¿Pueden la libertad republicana y la libertad de mercado coexistir en el mismo medio social? La asociación que hace el republicanismo de la libertad con la ausencia de poderes arbitrarios cuanto menos cuestiona la compatibilidad de las instituciones republicanas con las del mercado. Después de todo, uno de los principios cardinales de la teoría del mercado es que la eficacia económica requiere que la gente sea sistemáticamente vulnerable a un cambio repentino y adverso de su fortuna económica. (1)

Los republicanos tienen razones para preocuparse no solo de que el resultado de la desigualdad del mercado produzca circunstancias favorables para el ejercicio arbitrario del poder, sino que el mercado como un mecanismo para generar ese resultado pueda funcionar el mismo como un poder arbitrario en las vidas de quienes le están sometidos. A pesar de ello, es posible elaborar una defensa republicana de la economía de mercado sobre la base de que provee medios eficientes para la creación de riqueza y un mecanismo útil para contrapesar el poder arbitrario del estado.

Pettit defiende así que: “la tradición republicana puede sumarse a la liberal y a la libertaria en su reconocimiento de los logros del mercado” a la hora de ampliar el abanico de opciones económicas, incluso a pesar de subrayar que la concepción republicana de la libertad permite la defensa de “la redistribución de la propiedad o la restricción de aquellos poderes asociados con la riqueza absoluta o relativa, de manera que se minimice la desigualdad en una situación de no-dominación”.

Sunstein defiende en la misma línea que “los mercados son meros instrumentos que deben ser evaluados por sus resultados” y recuerda al lector que pueden “producir ineficiencia económica y (lo que es peor) mucha injusticia”. Dagger está de acuerdo en que los republicanos pueden con toda propiedad “atribuir valor instrumental a los mercados en la esfera apropiada” en tanto que “no contaminen y corrompan otras partes de la vida” (2).

La cuestión para los republicanos de hoy, como lo fue para los “republicanos mercantilistas” (3) del siglo XVIII, no es si los mercados son incompatibles con la libertad republicana, sino qué tipo de defensa del mercado puede ofrecer el compromiso con la libertad republicana (4). Si el compromiso con la virtud de los republicanos les da motivos para sospechar de una política que considera las preferencias individuales como hechos de la vida pública, su preocupación por la arbitrariedad del poder les da igualmente motivo para sospechar de una política que busca dejar en manos del mercado un abanico de resultados sociales tan amplio como sea posible.

Un mundo republicano es aquel en el que los ciudadanos tienen que adoptar decisiones colectivas, falibles pero obligatorias, no solo sobre asuntos de política económica, sino también sobre asuntos de interés público en general. En un mundo así, preferencias de dudosa moralidad –sean racistas, sexistas o meramente egoístas- no son consideradas simplemente como “apetencias”, sino que deben ser defendidas en público y sometidas a la evaluación y crítica de la comunidad política.

Como ha observado Albert Hirschman, “una apetencia suele definirse como una preferencia sobre la que no es necesario discutir (de gustibus non est disputandum)” pero “una apetencia cuestionada, por otros o por uno mismo, deja ipso facto de ser una apetencia: se convierte en un valor”. Y “de valoribus est disputandum” (5). De igual manera, en un mundo así, las externalidades negativas de la conducta económica –pobreza, desempleo, vulnerabilidad económica, degradación ecológica- son consideradas no como efectos colaterales, lamentables pero inevitables, de la vida en una sociedad “libre”, que deben ser abordados en la medida de lo posible por medios no políticos, sino, por el contrario, como asuntos de interés público prioritario.

Institucionalmente hablando tenemos, por lo tanto, de un lado una visión que defiende que los resultados sociales deben estar determinados, para bien o para mal, por la expresa voluntad consciente de la comunidad política, y de otro lado una visión que afirma que los resultados sociales deben estar determinados en la medida de lo posible por el mecanismo anónimo e impersonal del mercado. Moralmente hablando, tenemos de un lado una visión que defiende que la libertad es la voluntad de hacerse responsable de las consecuencias sociales en general de nuestras acciones, y de otro lado una visión que afirma que la libertad consiste en el rechazo de esa responsabilidad y de los imperativos morales que le son implícitos.

De acuerdo con la primera de estas visiones, la búsqueda de la libertad exige que cuando se ejerce sobre nosotros un poder, tengamos la capacidad de determinar cómo se ejerce sobre nosotros, o por lo menos que tengamos una certeza razonable de que su ejercicio será en nuestro beneficio y en el de la sociedad en su conjunto. Para la segunda de estas visiones, la búsqueda de la felicidad requiere que delimitemos un espacio en el que los individuos puedan hacer lo que les plazca con lo que les pertenece.

Una teoría cuyo objeto sea contrastar la libertad republicana con la libertad de mercado nos conduce, en otras palabras, a una elección entre responsabilidad e irresponsabilidad como modelos alternativos de libertad humana. Una opción que es más fácil de comprender que la distinción que establece Pettit entre no-dominación y no-interferencia, y obviamente más práctica que la que hace Pocock entre discursos cívico-humanísticos y discursos jurídicos de la libertad, y más sonora que la de Berlín entre libertad negativa y libertad positiva (6).

Cada una de estas posiciones expresa un importante conjunto de intuiciones: los defensores de la libertad republicana nos recuerdan que solo somos libres en la medida en que los poderes a los que estamos sometidos son cuidadosamente supervisados; los defensores de la libertad de mercado nos recuerdan que hay una estrecha línea entre permitir la supervisión colectiva del poder y permitir el poder de supervisión colectiva. De la misma manera que una concepción de la libertad implica asumir los inconvenientes del auto-gobierno, la otra exige ser dispensado de esos inconvenientes o que no se le exija en absoluto asumirlos desde el comienzo.

La cuestión, de nuevo, no es cuál de estas visiones es superior a la otra, sino cuál es su esfera adecuada de aplicación y si pueden coexistir benéficamente en su funcionamiento la una y la otra. La clave para responder a estas preguntas es no perder de vista el hecho de que la adopción de cualquiera de ambas visiones de la libertad impone costes sustanciales a ciertas personas: en particular a los más vulnerables.

A pesar de la naturaleza impremeditada de los mercados, la decisión de permitir que se produzcan toda una serie de resultados sociales determinados de esta manera, en vez de otra, es una decisión que es o puede haber sido intencionada. A pesar de las mejores intenciones de virtuosos ciudadanos, incluso procesos políticos bien ordenados pueden conducir a decisiones que muchas personas pueden considerar arbitrarias. Por lo tanto, no podemos negar por completo responsabilidad por las consecuencias públicas de nuestros actos privados, de la misma manera que tampoco podemos impedir por completo que la gente actúe irresponsablemente.

En cada caso, el discurso de la libertad se usa para justificar o alentar formas de conducta que se consideran convenientes en otros terrenos, no para identificar una cualidad “real” de los individuos o las instituciones concernidas. Al explorar los orígenes y las limitaciones de la libertad republicana y de la libertad de mercado y al concretar las implicaciones éticas y prácticas de cada visión espero haber ayudado a que sea menos fácil caer en esta particular falacia ideológica.

Notas:

1. Hayek distingue, por ejemplo entre “la seguridad que puede proporcionarse a todos fuera de y de manera suplementaria al sistema de mercado y la seguridad que puede proporcionarse solo para algunos y solo controlando o aboliendo el mercado”. Y defiende que, aunque una sociedad próspera debe garantizar “la certeza de un mínimo dado de sustento para todos”, no debe intentar “proteger a los individuos o los grupos… de pérdidas que impongan dificultades severas a pesar de no tener justificación moral pero que son inseparables de un sistema competitivo”. F. A. Hayeck, El camino de la servidumbre, pp. 133-135.

2. Philip Pettit, “Freedom in de Market”, Politics, Philosophy and Economics 5 (2006), pp.134, 141; Cass R. Sunstein, Free Markets and Social Justice (New York:Oxford University Press, 1997) pp. 9.4; Richard Dagger, “Neo-Republicanism and the Civic Economy”, p. 158.

3. En el siglo XVIII, la expansión del comercio internacional hizo que toda una serie de autores (Mandeville, Montesquieu, Hume, Adam Smith, Alexander Hamilton…) alegaran que los desafíos de las sociedades modernas eran completamente diferentes de las de las repúblicas de la antigüedad clásica y que, por lo tanto, los argumentos del republicanismo clásico eran anacrónicos, a pesar de su defensa por autores como Rousseau, Abbé de Mably, Ferguson o Jefferson. Es al primer grupo al que se puede clasificar como “republicanos mercantilistas”.

4. Aunque Gerald Gaus está en lo cierto cuando señala el escepticismo de los republicanos sobre la legitimidad moral de muchas de las transacciones mercantiles, “va demasiado lejos”, como dice Dagger, al defender que desde un punto de vista republicano “el mercado está casi totalmente deslegitimado”: “Backwars into the Future: Neorepublicanism as a Postsocialist Critique of Market Society”, Social Philosophy and Policy 20 (2003), p. 68; Dagger, O.C.

5. Albert O Hirshman, “Against Parsimony: Three Easy Ways of Complicating Some Categories of Economic Discourse”, en Rival Views of Market Society and Other Recent Essays (New York, Viking, 1986), pp. 155-147.

6. Hay algunos precedentes para establecer una relación entre libertad y responsabilidad: David Miller ha defendido, por ejemplo, que “la condición necesaria para considerar un obstáculo como una restricción de la libertad es que otra persona o personas puedan ser consideradas moralmente responsables de su existencia”. Y Pettit ha escrito todo un libro basado en la premisa de que la libertad consiste en “la capacidad de ser responsable” de las consecuencias de nuestras acciones (Theorie of Freedom: From the Psichology to the Politics of Agency, 2001). Es menos común asociar libertad e irresponsabilidad, pero creo que es a esa intuición a la que apela Berlín en su definición de la libertad negativa: “el área en la que el sujeto…debe ser dejado para que haga o sea lo que esté en su capacidad, sin interferencias de otras personas” (“Two Concepts of Liberty”, Liberty, 1969).

* Profesor de ciencia política en la Universidad Estatal de Ohio y uno de los exponentes más importantes del nuevo pensamiento republicano. Es autor de Reconstructing Public Reason y The Invention of Market Freedom (de cuyo epílogo esta extraído el presente texto). Fuente: www.sinpermiso.info, 9 de diciembre de 2012, traducción de Gustavo Buster.