Málaga, España (PL) Eran, fueron, serán y quedarán para toda la vida, héroes del silencio, del silencio opaco de las dictaduras de los gobiernos corruptos y malversadores, de los estafadores que recorren el mundo montado en los pobres, no de los que piden en las calles, sino de los que ellos crean porque los necesitan, porque los ricos nunca han llorado.

Mi peliculera cabeza confunde títulos y años en que bonzos con cara de santos brasileños se inmolaban para decirles a los dictadores puestos por los norteamericanos en Vietnam que ya estaba bien. Que la vida bien vale un mechero y una botella de gasolina.

En Túnez, un pobre muchacho, que podría haber sido hijo mío, hijo de usted, sí señor, o de su vecino, se quemó también vivo, vivito y coleando para que el dictador de turno se largara y dejara vivir. El dictador, elegante y dicharachero está bien, gracias. Muy bien, muy conmovido por la acogida que le han reservado en las nieves de un desierto árabe otro dictador. Pero a este lo apoyan los señores de la guerra, los norteamericanos que inventaron Guantánamo para los malos que a ellos no les gustan.

El terrible sacrificio de los desesperados ya ha cruzado aguas. Y a muy pocos kilómetros de la playa del sur de España donde yo me tomo el primer güisqui de un sábado aciago con sol en la tierra y marejadilla zumbona en el mar, delante de un hospital para más regodeo de los guapos, un desgraciado desesperado se ha quemado a lo bonzo.

Pero como ya no hay Vietnam la investigación trata de averiguar si no fue un accidente en el momento de fumarse un cigarrillo. Es que el tabaco es jodidamente malo, ya lo dicen todas esas mismas autoridades que cobran los impuestos que produce cada cajetilla de cigarrillos. Y además, ¿cómo se le ocurrió al bonzo improvisado encender un pitillo con la cabeza empapada de gasolina? Que se filme una película, pronto, Tarantino, déjate de tantas sandeces de hemoglobina provocada por pistolas automáticas y relucientes revólveres Magnum 357 y cómprate un bonzo.

Hace unos días, mientras fallecía el fulano que Dios tenga su alma en la santa gloria a un amigo le dijeron en su banco que su caducidad se cumplía dentro de dos años. Había ido a pedirles dinero y le contestaron que sólo le podían dar un crédito por dos años. Porque las estadísticas pretenden que a partir de ese momento está caducado, kaput, jodido para siempre, y que no valía una rupia de maravedí pasada esa fecha, que creo cae en septiembre.

Niemeyer murió con 104 años y llevaba caducado veintinueve años, lo cual no le impedía ser cada día más creativo y seguir enseñando a los burros que la curva es bella sobre todo cuando se toma en una de las autopistas que en lugar de calles tiene Brasilia, su hija natural, donde Jean-Paul Belmondo rodó ya una película.

Es cierto que el Belmondo divertido, maravilloso, habiendo pasado la fecha de caducidad legal hace cuatro años (tiene 79 años, ¿‘tan pocos‘?!, exclama una bella que me mira teclear) sigue ejerciendo de enamorado de lo más bonito que pare el mercado. Ya sé, los envidiosos dicen que el último bombón que se comió le engañó miserablemente en no sé qué asuntos dinerarios. Pero, oiga, con lo feliz que es el hombre, con lo disfrutón que habría dicho Cantinflas. Estamos liquidando los valores porque a los banqueros del mundo les interesa, porque quieren quedarse con todo y robar a los pobres para dárselo a los ricos, como dice con gracia Costa Gavras en su última película Le Capital.

Mire, camarada banquero, mientras tengamos una copia de Atrapa al ladrón para divertirnos con los besos secos, sin la natural saliva que se daban Cary Grant y Grace Kelly futura de Mónaco, estoy dispuesto a comprarme una botella de keroseno, creo que arde mejor, y un mechero, eso sí, un Dupont por lo menos de plata y con mi nombre grabado, como en tiempos del cuplé en el París que valía por lo menos dos misas en Notre Dame, para inmolarme a la salud de todos esos bandidos.

Pero, amigo del alma, señor investigador que investiga con amor, tenga usted en cuenta que soy no fumador, y que lo declararé ante Dios y los hombres el día de hechos. Déjese de gaitas y vaya a su televisor para ver la mejor película, no todo el buen cine pasa por la pantalla grande, que se ha escrito jamás sobre la Prohibición en Estados Unidos, donde otros malhechores banqueros decidieron que la gente no tenía derecho a beber jamás de los jamases a menos que compraran el alcohol de contrabando.

El título de la serie es Boerdwall Empire y la protagoniza un extraordinario Steve Buscemi. No se lo pierdan porque le enseñarán cómo combatir el mal con el mal y dejar el bien desgraciado y anémico para los pobres. Eran los años veinte de ese maravilloso país que dominaba al mundo. No sé cuantos años después sigue dominándonos y nos tiene pendientes de sus caprichos postcoitales.

Hubo una enfermera que con tres palabras me devolvió un día la confianza que había perdido en una noche de horas largas y puntiagudas. No sale en la película que acabo de citarles. La conocí y ella me conoció. Quizás hubiese podido ser un idilio a la Hemingway con hospital italiano por medio. La amé en el silencio del dolor y en la oscuridad del agradecimiento.

* Periodista y crítico de cine, colaborador de Prensa Latina.