Málaga, España (PL).- Estábamos preñados de talento y nadie quería abortar pese a que los tiempos no estaban para frivolidades. El mundo, una vez más, ardía al ritmo de las guerras, de las huelgas generales que dejaban a los países en bragas. Mayo del 68 dejaría pronto su estela de feria andaluza, con los cacharritos para los niños y los bailoteos para cuerpos dulces y femeninos que no pedían más que el embarazo de la esperanza.

Primero fue en París, distrito 9, en la cuesta que conduce a los turistas hacia la cumbre de la colina de Montmartre. Mucho más abajo, en el bulevar Voltaire, junto a la Plaza de la République, alma de las estrofas sangrientas y patrióticas de la Marsellesa, bailamos el chachachá, sin saber que era el último chachachá.

Por los cines gigantescos de los barrios viejos parisienses se proyectaban las películas del Oeste como fiesta popular reflejada en pantallas gigantescas y novedosos sonidos Dolby. La Dolce vita nos enseñaba que la vida tiene más de una lectura. Que el amor rima siempre con pena. Y las lágrimas con deseos que nunca crecen. Entonces los hombres lloraban. A los ricos les tocaría más tarde. Y Marcelo Mastroianni, el segundo periodista de nuestras vidas, el primero fue Gregory Peck en Vacaciones en Roma.

Digo, amados fieles, respetuosos contertulios, que ni con su smoking hecho a medida en Via Venetto Marcelo era capaz de marcarse un chachachá. También se le había estirado demasiado el tiempo. Y cuando encontró a la muchacha apenas una niña en los últimos planos de la playa, entonces comprendió que se le había acabado el carbón. Y que por mucho que los hermanos Marx reclamaran alocadamente, con chillones gestos, combustible para su loca locomotora, nunca más. Never. Jamais.

En Madrid hubo otro chachachá memorable una noche de despedida del año. Las faldas volaban como en París, las voces se rompían en deseos insatisfechos.

Una madrugada en La Habana, primeros años de la ilusión de una Revolución que desde el 59 nos permitía soñar. Y donde los perversos de película de gangsters se marcharían a la isla de la bruja que tantos malos ratos había hecho pasar a Ulises en su absurdo deseo de volver a toda costa en busca de Penélope. La Habana tenía todavía puestas las sábanas sudorosas de una noche tropical. Apenas había gente en el viejo aeropuerto José Martí. Por eso la ví. Era una chiquilla de negro vestida que me enfocaba con unos ojazos verdes como el trigo verde de todos los poetas andaluces. Nos miramos la primera vez con sorpresa. La segunda con una media sonrisa. A la tercera, la desconocida reía y daba la mano a un mequetrefe que acarreaba una maleta cansada.

Aquella misma noche el Festival de Cine de La Habana lucía como otra verbena para lanzar al mundo películas igualmente preñadas de talento ilusionados. Después de que supiéramos por la primera vez, fue como una primera vez de furia amorosa en la que la mujer quita la virginidad al muchacho que creía ser un machito, que el cine no es solamente comercio desaforado, el sueño duraría veinte años, aterrizamos en la piscina del Hotel Nacional, donde encopetados camareros repartían en el desayuno pan negruzco a los exquisitos invitados todavía envueltos en la magia de una película de Pastor Vega. Allí volvió a sonar el chachachá que nos hizo pensar que la fiesta, nuestra fiesta, no había terminado. Que todavía habría muchos bellos días de amor, fraternidad, talento y esperanza.

En el 93, cuando el triunfo de la mejor película cubana en mucho tiempo, “Fresa y chocolate”, el chachachá sonaba más lento. Con esperanza, lo único que no habíamos desperdiciado en tantos años de ensueño, llegamos a Brasilia, la capital de lo imposible hecho realidad. La ciudad que no se cuenta y que apenas se vive cuando te dejan que la saborees con la castidad de todas las religiones del mundo prensadas en una.

En Río, el viejo Río de Janeiro, una deliciosa braguita de encaje antiguo abandonada en un armario que yo nunca había visto me llevó hasta un bar de Copacabana. Contaban que allí, una tarde de melancolía y de bossa nova adelantada, Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim habían descubierto a su mocita de Ipanema, ese himno al amor de siempre y de jamás.

Volando de Río a Brasilia, entre las aguas de la bahía de Guanabara comprendí que no habría nunca más un chachachá que tararear, porque para bailarlo el tiempo había pasado. Que nunca más, por mucha fantasía cinematográfica que le echáramos, recobraríamos la ilusión de días mejores que habíamos abandonado o quizá perdido en una calle de Montmartre.

* Periodista y crítico de cine francés, radicado en España. Colaborador de Prensa Latina.