Bogotá, (SEMlac).- Un análisis comparativo de la CEPAL a partir de tabulaciones especiales de las encuestas de Brasil, Costa Rica, México, Colombia, Ecuador, Perú y Uruguay (2004 a 2010) indica que el tiempo total de trabajo (remunerado y no remunerado) es mayor para las mujeres que para los hombres entre la población ocupada de 15 años y más. En Uruguay las mujeres trabajan 79 horas semanales, mientras que los varones laboran 56.

A sólo 45 kilómetros de la capital colombiana vive Sixta, de 74 años. Sufre de problemas pulmonares por haber cocinado en estufa de leña durante varias décadas. Además, tiene várices en las piernas por permanecer de pie por largas horas en sus tareas de lavar ropa, cocinar, planchar, limpiar pisos y hacer camas.

Al salir de la misa dominical, Alfonso, su esposo, se queda en el pueblo con los amigos jugando al tejo (juego autóctono), mientras Sixta se apura para regresar rápido a casa y alimentar a los animales domésticos, cuidar de su madre enferma, relevar a su hija en el cuidado de su nieto y, luego, preparar la cena para todos: dos hijos, esposo y dos nietos.

Alfonso ya se jubiló y goza de descanso, mientras que ella, como millones de mujeres en Latinoamérica, sigue laborando sin que su trabajo sea valorado. Sin embargo, sin estas labores no sería posible la formación de la generación futura ni el pleno desarrollo de las capacidades de la actual.

Actualmente los países de Latinoamérica han iniciado un proceso para cuantificar su valor económico, con miras a que las sociedades reconozcan la contribución económica y social del cuidado, sin recargar esta responsabilidad en las mujeres, sino generando políticas públicas que tengan como base la corresponsabilidad y equidad entre los sexos.

El debate sobre el cuidado se debe a que “está haciendo crisis el modelo de subordinación de las mujeres que antes estaban recluidas en el hogar, porque se decía que no estaban educadas; ahora esta fuerza laboral tiende a estar más educada que los hombres y la segunda razón es que cada vez vivimos más años y las mujeres somos las más longevas”, dijo en entrevista exclusiva a SEMlac Sonia Montaño, directora de la División de Asuntos de Género de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

“El auge del tema es fruto de la acción política del movimiento de mujeres y de sus capacidades acumuladas”, agregó Montaño. A la fecha, 17 países de la región están aplicando la Encuesta de Uso del Tiempo (EUT), que permite cuantificar brechas entre mujeres y hombres sobre el tiempo dedicado al trabajo no remunerado y su aporte a la economía, a la vez que evidencia que las inequidades en la distribución del tiempo se traducen en acceso diferenciado entre los sexos a oportunidades educativas, recreativas, culturales, políticas y de bienestar general.

Varios países de la región están creando una cuenta satélite o específica en el Sistema de Cuentas Nacionales, que organiza y registra la información de la economía del cuidado; es decir, del trabajo realizado sin remuneración para el mantenimiento de la fuerza de trabajo y el cuidado y atención de las personas dependientes.

México, primero en finalizarla, calculó que el trabajo no remunerado equivale a casi 23 por ciento del producto interno bruto; o sea, es semejante al valor de la producción petrolera, según afirmó la alta funcionaria de la CEPAL.

Además de la economía en que las personas reciben salario por producir bienes y servicios que se venden en los mercados o se financian a través de impuestos, también hay una economía oculta, la del cuidado. Al insertarla en el Sistema de Cuentas Nacionales, su contribución al desarrollo del país será tenido en cuenta y se reconocerá su valor como un bien público.

¿Y quién cuidará ahora del tío en cama? Pues María

‘Marías‘ son todas las madres, abuelas, adolescentes y hasta niñas a las cuales se les asigna desde pequeñas el papel de cuidadoras, mientras a los hombres se les han destinado, tradicionalmente, tareas de proveedores. Estos son los llamados roles de género que, transmitidos de generación en generación, llegan a ser considerados como algo natural, olvidando que fueron creados culturalmente.

Por eso son mujeres quienes desarrollan, principalmente, las labores de cuidado, independientemente de su clase social, edad, etnia o sector habitacional, pero no de manera homogénea. Las Encuestas del Uso del Tiempo han demostrado que las mujeres con más carga de actividades de cuidado son las más pobres, que están en edad reproductiva y en zonas rurales.

En tanto, las familias de mayores recursos tienen más oportunidades de contratar servicios, aunque 80 por ciento de los cuidados se realiza en los hogares latinoamericanos, de acuerdo con la CEPAL, mientras que en las familias de menos recursos son las mujeres en sus propias casas quienes los suplen. Esto deja ver que, si no se contara con ese trabajo no remunerado, los hogares podrían estar en una enorme vulnerabilidad económica.

“Si tomamos el tiempo de las mujeres pobres en beneficio de la familia y la sociedad nunca más diremos que ellas no participan económicamente en la sociedad”, subrayó Montaño.

Delia Maxera se levanta temprano para ir a un colegio de Montevideo donde trabaja ocho horas como directora de una secundaria, sale de allí a casa de sus padres para cuidarlos, ayudarlos y luego llega a su hogar, donde hace las tareas domésticas cotidianas. Abre sus manos cubiertas de lesiones escamosas. “Esto tiene un nombre: el cuidado de los viejos”, declaró a SEMlac.

Ella se ocupa de su padre y de la esposa de este, de 93 y 83 años, respectivamente. Su padre tiene dificultades para caminar por la artrosis, mientras que su esposa sufre demencia, además de problemas del corazón y de tiroides.

“En promedio dedico 24 horas semanales y mucha energía”, aseguró Delia, quien no está presente en todo momento, pero se mantiene siempre “a la orden” para salir corriendo a cualquier hora del día o de la noche. “Siempre pensando cómo están o si les pudo pasar algo…esto hace que somatice. Yo soy la cuidadora porque mi única hermana vive en España y no tenemos más familia, aunque el otro que ayuda mucho con conocimiento y cariño es mi esposo”, agregó.

Sin embargo, la participación de los varones en las actividades del cuidado es muy escasa. En los países estudiados por Valeria Esquivel, autora de la investigación “La economía del cuidado en América Latina: poniendo a los cuidados en el centro de la agenda”, se destaca Guatemala como el único país donde los hombres trabajan más de dos horas en labores no remuneradas, pero ello se debe, según la investigadora, a la “magnitud de la actividad agropecuaria sin compensación monetaria”.

El caso más extremo de desigualdad lo tiene México, donde las mujeres realizan prácticamente siete horas de trabajo no remunerado y dos de labores pagas, mientras que los hombres laboran remuneradamente casi siete horas y dedican apenas 90 minutos a actividades sin retribución monetaria.

“El tema del trabajo no remunerado y el que sí recibe compensación monetaria evidencia la desigualdad entre mujeres y hombres, pues las labores sin paga las realizan en su mayoría las mujeres, mientras ellos hacen el trabajo que sí recibe compensación monetaria”, puntualizó a SEMlac Cecilia López, artífice de la ley colombiana de Economía del Cuidado, aprobada en 2010, y que ahora se busca cuantificarla e insertarla en el sistema de Cuentas Nacionales.

“Esa es la forma de injusticia que se quiere plantear para buscar soluciones, no a través de remunerar las actividades del cuidado, sino del reconocimiento social y de políticas públicas que equilibren este desbalance”, explicó López.

Sistemas de cuidado: una alternativa

Según la CEPAL, en América Latina, Costa Rica, Uruguay y Ecuador han dado pasos significativos para dejar el enfoque asistencialista y crear un sistema de cuidados que reconozca tanto los derechos de las personas que requieren cuidados, como también los de las cuidadoras, y en cuyo proceso de creación han participado las entidades a cargo de las políticas públicas para las mujeres.

Como Directora de Asuntos de Género de la CEPAL, Montaño considera que lo más destacable de Costa Rica es “la decisión política de la presidenta Laura Chinchilla de fortalecer el sistema de cuido, su proceso descentralizado y el cuidado a la tercera edad”.

Ecuador, aunque “no con un sistema propiamente dicho, se destaca por su enfoque universalista, la atención a personas discapacitadas y el avance en herramientas tales como las encuestas del uso del tiempo y la cuenta satélite”, agregó. Además, se creó el bono Joaquín Gallegos Lara para el reconocimiento al cuidado.

Mientras, “la experiencia uruguaya tiene un enfoque más sistémico y el modelo más redondo”, aseguró Montaño. En Uruguay existe una corresponsabilidad del Estado y la sociedad civil, ya que para la asignación de recursos se propuso una fórmula de copago, llevada a consulta mediante una encuesta en la cual las personas expresaron estar dispuestas a pagar hasta el 25 por ciento de sus ingresos para cuidados, siempre que sean servicios de calidad.

El sistema de cuidados ya se ejecuta para la población infantil, con prioridad en los lugares más vulnerables, y se hará extensivo a las demás personas dependientes. Dado que a menor nivel socioeconómico hay menos acceso a servicios de cuidado, el sistema uruguayo busca que las personas de los hogares más pobres experimenten otras formas de cuidado de calidad, no en la familia, de manera que las mujeres reduzcan su carga de trabajo en esas tareas y liberen tiempo para otras actividades.

También busca generar cambios culturales que permitan involucrar a los hombres en el cuidado infantil, así como alentar a las mujeres a compartir o ceder espacio de cuidado con ellos. En Uruguay, cuya tendencia demográfica es similar a la de los países desarrollados por el aumento de población mayor y la disminución de tasa de natalidad, el sistema de cuidados estudia una oferta de calidad y accesible a toda la población.

“Lo que espero del Estado -dice la uruguaya Delia Maxera, a cargo de dos adultos mayores- es que mejore la atención médica, la pública y la privada; también los traslados para atenderlos, que son costosos y difíciles para quienes tienen problemas de movilidad. Sería bueno disponer de cuidados domiciliarios, al menos por algunas horas; que se implementara algún tipo de entretenimiento o actividades para la tercera edad y se les facilitara los trámites de pagos”.

La clave es el tiempo, un recurso limitado

“Además, se trata nada menos que de libertad: las mujeres tienen amenazado su tiempo y, por consiguiente, el derecho a la libertad dada la injusticia en su distribución. Se llega por ello a la tiranía, porque esa división sexual del trabajo, donde las mujeres se encargan mayoritariamente de las responsabilidades del hogar, es una tiranía que afecta sus posibilidades de ocio, de trabajo remunerado y su participación en la política y, por lo tanto, en el poder”, subrayó López, quien ha sido directora del Departamento de Planeación Nacional, ministra de Agricultura y de Salud, además de senadora del Congreso de Colombia.

Un análisis comparativo de la CEPAL a partir de tabulaciones especiales de las encuestas de Brasil, Costa Rica, México, Colombia, Ecuador, Perú y Uruguay (2004 a 2010) indica que el tiempo total de trabajo (remunerado y no remunerado) es mayor para las mujeres que para los hombres entre la población ocupada de 15 años y más. Y no en pocas horas. En Uruguay, por ejemplo, las mujeres trabajan 79 horas semanales, mientras que los varones laboran 56.

Si las mujeres dispusieran de más tiempo a su favor aumentarían su participación en el mercado laboral, que era una de las más altas en América Latina, pero ha ido retrocediendo en la última década, debido a la excesiva carga de actividades domésticas que tienen en el hogar, entre otras causas, señaló la economista López.

“Las mujeres no sólo están educadas para trabajar remuneradamente y muchas necesitan trabajar, sino que además quieren trabajar”, subrayó la alta funcionaria de la CEPAL. También es un asunto de democratización, pues, según López, “si no se distribuye el tiempo de manera equitativa no hay democracia, y a esto se suma la necesidad de resolver el déficit democrático, es decir, la poca participación de mujeres en la política”.

“En América Latina hablar de esto es revolucionario por la inflexibilidad de roles de nuestras sociedades. Las mujeres ya no solo quieren y buscan la igualdad en lo público, que ya es suficiente amenaza para la sociedad patriarcal, sino que no quieren compartir su tiempo en el hogar en condiciones de desigualdad”, anotó la autora de la ley colombiana sobre economía del cuidado.

De manera que esta desigualdad, además de implicar sacrificios en la autonomía y el bienestar de las mujeres, también tiene costos para el desarrollo, no solo por la subutilización de recursos humanos, sino porque las mujeres se retiran total o parcialmente de sus trabajos remunerados para atender labores de cuidado. Por ejemplo, el consumo del tiempo para el cuidado de una persona con Alzheimer puede implicar sacar a una o más personas del mercado del trabajo remunerado.

“Los principales desafíos son reconocer nuevos derechos sociales, tales como servicios de cuidado de enfermos, de cuidado infantil, derecho de las mujeres a tener tiempo propio y a no sobrecargarse con nuevas exigencias”, concluye la investigadora Karina Batthyány en su ponencia presentada en el foro “Hacia la construcción del sistema de cuidados en el Ecuador”, realizado en Quito en 2012.

“En el ámbito privado, el objetivo es promover cambios culturales que flexibilicen la división sexual del trabajo. Y en el público, se trata de impulsar el cuidado como responsabilidad social”, sostiene la experta.