La Habana.- Desde sus inicios, el cine norteamericano se sirvió con frecuencia de actores negros e incluso de blancos que aparecían como negros. Basta recordar que ya en 1909, uno de los productores más activos de la época, Sigmund Lubin, lanzó dos series de mucho éxito con reparto absoluto de negros.

Aplausos que no duraron mucho, pues, al poco tiempo, una comedia del gran actor negro Bert Williams fue motivo para que estallaran serios antagonismos raciales que pusieran fin, incluso, a la carrera del valioso artista. El filme, titulado Darktown Jubilee, enfureció a un considerable sector del público por el simple hecho de que en él los negros, sus únicos intérpretes, aparecían auroleados de virtudes que culminaban en la ejemplar conducta humana del protagonista.

La reacción contra el filme y su figura principal fue tan violenta, la riña alcanzó tales proporciones, que aparte de los considerables daños materiales producidos en un cine de Brooklyn, la refriega cerró con balance de dos muertos y numerosos heridos. Así las cosas, en 1915 se produce el ataque más violento que hasta entonces había lanzado la pantalla contra los negros: El nacimiento de una nación, la obra capital, y por muchos conceptos admirable, de David W. Griffith.

El enorme éxito del filme en los Estados Unidos reavivó y acentúo el tratamiento agresivo de los negros en el cine. Ejemplo característico de esta tendencia lo fue Cadenas rotas, producidas por Goldwyn, que acumuló toda suerte de villanías en un tipo de negro asesino y traidor.

Aunque, también, funcionó la ley del péndulo. Y como reacción a tales excesos, se abrió cierto cauce a la tolerancia, que permitió a Oscar Micheaux, el primer negro en producir películas, hacer varios filmes interpretados por actores de su raza y que, si no se atrevían francamente a exaltar sus virtudes, al menos cuidaban la matización de la simpatía.

La primera Guerra Mundial modificó bastante esta actitud de animosidad racial. Los negros norteamericanos, como los de las colonias francesas e inglesas, combatieron con los blancos, en estrecha camaradería y haciendo gala de ejemplar heroísmo, la dura misión patriótica.

El mismo Griffith, en su filme A los corazones del mundo, incluyó una emotiva escena en la que un soldado blanco abraza y besa a un valiente camarada negro que agoniza mientras clama la presencia de su madre. Episodio que no fue el único, pues poco después, con similares intenciones, Charles Gilpin, el destacado intérprete negro, también hizo lo suyo en el filme Diez noches en una taberna.

Luego vienen los años en que se rueda el clásico Aleluya, el primer filme sonoro de King Vidor y de seguro su mejor obra, Un poema de la vida, del amor y de la muerte. Un estudio de la mentalidad de los negros trasplantados a Luisiana, para quienes las creencias religiosas se confunden con la satisfacción de los sentidos.

Son los días en que aparece en pantalla el formidable cantante negro Paul Robeson, dueño de una voz potente y con un alma tan grande que en ella caben todas las angustias de sus hermanos perseguidos, humillados, encarnecidos. Es el momento en que conocemos a Eddie Anderson, el popular “Rochester”, de voz ronca y desafinada, que viene de cumplir triviales compromisos en películas de segunda clase y se revela como un gran actor en Praderas verdes, de William Keighley.

Con un elenco totalmente negro, el filme estaba impregnado de un sútil humorismo y de un hondo sentido religioso. Rex Ingram (un negro llamado igual que el famoso realizador de la época muda) hacía tres papeles: el de Jehová, el de Adán y el del guerrero Jezdrell, mientras “Rochester” era un Noé pintoresco, que preparaba el Arca y lograba que el Señor le dejara llevar a bordo un barril de ron -para curar las probables picaduras de serpiente – y aún no satisfecho se atrevía a pedirle que le dejara llevar dos.

Es la época en que vemos a Hill Robinson, el maestro del Tap, dándole la mano a Shirley Temple y enseñándola a zapatear en una escalera. Podía ser en La pequeña coronela o en La pequeña rebelde, de David Butler. Pero daba igual: Shirley Temple tenía ricitos de oro y Bill Robinson era un sirviente negro de pies ágiles y alma bondadosa.

Es cuando se destacan dos sirvientas negras, de espíritu noble, que llevan el delantal de manera ejemplar: Louise Beavers, famosa por su actuación en Imitación de la vida, de John M. Stahl. Y Hattie McDaniel, que ayuda a vestirse a Scarlett O`Hara en Lo que el viento se llevó, de Víctor Fleming, y se gana un Oscar .

Son los años, también, en que abundan los negros y negras cantando y bailando al ritmo del jazz en incontables películas musicales, impetuosas y dinámicas, y los espectadores se deleitan con Lena Horne y su cálida voz y auténtico atractivo sexual en Una cabaña en las nubes, del aclamado Vincente Minnelli.

Todo está muy claro. En el mundo del cine, los negros pueden lucir su arte, incluso superar a los blancos si se trata de crear una sirvienta abnegada o un bailarín maravilloso. Es un mundo distinto del real donde encuentran más facilidades. Aunque, cuidado, una vez ligados a su mecanismo se les prohíbe, también, muchas cosas. Para que mejoren éstas será necesario que estalle otra contienda mundial y que mueran en ella otros miles de soldados negros. Entonces aparecerán nuevas figuras, como Sydney Portier. Y distintos argumentos. Como el de su filme Adivina quien viene a cenar, de Stanley Kramer, en el que una joven blanca presenta a sus padres al novio que es de raza negra.

Pero esa es otra historia.

* Colaborador de Prensa Latina.