El gobierno de derechas encabezado por el señor presidente Sebastián Piñera no ha tenido un buen año 2012. En un balance muy sucinto habría que destacar su estruendoso fracaso político en los comicios municipales, su débil actuación ante los movimientos estudiantiles y su incapacidad para fortalecer la unidad en sus propias filas. A esto habría que agregar los escándalos en las instituciones acreditadoras de educación superior y el todavía incierto panorama frente a la disputa limítrofe de La Haya con Perú, entre muchos otros tópicos.

Los países, al igual que las personas, poseen una imagen que trasciende lo físico y lo inmediato. Se trata de un prestigio asociado que se deriva de sus actuaciones. Esta suerte de “capital simbólico”, por llamarlo así, es algo que debe cuidarse y, en lo posible, acrecentarse. Así como en las personas la imagen no es una cuestión de mero maquillaje o vestimenta, en los países no se trata solo de alambicadas formas protocolares sino de la calidad y la trasparencia de sus instituciones, del nivel de dignidad de su pueblo. Esta imagen se construye y se cuida a lo largo de los años.

En el caso de Chile, como es bien sabido, hemos sufrido reveses bochornosos inscritos ya entre los pasajes más vergonzantes de nuestra historia. Así, por ejemplo, la detención de Pinochet en Londres que puso a toda la institucionalidad pos dictatorial que nos rige hasta hoy en su justo lugar. Entre las muchas miserias actuales debemos consignar el hecho de que el Director de la Comisión Nacional de Acreditación encargado de fiscalizar la educación superior del país esté preso por corrupción, junto a un par de Rectores de universidades.

Nuestro país parece haber perdido la capacidad de avergonzarse, en primer lugar de sí mismo. Vivimos un estado de desvergüenza e impunidad en que se ha perdido el más mínimo sentido de la justicia y el decoro. Esto significa que cuestiones muy graves que en cualquier país moverían a escándalo se asumen en Chile como parte del paisaje en que habitamos. Todavía siguen pendientes muchos casos de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar. La falta de vergüenza corre paralela con la corrupción que permea a toda una sociedad. El caso “La Polar” es más que elocuente. No se puede reclamar un sentido del decoro cuando son, precisamente, los sinvergüenzas y los corruptos los protagonistas de los negociados, la política y los medios de comunicación.

En un país donde los pillos y sinvergüenzas se han entronizado, toda grandeza se convierte en bajeza, los derechos en negocio, lo inteligente es aquí mera astucia para enriquecerse a costa del prójimo. Esto arrastra a nuestra sociedad a un estado de indignidad y mediocridad como nunca antes, aunque insistan obstinados en mostrarnos cifras azules. Así, mientras los mercaderes y sus representantes hablan de estabilidad macro económica, muchos chilenos marchan en las calles del país, hastiados ya de un estado de cosas podrido hasta la médula, reclamando un Chile más justo.

Los fracasos del gobierno

El gobierno de derechas encabezado por el señor presidente Sebastián Piñera no ha tenido un buen año 2012. En un balance muy sucinto habría que destacar su estruendoso fracaso político en los comicios municipales, su débil actuación ante los movimientos estudiantiles y su incapacidad para fortalecer la unidad en sus propias filas. A esto habría que agregar los escándalos en las instituciones acreditadoras de educación superior y el todavía incierto panorama frente a la disputa limítrofe de La Haya con Perú, entre muchos otros tópicos.

El oficialismo insiste en exhibir lo que considera buenas cifras macroeconómicas, sin embargo, tales guarismos se desdibujan a la hora de examinar la vida cotidiana de los chilenos que deben soportar altos costos en salud, educación y servicios básicos, a lo que hay que sumar deudas y bajos salarios. Todo ello mientras se anuncian ganancias históricas de grandes conglomerados económicos como Isapres, Bancos, Afp y otros. Todo ello genera la percepción de que “el capitalismo a la chilena” reedita la vieja fórmula oligárquica en que una minoría concentra la riqueza, mientras la gran mayoría de los ciudadanos sigue sumido en el límite de la pobreza.

En el ámbito de lo político, los síntomas no son mejores. Las últimas elecciones municipales han mostrado con claridad un amplio desencanto con la política que se tradujo en una abstención mayoritaria. Esto sumado a la caída de figuras emblemáticas de la derecha está mostrando un cierto “malestar difuso” con el actual estado de cosas. La insistencia pertinaz de los partidos de la derecha, en el gobierno, con la complicidad de no pocos opositores ha postergado toda posibilidad de un cambio constitucional de fondo que ponga término a la malsana herencia dictatorial.

La derecha fracasa en el gobierno porque ha sido incapaz de hacer nada distinto de sus predecesores, por una parte restituye el autoritarismo y la represión frente a cualquier movimiento social, sean estudiantes o mapuches, como se hacía en dictadura; por otra, sigue el camino administrativo de un orden injusto, receta ya probada hasta la saciedad por los gobiernos concertacionistas. Todo ello en un clima de abusos y escándalos. Nada nuevo bajo el sol. El gobierno del señor Sebastián Piñera ha sido incapaz de señalar nuevos caminos para la derecha chilena, todo su discurso sobre “un nuevo modo de gobernar” o una “nueva derecha” ha quedado relegado al baúl de las falsas promesas electorales.

La cuestión no resuelta en la sociedad chilena se resume en la noción de “Democracia”. Mientras no se tome muy en serio este concepto, seguiremos viviendo la atmósfera turbia de un Chile corrupto, injusto y profundamente desigual. Seguir en esta parodia binominal, elitista y excluyente por definición, de espaldas a los problemas de la ciudadanía, solo posterga para los años venideros una deuda democrática en nuestro país.

* Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.