El marxismo considera el colonialismo como un fenómeno de doble cara; la ensangrentada represión y explotación de las naciones, pero también, toma en cuenta su aspecto progresista, pues considera que sienta las bases materiales -y en cierto modo espirituales- que posibilitan la revolución socialista. Frente al indigenismo, que ve en el colonialismo un proceso histórico puramente trágico y oscuro, la dialéctica histórica no se basa en juicios meramente morales. La misma posibilidad de la rebelión indígena –pensemos en los levantamientos del siglo XVIII- se dieron en el marco de determinadas condiciones que la colonización desarrolló al interior de los movimientos indígenas; estas insurrecciones se dieron recién después de una larga dominación de la corona española.

El indigenismo ha retomado de los pensadores de la llamada “poscolonialidad” que la modernidad/colonización es un desastre y oscuridad absolutas, siendo que este fenómeno es, más bien, barbarie y civilización a un mismo tiempo. Así como el positivismo sociológico eurocéntrico es unilateral, sus detractores poscoloniales e indigenistas son la otra cara de la medalla, pero no su negación dialéctica.

¿Desde qué coordenadas realiza el marxismo la crítica a la modernidad? Contrariamente a lo que piensan los posmodernos, indigenistas o poscoloniales, el marxismo no es simplemente un perno de la maquinaria construida por el “relato” moderno. Más bien constituye su más aguda crítica, sin que ello signifique que deje a un lado las grandes conquistas de la modernidad. El marxismo hace suyos los ideales burgueses de libertad, igualdad y fraternidad, pero les da otro contenido y explica por qué son tan limitados –e incluso degenerados- en su realización en el capitalismo.

El progreso y el cuidado de la naturaleza. Ecología y marxismo

No obstante, en los escritos de Marx y Engels, incluso de Lenin y Trotsky, hay un tono de fe excesiva en el progreso ilimitado. Esto no por casualidad ni por algún mal congénito de la teoría marxista, sino porque son teóricos formados en la últimas generaciones del descomunal movimiento histórico que tuvo el nombre de Ilustración. Esto no concede nada a la absurda crítica del indigenismo posmoderno sobre la tendencia inherentemente destructiva de la naturaleza que dicen que posee toda cosmovisión nacida en Occidente. Hasta ahora, gran parte de la técnica inventada por el ser humano, no sólo occidental, está en base a la subyugación de las leyes naturales a las leyes humanas. El sentimentalismo ingenuo o ecologismo romántico, que Marx denomina “actitud infantil ante la naturaleza”, es el reflejo de las condiciones materiales de una sociedad que “obliga” a sus miembros a asumir posturas fantásticas. Es en este cuadro social e histórico desde donde podemos entender las cosmovisiones de los pueblos indígenas de Bolivia. Los pueblos que no han conocido un generoso desarrollo de sus fuerzas productivas, tienden a concebir cosmovisiones alienadas respecto a la naturaleza, de ahí emanan también sus formas de concebir la religión.

Pero esta relación alienada con el entorno, no es exclusiva de las sociedades materialmente rezagadas, lo es también de la sociedad capitalista. Un paralelo del fetichismo que podemos encontrar en las khoas, en las ch`allas o el sacrificio de llamas, se lo encuentra, actualmente, en el fetichismo de las mercancías. Aquí también nuestras vidas están determinadas por poderes ajenos a nuestra voluntad, por unos objetos –las mercancías- que parecieran tener vida propia en el mercado, sin control alguno de parte de las personas que las han producido. Como podemos ver, Marx extiende su interés de las alienaciones “naturales” a aquellas de contenido fuertemente económico y social. En El capital, Marx también hace referencia a que en el socialismo, los productores regularán su intercambio con la naturaleza en vez de ser dominados por ese intercambio. Aquí, el concepto que usa Marx, es “metabolismo” con la naturaleza, es decir una relación de equilibrio, donde los seres humanos se benefician del trabajo social, pero en intercambio y sin someter a sus caprichos la naturaleza. Estos esbozos teóricos del revolucionario alemán son anticipos geniales para profundizar una teoría marxista sobre la ecología que tenga carácter revolucionario. Engels se refiere al problema así en su libro Dialéctica de la naturaleza:

«todo nos recuerda a cada paso que el hombre no domina, ni mucho menos, la naturaleza a la manera como un conquistador domina un pueblo extranjero, es decir, como alguien que es ajeno a la naturaleza, sino que formamos parte de ella con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, que nos hallamos en medio de ella y que todo nuestro dominio sobre la naturaleza y la ventaja que en esto llevamos a las demás criaturas consiste en la posibilidad de llegar a conocer sus leyes y de saber aplicarlas acertadamente »

Para Marx, una de las facetas de la alienación capitalista es que precisamente rompe el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Como vemos, es el capitalismo –y no el socialismo- quien concibe a la naturaleza como materia amoldable a gusto y capricho de sus necesidades productivas y de ganancia. El “yo” del ser humano, dirá Marx en sus propios términos, bajo el capitalismo se disocia del “yo natural” y del “yo recíproco” (es decir genérico). Incluso nuestros sentidos físicos se han “mercantilizado”, por ello somos incapaces de entablar una relación más “espiritual” y estética con el mundo. Sólo superando esta alienación, en el comunismo, podremos trascender el sentido ferozmente instrumental que el capitalismo nos obliga a entablar con nuestros cuerpos, hechos de naturaleza.

El indigenismo, por su parte, que parlotea contra el capitalismo en las Convenciones de la ONU y que en Bolivia se empecina en sostener el régimen de la propiedad privada burguesa, fomentando incluso una suerte de “capitalismo salvaje”, como es el caso de las cooperativas mineras, está condenado a convertirse en el justificativo de un “desarrollo” y “progreso” al estilo más semicolonial y tercermundista.

* Dirigente del magisterio urbano de Cochabamba y militante del POR.