La agroecología es una ciencia aplicada para el diseño de una nueva agricultura no dependiente del petróleo, amigable con el medioambiente, resilente al cambio climático y capaz de desarrollar sistemas agrícolas diversificados que garanticen la soberanía alimentaria de los pueblos, expone en la siguiente entrevista el presidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (Socla) Miguel Altieri.

En un contexto de crisis general del capitalismo, en particular de la agroindustria a gran escala, surgen nuevos paradigmas productivos como la agroecología, una ciencia aplicada para el diseño y manejo de agroecosistemas sostenibles que se nutre del conocimiento científico moderno y de los saberes tradicionales de comunidades indígenas y campesinas.

La agroecología saca el mayor provecho de los procesos naturales y de las interacciones positivas de la biodiversidad en las explotaciones agrícolas, con el fin de reducir el uso de insumos externos sustituyéndolos por procesos naturales como la fertilidad natural del suelo o el control biológico de plagas, y así crear sistemas agrícolas más eficientes, explica el presidente de la Socla.

Miguel Altieri detalla las potencialidades de la agroecología campesina en una conferencia magistral dictada en el marco de las Jornadas de Investigación sobre Agroecología y Soberanía Alimentaria el 31 de enero y 1 de febrero en La Paz, Bolivia, con el auspicio de destacados centros de investigación y organizaciones no gubernamentales. [1]

P. ¿Qué es la agroecología y en qué se diferencia de la agricultura tradicional?

R. La agroecología es una ciencia de optimización de los sistemas agroecológicos, es decir la mejora de la eficiencia de la actividad biológica arriba y abajo del suelo, mediante la activación de procesos biológicos clave como la fotosíntesis, la fijación de nitrógeno, la solubilización del fósforo del suelo y el uso de antagonismos y alelopatías para el control biológico y la regulación natural de plagas. Los mismos procesos naturales son las “entradas” del sistema agroecológico y por eso también se lo conoce como “agricultura de procesos”.

La agroecología imita a la naturaleza para crear biodiversidad funcional y sistemas que se auto regulen y auto subsidien y no necesiten muchos insumos externos. La agroecología concentra su trabajo en los pequeños campesinos que están más cerca de la lógica agroecológica, a diferencia de los sistemas industriales de monocultivos a gran escala dependientes de energía.

P. ¿Agroecología es sinónimo de agricultura ecológica y orgánica o agroforestería?

R. La agroecología promueve un diálogo de saberes de los cuales se derivan principios sobre los cuales se guía el diseño de una nueva agricultura divorciada del petróleo, amigable con el medioambiente, resilente al cambio climático y que sea la base de la soberanía alimentaria de los pueblos. El principio clave de la agroecología es la diversificación de sistemas con mezclas de variedades de especies de plantas y animales, intercalados con sistemas agroforestales, cuya creciente complementariedad potencia los efectos positivos de la biodiversidad.

La agricultura ecológica y orgánica son sistemas de producción guiados por prácticas que pueden o no tener una base agroecológica. Por ejemplo, hay mucha producción orgánica que depende de insumos externos para controlar plagas y enfermedades que no necesariamente son químicos sintéticos. Por otro lado, la agroforestería es un diseño agroecológico que combina árboles con cultivos o animales que se complementan a través de una interacción. Sin embargo, no se trata solo de combinar cultivos, sino de buscar sistemas diversificados de cultivos que se complementen ecológicamente. Por ejemplo, maíz con frijol se complementan porque el frijol fija el nitrógeno y se lo pasa al maíz.

P ¿Cuáles son las potencialidades de la agroecología y qué posibilidades tiene de hacer frente al agronegocio dominante?

R. El modelo agrícola industrial surgido hace 60 años durante la denominada revolución verde se basó en tres premisas que ya no son válidas actualmente. En primer lugar, supuso que habría petróleo abundante y barato y eso ya no existe; por lo tanto, toda la matriz económica de la agricultura industrial dependiente del petróleo ya no es viable, a no ser que se siga subsidiando.

La segunda premisa del modelo agroindustrial era que habría abundante agua, y resulta que el agua es y será un problema no solo por el cambio climático sino por la privatización del recurso. La tercera premisa del modelo era que el clima iba a ser constante y no cambiaría, pero vemos que eso tampoco es verdad. En los últimos 10 años lo que más llamó la atención de los científicos es la frecuencia y la intensidad de los eventos climáticos, cada vez más extraños y erráticos.

La lección de todo esto es que la agricultura moderna no resiste el cambio climático porque tiene homogeneidad genética y carece de mecanismos de autodefensa; eso se manifestó recientemente con la sequía en el medio oeste norteamericano donde la producción de maíz cayó 30%. Sin embargo, en esa misma zona sobrevivieron los sistemas de producción orgánica, inclusive los monocultivos de maíz porque contienen mucha materia orgánica que actúa como una esponja que almacena la humedad del suelo.

Hemos hecho estudios en Cuba, México y Centroamérica después de la irrupción de huracanes y comprobamos que los sistemas agroecológicos más diversificados y con mayor cobertura orgánica de suelos son los que mejor resistieron esos desastres. En otras palabras, la evidencia científica demuestra claramente que la resilencia al impacto del cambio climático y la capacidad de recuperación de los sistemas agroecológicos están muy ligadas a la diversidad de los sistemas, y eso es precisamente lo que propugna la agroecología: la diversificación del agroecosistema.

P. Sin embargo, la política de desarrollo agrícola dominante privilegia las agroexportaciones, y las leyes de promoción de la agricultura familiar, como la promulgada recientemente en Bolivia, son meramente declarativas.

R. Lo que pasa es que los gobiernos progresistas de América Latina tienen buenas intenciones, pero no han puesto en práctica políticas agrarias y mecanismos de apoyo a la agricultura campesina. No solo hay que darles mercados sino también extensión e investigación agroecológica no convencional e incentivos; hay que premiarlos porque producen alimentos y por la serie de servicios ecológicos y culturales que prestan a la sociedad, como por ejemplo conservar la biodiversidad y mantener una identidad cultural.

Hay países como Brasil que creó un Ministerio del Desarrollo Rural específico para la agricultura familiar porque cuenta con 4,7 millones de agricultores familiares que producen el 70% de la comida del país y a la vez controlan el 20% de la tierra. Si el gobierno boliviano declarara que lo que hay que hacer es apoyar a la agricultura campesina a través de acciones concretas lograría la soberanía alimentaria. Eso no significa dejar de exportar, pero sí priorizar el consumo nacional y la soberanía nacional.

P. La ciencia, la razón y el sentido común están de lado de los pequeños productores, pero el capital y el agronegocio todavía tienen el poder. En esas condiciones, ¿los campesinos pueden desplazar a las transnacionales?

R. Hay muchos intereses en juego y actores muy fuertes. La revolución verde fue promovida por el sector público y apoyada por centros de investigación nacionales. Ahora el proceso se impulsa desde el sector privado multinacional, que no solo posee sistemas de investigación propios, sino que está comenzando a acaparar tierras; se estima que 80 millones de hectáreas en África ya están en manos de países como China o de multinacionales que producen biocombustibles y transgénicos.

Sin embargo, el mapa geopolítico está cambiando, y en América Latina todavía tenemos un sector campesino muy fuerte que subsiste a pesar de que se predijo tantas veces su desaparición. En el continente la pequeña producción continúa reproduciéndose y jugando un papel importantísimo en la alimentación de la población. Los pequeños productores también están organizados políticamente y existen organizaciones que no existían hace 30 años como la Vía Campesina y el Movimiento sin Tierra (MST).

P. ¿Qué son las taxonomías biológicas folclóricas y cuáles son los mayores aportes de los sistemas agrícolas precolombinos?

R. Los campesinos e indígenas que manejaron agroecosistemas por más de 5 mil años en los Andes y Mesoamérica han clasificado la naturaleza con sus propias taxonomías de plantas y suelos. Ese conocimiento tradicional de la naturaleza, que ha permitido desarrollar sistemas productivos, constituye un insumo muy importante para la agroecología. Nosotros (la comunidad científica) respetamos ese conocimiento y tratamos de establecer un diálogo con la ciencia occidental de manera de lograr una síntesis.

Yo estuve más en contacto con la cultura mesoamericana y reconozco su profundo conocimiento de las semillas, del suelo y del ambiente en general, y sobre todo su actitud espiritual respecto al uso de la tierra, no solamente por una cuestión utilitaria, sino en una dimensión más profunda a partir del concepto de Pachamama. Muchas prácticas tradicionales no tienen una razón productiva en sí mismas, se trata más bien de rituales y eso a veces cuesta entenderlo, pero es parte de la riqueza del conocimiento.

En América Latina todavía tenemos como 500 grupos étnicos y por tanto 500 maneras de mirar el mundo y la naturaleza, distintas al paradigma occidental.

P. ¿Cuáles son las experiencias más destacadas en el mundo?

R. El país que más ha desarrollado la agroecología es Cuba porque cuando cayó el bloque socialista se vio en la obligación de transformar su agricultura hasta entonces dependiente en 80% de las importaciones de petróleo, fertilizantes y pesticidas. Cuba tuvo una ventaja respecto a otros países latinoamericanos: posee apenas el 2% de la población de América Latina, pero cuenta con el 15% de los científicos, es decir un valioso capital humano que permitió impulsar rápidamente nuevos sistemas productivos como el Campesino-Campesino, un sistema horizontal de transferencia de conocimientos y experiencias entre agricultores. Brasil, Colombia, Nicaragua y Perú también desarrollan experiencias importantes en agroecología, pero ésta no es parte de la política agraria de ningún país; son más esfuerzos de abajo hacia arriba que poco a poco ganan terreno porque están demostrando que son viables para el futuro.

Nota:

[1] Agrónomos y Veterinarios Sin Fronteras (AVSF), Asociación de Organizaciones de Productores Ecológicos de Bolivia (AOPEB), Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), Organización Inter eclesiástica para la Cooperación al Desarrollo – Holanda (ICCO), Universidad Católica Boliviana – Unidades Académicas Campesinas (UACs), Postgrado en Ciencias del Desarrollo de la Universidad Mayor de San Andrés (CIDES–UMSA), Fundación TIERRA, Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS), Centro Internacional de la Papa (CIP), Asociación de Instituciones de Promoción y Educación (AIPE) y Consejo Nacional de Producción Ecológica (CNAPE).

* Con datos de Agroecología: única esperanza para la soberanía alimentaria y la resiliencia socioecológica, artículo preparado para Rio+20; Miguel A. Altieri, Clara Nicholls y otros, junio de 2012, fuente: www.agroeco.org/socla