Málaga, España (PL).- Cada día se venden más bombillas de bajo costo. En algunos países europeos como España ya bailamos a media luz tanguera en un desesperado esfuerzo para no gastar más de la cuenta. La crisis patea a todo el mundo, sobre todo a los más pobres mientras los poderosos de siempre siguen haciendo su agosto.

Fulanito, político de primera división, tenía veintidós millones de euros escondidos en una cuenta secreta en Suiza. Menganito ha defraudado hasta su madre. Empresarios, alcaldes, políticos de relevancia. Todos inculpados de abusos monetarios. Volvemos medio siglo atrás y está de moda Francesco Rossi y su inapelable La mani sulla citta (1963), abracadabrante historia de una colosal estafa político-social en el mundo de la construcción de Italia.

Cincuenta años después, se repite la historia. Los destructores de la paz monetaria y social son nuevamente aquellos rapaces constructores que con menos dineros que escrúpulos arrasaron con el ladrillo, sumiendo a España en la miseria. Pero ya no hay quien filme estas atrocidades.

El cine norteamericano, el más poderoso, sigue con sus temáticas patrióticas o infantiles, a veces se confunden las dos, y el europeo Costa-Gavras, un visionario, se atrevió a llamar ladrones a los ladrones con El capital, y no está precisamente en las listas de las películas más taquilleras.

Medio siglo después, la sociedad precisa la terapia de un cine de compromiso de verdad. Que cuente, denuncie y ataque los acorazados Potemkine del capitalismo más vivo que nunca. Ver a Rod Steiger, el inolvidable jefe de policía de Al calor de la noche (In The Heat of the Nigth, 1967), limpiarse constantemente las manos y el rostro con un pañuelo de inmaculada popelina mientras expulsa a cientos de desgraciados de un barrio paupérrimo de Nápoles para poder construir dúplex millonarios es una gozada triste. La misma que la de su papel de La mani sulla citta.

Volverán los destructores de la sociedad que han forjado sus fortunas a base de construir cientos de miles de viviendas que cuando vengan tiempos mejores venderán de nuevo. Y la burbuja inmobiliaria continuará su ronda infernal.

Esta es la situación de una Europa a corto de caridad social, que se refugia en el dinero fácil de los bancos indecentemente subvencionados por los Estados mientras las pequeñas empresas sufren las embestidas de decisiones que dan al trabajador pocas posibilidades de no ahogarse en la nada.

Al mismo tiempo, surge otro negocio grandioso, el de la salud. Poco a poco, todo tiene que hacerse a la chita callando y con mil trucos de paciencia a largo plazo, se va reemplazando la medicina social, la estatal, la que hacía a todos iguales ante el sufrimiento y ante la curación, por una medicina mucho más rentable, la medicina privada, que se introduce en grandes hospitales públicos para ocupar los cargos de dirección y hacer que curarse cueste más caro pero con costos muy inferiores, aunque sea a costa de poner en entredicho y en peligro a los enfermos. Los tiempos de crisis gravísima facilitan esta conversión. El primer ejemplo europeo es España.

Acostumbrado a Francia, donde la aplicación de la medicina es esencialmente social, llegué a Brasilia en 1997. Pronto oí decir entre chirigotas que el mejor hospital de Brasilia era el primer avión para Sao Paulo, urbe gigantesca donde se asientan efectivamente algunos de los más modernos y experimentados centros hospitalarios de todo Brasil.

No tuve que tomar el avión a Sao Paulo en los primeros meses pero al cabo de un tiempo estuve a punto de hacerlo. De golpe y porrazo, en enero de 1999, la moneda brasileña, orgullo de América por su estabilidad, se vino abajo.

Era un fin de semana. El presidente de la República estaba fuera de Brasilia así como otras autoridades de primer plano. Contaban que mientras en Brasilia asistíamos al hundimiento del real, al presidente Fernando Henrique Cardoso fuerzas especiales tenían que rescatarlo en helicóptero en una playa del nordeste brasileño donde se bañaba en compañía de una bonita y conocida periodista de televisión.

La caída del real fue para los periodistas extranjeros destacados en Brasilia una catarata de trabajo suplementario y de una naturaleza algo desconocida. Era el desconcierto porque nadie imaginaba aquella catástrofe. Los especialistas no sabían cómo explicarlo.

Un periodista belga de una agencia de prensa económica fue el primero en caer en un amago de infarto. Días después, a mí también me atacó la presión de la devaluación. Una ambulancia encendió las sirenas para salir pitando hacia el hospital más reputado y elegante de Brasilia.

Desde el primer paso que di sobre los lujosos mármoles de la recepción comprendí lo que quería decir medicina privada. De entrada, rechazaron mi tarjeta sanitaria internacional, de lo más sofisticado, y me advirtieron que tendría que pagar al contado o con cheque.

Mientras los médicos se sucedían ante mi cama y me metían y sacaban de laboratorios y radiologías de alta resolución, mi secretaria repartía cheques entre los especialistas que me atendían. Pero yo era un privilegiado, protegido por una infraestructura periodística de las más poderosas.

Al cabo de una semana me di el alta y antes de marcharme le pregunté al inmenso recepcionista negro qué pasaría si un día uno de los muertos de hambre que llenaban las calles de Brasilia hubiese llegado al hospital aquejado de una crisis cardíaca. El recepcionista me enseñó su extraordinaria dentadura blanca y me espetó sin misericordia después de soltar una carcajada homérica: Óigame, Señor, a ningún menesteroso se le va a ocurrir venir aquí. Saben que este hospital no es para ellos…” Entonces me enteré de lo que capitalismo salvaje quiere decir en medicina.

El cine comprometido, el neorrealismo, el cine tercermundista tienen que volver a galope, para enterar a las víctimas de estos descalabros capitalistas. No se necesitan grandes producciones, ni siquiera listos que tras haber militado en el cine latinoamericano comprometido dicen ahora que eso ya ha pasado de moda. La moda no pasará, el espíritu de La mani sulla citta seguirá presente mientras la miseria provocada por los villanos no tenga fecha de caducidad inmediata.

Que vuelva el cine responsable. Que el cine deje de ser únicamente un tranquilizante barato distribuido alegremente sin receta.

De Gaulle y las cuatro mil plumas blancas

Existen años malaje pero hay otros menos sospechosos que resultan igualmente nefastos. El de 1939 fue un número bonito pero cargaba con dos catástrofes bélicas, una recién pasada, la Guerra Civil de España, y otra por venir, la Segunda Guerra Mundial. Nací ese año de todos los peligros pero contra mi voluntad. Lo de nacer ese año fue un atropello, una cacicada que todavía arrastro aunque cuando protesto la gente hace mutis sin siquiera tener foro y hasta hay algunos atrevidos que comentan despiadadamente que soy un tipo medio raro.

La verdad es que tengo la ventaja de poder presumir de haber nacido demasiado tarde para verme implicado en la Guerra civil de España y demasiado pronto para participar en la Segunda Mundial. Algo es algo. Hay cosas que no tienen vuelta posible de coincidencia. La película Las cuatro plumas (The Four Feathers) aparece en la pantalla en 1939, justo cuando termina la Guerra Civil española y empieza la terrible Segunda Guerra Mundial. La casualidad de los dioses, sin duda.

El argumento de Las cuatro plumas es demoledoramente aleccionador. Cuando está por iniciarse la campaña contra Sudán, hacia finales del siglo XIX, un joven oficial británico, hastiado de tanta disciplina absurda, abandona el férreo ejército británico antes de que su regimiento salga para Egipto, donde Gran Bretaña va a librar una guerra colonial más.

Pero el abandono de Harry nada tiene que ver con que haya sufrido un repentino ataque de conciencia política. Se echa atrás porque está cagado de miedo ante la perspectiva de vérselas con las armas de los feroces soldados egipcios, que realmente luchan por una cierta independencia. Ni corto ni perezoso, su prometida, una damisela de la alta sociedad militar, se une a tres facinerosos amigos suyos para enviarle cuatro plumas blancas, símbolo de la cobardía en aquella sociedad que no ambicionaba más que doblegar a los demás.

Muy ocupados andaban los políticos del momento para haberse precipitado a ver esta película que, por lo demás, no tenía en principio más que el deseo de enaltecer al ejército británico que sometió a parte del mundo antes de que los norteamericanos le tomasen la vez. Y de paso, distraer. Curioso que fuese en 1939. Porque si España acababa de sufrir la más espantosa de las guerras entre hermanos y amigos, los europeos se aprestaban a librar una cruzada contra el mal, encarnado por Adolfo Hitler, al que más de un político le había reído las gracias hasta que declaró su intención de comerse Europa.

Cuántas plumas blancas habría que haber desperdigado por toda Europa y luego por el mundo para señalar con el oprobio de la necedad del miedo que es igualmente peligroso cuando se trata de escapar a un combate que cuando se trata de azuzarlo para beneficio de unos pocos. Todos los pájaros del continente habrían salido desplumados. Pero nadie las mandó, esas cuatro plumas blancas por cabeza, y, por lo tanto, nadie las recibió. Sólo el teniente Harry que para limpiar su honor se pasea por los desiertos más peligrosos de parte de Oriente Medio cometiendo las heroicidades que le pedían su novia y sus amiguitos.

A la chita callando y sin uniforme. Pero metido en su personaje de falso miedoso, en las mentirijillas de su traición, no se dio cuenta de que hay que alardear de lo que se hace, e incluso de lo que no se hace pero que uno querría hacer pero que no tuvo oportunidad porque las ocasiones las pintan calvas y las venden a precio de dólar fuerte, si quieres que te hagan caso.

Después de haber protestado sobre mi llegada al mundo, que hacia caso omiso de la doctrina de autodeterminación, aquella fórmula que tanto juego dio al General-Presidente Charles de Gaulle, me dije que ya estaba bien de tanto lamentarse.

Entonces, setenta años después, he decidido actuar. Me dispongo a fundar una asociación cuyo objetivo asignado a cada miembro de honor, todos serán de honor, y de más honor cuanto más cotización paguen, será desplumar a las gaviotas residentes en mi playa del sur de España. Y en cuanto De Gaulle me haya dado luz verde entraremos en acción. La única cuestión es puramente matemática: ¿Habrá bastante pluma blanca para mandar a todos los que se las han ganado a pulso en este mundo bamboleado por una crisis patética a la que ellos mismos han contribuido?

* Periodista y crítico de cine, colaborador de Prensa Latina.