¿De dónde se saca la creencia de que se tiene la potestad de descalificar, de denigrar, de destruir a las personas, por el sólo hecho de contar con la disponibilidad del poder? ¿Son dioses los que sienten que tienen este atributo? Estos jueces supremos, estos castigadores, estos patriarcas insólitos, creen que pueden descargar su violencia descomunal, contando con la ventaja de la diferencia jerárquica.

¿Dónde se encuentra el secreto de este deseo por destruir, por pulveriza, el cuerpo del otro, por desencadenar violencia? ¿Se exige respeto, reconocimiento, de una manera exacerbada, pidiendo a gritos obediencia y sumisión? ¿Es que no hay respeto ni reconocimiento? ¿Tan inseguros se sienten los todopoderosos? Estas son las paradojas de esas subjetividades extrañas de los que disponen el poder.

Tal parece que están carcomidos por dudas, por complejos de inferioridad, por ateridas inseguridades. El déspota es paranoico; este enunciado de Deleuze y Guattari caracteriza al supremo, al cuerpo convertido en símbolo del poder, representado como divinidad. Pero, el déspota es paranoico, no sólo porque cree que sus enemigos están por todas partes y conspiran permanentemente, sino porque es también el sujeto más inseguro; la máscara de la divinidad oculta la certidumbre de su propia mortalidad y finitud. La manifestación de la violencia de sus gestos encubre su profunda vulnerabilidad, su desbordante pretensión de seguridad es una clara señal de que no la tiene. Su total falta de respeto a los demás es un síntoma de que tampoco se respeta a sí mismo. Lo único que hace es simular lo contrario de lo que es, en realidad. Estamos ante un alma atormentada por sus propias tribulaciones, la más patética inestabilidad de una estructura subjetiva atormentada.

Rebeca Delgado, la presidenta de la cámara baja del Congreso, ha sido abusada por la delirante violencia verbal de los jerarcas. Esto no sólo es una elocuente muestra de discriminación y violencia contra la mujer, sino la manifestación del desprecio a la condición humana. Lo que ha acontecido con Rebeca Delgado por discrepar con un ministro que considera que ella no está a la altura de su sapiencia, por exigir que se investigue profundamente y se esclarezca completamente el caso de la red de extorsión, es inaudito. La mayoría de “llunkus”, aduladores, oficialistas del Congreso justifican y aplauden la actitud denigradora de sus jefes. No se podía esperar otra cosa, pues esta gente hace tiempo que perdió su dignidad. No se puede ocultar con nada esta destrucción moral, menos con la demagogia forzada de la “disciplina” partidaria y la defensa del proceso de cambio. Lo único que defienden es sus curules y su participación en las pequeñas y miserables prebendas. Su disciplina partidaria es bochornosa, pues solamente se reduce a la obediencia servil, mientras viven el desorden y la confusión de pequeñas triquiñuelas, sin importarles para nada el destino del proceso.

Pregunto: ¿Hasta cuándo van a permitir las mujeres semejantes vejámenes y maltratos de parte patriarcas furibundos? ¿Hasta cuándo los movimientos sociales van a permitir la impostura y la suplantación de los movimientos sociales por astutos políticos que se montaron a la cresta de la ola de las movilizaciones? ¿Hasta cuándo va permitir el pueblo boliviano que le usurpen nuevamente la posibilidad de cambio, de transformaciones estructurales, de emancipaciones y liberaciones soñadas? ¿Hasta cuándo las naciones y pueblos indígenas van a permitir que le arrebaten la posibilidad de descolonización, ahora arrebatada por un grupo intrépido de folkloristas políticos? Que pasen estas cosas es también nuestra corresponsabilidad por dejar hacer y dejar pasar.

La virtud de Rebeca Delgado es haberse atrevido a disentir con una conducta masiva de obediencia oportunista, buscando cumplir con el mandato constitucional y el papel otorgado a la Asamblea Legislativa de legislar y fiscalizar, además de deliberar. Resulta que esta decisión de hacer uso crítico de la razón, de oponerse a una ley interpelada por los gremialistas y transportistas, por la mayoría informal del país, de exigir una actitud consecuente de lucha contra la corrupción, es un pecado a ojos de los dueños del poder y de la verdad. Estos déspotas creen decir algo con sentido cuando la descalifican de libre pensadora. ¿Qué significa esto? ¿Qué el lugar de los libre pensadores es el café, tal cual se imagina el vicepresidente? ¿De dónde ha sacado este tipo de descalificación? Esta figura forma parte del imaginario burgués, imaginario que valorizó el realismo de la ganancia y la dedicación al trabajo. Forma parte pues de un discurso conservador y calvinista. Antes, el imaginario aristócrata descalificaba de una manera parecida a los jacobinos que deliberaban en cafés ¿Es consciente de lo que dice alguien que pretende ser la expresión de la clarividencia? La descalificación del libre pensador acompaña a la descalificación del pensamiento libre, por lo tanto del pensamiento, porque no se puede pensar sino libremente. Este discurso disciplinario y represivo es la muestra de la pervivencia de un recóndito oscurantismo.

Hay que defender a Rebeca Delgado, pues al hacerlo no solamente la defendemos a ella, sino también defendemos a la mujer de la violencia de la dominación masculina y patriarcal, defendemos el proceso, la Constitución, el derecho al ejercicio de la democracia participativa, defendemos la democracia directa, la democracia comunitaria y la democracia representativa. Pues lo que se hizo desde el control y monopolio supremo de la violencia simbólica, verbal y física, contra Rebeca Delgado es un irrespeto a la representación, a los representantes, elegidos democráticamente. Estamos ante una total falta de respeto a los valores y símbolos de la democracia, a las delegaciones y representaciones democráticas. Resulta, que desde el punto de vista despótico, los representantes fueron elegidos para obedecer a los jefes y no cumplir con la representación. ¿De dónde se ha sacado esto? No es esto una confusión total entre lo que son las personas de la jerarquía del poder, la ocupación del trono, con ejercicio político, que es fundamentalmente deliberante, con el ejercicio de la democracia, que es primordialmente libre, con el ejercicio revolucionario, que es esencialmente contestatario, y no de soldados obedientes, que responden a un mando ciegamente. Se confunde al partido con un cuartel.

Callarse sobre lo que ha ocurrido sería una complicidad.

Rebeca Delgado ha sido una militante leal, incluso le tocó defender las posiciones inconstitucionales y anti-indígenas del gobierno en el conflicto del TIPNIS. Ha cumplido un papel decidido en la Asamblea Constituyente, como el de todos los constituyentes elegidos por las mayorías, ha sido elegida por el MAS presidenta de la cámara bajo; lo que ha hecho y dicho forma parte de sus tareas como representante y presidenta de diputados, expresaba también el sentimiento y la interpelación de gremialista, transportistas, ciudadanos de a píe, que no estaban de acuerdo con la ley sobre bienes, también participó en las observaciones de la comisión y de la Asamblea a la ley, se corrigió parte de ella. Todo esto son atributos de la asamblea Legislativa; se comenzaba a hacer algo distinto de lo acostumbrado, cuando los asambleístas sólo aprobaban lo que mandaba el ejecutivo. Esto no podía ser permitido, los ministros estaban acostumbrados a que los asambleístas aprueben sus leyes sin chistar, a veces hasta sin leer. Esta actitud, que corresponde a las potestades de la Asamblea, no podía ser permitida, no entra en la “disciplina” partidaria. Esta es la “disciplina “partidaria, atentar contra el ejercicio democrático del legislativo. A nombre de la “disciplina” partidaria se competen atropellos, se violan derechos, se convierte a la Asamblea Legislativa en una fortaleza de control y vigilancia. Cualquiera, a la menor sospecha, puede ser acusado de “opositor”, de “derechista”, de infiltrado. Este es un régimen de terror. Rebeca Delgado de la noche a la mañana se convierte de infiltrada del imperialismo. ¿Cómo puede ocurrir esto? Tiene que aceptar y justificar la red de extorsión, ahora convertida en producto de la conspiración imperialista; si no lo hace es una infiltrada, una lacaya, una libre pensadora. Este es un atrevimiento sin límites, la jerarquía del poder descubre infiltrados, los reconoce porque no hacen caso. La “disciplina” partidaria exige avalar la corrupción con cualquier argumento, por más estrambótico que sea. Si no lo hace, llega la condena, la descalificación y la destrucción. ¿A dónde hemos llegado?

En este régimen de terror, avalado por la mayoría parlamentaria, se considera que es “normal” lo que se hace, pues la atmósfera y el clima de adulación y sumisión como que crean una realidad circunscrita, donde otras reglas y valores se imponen. Reglas relativas a la “lealtad”, valores relacionados a la renuncia y la entrega total a los jefes. Reglas y valores que pueden justificar las mayores atrocidades que se puedan cometer. Se trata de una atmósfera espesa donde no se puede discernir lo que establece la Constitución y lo que interpretan el “sacerdote” de la verdad y el símbolo del proceso. En esta penumbra a lo que se atina es a unirse como bloque y en la complicidad de la obediencia, sin necesidad de discernirla, pues si viene de los jefes, eso basta. Pero, no todo es tan amenazante y mecánico, hay satisfacciones, los sumisos son recompensados con pequeñas prebendas, pequeños privilegios, conciertas tolerancias a faltas, con viajes y otros regalos. La Asamblea Legislativa es controlada por el juego combinado de la amenaza y la prebenda. Este es un logro de la “disciplina” partidaria, a este avance “democrático” se le llama cambio. A nombre de este cambio se exige obediencia.

No es pues esta “disciplina” partidaria una buena manera de defender el proceso de cambio, que se encuentra en crisis, en peligro, y llevada al naufragio. No es pues esta “disciplina” partidaria un buen procedimiento para defender la Constitución. Menos es una buena táctica para defenderse del imperialismo; al contrario, el exorcismo contra el fantasma del imperialismo impide la lucha concreta contra las formas actuales y efectivas del imperialismo; el sistema financiero internacional, al que es obediente el gobierno y su política monetarista; las empresa trasnacionales, que controlan técnicamente la producción de los hidrocarburos, y tienen el monopolio de los yacimientos más ricos en concesión; el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente. La lucha anti-imperialista gubernamental es una demagogia, es una puesta en escena, una dramática escena de rasgarse las vestiduras, mientras se entrega nuevamente los recursos naturales a las formas actuales del imperio del capital. Su supuesta lucha contra el fantasma del imperialismo no es otra cosa que la escusa necesaria para descalificar a la dirigencia indígena, para destruir el TIPNIS, para evitar la deliberación y el debate, es decir, el raciocinio, para encubrir la corrupción, mientras se continúa con el entreguismo de los recursos naturales y la exportación de materias primas, a pesar de la propia nacionalización de los hidrocarburos.

Estamos ante la impostura y la suplantación de los movimientos sociales por parte de astutos políticos, que se invisten de jacobinos y bolcheviques, que utilizan lo que queda de la imagen del presidente, para legitimar su usurpación. Los revolucionarios franceses del siglo XVIII se invistieron de republicanos romanos para cumplir con la revolución liberal, los revolucionarios rusos del siglo XX se invistieron de jacobinos para cumplir con la revolución social; ahora, a inicios del siglo XXI, los neo-populistas bolivianos en el gobierno se invisten de jacobinos y bolcheviques para destruir el proceso y el germen de Estado plurinacional que se encuentra en la Constitución.

Dicho esto, tampoco se puede caer en lo mismo que se critica, no se puede caer en otra versión de la teoría de la conspiración, no se puede llegar a decir que los jerarcas conspiran contra el proceso, no se puede hablar de traición. Es posible que ni se den cuenta, que crean en su guion; lo que ocurre es que se volvieron engranajes de estructuras de poder ya establecidas, ya sedimentadas en la geología política del Estado. En la medida que no se desmontaron estas estructuras de poder, también los habitus correspondientes al campo burocrático y al campo político, en la medida que se restauró el Estado-nación, que no se construyó el Estado plurinacional comunitario y autonómico, los gobernantes, que provienen del campo popular, cayeron en la condena del poder; el poder te toma, te hace su siervo, te transforma, te convierte en parte de su maquinaria. Desde entonces actúas de acuerdo a las lógicas del poder. El discurso que se emite es sólo justificativo, es como un anacronismo discursivo que corresponde a otro tiempo, cuando el momento en el que se vive es otro, cuando se ejerce el poder como gobierno, cuando la práctica los lleva a la defensa del Estado, los convierte en portavoces de la razón de Estado, y por este recorrido se llega a la opción de la represión a nombre de la seguridad del Estado, así como se opta por aceptar las formas paralelas y colaterales del ejercicio del poder.

* El autor es miembro de Comuna. http://horizontesnomadas.blogspot.com/