París.- Ojo, compañeros viajeros, amantes de Walt Disney, cuando tomen el vuelo a París, bajen en Charles de Gaulle y que el taxi más cercano les lleve a la Place de la Bourse, Metro Bourse. Allí encontrarán el templo del amor del dinero. Y no me refiero a la Bolsa de Valores, especie de templo griego que en Mayo del 68 empezó a arder mientras un periodista español, más que catalán genial, Xavier Domingo, anunciaba por los teletipos de la Agencia France Presse para la prensa latinoamericana y española: “El templo del dinero estaba ardiendo esta tarde”.

Frente a la Bolsa, esa bolsa que nos ha acompañado en la ruina que conoce el mundo occidental, se encuentra un establecimiento, Le Vaudeville, café, brasserie o cervecería o lo que les dé la gana. Es un templo al buen gusto, al buen comer, al buen beber. Te sientas entre los mármoles más raros, con camareros de estilo a los que no les da asco presentarte una factura de ricos.

Le Vaudeville fue testigo de muchas fortunas realizadas enfrente, en la Bolsa, y de muchas catástrofes dinerarias que en el mundo son. Como la que Emile Zola, el padre del neorrealismo literario del siglo XIX, creo que algunos le llaman naturalismo, cuenta en L‘Argent (El dinero) que en 1928 dio lugar a una de las obras maestras del cine francés que con el mismo título contaba la gloria y el infierno de Don Dinero, L‘Argent, de Marcel L‘Herbier, 1928. En su rodaje se emplearon 15 cámaras simultáneamente y mil extras para recrear el movimiento demente de la Bolsa, en plena época del cine mudo.

Zola mordía a los obreros, a los capitalistas y a los demás con una furia casi carnívora. Quería contar la historia de la gente, la historia de la sociedad que se estaba realizando ante sus ojos, con el Imperio francés, con la derrota de México, con el Baron Haussman que había convertido a París en una metrópoli en la que ni Batman tendría nada que objetar.

Los personajes de Zola, banqueros, prostitutas de altos vuelos como la enternecedora e impalpable baronesa Sandorff, tenebrosa criatura de sexo vivo cuyos dioses le impedían el goce físico, para mayor disfrute masculino, no vivían más que para ese dinero que da título a su novela y que dio título a la magistral película de Lâ€ÖHerbier, de un modernismo apabullante.

A Salvador Dalí le conocí cuando yo acababa de llegar a París con la pretención más que pretenciosa de revalidar mi título de periodista obtenido con audacia e inconsciencia en el semanario Cosmópolis de Tánger, sito en el Bulevar Pasteur de la ciudad internacional, donde podías ser Santa Teresa y vivir sin vivir porque muero porque no muero.

Se me ocurrió ir a verlo a la presentación de un libro suntuoso de litografías enamoradas por el talento de este catalán que los soplagaitas siguen persiguiendo, muchos años después de su muerte, porque dicen que amaba a Franco, que decía cosas políticamente incorrectas.

Dalí era de otro mundo. Nada tenía que ver con la España tullida y retrasada mental de los años anteriores a la muerte de Francisco Franco. Era Dalí un hombre generoso que además de hacerme caso hasta acordarse de mí apelando a su “memoria de elefante” me invitó una tarde de otoño en su suite del Hotel Meurice de París a tomar un té servido por la inefable Gala, su musa, su mujer, su amor, de cuya muerte murió él.

Fue tan profundo el flechazo que sentí por aquella aparición sonriente con traje de Chanel y tazas de porcelana china de la de antes de los chinos que no me atreví a decirle que odiaba el té, que prefería el güisqui con Perrier. Los tullidos dolosos de cerebro pequeño y vacío seguían persiguiendo a este genio que inventó parte del cine surrealista, con Luis Buñuel. Pero todo eso me importa un bledo de medida anglosajona de la época en que Lafayette luchaba generosamente para que los británicos malditos dejaran tranquilos a los olvidadizos norteamericanos que entre indios y caimanes querían crear una nación.

En L‘Argent, hay un banquero totalmente amoral que se inventa unas minas de plata en el Líbano, adobadas con la religión católica, apostólica, romana, que atrae a miles de francesitos que suscriben sus obligaciones vacías de contenido. Una estafa muy parecida a las que los banqueros del siglo XXI se han inventado para sumirnos en los Estados Unidos de 1929. Para precipitarnos en la ruina más absoluta y absurda.

El banquero se hace multimillonario y en una mesa del Vaudeville tiene sus consejos de administración con su corte de infantes de marina incautos y dispuestos a dejarse despellejar hasta el último céntimo de franco. Pero como Emile Zola era además de un escritor millonario y social bastante justo, hará que su banquero caiga en la peor de las pesadillas de la ruina a manos de otro banquero judío, personajes que en la época del genial escritor eran los malos de todas las películas.

Un argumento que el señor Adolfo Hitler utilizaría luego para su genocidio más calenturiento, aunque además de judíos asesinara a mansalva alemanes, franceses, homosexuales y otros arquetipos que no cuadraban con su concepción del macho alemán perfecto. Salvo en Mayo de 1968, cuando estudiantes se echaron a las calles de París para acabar con la sociedad en la que vivían, la Place de la Bourse de París siempre ha sido un lugar tranquilo y el Vaudeville un bar-cervecería-cafetería donde se comen las ostras más suntuosas y se bebe el mejor champán por copa, es decir, que no necesita usted pedir una botella.

No sé si Dali estuvo alguna vez en el Vaudeville, cuando los camareros de los sesenta bosquejaban como una litografía incontrolable las cuentas de cada cual encima de los manteles de papel. A Dalí le gustaba más el Ritz y, sobre todo, el Meurice, en la rue de Rivoli. Ahora anda metido en el Centro Pompidou, el museo de arte más absurdo de París por sus formas que le hubiesen dado esa risa boba con la que Dalí encandilaba a los marchantes de arte que nunca entendieron una papa porque él no era de este mundo. Pero ahora que me lo he pensado mejor, distinguidos viajeros del vuelo de París, vayan directamente a EuroDisney, a cincuenta y tantos kilómetros de la capital francesa. Se divertirán más con Donald que con Dalí y no tendrán que hacer el ridículo de los catetos patéticos de por vida en el Vaudeville. Que Dios los consuele, si puede y si quiere.

* El autor es periodista y crítico de cine, colaborador de Prensa Latina.