La mayoría de los gobiernos y varias ONG se asocian con el sector privado e incluso con corporaciones que han sido y siguen siendo responsables de la destrucción de los bosques. Dichos contaminadores pueden comprar sin problema su redención, participando en proyectos REDD/REDD+. The Nature Conservancy, Conservation Inernational, World Wildlife Fund (WWF), Forest Trends y Rainforest Alliance están participando o apoyando muchos proyectos REDD en los países del Sur.

REDD es una falsa solución, tanto para la deforestación como para el cambio climático, aunque resulta útil para el mercado del carbono, un nuevo mercado financiero, sofisticado y descabellado, que negocia créditos de carbono, generalmente usados por los contaminadores para compensar sus emisiones de carbono. Este año, si bien el volumen de las transacciones disminuyó en un 22% con relación a 2010, el mercado de carbono duplicó su valor, que llegó a 237 millones de dólares. (1)

En la medida que forma parte de la arquitectura financiera global, los principales beneficios de REDD irán a parar a manos de los agentes financieros. No obstante, varias instituciones, grandes ONG, multinacionales y gobiernos promueven REDD como algo muy conveniente para las comunidades, que terminarían obteniendo algún dinero para “compensar” los impactos negativos que soportan.

El marketing de REDD obtuvo cierto éxito porque algunos actores dieron credibilidad a la propuesta. Grandes ONG como The Nature Conservancy, Conservation Inernational, World Wildlife Fund (WWF), Forest Trends y Rainforest Alliance están participando o apoyando muchos proyectos REDD en los países del Sur.

Sus poco ecológicos socios – Alcoa, Arcelor Mittal, Barrick Gold, Grupo BG, BHP Billiton, Fundación BP, Bunge, Cargill, Chevron, Coca-Cola, Grupo De Beers, Giti Tire, Goldman Sachs, JP Morgan Chase & Co, Kimberly-Clark, Kraft Foods, McDonald’s, Grupo Medco, Monsanto, MPX Colombia, Newmont Mining Corporation, Northrop Grumman Corporation, Rio Tinto, Shell, The Walt Disney Company, Toyota Motor Corporation, United Airlines, Walmart, Wilmar International– necesitaban con urgencia un toque de “verde”, y lo consiguieron.

En marzo de 2010, la revista estadounidense The Nation publicó un artículo de Johann Hari (2), quien había investigado los nexos financieros entre organizaciones ecologistas y corporaciones hostiles al medio ambiente, sobre todo porque se había descubierto que la importante organización conservacionista The Nature Conservancy (TNC) había establecido desde hacía tiempo una relación muy conveniente con el gigante petrolero BP, con lo cual la compañía había “maquillado de verde” su imagen y TNC había conseguido fondos para sus proyectos.

Hari escribió: “Las organizaciones ambientalistas solían estar financiadas sobre todo por sus miembros y por simpatizantes acaudalados. Sólo tenían un objetivo: evitar la destrucción ambiental. Sus fondos eran escasos, pero cumplían una función muy importante, ayudando a salvaguardar grandes extensiones y a convertir en leyes reglas estrictas que prohibían la contaminación del aire y del agua. Pero Jay Hair – presiente de la National Wildlife Federation desde 1981 hasta 1995 – no estaba satisfecho, y encontró una nueva fuente de enormes recursos: los peores contaminadores.

Hair descubrió que las grandes compañías petroleras y de gas estaban dispuestas a dar dinero a las organizaciones conservacionistas. Sí, estaban destruyendo muchos lugares intactos del mundo. Sí, a fines de los años 1980 era claro que estaban desestabilizando de manera dramática el clima, la base misma de la vida. Pero para Hair eso no las convertía en enemigas, y dijo que sinceramente querían reparar sus errores y pagar para preservar el medio ambiente. Comenzó entonces a extraerles millones y, a cambio, su organización y otras como TNC les otorgaron premios de “buena gestión ambiental”.

Empresas como Shell y British Petroleum (BP) quedaron encantadas, dado que vieron esto como un valioso “seguro contra la mala reputación”: cada vez que alguien las criticaba por su enorme volumen de emisiones de gases de efecto invernadero, o por estar implicadas en el asesinato de disidentes que pretendían que el dinero del petróleo fuera a parar a la población local, o por un derrame de petróleo que había causado daños irreparables, mostraban sus relucientes premios al ambientalismo, comprados con donaciones “caritativas”, para evitar el riesgo de una reglamentación gubernamental.

El pragmatismo actual hace que la mayoría de los gobiernos y varias ONG se asocien con el sector privado e incluso con grandes corporaciones que han sido y siguen siendo responsables de la destrucción de los bosques. Así, dichos contaminadores pueden comprar sin problema su redención, participando en proyectos REDD/REDD+. La mayoría de esos proyectos están relacionados con el mercado del carbono, e implican que se fije un valor económico al carbono y a los bosques.

Conservation International (CI) anuncia que está trabajando “para alentar el financiamiento de REDD+ y de iniciativas basadas en el mercado para generar una demanda de compensaciones en base al carbono de los bosques”, y se muestra entusiasta con respecto al comercio del carbono: “El mercado emergente del carbono ofrece una de las mayores oportunidades de los últimos cincuenta años de invertir la destrucción de los bosques tropicales que quedan en el mundo, al acercar a compradores y vendedores de créditos de carbono”. De hecho, las grandes ONG promueven vigorosamente el mercado del carbono para la compensación de emisiones en general y para REDD en particular.

CI está presente en África, donde brinda apoyo técnico y financiero a proyectos REDD en RDC, Guinea Ecuatorial, Madagascar y Liberia. En Asia, está detrás de proyectos de carbono forestal en China, Filipinas e Indonesia, y en América Latina participa en proyectos en Ecuador, Perú, Brasil, Guatemala, México y Colombia.

CI brinda apoyo técnico y financiero a la coordinación de una estrategia nacional sobre REDD así como al desarrollo de dos proyectos piloto REDD en dos reservas naturales (Tayna y Kisimba-Ikobo) en la provincia de North Kivu de la República Democrática del Congo (3). En Guinea Ecuatorial, tiene proyectos piloto en el Parque Nacional de Monte Alén. En Madagascar, trabaja en el Proyecto del Bosque Makira y en el del Corredor de Mantadia, mientras que en Liberia participa en la Red de Áreas Protegidas.

También está validando varios proyectos de carbono forestal en Asia y América Latina: la Iniciativa del Bosque Tengchong en China, la de Sierra Madre en Filipinas, la de la Cuenca del Mamberamo en Indonesia, la del Corredor Chocó-Manabí en Ecuador, la del Bosque de Alto Mayo en Perú, la de la Mata Atlántica y el Proyecto de Muriqui en Brasil, la iniciativa de Conservación de la Reserva de Biosfera Maya en Guatemala, la de la Selva Lacandona en La Cojolita, en México, y la del Corredor de Conservación de Bogotá en Colombia.

TNC participa en el proyecto REDD de Río Bravo en Belize, en el proyecto Noel Kempff en Bolivia, en el proyecto de la Mata Atlántica en Guaraqueçaba, Brasil, en el proyecto del bosque de Tengchong de la provincia Yunnan, China, y en el proyecto del distrito Berau en Borneo, Indonesia.

También participa en proyectos piloto REDD que están en la fase inicial, como el de Sao Félix do Xingú en Pará, Brasil. TNC es el socio responsable de administrar los recursos provenientes de la venta de carbono capturado en el proyecto de Conservación de la Biodiversidad y Uso Sostenible de Mbaracayú, en Paraguay. También asesora sobre el desarrollo de mecanismos financieros en dos Programas de Servicios Ambientales por Captura de Carbono: el de la Reserva de Biosfera de Sierra de las Minas y el de Deforestación Evitada del Parque Nacional de la Sierra del Lacandón, en Guatemala.

WWF Brasil participa, junto con la UICN, en el Proyecto de Carbono del Estado de Acre – Pago por Servicios Ambientales, en Brasil, y apoya el Proyecto REDD de Madre de Dios, en Perú.

La vieja noción de “conservación”

El concepto mismo de conservación es inadecuado. Como dijo Hari, “en esta época de calentamiento global, la vieja noción de conservación –que implica preservar intacta una parcela aislada– no tiene sentido alguno. Si la biosfera se está desmoronando por todas partes, uno no puede cercar una zona de vegetación exuberante para protegerla: de todos modos va a morir”.

Por otra parte, el comercio de carbono no reduce las emisiones. Peor aún, distrae peligrosamente la atención de lo que habría que hacer de inmediato: reducir realmente las emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la quema de combustibles fósiles.

Lamentablemente, se dedica mucho dinero y esfuerzo a promover falsas soluciones, tales como proyectos REDD o REDD+ basados en el mercado. Sus promotores no deberían olvidar que cargan con la responsabilidad de esa malversación de tiempo y dinero que agrava las actuales crisis climática, social y de la biodiversidad.

Resulta cada vez más evidente que los esfuerzos de los gobiernos, ONGs, instituciones y empresas para que REDD sea la principal estrategia de reducción de la deforestación no está dando buenos resultados en los países con bosques tropicales. La tala continúa a todo vapor impulsada por diferentes “proyectos de desarrollo” como la minería, las plantaciones industriales de palma aceitera, de soja y de otros cultivos, las hidroeléctricas y las infraestructuras para facilitar el desplazamiento de materias primas. Hasta el llamado “manejo forestal sustentable” termina provocando más destrucción.

También aumentan las evidencias de que los proyectos REDD están causando muchos problemas a las comunidades locales. Esta situación llevó al WRM a escribir, tomando como base esas experiencias, una cartilla para las comunidades, llamada “10 alertas sobre REDD para las comunidades”, que también se cita en esta edición. Uno de los principales problemas señalados por las comunidades son las restricciones que sufren en cuanto al uso que hacían tradicionalmente de los bosques y al control de sus territorios.

Cabe recordar que mucho antes que REDD apareciera, hasta los que conocen mínimamente la problemática de los bosques tropicales ya sabían que la mejor forma de combatir la destrucción de los bosques era garantizar, a los pueblos y las poblaciones que viven en los bosques y que dependen de ellos, los derechos sobre su territorio y sobre el uso de los bosques. Hay suficientes ejemplos en el mundo que comprueban que donde se garantizan estos derechos hay una mejor conservación de los bosques.

Quizás, uno de los pocos aspectos positivos de las recientes negociaciones sobre REDD a nivel de la Convención sobre el Cambio Climático de la ONU sea el hecho de que se instala nuevamente una discusión sobre las causas de la deforestación. Desde que se empezó a hablar de REDD, una de las cuestiones que más ha perjudicado a los pueblos del bosque es que los países, en sus esfuerzos para estar “prontos para REDD”, han insistido en señalar a dichos pueblos como los principales responsables de la deforestación debido a “prácticas” como la agricultura itinerante. Del mismo modo, indigna que los “grandes proyectos de desarrollo” antes citados no reciban el mismo tratamiento, sino que, por el contrario, continúen promoviéndose como acciones importantes para el “desarrollo”, pese a la destrucción que causan.

Además, con REDD y los crecientes intentos de comercializar también otros servicios ambientales, las grandes empresas involucradas en la destrucción de bosques tropicales están analizando la oportunidad de “compensar” sus acciones destructivas con proyectos REDD o con otros proyectos destinados a la comercialización de “servicios ambientales”.

Aunque REDD llegue a tener sus días contados, a nivel internacional, debido a la falta de financiación, el afán de las grandes empresas por “compensar” sus acciones destructivas con acciones “verdes” – o sea, de justificar lo injustificable – no parece llegar a su fin. Para esas empresas, cada vez más grandes, es de suma importancia dicho tipo de mecanismo en este momento en el que las contradicciones del modelo destructivo de explotación de los recursos naturales comienzan a ser cada vez más explícitas, por ejemplo, en los efectos de los cambios climáticos, de la degradación ambiental y de la deforestación.

Creemos que solo con una gran resistencia y movilización de las comunidades afectadas por los megaproyectos de “desarrollo” junto con el apoyo de la solidaridad nacional e internacional se hace posible garantizar la fuerza suficiente para que los gobiernos adopten medidas efectivas con el fin de disminuir la deforestación, dirigiendo su mirada a quienes están causando realmente la destrucción.

Y aún más, es necesario tomar medidas urgentes contra las causas subyacentes de la deforestación, que incluyan, en especial, el cambio estructural del modelo de producción y consumo completamente insostenible en los países más industrializados. Esto no se logrará con actitudes individuales, sino que se requieren acciones enérgicas de los gobiernos para reducir el poder corporativo y el poder del gran capital, en general, y principalmente, del capital financiero. Además del reconocimiento de los derechos de los pueblos del bosque, éste es un camino indispensable si queremos disminuir realmente la deforestación.

Notas:

1. Leveraging the Landscape: State of the Forest Carbon Markets 2012, Ecosystem Marketplace.

2. http://www.thenation.com/article/wrong-kind-green#

3. “República Democrática del Congo. El proyecto piloto REDD de Conservation International: una producción inédita de Disney”, Belmond Tchoumba, WRM, 2011, http://www.wrm.org.uy/countries/Congo/REDD_DRC_sp.pdf

* Boletín Mensual – Número 184 – Noviembre de 2012 http://www.wrm.org.uy / Tomado de Ecoportal.net