El tema al que me toca referirme es un tema bastante árido, voy a comenzar por definir, siguiendo las nociones de la CEPAL lo que se entiende por género y violencia de género, para luego referirme a la violencia de género invisible y la visible pero invisibilizada; por último me centraré en los diversos tipos de violencia doméstica.

Género y violencia de género

El género es una construcción social que “se extiende a partir de la diferencias biológicas entre los sexos para incluir un conjunto de normas sobre conductas y actitudes aceptables y esperadas de cada uno de ellos” (CEPAL, 1992:3). La violencia de género es aquella que “refleja la asimetría existente en las relaciones de poder entre varones y mujeres y que perpetúa la subordinación y desvalorización de lo femenino. Esta inequidad responde al patriarcado como sistema simbólico determinante de un conjunto de prácticas cotidianas concretas que niegan los derechos de las mujeres y reproducen el desequilibrio existente entre los sexos. La diferencia entre ésta y otras formas de violencia estriba en que en este caso el factor de riesgo o vulnerabilidad es el sólo hecho de ser mujer” (CEPAL, 1994: 2).

Quienes trabajamos con la perspectiva de género confrontamos una dificultad generalizada para hacer comprender, para hacer llegar a las personas el significado de la categoría de género. Esto es porque, hasta no pasar por un proceso de sensibilización, no estamos conscientes de que las explicaciones científicas, filosóficas, políticas y las opiniones sobre el mundo fueron construidas hasta hace muy poco tiempo casi exclusivamente por hombres, no estamos conscientes de que el mundo está definido, guiado y gobernado casi exclusivamente por hombres; tampoco nos damos cuenta de que las relaciones de género son relaciones de poder y de con frecuencia la mujer se encuentra subordinada en mayor o menor grado al hombre. Esta situación, que ha sido definida como ceguera de género, obedece al hecho de que las ideas, actitudes y conductas se institucionalizan, se convierten en acciones recíprocas habitualizadas.

Cuando adquieren historicidad, al repetirse de una época a otra, de una generación a otra, las instituciones se nos presentan como una realidad objetiva: como hechos de natura y no como hechos de cultura, como realidad material y no como realidad socialmente construida y sucesivamente legitimada tanto por actores sociales que nos antecedieron como por las personas significativas para nosotros y el coro de actores contemporáneos que nos rodean y refuerzan esa misma visión (Berger y Luckman, 1964). No nos damos cuenta que eso que llamamos sociedad es una construcción humana hecha por seres que interactuamos y a través de nuestras acciones reforzamos su permanencia aceptando hacer las cosas como debe ser, como todo el mundo, o bien retamos su permanencia para que cambie convirtiéndonos en minorías activas, en esa sociedad civil que participa pensando y proponiendo formas de ser y de hacer alternativas y diferentes de aquellas aceptadas por la mayoría (Moscovici, 1979).

Violencia invisible

Volvamos, luego de esta digresión en torno al género, a nuestro tema central. La violencia de género se puede categorizar de acuerdo con diversos criterios, la podemos dividir en violencia de género intrafamiliar y extrafamiliar y también es importante clasificarla en cuanto a su carácter público o privado como violencia visible y violencia invisible.

Lo que llamo aquí violencia invisible se refiere a un fondo cultural común, compartido tanto por la cultura occidental como por la oriental, en el cual los diversos agentes de socialización nos enseñan desde la infancia en función de nuestras características biológicas a asumir roles y conductas diferenciados; lo que se prohíbe y se permite a los niños no es lo mismo que lo que se prohíbe y lo que se permite a las niñas. Una socialización tal como ésta produce y legitima una discriminación al reducir el ámbito de acción de las primeras y circunscribirlas al espacio de lo privado, lo afectivo, y al ampliar el ámbito de acción de los segundos y circunscribirlos en el espacio de lo público y lo productivo.

Se trata de una discriminación en la medida en que las convenciones expuestas por el orden social valoran de manera diferente lo privado y lo público. Lo privado es considerado como lo no productivo, como lo reproductivo; son las acciones rutinarias, repetitivas, poco creativas, invisibles porque su producto desaparece de inmediato o no es percibido y además porque, en el caso de las amas de casa, se trata de un trabajo no remunerado; por eso si le preguntamos a una ama de casa si ella trabaja suele decir “yo no trabajo, soy ama de casa” y si le decimos ¿qué hace usted desde que se levanta hasta que se acuesta? nos damos cuenta que el ama de casa trabaja más que la mujer que trabaja dentro y fuera del hogar.

De esta manera, como dicen Giberti y Fernández, se transforma al diferente en inferior y esta transformación “forma parte de una de las cuestiones centrales de toda formación social que necesite sostener sistemas de apropiación desigual, (…) para tales fines se conjugan violencias represivas y simbólicas en diferentes ámbitos de la vida social” (1992: 17). Si toda forma de discriminación, de inferiorización constituye -al menos en el plano simbólico- una forma de violencia, entonces, en tal tipo de socialización la violencia es constitutiva de las relaciones de género. De acuerdo con estas autoras puede considerarse que “los procesos de desigualdad, discriminación, violencia no son en rigor invisibles sino que están invisibilizados, (es decir, que la subordinación de género, está naturalizada).

Los procesos a través de los cuales se hace efectivo este circuito desde distintos lugares e instituciones sociales aparecen como no visibles en tanto se construye un consenso por medio del cual lo que ha producido la cultura es atribuido a la naturaleza; por supuesto, al mismo tiempo queda sin registro la práctica violenta que lo vuelve visible. (…). Abordar un invisible, en este caso aquel que se configura sobre la violencia de género, significará abrir interrogaciones, problematizar críticamente aquellos procesos de naturalización por los cuales se construye socialmente esta invisibilidad” (Ibid.: 18). Es eso justamente lo que quisiera transmitirles con esta exposición, interrogaciones y dudas que aunque sacuden la comodidad de lo habitual se hacen necesarias para toda persona que aspire hacer respetar los derechos humanos y fomentar el desarrollo de toda potencialidad humana.

Voy entonces a continuar problematizándolos en relación con los ámbitos de lo público y lo privado en tanto que espacios que han sido socialmente asignados a hombres y mujeres respectivamente.

Clara Coria nos hace notar el papel que juega el dinero en la dinámica privada observando que al dinero al cual todas y todos damos importancia se le ha atribuido una connotación masculina. Se trata de un dinero sexuado, para decirlo en sus palabras; ejemplo de ello es que resulta natural que los hombres hablen más del dinero, entiendan más de cifras millonarias, que sean vistos como más materialistas y “que trabajen por dinero y no por amor como a veces lo hacen las mujeres” (1992: 125). Son ellos también quienes en la vida familiar toman las decisiones sobre los gastos de envergadura mientras que las mujeres administran los gastos de la vida cotidiana vinculada al trabajo reproductivo. Inclusive en los casos en que también la mujer trabaja fuera del hogar, diversos estudios han revelado que la provisión económica de la mujer se destina a cuestiones reproductivas mientras que la del hombre como proveedor, en este caso, se invierte en la adquisición o pago de vivienda, de carros, muebles y bienes más o menos perdurables y visibles que no se consumen ni se renuevan cotidianamente.

La división sexual del trabajo se refleja como en espejo en una división sexual del dinero; de esta forma simbólicamente el dinero queda adscrito a lo masculino, aparece como cosa de hombres, es por ello que su rol es el de proveedor económico del hogar. Las relaciones con el dinero son tan simbólicas en nuestras sociedades y su asociación con lo masculino es tan frecuente que el fenómeno de la sexuación del dinero avalado por hombres y por mujeres, es expresión para Clara Coria de una enorme violencia. Ellos se ven obligados, para afianzar su masculinidad, a ser los que tienen dinero, sin embargo, “a cambio del peso que significa esta imposición social usufructúan de los beneficios de disponer del dinero y cuentan con la posibilidad de ejercer poder a través de él” (Ibid. : 127).

Por su lado, la mujer paga muy caro la comodidad que le ofrece el dinero aportado por el hombre: convirtiéndose en dependientes comprometen su salud mental y su desarrollo personal. A esto debemos añadir que no perciben el valor económico que tiene el trabajo reproductivo que ellas realizan y al sentirse mantenidas no sólo se sienten inferiores sino que trabajan incesantemente para librarse de la culpa de su improductividad.

En este mismo sentido Bruner afirma que “en el propio proceso de producir consensualmente el mundo privado como un mundo de sentimientos y de relaciones afectivas a través de las cuales los individuos desarrollan su intimidad se reproduce el mundo público como universo de la palabra con efecto político, del trabajo con efecto productivo y de la eficacia con efecto de poder; esto significa que lenguaje, poder y dinero se inscriben como naturales de los circuitos públicos masculinos mientras que los circuitos femeninos se despliegan en un mundo privado sentimentalizado, significado socialmente como un mundo subalterno, de retaguardia, carente de las características de productividad, poder institucional y potencialidad cognitiva del primero (en Fernández, 1992: 148).

La violencia doméstica: una violencia visible pero invisibilizada

Por otra parte, tenemos la violencia visible que también es permanentemente invisibilizada. Generalmente cuando en la literatura se habla de violencia doméstica o violencia intrafamiliar se hace mención específicamente a un sólo tipo de violencia que es la pareja en situación de maltrato. Sin embargo, a este tipo podemos añadir otros dos como son el maltrato del padre, la madre o ambos hacia hijos e hijas menores y el abuso sexual incestuoso. En todos los casos, la violencia doméstica constituye un problema no solamente para la relación víctima-victimario, que generalmente no es una díada porque en algunos casos hay más de una víctima o más de un victimario, sino para todos sus miembros; la dinámica familiar es globalmente afectada por este tipo de situaciones y sirve de modelaje transgeneracional: el ser socializado en medio de esta violencia, es un aprendizaje de un modelo de relación que hijos e hijas tienden a repetir cuando de adultos conforman nuevas parejas.

La violencia conyugal acarrea serísimas consecuencias tanto para la pareja como para sus descendientes. A la mayoría de las mujeres maltratadas se les pregunta por qué no dejan al marido. Resulta que la autoestima, la confianza de estas mujeres en si mismas y en los demás, ha sido permanentemente erosionada a través de los circuitos repetidos de violencia. Las mujeres en situación de maltrato viven en un estado de terror omnipresente, bajo un ininterrumpido sentimiento de amenaza; sin embargo, después de cada episodio de violencia, el hombre le pide perdón, le ruega que le dé otra oportunidad, le promete cambiar, hasta que se vuelven a repetir los circuitos de violencia. Esto ha sido estudiado en varios países y sigue más o menos las mismas curvas: una línea ascendente que llega a una cúspide y baja, después, hay un período de reconciliación y, luego, vuelven a aparecer las señales de violencia que conducen otra vez a la cúspide, siendo cada vez la cúspide más alta. Por otra parte, aunque en algunos casos se llega al homicidio, generalmente en esta relación de pareja violenta, el hombre es también dependiente de la mujer porque necesita de ella para poder subyugarla; no intenta realmente eliminarla, pero llega hasta allí, inesperadamente, en momentos de ceguera y agresión incontrolable. Muchos hombres maltratadores han asesinado a sus mujeres y lo vemos con frecuencia en los medios de comunicación como casos de crímenes pasionales.

La violencia de los padres hacia los hijos e hijas, es otro caso frecuente e invisibilizado. Quienquiera que desee información puede visitar los Hospitales especializados en la atención de la población infantil y hablar con un enfermero, con una trabajadora social, con un médico, con un psicólogo o con una psicóloga y se enterará de la enorme cantidad de casos de niñas y niños violentados por adultos que generalmente son o su madre o su padre o su padrastro. En estos casos no siempre se trata de violencia de género, niñas y niños pueden ser golpeados por sus madres o padres o personas a cuyo cargo se encuentran.

El tercer caso de violencia intrafamiliar de género, del que casi nunca se habla en América Latina, es el abuso sexual incestuoso. Yo me enteré de la incidencia de este abuso a través de un estudio que realicé sobre sentencias de violación de diferentes Tribunales Superiores de Justicia en diferentes circunscripciones judiciales del país donde encontré que, en el caso de las víctimas menores de edad, los que habían perpetrado la violación eran en un 36% familiares de la víctima (Banchs, 1991); este porcentaje me pareció como la punta de un iceberg, porque, primero, la violación es un crimen con una alta cifra negra; segundo, si la violación es dentro del seno de la familia la probabilidad de denunciar es mucho menor; tercero, aun cuando se denuncie, no siempre se sigue el proceso de enjuiciamiento criminal que conduce hasta la sentencia de un Tribunal Superior de Justicia. Es decir, que si 36% de esas violaciones eran de carácter incestuoso, siendo los victimarios el padre, el padrastro, cuñado, tíos, abuelos, etc., esto nos indica que el incesto es una práctica bastante frecuente en nuestro país como se ha visto también en otros países; no es que aquí sea menos frecuente sino que aquí las estadísticas no están tan al día como en otros países y hay una complicidad alrededor de silenciar este tipo de violencia. Con otra investigación que realicé posteriormente sobre la dinámica de una familia incestuosa (Banchs, 1994) se me hizo muy difícil conseguir casos, pero supe que tanto jueces y juezas, como enfermeras, trabajadoras sociales, psicólogas/os, psiquiatras, sacerdotes, trabajadores comunitarios, abogadas, abogados, procuradoras de menores, fiscales de familia, entre otros, conocen la existencia y la gravedad del abuso sexual incestuoso.

En mi opinión, esta es la peor forma de abuso por múltiples razones: porque generalmente la víctima es femenina y comienza a ser abusada a temprana edad; porque la víctima se encuentra en medio de la pareja y no se atreve a buscar ayuda ya que sabe que no le creerán y teme que el adulto que abusa de ella cumpla sus amenazas para que guarde silencio; porque suele ser un abuso prolongado durante años e involucrar a más de una de las niñas de la familia; porque produce enormes dificultades para desarrollar una identidad personal y social, suele conducir a personalidades disociadas, escindidas, temerosas, inseguras, en fin, porque acarrea una amplia variedad de gravísimas consecuencias para las víctimas.

En fin, la violencia doméstica y, en general, la violencia de género es una cuestión que no podemos analizarla desligada de lo que es clase social y raza o etnia porque son elementos intervinculados. En nuestro país, según el último informe de FUNDACREDESA 39% de la población está ubicada en el estrato de pobreza relativa cuyos ingresos para una familia de 5 personas el año pasado (2000) era de quinientos dólares (370 mil bolívares) y un 42% vive con menos de trescientos cincuenta dólares (280 mil bolívares) al mes, es decir, que, uniendo estos dos grupos poblacionales, la pobreza en Venezuela es superior al promedio de América Latina, alcanzando un 81% de la población en esta situación. En condiciones de pobreza se agrava la violencia de género y todos los problemas sociales a los que nos hemos venido refiriendo.

El papel de la sociedad civil

Sólo quiero decir para cerrar que me parece bien importante, que en Venezuela aprendamos a tener una cultura de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) porque eso es una clave para la participación ciudadana y para el desarrollo de la sociedad civil. Aquí no tenemos cultura de ONG porque la mayoría de las ONG se apoyan en el voluntariado. Las ONG de mujeres, por ejemplo, trabajamos de voluntarias porque no contamos con fondos y aquellas pocas que tienen fondos y pueden vivir del trabajo en una ONG les cuesta muchísimo acceder a financiamientos ya que Venezuela, por ejemplo para el PNUD, está clasificada como un país tipo C, es decir, no es un país prioritario para recibir financiamiento de entes extranjeros.

Esto hace que en países con menores ingresos per cápita como Bolivia, Perú, Argentina, Chile, en los que he tenido la oportunidad de participar en reuniones de género, exista una cantidad de ONG de mujeres que trabajan con remuneración acorde con su profesión y conforman un importantísimo aspecto de la sociedad civil. La sociedad civil no surge sola, la sociedad civil se organiza, se articula, alrededor de ciertos problemas y de grupos de personas interesadas en aportar soluciones a ellos. Yo creo que las ONG son elementos articuladores fundamentales y por ello considero de particular importancia fomentar su organización, ofrecer orientación, y proveer los medios para que alcancen los fondos materiales necesarios para garantizar su continuidad. Considero pues que es una prioridad -tanto para empezar a salir de la pobreza como para terminar con todas aquellas inequidades que obstaculizan el respeto de todas las libertades implícitas en los derechos humanos- incentivar la creación de las organizaciones no gubernamentales que se ocupen de los diversos aspectos específicos respecto a los cuales la sociedad civil está llamada a tomar posición y a negociar con el Estado.

Bibliografía

Banchs, María A. (1991) El proceso de administración de justicia en el delito de violación en María del Carmen Feijoo (comp..) Mujer y Sociedad en América Latina Buenos Aires: CLACSO.

Banchs, María A. (1994) Reconstruçao Teórica de um Caso de Familia Incestuosa en Albertina de Oliveira Costa y Tina Amado (orgs.) Alternativas Escassas. Saúde, Sexualidade e Reproduçao na América Latina. Sao Paolo: Fundaçao Carlos Chagas, Editora 34

Berger, Peter y Luckman, Thomas (1964) The Social Construction of Reality Nueva York: Doubleday & Company Inc.

CEPAL (1992) El impacto de los cambios sobre la mujer en América Latina y el Caribe. Notas sobre la economía y el desarrollo. No. 5471548. agosto/septiembre Buenos Aires: Argentina

CEPAL (1994) Violencia de Género: un problema de Derechos Humanos DDR/4, Buenos Aires, Argentina.

Coria, Clara (1992) El dinero sexuado: una presencia invisible. Violencia y contraviolencia de la dependencia económica en Eva Giberti y Ana María Fernández (comp..) La Mujer y la Violencia Invisible Buenos Aires: Editorial Sudamericana, pp. 121-140.

Fernández, Ana María (1992) Violencia y conyugalidad: una relación necesaria. La gestión de las fragilidades y resistencias femeninas en las relaciones de poder entre los géneros en Eva

Giberti y Ana María Fernández (comp..) La Mujer y la Violencia Invisible Buenos Aires: Editorial Sudamericana pp. 141-169.

Giberti, Eva y Fernández Ana M. (1992) Introducción en Eva Giberti y Ana María Fernández (comp..) La Mujer y la Violencia Invisible Buenos Aires: Editorial Sudamericana pp. 14-23.

Moscovici, Serge (1979) Psychologie des Minorités Actives Paris: PUF.

* Profesora Universidad Central de Venezuela. Ponencia Integrada al Simposium sobre Psicología y Género, XVIII CONGRESO INTERAMERICANO DE PSICOLOGIA, Santiago de Chile, Julio, 29- Agosto 3, 2001. Fuente: http://webs.uvigo.es/pmayobre / Tomado de http://comunicacion.redsemlac-cuba.net/Articulos-y-ponencias/Ver-categoria.html