(CUBARTE).- Allá por los años 80, parecía que la única solución a las diferencias entre los seres humanos era la violencia, sin posibilidad de optar por otros caminos para solventar los problemas. En América Latina, las dictaduras militares asesinaban a los que se atrevían a oponérseles con una facilidad espantosa y la tortura y el maltrato eran el pan nuestro de cada día y antesala de la terrible práctica de los “desaparecidos”.

Con una deuda externa gigantesca, con intereses imposibles de paga y la desesperación de las clases dominantes por mantener el poder ya con pocos argumentos a su favor, se escudaban en la inmoralidad y la bestialidad como últimos recursos, ante la abrumadora ausencia de razón. Reinaba la confusión y cada día se palpaba mayor rebeldía, a lo que se sumaba la inclinación a la derecha de la iglesia católica, predominante en asuntos de fe, inclinación motivada por el terror al ateísmo de izquierda con el cataclismo de la rebelión de varios de sus pastores, que amén de la Teología de la Liberación, tomaban partido —como Cristo— por los pobres, con el ejemplo terrible de sacerdotes guerrilleros y funcionarios de gobiernos revolucionarios, desde Camilo Torres y Óscar Arnulfo Romero a Ernesto Cardenal y Miguel D’Escoto.

Había caído el Che en Bolivia y el experimento de Allende y la Unidad Popular en Chile habían provocado la brutal dictadura de Pinochet, pero así y todo, aun con la muerte de artistas que cantaban a la libertad y a la vida, como Víctor Jara y Jorge Salerno, se seguía cantando a la esperanza, aunque fuera desde tierras lejanas donde brasileros, argentinos, chilenos, uruguayos, muchos grandes de la llamada “nueva canción” habían tenido que asilarse.

En Cuba, a pesar de la asfixiante situación del bloqueo, las manifestaciones artísticas alrededor de la música ya se habían abierto paso al exterior y nuestra amplia gama musical recorría el mundo. Entre los modos, géneros y estilos musicales cubanos, la nueva trova se hacía presente en los más diversos escenarios, así que se entendió que una invitación de la Universidad de San Andrés, en Bolivia, a un grupo de trovadores, conformado por Vicente Feliú, Augusto Blanca y Lázaro García, debía ser aceptada, aunque en esta ocasión había un punto más de riesgo que preocupó a los integrantes del movimiento de la nueva trova y las autoridades competentes. La invitación comprendía a una muchacha, Sareska Pantoja, hija del Comandante Olo Pantoja, uno de los guerrilleros caídos con el Che.

Por los trovadores no había problema, no era la primera vez que artistas del MNT salían a lugares peligrosos, al igual que otros artistas cubanos. Ya se habían dado casos de amenaza de bombas para artistas cubanos como Elena Bourke y La Aragón en Estados Unidos, cuyo repertorio no era “político”; pero también se había trabajado en Chile y posteriormente en la campaña electoral parlamentaria de la Unidad Popular; Se había participado en festivales en países centroamericanos con un ambiente peligroso como la Costa Rica de entonces; la labor de un grupo numeroso de artistas de distintas disciplinas en la guerra de Angola, en fin, está registrado en la historia —quizás no suficientemente— que se cantó, se bailó y se llevó nuestra cultura a cualquier rincón, no importa bajo qué condiciones, sin alardes ni aspavientos, como un toque de amor a tanta inquina

Con respecto a Sareskita, se decidió por funcionarios con más que suficiente autoridad que ella tenía el derecho de ir a donde cayó su padre y nadie debía impedírselo, así que salieron para Bolivia, donde ejercía la presidencia interina la señora Lidia Gueiler y llegaron en medio de una situación inestable, en la que se esperaba de un momento a otro un golpe militar que derribara a la presidencia y tomara el poder.

Se cantó en varias actividades en La Paz, Cochabamba y otras ciudades e increíblemente sonó el Hasta Siempre, de Carlos Puebla con el que cerraban sus actuaciones y otras canciones al Che, en la misma Bolivia, donde pagaron el precio de su vil asesinato al convertirlo en leyenda y logrando pasar de alguna manera a la historia, los responsables del hecho, pero no por sus méritos, sólo como asesinos.

Mientras en La Habana, el 4 de abril, Viernes Santo, para mayor contraste, se desataba la violencia con el asalto a la embajada del Perú, por medio de la embestida de un ómnibus contra la cerca que rodeaba el inmueble. Ante tal acción, uno de los custodios abrió fuego hiriendo a dos de los asaltantes, aunque no pudieron impedir el ingreso a la sede diplomática y tras cesar los disparos, quedó inerte en el suelo uno de los jóvenes custodios, Pedro Ortiz Cabrera.

No era el primer incidente de asalto, ya el 17 de enero de ese año había ocurrido otro episodio violento en la misma embajada, además de un trágico intento en la Embajada de Venezuela y ante la exigencia de las autoridades para que fueran entregados los que pedían asilo y la negativa del gobierno peruano a entregarlos, el gobierno cubano retiró la custodia de la embajada, lo que originó una de las crisis más violentas de nuestra historia con los tristemente recordados actos de repudio.

Los trovadores vieron desde Bolivia por la televisión las marchas multitudinarias de respaldo al proyecto revolucionario y siguieron cantando, pero con atención sobre el alerta que les habían dado, de que si escuchaban explosiones o algún tiroteo, tomaran el incidente como una señal de comienzo del golpe y fueran de inmediato para la embajada del Panamá de Torrijos y pidieran asilo, que allí los iban a recibir.

Una noche en que compartían con varios amigos bolivianos en casa de Rodrigo, uno de los gestores principales de la invitación, se oyó una explosión que todos en la casa tomaron como el inicio del golpe, aunque no era así. Salieron pues, rumbo a la embajada de Panamá y en el trayecto fueron detenidos en una barrera que había conformado la policía.

Para la extrema derecha boliviana era todo un manjar, había sonado un artefacto explosivo y poco después la policía capturaba nada menos que a agitadores y propagandistas cubanos, a quienes podía echar la culpa del hecho y demostrar otro intento de penetración comunista, así que con enconado entusiasmo acompañado de culatazos y patadas, encerraron a los tres trovadores y a la muchacha cubana que los acompañaba, sin pensar detenidamente en la tamaña estupidez de vincular con hechos subversivos y clandestinos a trovadores de vida pública, que ni con intención suicida cantarían en público para poner bombas después.

La noticia llegó a La Habana de una manera poco usual. Alguien, no recuerdo quien, se presentó en casa de Pablo Milanés y le informó de lo que estaba pasando y Pablo, de inmediato le avisó a Haydée Santamaría y a Eduardo Ramos que se trasladaron de inmediato para la casa de Pablo, donde empezaron a buscar más información y a hacer gestiones al respecto, hasta que Yeyé decidió trasladarse a la Casa de las Américas, donde había más condiciones para establecer un centro de todas las gestiones que se fueran a realizar con más líneas de teléfono, fax, en fin, lo que fuera necesario con mejores condiciones logísticas.

En ese momento yo era miembro de la dirección nacional del movimiento de la nueva trova y cuando llegué a mi casa, me habían dejado un recado de casa de Pablo más o menos esbozando la situación y un recado de que iban para la Casa de las Américas. Cuando llamé allá, me salió Yeyé directamente, parece que estaba al lado del teléfono, y le pregunté qué estaba pasando y me respondió — me acuerdo como si fuera hoy— “Los muchachos tuvieron problemas en Bolivia, es mejor que vengas para acá”.

Cuando llegué a la Casa, estaba Julio García Espinosa y ya habían llegado junto a Pablo y Haydée, Eduardo Ramos, Noel Nicola y Sara González. Allí me enteré de lo poco que se sabía en esos momentos. Yeyé le había mandado un mensaje a Fidel, pero aún no había respondido, lo peor del asunto es que cada vez que se contactaba a alguien, la opinión que nos daban era que existía la intención de asesinar a los trovadores, lo que en aquella época no sonaba para nada como algo descabellado.

Recuerdo la conversación con un hombre de quien no recuerdo el nombre ni como lo contactamos. Ya Haydée se había comunicado con la compañía telefónica y teníamos línea abierta y priorizada, porque fue su idea movilizar a distinguidos intelectuales del mundo para que intercedieran con la presidencia de Bolivia y preservaran la integridad física de los trovadores. El señor que llamamos se mostró esquivo y Pablo se puso al teléfono mientras nosotros escuchábamos por una extensión la conversación que transcurrió en los términos siguientes:

Mire —le dijo— le habla Pablo Milanés.

Hombre, es un honor Pablo Milanés.

Gracias, nosotros necesitamos saber qué pasa con nuestros compañeros, por favor, cualquier cosa que nos diga nos puede ser de mucha utilidad.

Mire, yo en realidad no sé nada, y si supiera, por razones elementales no se lo podría decir. Lo único que he oído son comentarios, de que los tienen presos en una comisaría, que los acusan de haber puesto una bomba y se dice que no pasa un día más sin que los fusilen inventando un pretexto para justificar el hecho, pero eso no son más que habladurías, pero si fuese así, yo jamás le diría a usted algo tan comprometedor.

El mensaje de aquel hombre que nos pasó la información por encima del miedo estaba claro, había que moverse. Pablo le agradeció el gesto y Yeyé se pegó al teléfono.

Uno de los primeros en llamar fue a Gabriel García Márquez, que no sólo atendió solícito al reclamo de Yeyé, sino que después cuando logramos contactar a otras personalidades, en varias ocasiones nos dijeron: ya Gabo me avisó.

Recuerdo la conversación con Miguel Otero Silva, que habló con Haydée y llamó un rato después diciéndole que había hablado con la presidenta de Bolivia y la había amenazado con mandar un avión con los mejores reporteros de El Nacional de Caracas si no soltaban a los muchachos y cuando Yeyé le agradeció, le dijo: “Lo hago por ellos y por ti, porque yo quiero que tú me quieras como tú sabes querer”.

En un momento dado, un funcionario se acercó y le preguntó a ella que cómo se iba a pagar esa cuenta telefónica, a lo que respondió: “si es necesario, usen el presupuesto del Premio Casa, eso no nos va a detener ahora”.

Realmente es lamentable no haber escrito de inmediato tantas anécdotas que suscitaron aquellas llamadas telefónicas —algunas, maravillosas y otras desilusionantes— donde la personalidad de Yeyé brilló con tanta fuerza, pero no tuvimos la curiosidad de hacerlo y el tiempo colabora con envolver a alguna que otra en la neblina inevitable del paso de los años.

La campaña del reclamo de intelectuales prestigiosos que se habían contactado en diversos países empezó a funcionar, por lo que había que tener paciencia. Eduardo Ramos y yo, aprovechamos el tiempo, yendo a avisarle a Silvio Rodríguez, que estaba de vacaciones con su familia en Santa María del Mar; antes nos demoramos en localizarlo por no saber exactamente dónde estaba; así que llegamos allá y le informamos de la situación, pues independientemente del sentido de pertenencia, la profunda amistad con los trovadores implicados, y la maravillosa unidad entre los trovadores en aquel entonces, su apoyo y su prestigio resultaban de enorme importancia.

Al regresar, nos dieron la noticia de que ya Fidel sabía del asunto y se había comunicado con Yeyé, por lo que ella ya mucho más tranquila, desmontó el “puesto de mando” en la Casa de Las Américas, dejándonos el mensaje que se trasladaba a su casa, a donde acudimos más tarde. Ya en casa de Haydée nos enteramos de que se había logrado el que salieran de Bolivia e iban camino a Panamá y también supimos de los golpes y los maltratos que habían sufrido nuestros compañeros, incluso descritos de manera muy dramática, cosa que afectó a Haydée muy profundamente, quizás trayéndole a la memoria la pesadilla que tuvo que vivir tras el Moncada, aunque, por supuesto que un carácter como ella en ningún momento se mostró abrumada, todo lo contrario, serena y optimista.

El embajador de Cuba en Panamá, Miguel Bruguera del Valle, en cuanto arribaron los muchachos, llamó de inmediato a Yeyé para informarle que estaban siendo atendidos en el hospital; más tarde después de una espera angustiosa, llamó de nuevo y nos puso al teléfono a los trovadores con quienes hablamos con gran emoción.

Salimos felices de su casa y nos dedicamos junto al personal de Casa de las Américas y el Ministerio de Cultura a preparar el recibimiento en el aeropuerto y la conferencia de prensa que darían en la Casa. Después, abrazos y la felicidad de tenerlos de vuelta vivos, por magullados que estuvieran.

Solo posteriormente, nos dimos cuenta del peso enorme que echamos sobre Yeyé, haciéndola revivir de forma tan cruda los terribles días del Moncada, con la tortura y muerte de sus seres queridos. Hasta el hierro se puede fundir y a pesar de que no lo demostró ni un segundo, el dolor le abrumó el corazón a aquella admirable y honesta mujer de hierro, trayéndole a lo más hondo de sus sentimientos la muerte nunca superada de Abel Santamaría, su hermano admirado y hombre de cualidades excepcionales.

No faltó quien le criticara que había armado mucho ruido, yo, al paso de los años, sigo convencido de que hizo bien y actuó de forma coherente con su prestigio, carácter y principios, como correspondía a la entidad que tan dignamente representó, que fue, más que una instancia cultural, un símbolo de esperanza para Latinoamérica.

Hace poco hablaba con algunos artistas jóvenes que —algunos— habían oído hablar del hecho, pero no lo conocían de forma suficiente, ése es la motivación principal para relatar aquellos momentos, desde nuestras experiencias y puntos de vista, ahora falta dejar por escrito los recuerdos de aquellos cuatro, Vicente, Augusto, Lázaro y Sareskita. Es cierto que América Latina ha cambiado, y que hasta existe un presidente de descendencia afroamericana en Estados Unidos, impensable en aquella época, pero los partidarios de la violencia y la brutalidad también existen, ansiosos por ejercer el poder y a la primera oportunidad, aplicar sus prácticas reforzadas por el odio y el extremismo, veneno en cualquier bando que se milite.

Por eso creo útil escribir estos hechos, consultándolos con mis compañeros que aún están entre nosotros, como testimonio del riesgo de “cantar opinando” como decía Martín Fierro y como homenaje a Yeyé, sin idealizarla, no se trata de eso, no lo necesita quien sigue siendo tan grande, a pesar de la muerte y el tiempo.

* Músico cubano, integrante del Cuarteto Los Cañas y del “Movimiento de Avanzada Raúl Gómez García”. Participa en la organización del Movimiento de la Nueva Trova en 1972. En 1976 Los Cañas conformaron, junto a Silvio Rodríguez, Manguaré, Vicente Feliú y el Mago Ayra, la primera delegación artística profesional que llevó – como militares voluntarios- el arte cubano a las trincheras de combate de las FAR y el MPLA en la guerra de Angola.