De rato en rato, de ratón en ratón, rondaba el gato, entre el techo y el entretecho, en medio del silencio que dormitaba debajo de los durmientes y el cielo raso. Pepe Callejas despertó con las palabras escarchadas, bajo las calaminas de su casa de ladrillo visto con la ventana oculta y sin panorama, que además, ésta permanecía casi siempre cerrada mientras el viento insistía.

Escuchó al mismo gallo cantar a la misma hora, la misma canción, en ese tiempo estancado donde despertaba a menudo. Acurrucado, temblando de frio bajo el peso de las mantas que lo aplastaban; de pronto un reflejo lo hizo arquearse y estornudar…sintió al otro lado de la pared descascarada, el chasquido de las pichanas chicoteando la calle, levantando al polvo para iniciar el día, era el paso marcial de las barrenderas del vecindario.

Todavía no acababa de despertar de esos sueños postergados, miró apenas el viejo almanaque que había quedado colgado al otro lado de la ventana, con los años olvidados y una mujer desnuda y descolorida a punto de desaparecer al medio. Las jornadas eran una repetición del día anterior, pese a los grandes planes que un día tuvo; y ese mismísimo día regresaba cada día, solamente que un poco más aletargado.

Entró a la cocina, prendió el anafe, para variar, éste estaba caprichoso y se negaba a encenderse, Pepe buscó las agujas para destaparlo, le dio bomba con toda la energía posible, y por fin comenzó a sonar y lanzar su fuego a la caldera e hizo hervir el agua para el café. El momento fue interrumpido por el anuncio de la hora en la radio durante el noticioso matutino, informativo que escuchaba cada mañana, pese a que nunca estuvo de acuerdo con su enfoque, además de caerle pesados los comentarios y las voces de los locutores, don Raúl y don Paulo. Pero como decían en su oficina, son los que marcan la agenda, y bueno después de tantos traspiés, Pepe Callejas afirmaba que por peor camino nadie los podía haber llevado.

Después de cruzar por el patio embanderado con la ropa de todo el vecindario secando agitada en los cordeles, abrió el pesado portón de calamina que siempre se resistía a ser empujado y amenazaba con desarmarse si se lo trataba bruscamente, Pepe, una vez en la calle, inició su recorrido rutinario.

En el trayecto, mientras evitaba hundirse en los innumerables charcos de las aceras, o pisar las cacas dejadas despreocupadamente por los perros sin amos ni buenas costumbres, despreocupación que le había costado más de una vez, postergar su faena; Pepe Callejas al mismo tiempo se ajustaba la corbata que lo acompañaba a casi todas las infructuosas entrevistas de trabajo; se cruzó con doña Yolanda, después de semejante vértigo, cayó en ese abismo de preguntas y consejos que la señora repartía a cuanto vecino se le aparecía.

― ¡Pepito! Mi queridísimo muchacho, me han comentado que estás postulando a un trabajo en la alcaldía, debiste avisarme ― Y comenzó con la lista de todos los santos a los que debía encomendarse, luego añadió la lista de una larga serie de santas y vírgenes a las que lo había encomendado, luego le indicó las palabras que debía emplear, su orden y lo más importante, su postura, la mano firme y mantener el contacto visual; era muy difícil parar esa torrencial inundación de elogios y consejos sin quedar mal, pero igual, uno siempre quedaba muy mal trecho y bastante retrasado, después de recibir las bendiciones de doña Yolanda Carbajal y Sepúlveda.

La ciudad de El Alto y su gente sufrían un agudo problema circulatorio, una especie de poliglobulia vial, tanto vehicular, como sistémica, se veía a simple vista, en los rostros de la gente, en esas calles atestadas, saturadas de bocinas, de música estridente y variada que se mezcla en las veredas, los canillitas voceando las últimas noticias de los periódicos, todo un panorama congestionado. Luego una larga y pesada serpiente que se deslizaba hacia la hoyada, recorriendo la rutina de la urbe que se hacía metropolitana a través de una enredadera de puentes y edificios que se reproducían vertiginosamente, rodeados de ese caserío que se descolgaba de los cerros y se desparramaba en la inmensidad de la ciudad y el silencioso nevado que la acompañaba.

Después de la agitada competencia, en la que participaba cada mañana en la estación de microbuses, Pepe Callejas estaba sentado al fondo del microbús; el “micro” es una furgoneta “amplia”, donde hacen caber la capacidad máxima de un camión de alto tonelaje, choferes necesitados y pasajeros urgidos desarrollan una extraordinaria habilidad del aprovechamiento del espacio, olores incluidos.

Desafiando la ley de la gravedad y las recomendaciones del fabricante el microbús corrió a gran velocidad, Pepe Callejas ya estaba en la esquina de la calle Evaristo Valle. Sintió la misma bienvenida poliglobúlica que había sentido al partir de la ciudad de El Alto, sólo que la calle atestada de gente y bulla, era una pendiente donde la gente que bajaba, más bien resbalaba, y la gente que iba en dirección contraria prácticamente trepaba o escalaba entre los escaparates coloridos y los letreros luminosos colgados en los viejos balcones coloniales en medio de una maraña de cables.

El hambre y el frío eran los acompañantes incondicionales de Pepe Callejas, la esquina dejaba escapar los aromas de la comida matutina, y en medio el aroma del café que con tanta facilidad atrapaba a Pepe. El Merlan, un mercado de abasto, era un conglomerado de kioscos y tómbolas donde se vendía de todo, ropa, alimentos, diversos utensilios, a un lado se encontraban los puestos de venta de comida, donde ofrecían variadas alternativas, refrescos de frutas, linaza, gaseosas, platos de pescado, cordero, pollo, sándwiches de chola con zarza o escabeche, marraquetas crocantes o sarnitas calientitas con café y una tajada de queso, esto último era el desayuno cotidiano de Pepe Callejas. Aquel día, mientras terminaba de escuchar las noticias por la radio, sacó su libretita de direcciones y planificó su jornada.

Enfiló por la plaza de San Francisco, a su paso escuchó sobre las milagrosas pociones que ofrecían a voz en cuello los “pakpacos” venidos de lejanas tierras, se desvió por la calle Honda, una calle llena de tiendas de turcos y judíos que vendían sobre todo telas; y por fin se encontró frente a las puertas del Palacio Consistorial que albergaba a la honorable alcaldía municipal de la ciudad. Una belleza arquitectónica que había sobrevivido al descuido y abuso de sus huéspedes, administrado por personajes sin capacidad alguna para valorarlo, estaba ahí a su frente, guardando miles de trámites inconclusos y esperanzas perdidas en cada una de sus reparticiones.

Sus funcionarios dicen que funcionan muy poco y para que funcionen, uno debe lubricarlos con algún reconocimiento efectivo a su denotada labor, caso contrario queda la oferta del ―Vuélvase mañana, el jefe está de comisión― o peor aún, que el funcionario revise exhaustivamente los documentos ante cualquier reclamo airado, ― A este documento le falta las firmas de las autoridades competentes, no tiene los timbres de ley, no cuenta con los planos pertinentes, tiene que ir a la Renta, tiene que ir a Derechos Reales, tiene que ir al juzgado, tiene que comprar dos sellos para acompañarlos en la esquina…― Esta es una de las maneras más fáciles de llegar al infierno, donde es posible que también le digan: ― Vuélvase otro día, hay un paro endemoniado―

Caminó por unos corredores amachimbrados con sonoros maderos, cuya música acompañaba los pasos de los afanados transeúntes, el edificio temblaba, y Pepe Callejas también, se detuvo frente a la señora del mostrador de informaciones, una señora gordita y distraída, con unos guantes de lana recortados en las partes de los dedos, guardaba cuidadosamente unas empanadas envueltas en unas servilletas de papel, sólo que necesitaba hacer espacio en el cajón de su recargado escritorio que se resistía a albergarlas. Como buen paceño, Pepe Callejas preguntó: ― Perdón, disculpe, señora, un momentito por favor ¿Podría indicarme donde queda la oficina del señor Sigfrido Linares?― A lo que la señora contestó, ― El licenciado Linares, trabaja en el segundo piso, suba por las escaleras de la derecha, su oficina es la tercera de la mano izquierda―

En una oficina pequeña, con las paredes repletas de cuadros y cuadritos, además del escudo de la ciudad, las imágenes de los libertadores y del presidente de la nación, diplomas y certificados enmarcados, y los infaltables cuadros de los equipos de futbol de la ciudad, Bolívar y Stronger; una secretaria bastante joven de ajustadas ropas y pintura fresca, le dijo que tuviera paciencia, que probablemente el licenciado Linares llegaba de un momento a otro, que por favor tomara asiento. Los corredores estaban repletos de gente, que al igual que él esperaban a algún funcionario, no había donde sentarse, le tocó esperar parado, viendo pasar el tiempo y una gran cantidad de personas que subían y bajaban por las escaleras, agotados de cargar tanta frustración acumulada.

A eso de las cinco y treinta de la tarde, en acto de misericordia, la secretaria les comunicó que el licenciado Linares había tenido un día muy agitado, y que el presidente del consejo lo había convocado a una reunión de urgencia: ―Por favor, vuelvan mañana, que con seguridad, el licenciado los atenderá―

Pepe Callejas salió del Palacio Consistorial y se fue caminando a la cafetería del Club de La Paz, allí se encontró con unos amigos y se enteró sobre los acontecimientos que se avecinaban en el destino de la nación, después de un prolongado café chico; el hambre hizo que se despidiera de los amigos. Y luego a caminar, desde el Obelisco hasta la esquina de la Evaristo Valle, al lado del Merlan, había una pequeña y magullada puerta, la abrió, y avanzó en un laberinto de gradas que subían y bajaban en diversas direcciones, a todo lado había pequeños comedores, el restaurante gozaba de muy buena reputación, por su rica comida al alcance de todo bolsillo, tenía una cuantiosa clientela, siempre estaba lleno de empleados públicos, bancarios, jubilados, y uno que otro desocupado; no tardó en encontrarse con otros amigos, pidió una “panza a la romana y un chuflay” mientras tanto.

No tardaron en multiplicarse los chuflays y los comentarios sobre la situación del país, de acuerdo a la conversación, todos los parroquianos allí presentes, tenían algún amigo o familiar en el gobierno que les había dicho cosas que la opinión pública ignoraba, y que ni si quiera la prensa había tenido acceso a dicha información. Por todo lado se escuchaba: ― ¡Uh, el ministro es gran amigo de mi primo! ―, ―El subsecretario es amigo íntimo de mi cuñado―, ― El honorable senador siempre viene a consultarle a mi suegro…― y demás relaciones públicas del entorno de los allí presentes, incluidas las acciones estratégicas.

Golpeado por los tragos y azotado por el frio de la noche, Pepe Callejas esperó en la esquina frecuente el microbús de retorno, cuando despertó ya estaba en la estación de microbuses de El Alto, se dio cuenta que se había pasado de la parada que quedaba cerca de su casa, no tuvo otro remedio que caminar largas y variadas cuadras por donde el viento helado corría desesperado en todas direcciones.

El ladrido alborotado de los perros hacia que nadie pasara desapercibido en su retorno tardío, el portón de calamina se sumó al coro con su aullido metálico. Pepe Callejas entró a su cuarto, se desplomó en su catre y clavó su mirada en el techo que temblaba con la luz de la vela que lagrimeaba casi totalmente consumida y consumada; suspiró…―Total, mañana será otro día―

Los días se fueron repetidos, como fotocopias ilegibles por la tinta mal preparada para abaratar el precio, y Pepe Callejas salía cada mañana afanado, evitando pisar las cacas abandonadas o resbalar en los charcos de aguas cada vez más oscuras. Todos los días la misma lucha para abordar el microbús, la tregua en El Merlan cada vez más difícil, pues las marraquetas se encogían un poquito más cada día y el café iba quedando en un café demasiado descafeinado, y del queso ni hablar, había desaparecido de su precario presupuesto, se acordaba de este último cada vez que veía cruzar un ratón de rato en rato.

La mañana estaba nublada y hacía mucho frio en la plaza, Pepe Callejas entró al templo de San Francisco, por lo menos en el interior del templo no corría ese viento helado que lo tenía temblando; hizo hora, había conseguido una audiencia en el Palacio Quemado.

La plaza estaba repleta de palomas, se hizo lustrar los zapatos con Don Ezequiel, su amigo y vecino, le contó que tenía una reunión importante, reunión que prometía mucho, que cambiaría su destino, que tenía mucha esperanza, Don Ezequiel lo miró con pena y le dijo: ―Toda esta gente que llega al palacio son especialistas en promesas hermano, vas a ver que nada va a cambiar, pregúntale a cualquiera, todos te van a decir lo mismo―

Con los zapatos agrietados pero brillando, Pepe Callejas cruzó la calle, y en la puerta del Palacio Quemado uno de los “colorados” de la guardia lo detuvo, le pidió sus documentos y le señaló por donde debía pasar; en la oficina de entrada una oficial lo trató como a conscripto, luego lo requisaron y le indicaron por donde debía caminar, atravesó por un salón enorme lleno de grandes espejos y cuadros, en el piso de mármol sus zapatos contrastaban aun más, subió unas gradas alfombradas y preguntando a la gente con la que se cruzaba, después de varias vueltas y confusas indicaciones llegó al afortunado despacho.

Hasta que por fin había llegado la hora de hablar con el padre de la patria, padre que se parecía a todos los tíos que trabajan en esas reparticiones, el padre de la patria estaba rodeado de generales condecorados y los eternos colaboradores de terno y corbata con camisas blancas, tazas de café y vasos con agua. La secretaria lo hizo pasar al despacho presidencial; el padre de la patria se puso de pie, se le acercó y le dio la mano y lo palmeó como si lo conociera de siempre, Pepe Callejas quedó desconcertado, él recordaba al padre de la patria, pues él había trabajado empapelando las calles de la ciudad con su imagen, pero no recordaba haberlo conocido personalmente, de pronto unos periodistas le sacaron fotografías, y en cuanto quiso hablarle, pedirle ayuda, explicarle su situación, el padre de la patria le dijo: ―Has hecho muy bien en venir a verme―, luego dio la vuelta y le dijo a un señor de anteojos gruesos: ―Doctor. Aguirre, atienda por favor a este ciudadano― y lo despachó del despacho.

Pasaron los días y Don Ezequiel quedó intrigado con la suerte de su amigo y vecino, Pepe Callejas, cruzó el patio embanderado por la ropa flameando bajo ese sol lejano de El Alto, que alumbra y no calienta casi nada, tocó insistentemente la puerta del cuarto de Pepe Callejas, salió la vecina de alado y le dijo: ― Don Ezequiel, el Pepito creo que ha viajado, la otra mañana lo he visto salir con su maletita bien temprano, todavía estaba oscuro, así siempre se pierde, y de pronto retorna―

Don Ezequiel, preguntó entre los amigos si alguien había visto a Pepe, unos le dijeron que sabían que Pepe había conseguido un puestito en la aduana, y que ahora estaba en la frontera, otros contaban que lo habían visto en Santa Cruz vendiendo gachos y ligas en una plaza, otros decían que se habían encontrado con Pepe en el tren, que Pepe se había dedicado al contrabando.

― Don Ezequiel, una ilustradita por favor, urgente, que tengo una reunión muy importante―

A lo que Don Ezequiel respondió: ― Cómo no doctor Aguirre, con todo gusto, siéntese por favor― y le alcanzó el periódico.

― Doctor Aguirre, disculpe usted la pregunta, pero el otro día, mi amigo, Pepe Callejas, tuvo una reunión nada menos que con el señor presidente, estaba desesperado por una peguita, por si acaso ¿Usted no sabe nada? ―

― Mi querido Don Ezequiel, tanta gente que pasa por el palacio, que es imposible recordarlos, tal como llegan se van y nadie sabe nada de ellos, salvo de los presidentes, que dejan inscritos sus nombres en unas placas y sus cuadros colgados en las paredes de los salones―