La Habana (PL).- El viejo proverbio sobre la paja en el ojo ajeno encaja perfectamente a Estados Unidos en términos de violaciones de derechos humanos, por lo cual acusa cada año a numerosos países cuando su situación interna es crítica.

Mientras las autoridades de Washington dedican tiempo a redactar informes anuales alusivos al tema e incluyen de forma unilateral a gobiernos y regiones, en su propio suelo ganan fuerza los hechos relacionados con odio racial, abusos policiales consecutivos, adopción de leyes hostiles contra inmigrantes y la trata de personas, entre otros flagelos.

Uno de los problemas más arraigados en la sociedad estadounidense es el racismo, palpable mediante los constantes y violentos ataques a las minorías étnicas en todos los ámbitos sociales y a manos de grupos de supremacía blanca como neo nazis, cabezas rapadas, o las llamadas milicias Patriotas.

El asesinato este año del joven Trayvon Martin en Florida y de otros tres afroamericanos en Tulsa, Oklahoma, ilustran la actual magnitud del mal y las facilidades que gozan los criminales solo porque tienen un tono de piel más claro.

En ambos casos las víctimas recibieron los tiros de muerte mientras paseaban desarmados por las calles del país que se autodefine líder mundial de la democracia y la libertad. Dichos homicidios elevaron a la palestra la soterrada discriminación racial y las leyes norteamericanas que confieren impunidad a los asesinos al permitir a cualquier persona enfrentar de manera mortal a un supuesto potencial agresor con un arma de fuego cuando considere que su vida está en peligro.

“El problema es que el estereotipo racial existe en todo el país, y cuando la policía detiene a un negro, un hispano o alguien basado sólo en la apariencia, se equivoca”, dijo en ese momento Derek Newton, vocero de la Unión Americana de Derechos Civiles, principal defensora de las garantías individuales en el país.

Según la organización Southern Poverty Law Center, en la nación norteña operan mil 18 grupos extremistas con una tendencia cada vez mayor a captar nuevos adeptos a sus filas por la influencia de políticos que hacen campaña con propaganda falsa sobre sectores como los inmigrantes.

Además, abundan las leyes contra quienes no son blancos y es común la predilección solo por el color de la piel a la hora de conceder puestos de trabajo, ascensos y beneficios laborales. De hecho, la tasa actual de desempleo entre los blancos es de siete por ciento, entre hispanos de 10, asiáticos de 4,8 y entre los negros de 14,3.

Respecto al tema penitenciario, entidades mundiales de derechos humanos atestiguan que Estados Unidos permite la violación sexual en las prisiones de hombres y mujeres, pero sus autoridades lo desmienten y no actúan para evitarlas. Es uno de los pocos países en el mundo donde aún se aplica la pena capital y en muchas ocasiones contra enfermos mentales, afroamericanos y latinos, estos últimos representan el 41 por ciento de la población carcelaria.

También mantiene encarcelados y somete a denigrantes modalidades de torturas a ciudadanos extranjeros por motivos políticos, ideológicos o simplemente porque se les acusa sin argumentos probados de terrorismo.

Muchos de esos reos los confinaron por tiempo indefinido sin cargos, derecho a abogados, juicio y visitas familiares en las celdas norteamericanas de Abu Ghraib, Irak, y en la base naval de Guantánamo, instalada en el suroeste de Cuba contra la voluntad del gobierno y pueblo del país caribeño.

Por otro lado, en Estados Unidos se expande con celeridad el tráfico de seres humanos y cada año llegan al menos 18 mil víctimas a territorios como California, Texas, Colorado, Florida, Washington y Nueva York, todos carentes de entidades de vigilancia que permitan contrarrestar esa tendencia delictiva.

Una operación federal frustró en mayo anterior una red de contrabando y prostitución en la ciudad californiana de Los Ángeles y detuvo a cinco norteamericanos que tenían a una veintena de mujeres prácticamente presas en burdeles.

Cifras del Departamento Federal de Salud y Recursos Humanos confirman que 76 por ciento de las personas afectadas por este crimen son féminas menores de edad y procedentes de naciones asiáticas y latinoamericanas.

“Muchas de ellas son trasladadas directamente desde puertos hasta hoteles y el nivel de subyugación es tan alto que se fomenta el llamado Síndrome de Estocolmo, y por ende resulta difícil que delaten a sus captores”, comentó recientemente el psiquiatra Jayceon T. Taylor.

Una línea telefónica habilitada por el Buró Federal de Investigaciones recibió en 2011 cerca de 10 mil llamadas de ciudadanos que confesaron son o han sido obligados por contrabandistas a laborar en la industria del sexo, como peones de campo, choferes de camiones y taxistas en Estados Unidos.

Las mujeres norteamericanas tampoco escapan de las vejaciones y casi 90 por ciento también ha sufrido discriminación por género, violación o acoso sexual en centros de trabajo, estudios y hasta en el hogar.

Por ejemplo en 2012, varias féminas que sirvieron en el Ejército demandaron al Departamento de Defensa y a su secretario, Leon Panetta, por impedirles desempeñar 238 mil posiciones, entre ellas la infantería, los tanques y las fuerzas especiales, al considerar que carecen de suficiente fuerza en el torso.

En el controvertido aspecto migratorio, la Corte Suprema de Justicia dio carta blanca en julio pasado a legislaciones que autorizan a los patrulleros comprobar la situación legal de cualquier transeúnte o conductor de vehículos solo por su perfil étnico.

Los magistrados, en su mayoría conservadores, avalaron el polémico acápite de la ley SB1070 de Arizona, aunque abogados de derechos civiles en todo el país denunciaron que tal prerrogativa podría provocar el establecimiento de un patrón discriminatorio en las inspecciones rutinarias.

Su fallo le abrió el camino a estados como Georgia, Indiana, Kentucky, Mississippi, Carolina del Sur y Nebraska, entre otros, que aguardaban por el dictamen supremo porque disponen de proyectos similares con el fin de hostigar a los inmigrantes hasta que opten por autodeportarse.

Finalmente está el tema de Internet, en el cual Washington ha vulnerado las libertades de sus propios ciudadanos y en nombre de su autoproclamada guerra contra el terrorismo mundial legalizó el espionaje telefónico, la intercepción de correo electrónico, la apertura clandestina de correspondencia y la sustracción de documentos personales.

Asimismo impone restricciones bien estrictas en el ciberespacio mientras exige a otros gobiernos libertad en la web, que ya definió como un nuevo objetivo de batalla con una importancia similar a los ubicados en tierra, mar, aire y el espacio ultraterrenal.

Elementos como los antes expuestos sobran para seguir demostrando cómo la principal potencia del mundo debe mirarse hacia adentro y corregir sus propias infracciones en vez de jugar a ser ejemplo y juez en materia de derechos humanos. También le toca revisar su política exterior para poner fin a las guerras que desata por el planeta en nombre de la paz y que acaban con las vidas de millones de niños, mujeres y ancianos inocentes.

Drones: La muerte invisible y por control remoto

Los bombardeos de drones que matan africanos, árabes y asiáticos constituyen para Washington un nuevo tipo de ejecución sumaria de sus enemigos, pero para el resto del mundo son solo una máquina destinada a matar por control remoto. Los drones (en español zánganos) o Vehículos Aéreos No Tripulados (Unmanned Aerial Vehicles, UAV) son parte de una cruzada de ese país contra objetivos en Somalia, Afganistán, Irak, Libia, Yemén y Pakistán, en la que, sobre todo, perecen inocentes.

Los alrededor de 22 millones de dólares que cuestan algunos de esos aviones no tripulados, ubicados en bases dentro o cerca de los países de interés y manejados desde fuera de ellos, garantizan un alto potencial tecnológico para cumplir sus propósitos.

Washington asegura que esas naves poseen el mismo ciento por ciento de efectividad en el tiro de que presume la robótica estadounidense, pero cada vez se incrementan más las pruebas que acusan a su gobierno de muertes indiscriminadas.

Según un estudio de las universidades de Stanford y Nueva York, Estados Unidos ha realizado desde el año 2004 unos 400 ataques con drones, donde murieron más de dos mil personas, aunque esas cifras pueden ser superadas por la realidad.

Los UAV poseen “una increíble agudeza de visión mediante múltiples videocámaras de gran potencia”, según el coronel de la Fuerza Aérea estadounidense Matt Martin, quien “pilotó” el tipo Predator desde una consola en la ciudad de Nevada. El oficial asegura que esos equipos permiten distinguir hasta cuándo sus objetivos van al baño, encienden un cigarrillo o se involucran en aventuras amorosas, sin sospechar que son observados desde el otro lado del mundo.

Fuentes del Pentágono declaran poseer unos siete mil 500 drones y precisan que mientras en septiembre del 2001 se disponía de 50, a inicios del 2012 ya había uno por cada tres aviones militares convencionales.

Según el periódico The New York Times, los más importantes ataques con drones en Yemen y Somalia y los más riesgosos en Pakistán son personalmente aprobados por el recién reelecto presidente Barack Obama.

Un artículo de ese diario en junio del actual año firmado por los periodistas Jo Becker y Scott Shane indica que el jefe de Estado sólo es asesorado por algunos subordinados y por otros especialistas en seguridad nacional.

Cuando un ataque con drones tiene como objetivo un supuesto jefe terrorista acompañado por su familia, el Presidente se reserva el cálculo moral final. “Él es el responsable por la posición de Estados Unidos en el mundo”, destaca la publicación.

El citado estudio de Stanford y Nueva York insertado en el periódico Hill subraya que el uso de drones contra Al Qaeda en Afganistán, Pakistán, Yemén, Somalia y otros países incrementa el sentimiento antiestadounidense en todo el mundo.

Esas operaciones siembran la ansiedad y el trauma psicológico entre comunidades civiles de las áreas donde se producen y crean caldo de cultivo para próximas acciones insurgentes de grupos opositores y el incremento de sus bases, apunta la encuesta.

Las acciones de esas naves contra personas vinculadas a Al Qaeda o a cualquier otro grupo, unido al consiguiente exterminio de poblaciones indefensas incrementan en general el rechazo mundial.

El periodista estadounidense Harry Blackmouth simplifica la cuestión en la publicación TalCualDigital mediante una suerte de ingenioso retruécano: “Si es tan difícil determinar quién es culpable ¿cómo puede saberse quién es inocente?” Otra característica peligrosa del dron es que a veces falla su control desde el mando, como ha ocurrido en Afganistán, Irak y Pakistán con algunos que se desconectaron y lanzaron misiles a ciegas contra blancos indefensos.

Mientras tanto, salvo algunas tímidas condenas de la ONU, es natural que la más contundente respuesta de repudio frente a esos crímenes se localice en los estados afectados de manera directa por los misiles. Afganistán, Pakistán, Yemén, Iraq, Libia o Somalia son los que más han reaccionado contra esos aviones, a los que ya Washington prevé aplicarle la energía nuclear, así como emplearlos en su territorio y en América Latina.

Pese a que es la CIA la encargada práctica del desempeño de los drones, la responsabilidad formal y el costo ético afectan cada vez más la imagen del Gobierno de Washington en el mundo y en particular en los países escogidos para esas operaciones.

Pakistán, un aliado de Estados Unidos en la “guerra contra el terrorismo” y el único país islámico con armas atómicas, objetó en algunos casos la acción bélica estadounidense por medio de los drones. Ese país fue escenario a principios de octubre del más relevante gesto de oposición mediante una marcha de dimensiones sin precedentes contra los drones, organizada por el Movimiento Pakistaní por la Justicia.

Solo en Pakistán, unos 30 aviones han lanzado misiles en más de 230 ocasiones y provocado la muerte de dos mil personas, comprendida la del presunto número dos de Al Qaeda, el libio Atiyah Abdel Rahman, en agosto pasado.

La población de Yemén, otro de los principales “estados-víctimas” de esas máquinas y donde el primer ataque fue en diciembre del 2009, experimentó en los últimos meses frecuentes manifestaciones anti-drones.

El número e intensidad de esos ataques en los mencionados estados han llegado al punto de que algunos ya se preguntan si Washington ha reemplazado con los muertos por esa vía el envío de “terroristas” a la ilegal prisión de Guantánamo.

Lo que hace poderosas a esas máquinas es su habilidad para ver, pensar, despegar, aterrizar y volar por ellas mismas, pues sus movimientos no son a una supervelocidad y sus misiles son de modelos comunes. Los operadores programan un destino o área determinada de patrullaje y luego se pueden concentrar en los detalles de la misión, mientras los aparatos se ocupan de todo lo demás, aunque oficialmente solo esos pilotos humanos asumen la decisión de disparar.

Entre los tipos o modelos más conocidos de UAV figuran el Predator (depredador), el Reaper (segador, como una hoz), el Sky Warrior (espejo del cielo) o el stealth (invisible al radar). Los pilotos a distancia disfrutan, además, el privilegio de ver correr la sangre sin verterla ni salpicarse: “En el improbable caso de que un dron sea derribado -relata el coronel Martin- su operador puede levantarse de su consola y salir andando”.

* Martínez Ruíz es periodista de la redacción Norteamérica de Prensa Latina y Paneque Brizuela, periodista de la Redacción África y Medio Oriente.