Málaga, España.- La vida es un recuerdo imperfecto y a ratos hasta pluscuamperfecto. Te acuerdas, te olvidas y te tomas una cerveza con papas bravas mientras el rumano de la esquina, dice haber estudiado música cuando Ceaucescu. Pena, penita pena da ver a la bonita de Meg Ryan enamorarse locamente, tan locamente como para buscarlo en la azotea del Empire State de Nueva York, de un Tom Hanks que tuvo tiempos mejores.

Cosas de Algo para recordar, era en 1993, extraño año de extraño siglo que nadie sabe si va o viene o si se va a quedar a cenar, que es lo terrible porque tu madre, niño, se pone de lo más nerviosa que hasta se le riza el pelo de la coleta postiza. Dirigía la película Nora Ephron.

Pero tienen razón las malas lenguas de la copla que pregonan amores prohibidos, incestuosos y callejeros sin remedio y sin que se les aplique la pena capital de la indulgencia que es el perdón, amén y tómate una Coca-Cola Light que te da igual. Amores copleros con los que no pudo ni la censura de Franco en sus mejores tiempos, cuando la mantequilla no se utilizaba en España más que para la tostada marinera y noble de nobleza adinerada del barrio de Salamanca en Madrid City. La película de la señora Ephron, valía por la emoción morisca y llorona de los últimos cinco minutos. Cuando el viudo encuentra a la mocita soltera y sin compromiso pero con ganas de ser útil a la ciencia de la emoción.

El pobrecito de Tom Hanks ignoraba que el amor es como el güisqui. Primero lo tomas solo, a lo macho irlandés. Después le pones hielo. Y terminas por volver a tomarlo con agua y sin pasión. Y el último paso es cuando lo tomas como puedes y como puedes pero más solo que la una. Pero él estaba en los prolegómenos amoroso, él viudo y con necesidades fisiológicas que la moral anglosajona mira tan requetemal.

Yo conozco otro cuento que no es el mismo y que a Meg Ryan le hubiese gustado interpretar. Y hasta es probable que Hank saliera corriendo detrás de ella. La verdad es que cuando le hablé a la Meg de irnos a rodar mi película a Andalucía, ella que sólo sabrá algo sobre un país cálido, estará de acuerdo. Verás, hija mía, es la historia de un periodista harto de correr detrás de la verdad y por delante de la mentira que se enamora.

La Vega de Antequera se le apareció y como siempre que la veía al atardecer quedó pasmado ante el sol rojizo que se iba a dormir y que no había conseguido ver en ninguna otra parte del mundo. La carretera estaba bordeada por dos alfombras en las que predominaban el verde de los olivos y el amarillo de los girasoles de Van Gogh. Hacía siglos que no pisaba Andalucía ni visto a toda la gente que allí quería, en pueblos de los que nunca habían oído hablar los turistas tarados, entre olivos orgullosos y fuertes.

Cuando ya tarde vio las luces del pueblo paró de nuevo el coche. Era la hora “de la fresca”, como decían sus paisanos. Las terrazas de los bares se llenaban bajo el manto de estrellas que nunca faltaban a la cita. El paseo estaba a dos pasos. Veía brillar las losas por las que de niño había correteado bajo la luz amarillenta de las farolas de siempre. Notó con cierta alegría que aparentemente pocas cosas habían cambiado, aparte las barandillas del paseo, punto estratégico de juegos de niños y de idilios de adolescentes.

Los bancos de piedra seguían regastados por la paciencia del tiempo. Al otro lado de la plaza estaba la casa de sus tíos. Con ellos pasó algunos de los momentos más bellos de la niñez. Era una casa en la que el amor chorreaba por las ventanas. Al pronto no le reconocieron, como tampoco él podía saber que la chavala de pelo corto que se mecía en una mecedora era aquella prima de sus juegos. La última vez tenía muy poquillos años. Ahora encontraba una mocita morena de ojos verdes –los ojos los vio al día siguiente– que se ruborizó cuando él se acercó para darle un beso.

La noche le sabía ya a magia, como todas las que en París, Londres, La Habana o Bruselas había imaginado en la nostalgia de esa Andalucía que a ratos a él se le antojaba el paraíso perdido. El tío Antonio estaba dichoso. No había más que verle la sonrisa de dientes grandotes y de un blanco casi caricaturesco. La tía Cristina no sabía qué hacer ni qué decir.

Luis tenía la impresión de que nunca se había sentido tan feliz. Estaba borracho, pero no como esa borrachera pobre de la última noche pasada con los mercenarios belgas. Se habían emborrachado con aguardiente alemán, cerveza “Vieux temps”, casi tan fuerte como el licor que cocía el gaznate, y para acompañarlo se tragaron sin pestañear una lata de sardinas en aceite de cinco kilos. Con una risita burlona, la prima le miró descaradamente. En la admiración al límite del regodeo de unos ojos encandilados por las cosas que pueden contarse sobre los extravagantes de la familia vio algo más. Vio serenidad, esa serenidad del alma a la que él sólo accedía con su inseparable cajita de neurolépticos…. Los ojos de la prima -¿cómo diablos se llamaba?- no le perdían de vista, y le siguieron hasta que, sin saber cómo, se encontró entre dos sábanas frescas. La persiana verde del comedorcillo era infeliz frente al plomizo sol del mediodía andaluz.

Los ojos verdes se sonreían burlones: “Vaya manera de dormir…”. El cuerpo era chiquito. Ella se agachó para besarle en la mejilla y Luis se sintió cortado por el olor a lavanda fresca. El vestido de la prima se confundía con la blancura del sol. Pensó que la chiquilla era realmente atractiva. Los ojos eran lo más expresivo. Taladraban con una pizca de seriedad y una mijita de impertinencia. Los senos que el sol dejaba entrever eran pequeños y orgullosos. El vestido blanco dejaba al aire unas piernas garbosas y juguetonas. Durante una semana, Luis se olvidó de todo cuanto normalmente era su pan cotidiano, la actualidad con todos sus horrores y enormes imbecilidades. La prima le hablaba de sus proyectos. No quería cambiar el pueblo por nada y esperaba poder ejercer allí mismo de profesora, en una de aquellas escuelas de ladrillos y cal.

Una noche apenas hablaron. Los ojos verdes habían perdido la risa… Casi tristes. Las palabras apenas tenían sentido. Luis le decía lo bien que se sentía allí y lo penoso que sería volverse a marchar. Y para él se contaba que estaba viviendo un intermedio casi irreal. Sentía confusamente que muchas cosas habían cambiado para él. Hastiado de confesar al mundo llorón, de jugar al tiralevitas con esos personajes que le procuraban la carnaza para sus reportajes.

Aquella noche, durante el ya tradicional paseo, se besaron como dos enamorados que descubren el amor, con el gozo de lo desconocido, con la angustia perdida de dos seres que quieren unirse en la profundidad del tiempo y del espacio.

Muy cuca, Meg Ryan estaría encantada que la tomasen por ella cada vez que salíamos a rodar. Decidimos que la película se titularía “Ojos verdes”.

* Periodista y crítico de cine, colaborador de Prensa Latina.