La interpretación tiene que ver con la decodificación del mensaje, con la comprensión del sentido, de lo dicho, de lo escrito, de lo emitido. A veces no es tan simple llegar al mensaje, no es tan fácil acceder al sentido; la interpretación requiere contemplar el contexto del texto, el ámbito de la oralidad, visualizar la configuración de una totalidad para poder figurar la parte requerida. Pero, ¿qué pasa cuando la interpretación no le interesa ni codificar el mensaje, ni acceder al sentido, sino reducir lo dicho, lo escrito, lo emitido, al interés político del intérprete? Ciertamente ya no estamos ante una interpretación, sino ante una pretensión descomedida; lo que se dice, lo que se escribe, lo que se piensa, es la repetición de la verdad del poder.

Después de las elecciones del Beni y la derrota del MAS en las mismas, la “interpretación” del gobierno de la victoria electoral del MAS en el TIPNIS, es que las comunidades indígenas del territorio indígena aceptaron la carretera. Uno se pregunta: ¿Cómo llegan a esta conclusión? Antes decían que la respuesta de las familias que accedieron a la consulta – puesto que no fueron comunidades, lo que requiere como unidad una consulta a los pueblos indígenas, que terminaron por aceptar la suspensión de la condición de intangibilidad que otorga la Ley 180 al TIPNIS – se interpreta como aceptación de la carretera, a pesar de que en el propio informe oficial se revela que estas familias no estaban de acuerdo con la construcción de la carretera que atraviese el núcleo del TIPNIS. ¿Cómo llegan a esta conclusión? La única explicación que hay es que a estos “interpretes” no les interpresa saber qué dijeron los consultados, tampoco les interesa comprender el significado de los resultados de la votación. Sólo les interesa ratificar la verdad del poder.

¿Por qué votaron las comunidades del TIPNIS por el MAS? ¿Acaso los del TIPNIS podían votar por los patrones? El conflicto de las comunidades del TIPNIS con el gobierno y el MAS, por la defensa de su territorio, no podía llevarlos a votar por la derecha. Nunca perdieron de vista, ni en los momentos más intensos del conflicto, la distinción de la diferencia política entre el gobierno y la derecha, entre el MAS y los partidos llamados de oposición conservadora. Empero, tampoco dejaron de entender que el gobierno y el MAS se encaminaron por el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, distanciándose de la Constitución y del proceso de cambio. Esta posición, clara y diáfana, fue expresada a lo largo de la VIII y IX marcha indígena, a lo largo de la resistencia de las comunidades a la consulta espuria. Sin embargo, el gobierno no escuchó el mensaje, prefirió acusar a la dirigencia de las organizaciones indígenas de aliados de la derecha y del imperialismo. Tampoco entiende ahora, cuando los dirigentes del TIPNIS le dicen que van a resistir a la construcción de la carretera. Prefieren continuar con su letanía, seguir transmitiendo la verdad del poder.

¿A dónde lleva todo esto? Cuando no se entiende el mensaje y el sentido de lo que se dice, escribe y emite, simplemente no hay comunicación ninguna. Hay una distancia abismal entre emisor y destinatario, no se da la transmisión del mensaje y una apropiación del mismo. Se da la violencia de una de las partes, la violencia de la imposición de un sentido no compartido. Esta violencia se impone en condiciones de excepción, de suspensión de la democracia, cuando se hace valer el peso demoledor del monopolio de la violencia por parte del Estado. Cuando esto ocurre se da también una desconexión del “interprete” de lo que supuestamente tiene que interpretar. Cuando no hay comunicación se hace imposible la interpretación, no hay nada que interpretar, se da lugar a la deducción pretensiosa y oprobiosa desde la verdad del poder, se deduce la “legitimidad” obligada de las políticas públicas. Esta tautología aísla al poder de la potencia social, por lo tanto el poder mismo se aleja de las condiciones de reproducción, termina aislado como una fortaleza asediada. Es el comienzo del fin.

¿Por qué se dan estas situaciones? ¿Por qué no se quiere decodificar el mensaje, por qué no se quiere comprender el sentido, de lo que se dice, de lo que se escribe, de lo que se emite? Esta aparente autosuficiencia del poder, remitido a su verdad, devela un temor, el miedo a la diferencia, a la heterogeneidad de los sentidos, de que sean distintos al sentido inscrito en la memoria del poder. Es el miedo de la homogeneidad del Estado a la pluralidad de la sociedad. Es el terror de todo gobernante a las demandas de sus gobernados. En el caso que nos compete, es el terror del Estado-nación a la posibilidad efectiva de la pluralidad de otra forma estatal, concebida como Estado plurinacional. Terror colonial a lo indígena.

La verdad del poder sólo puede ser impuesta, inscrita en los cuerpos, induciendo comportamientos, disciplinando, domesticando, controlando, propagandizando; no puede haber una verdad compartida, consensuada, compuesta de muchas verdades. Esto no puede soportarlo el poder. Por eso, podemos decir que el Estado, en el fondo, no es democrático, no puede ejercer la democracia consecuentemente, no puede aceptar la radicalidad de la democracia como política, como participación de todos, del pueblo, de las multitudes, del proletariado, de las comunidades. El Estado requiere conservar el sistema de sus normas, el campo de sus instituciones, y sobre todo, la verdad del poder, que se expresan en las políticas públicas de un gobierno, políticas que, a pesar que parezcan diferentes a las de otros gobiernos, repiten un esquema preestablecido; en este caso, el esquema de un proyecto supremo, el “desarrollo”, que no es otra cosa que el desarrollo capitalista, el logro de la acumulación de capital. Los Estado-nación están atrapados en esta lógica, son instrumentos de esta lógica, están ahí para ejecutar el proyecto inscrito en sus códigos institucionales, el proyecto de la modernidad, que es el desarrollo del capitalismo.

La diferencia de los gobiernos se refriere a la forma en que realizan un mismo proyecto, el desarrollo capitalista dependiente, en nuestros casos, de países periféricos al sistema-mundo capitalista; la diferencia es que unos gobiernos lo hacen de manera liberal, otros de manera nacionalista, los terceros de manera neoliberal, también pueden proclamarse socialistas y seguir el rumbo por otros caminos del desarrollo capitalista, por medio del capitalismo de Estado; los gobiernos progresistas de la actualidad izquierdista sudamericana también siguen de otra forma el desarrollo capitalista. Por más que se desgarren las vestiduras y se proclamen anti-imperialistas, expresen discursos incendiaros contra el capitalismo, no hacen otra cosa que continuar el desarrollo capitalista, aunque digan que están en su contra. En la medida que se conserve la arquitectura política del Estado-nación no pueden hacer otra cosa. El Estado-nación es instrumento por excelencia de la modernidad para efectuar la realización de la acumulación capitalista.

Es la comprensión de este condicionamiento histórico lo que ha llevado a las multitudes sublevadas, a los movimientos sociales, a los pueblos indígenas originarios, a proponer una transición política distinta pos-capitalista, la transición del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Empero, esta transición política, establecida en la Constitución, ha sido negada por el gobierno progresista, ha sido reducida a un folklore político, vulgarizando lo plurinacional, convertido en representación desgastada en el decurso de la demagogia de los nombres y al usufructúo propagandístico de los símbolos, mientras la institucionalidad del Estado-nación sigue intacta. El conflicto desatado en torno al TIPNIS devela la manifestación secreta de una guerra, la guerra declarada del Estado-nación al germen del Estado plurinacional, que se encuentra en los territorios indígenas y en la Constitución. Por lo tanto la guerra de las formas del capitalismo dependiente a las posibilidades de las formas alternativas al capitalismo. En otras palabras, la guerra del poder, en su condición moderna, de Estado moderno, a las formas de la potencia social, que se manifiesta como multitudes, como proletariado nómada, como comunidades.

Hay que comprender entonces las contradicciones del proceso en curso, los conflictos desatados, a partir de esta guerra declarada, guerra que hace inteligible las contradicciones inherentes en el seno mismo de la sociedad. La sociedad misma, en la medida que es la matriz reproductora del Estado, también en la medida que ha sido producida y modulada por el Estado, por las instituciones modernas políticas y no políticas, por el campo político y por el campo escolar, educativo, está atravesada por las contradicciones derivadas del conflicto entre reproducción y dinámicas sociales moleculares, entonces entre conservación de lo mismo o alteridad. En la medida que el Estado captura las dinámicas sociales moleculares, la sociedad reproduce el Estado; en la medida que las dinámicas sociales escapan a esta captura producen alteridad, abren horizontes más allá del Estado. Entonces se entiende que el Estado-nación siga reproduciéndose no sólo por la acción conservadora del gobierno, sino también por la captura institucional de las dinámicas sociales; es la propia sociedad que reproduce el Estado todos los días. Sobre la base de estas diligencias de la inercia estatal es que el gobierno progresista puede continuar su labor de promotor del “desarrollo”, acompañado por la ilusión de progreso, restaurando el Estado-nación.

No tenemos que buscar la explicación de lo que ocurre en la astucia de “maquiavelos” criollos y mestizos, pues la reproducción del Estado-nación sigue ocurriendo a pesar de los crasos errores del gobierno y la torpeza de los gobernantes. La explicación se encuentra en la misma sociedad, en gran parte capturada por la institucionalidad política y no política del poder. Es la crisis múltiple del Estado-nación, es la crisis de su institucionalidad, lo que ha llevado a la sublevación, a los levantamientos y a las movilizaciones sociales. La apertura del proceso de cambio se debe a esta crisis múltiple y a la acción desbordante de las multitudes y movimientos sociales; sin embargo, en la medida que el desborde ha dejado intacta las estructuras institucionales del Estado-nación, éstas han continuado su labor, la reproducción del Estado, la diferenciación del poder respeto de la potencia social; efectuándose la economía política del poder, en la medida que el poder captura potencia social y la valoriza como monopolio de la fuerza, como el control de la disponibilidad de fuerzas, al servicio de la acumulación de capital, efectuada por los delegados a cumplir esta tarea, los gobernantes.

Sólo una nueva manifestación de la agudización de la crisis múltiple del Estado puede re-articular las dinámicas sociales moleculares en composiciones alterativas y alternativas a la reproducción del Estado, sólo el estallido de la crisis puede liberar de la captura institucional a las dinámicas sociales. En estas condiciones de crisis, las dinámicas sociales moleculares pueden conformar otras composiciones que van más allá del Estado-nación. No ha sido posible demoler el Estado-nación, no ha sido posible construir el Estado plurinacional, porque la mayor parte de las dinámicas sociales volvieron a la captura institucional, volvieron a ser moduladas por los diagramas de poder institucionales. No bastaba con escribir una Constitución plurinacional comunitaria y autonómica, encaminada a la economía social y comunitaria, en la perspectiva del vivir bien. La letra no hace a la práctica, la escritura no hace a la acción, el texto constitucional no transforma de por sí la “realidad” política, social, económica y cultural. La norma constitucional no rige las prácticas si es que no hay fuerzas que acompañen su realización, en este caso, transformadora. Las fuerzas efectivas que se han pronunciado son las fuerzas concentradas, controladas y capturadas por la institucionalidad del Estado-nación. Estas fuerzas mecanizadas y orientadas por la lógica del poder no hacen otra cosa que reproducir el Estado-nación, a pesar de que exista una Constitución aprobada por la mayoría absoluta del pueblo boliviano, que manda a construir el Estado plurinacional comunitario y autonómico.

No es la “traición” o la inconsecuencia de los gobernantes lo que termina de explicar este desfease respecto de la Constitución, aunque la inconsecuencia sea notoria y se haya convertido en una opción consciente por parte de los gobernantes, sino es la permanencia y persistencia “geológica” de la institucionalidad del Estado-nación. Los gobernantes son engranajes y dispositivos subjetivos de estructuras de poder afincadas en los cuerpos, comportamientos y conductas de la gente. Los gobernantes son agenciamientos de las lógicas inherentes al Estado-nación. Claro que podían haberlo hecho mejor, crear las condiciones para una transición participativa; pero, el límite como gobernantes es el límite impuesto por la estructura estatal. Sólo las acciones participativas, el ejercicio plural de la democracia participativa, directa, representativa y comunitaria, podía trastrocar los contenidos y composiciones institucionales, inventar otras instituciones, en la composición y lógicas de otros horizontes, los abiertos por la configuración del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Sin embargo, como sabemos, se prefirió el mando concentrado y vertical de la jerarquía del poder del Estado moderno, incluso su reducción al mando carismático del caudillo, por lo tanto se prefirió el descarte de la participación y el control social, usando el nombre discursivamente y como parte del teatro político, cada vez más grotesco. Al hacerlo se renunció a la construcción colectiva de la decisión política, de la ley y de la gestión pública, como manda la Constitución. Los gobernantes quedaron atrapados en las propias estructuras del poder, ilusionándose que son la encarnación del proceso de cambio, cuando no eran otra cosa que la encarnación popular del Estado-nación. En este sentido, cumplieron coherentemente su papel, preservar el Estado-nación contra la amenaza de la Constitución que decretaba su muerte. Lo que no hay que olvidar es que las transformaciones estructurales e institucionales del Estado no son tareas que puedan efectuar los gobernantes, los funcionarios, el campo burocrático, éstas transformaciones sólo pueden realizarse mediante el accionar movilizado y participativo de los movimientos sociales anti-sistémicos. Este esperar que los gobernantes cumplan es parte de la inercia estatal; hay pues una corresponsabilidad de lo que ha ocurrido en los propios movimientos sociales.

Aunque puedan sorprendernos la torpeza de las “interpretaciones” estrambóticas gubernamentales respecto del TIPNIS, no dejan de explicarse como forzamientos y adulteraciones de una voluntad inscrita en los genes institucionales. Aunque no era necesario recurrir a esta violencia “interpretativa”, pues podían haber sido más bien “racionales” en sus apreciaciones, encontrar otros argumentos más convincentes, incluso postergar sus pretensiones y compromisos extractivistas, antes de meterse en conflictos políticos desgastantes, de todas maneras están como inducidos a efectuar la marcha compulsiva del la acumulación de capital y del monopolio del poder.

Ahora bien, las “interpretaciones” estrambóticas gubernamentales develan algo de las “interpretaciones” del poder, también de la función de los discursos del poder; no están para hacer interpretaciones que se abran a la comprensión. No hay una hermenéutica del poder, hay mas bien una heurística del poder. Están ahí para decir la verdad del poder. La compulsiva propaganda del gobierno expresa mucho de esto. ¿Por qué una revolución tiene que hacer propaganda de sí misma? ¿Es qué no está segura de lo que es? ¿Tiene que convencerse que es una revolución? Este recurso de la propaganda, de la publicidad y de los escenarios grandiosos, monumentales, que acontece en todas la revoluciones, una vez asumido el poder, llama la atención. Una revolución no requiere de propaganda, la sola efectuación de la revolución basta. Empero, parece que cuando se asume el poder, como que emergen las dudas, las tensiones y las contradicciones, entonces se tiene que recordar a cada rato a la población que lo que se está haciendo es una revolución. Llama también la atención que el gobierno siga considerando una situación anterior a la llegada al poder, cuando no contaba con medios de comunicación; ocurre que ahora, que es gobierno, no solo cuenta con medios de comunicación oficiales, sino también ya monopoliza una parte importante de los medios de comunicación, con la compra de canales de televisión, compra de acciones en radios particulares, presión a los medios con el retiro de la publicidad estatal. El gobierno hace lo mismo de lo que critica a los medios empresariales; manejo de la información, selección de noticias, propaganda, publicidad, de las políticas públicas, monopolio de los espacios, manipulación de los hechos. La comunicación pública llega a ser la otra cara de la medalla del monopolio del espacio comunicativo por parte de los medios oficiales y los medios empresariales. Se somete a los usuarios a un bombardeo de desinformación, de publicidad comercial, de malos programas, de mediocres análisis, de pugnas menores. No hay espacios de la comunidad, de la sociedad, donde pueda participar la población y ejercer libremente su “propiedad”. El pueblo boliviano es propietario de los recursos naturales y del espectro electromagnético. La ley de comunicación, que se aprobó y promulgó, responde al interés del gobierno de controlar los medios de comunicación empresariales. No responde a la Constitución, aunque la hayan matizado con llamarla contra el racismo y toda forma de discriminación, aunque contemple estos temas de discriminación de una manera incompleta. La ley que correspondía constitucionalmente es una que cree espacios propios de la comunidad, de la sociedad, garantizando la participación abierta, libre, deliberativa y formativa de los sujetos sociales. Más allá de lo público y lo privado, que son al final las dos caras de la misma moneda, está lo común, los bienes comunes, los saberes colectivos y el intelecto general. Se requería una ley que abra este espacio, que defienda a los usuarios del bombardeo desinformativo y manipulador de los medios estatales y los medios empresariales. Los medios estatales y los medios privados imponen su verdad.

Las condiciones plurinacional, comunitaria y autonómica, implican esto, la realización de lo común, da las comunidades, de lo comunitario, de los bienes comunes. La realización de la interculturalidad emancipatoria, la autonomía y la autodeterminación de las multitudes, sociedades y comunidades. El gobierno y los medios empresariales, el Estado-nación y la empresa privada, el MAS y la derecha, están lejos de comprender estas condiciones definidas en la Constitución. El gobierno reduce todo, los mandatos constitucionales, al llamado socialismo comunitario, que no es otra cosa que monopolio estatal y capitalismo de Estado; los medios empresariales, los empresarios privados y sus expresiones políticas, lo reducen todo al libre mercado, a la libre empresa y a la libertad de expresión de los medios privados. Para ellos no existe la libertad de expresión de los usuarios, de las comunidades, de las multitudes, de las sociedades. Los únicos que tienen derecho a la libertad de expresión son ellos, el Estado y los empresarios privados; esta libertad de expresión no existe para el pueblo. Este es el panorama triste de las usurpaciones, de las suplantaciones, de las expropiaciones de la voz del pueblo.

* Comuna, http://horizontesnomadas.blogspot.com/