. Fui desnudada y amarrada a un catre metálico en el que fui golpeada. Estaba embarazada, con 6 meses de gestación. Hombre, detenido en junio de 1975. Relato de su reclusión en el recinto de la DINA de la ex iglesia Divina Providencia, Antofagasta, II Región: Esa noche me llevaron a presenciar cómo interrogaban a otro compañero. Lo tenían tendido y amarrado a un somier de alambre y lo instaban a reconocerme, al no hacerlo éste, le aplicaban descargas eléctricas. Cansados de su negativa, optaron por otra táctica que consistió en ponerme a mí en su lugar y al compañero de pie al lado del somier conectándonos a ambos con cables eléctricos. Fui devuelto a la celda, antes de lo cual me mojaron.

Memoria

Mnemosine, divinización de la memoria y madre de las musas, ha reservado al poeta el doloroso privilegio de la memoria. Le corresponde al poeta actualizar ese otrora en un ahora, conectar el presente con aquel presente diferido y así atravesar el puente que separa a los vivos de los muertos. Como lo han sabido todos los grandes alquimistas de la pluma, la escritura tiene una dimensión hierática, pues constituye, al mismo tiempo, el instrumento y la ascesis de la memoria.

Los signos de la escritura están concebidos para relatar cuentos a los niños y recrear infinitamente las historias que sostienen al mundo. Pero hay veces en que la memoria abre otras puertas y las musas nos traen inmensos dolores que como cicatrices están grabados en la piel. Corresponde a poetas y cronistas hacerse cargo de esos tristes desasosiegos, patrimonio de una comunidad y una época en una lucha incansable contra el olvido. Las palabras como burbujas de tiempo cristalizan las experiencias compartidas, allí las risas y las lágrimas. Escribir aquellas tristezas es inscribirlas para siempre en la gran biblioteca universal.

Mnemosine le otorga sus dones al poeta para que éste convierta la más abyecta miseria humana en la más alta dignidad literaria. De este modo, lo más siniestro puede adquirir su perenne dimensión moral y sobrevivir a la vergüenza. La memoria no es solo evocación de lo que ha sido sino viva presencia de lo que somos. Recoger las voces dolientes de otro tiempo es traer a las nuevas generaciones un inefable reclamo de dignidad y justicia. Un reclamo que atraviesa la historia de este pueblo y de todos los pueblos de la tierra.

* Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.