Nueva Delhi (PL).- Cuentan las escrituras sagradas hindúes que Ganesha no nació, sino que fue moldeado con materias olorosas por Parvati en los tiempos en que su esposo Shiva, el dios de la guerra, combatía en tierras lejanas. Cierto día, deseosa de tomar un baño, Parvati advirtió que no había un guardia a mano para que vigilara la puerta de sus aposentos y, diosa por derecho propio, decidió crear a un hijo para que la protegiera.

Con manos amorosas, lo moldeó utilizando pasta de sándalo y otras sustancias olorosas que usaba en sus abluciones, le insufló vida con su propio perfumado aliento, y lo colocó a la puerta de su morada con instrucciones de no dejar pasar a nadie. Quiso la buena o la mala fortuna que el poderoso Shiva regresara ese día de la guerra y encontrara a la puerta de su casa a un chiquillo insolente que le impedía el paso. Furioso, tomó la espada y le cortó la cabeza.

Sobresaltada por el barullo, Parvati salió a ver la causa y montó en cólera cuando vio al pequeño decapitado. Entonces adquirió la forma de Kali, la diosa de la destrucción, y amenazó con devastar los tres mundos existentes, el Cielo, la Tierra y el Subsuelo. Viéndola decidida a cumplir sus designios, las demás deidades aconsejaron a Lord Shiva hacer algo para aplacarla. Temible en la guerra, pero complaciente con la amada, el dios ordenó que le trajeran la cabeza del primer ser vivo llegado del norte, la latitud asociada con la sabiduría.

Poco después le presentaban la cabeza de un elefante. Shiva la plantó con pulso firme sobre el tronco del degollado, le insufló aliento y lo llamó Ganesha. Parvati, satisfecha, abrazó a quien sería su hijo favorito, el niño con cabeza de elefante.

Según los historiadores, los hindúes reverencian a Ganesha desde hace más de cinco mil años. Por todos, pero especialmente por mercaderes y escribas porque -¿quién lo ignora?- no hay un negocio que salga bien si no tiene la bendición del diosito de rostro dulce.

“Recorra todos los comercios de la India y comprobará que ni en el más miserable falta una figura o una imagen de Ganesha”, me invita Ravi Gupta, un vendedor de artesanías en el populoso y humilde Sarojini Market, en Delhi. Ganesha es también el dios de los escritores, poetas y artistas en general.

“Nadie, ni los más descreídos como yo, se atreve a iniciar una obra sin hacerle una ofrenda y dedicarle una puja” (oración), me comenta D. Shahi, un periodista indio especializado en temas religiosos y culturales. “Por algo es el dios hindú del talento y la sabiduría. Nadie le ha hecho un test para medirle el coeficiente de inteligencia -señala en tono de chanza-, pero estoy seguro que ni los más sabios se acercarían a su puntuación”. Ni falta que hace: se cuentan mil historias sobre la agudeza de Ganesha.

Cierto día, por ejemplo, los dioses quisieron elegir “ganaadhipati” (líder) y decidieron someter a prueba al niño con cabeza de elefante y a su hermano Kartikeya, la encarnación de la perfección, un guerrero creado por Shiva y Parvati para destruir a los demonios y los malos sentimientos de los seres humanos. La prueba, harto difícil, consistía en darle tres vueltas a la Tierra y Ganesha competía en franca desventaja, pues, cabeza de elefante aparte, su cabalgadura era una rata, y la de Kartikeya, un pavo real. Pero órdenes son órdenes, sobre todo cuando provienen de padres tan poderosos.

A la voz de arrancada, Kartikeya y su fulgurante ave salieron como una exhalación. Impasible, Ganesha guió su rata hacia Shiva y Parvati, le dio tres vueltas a su trono y les espetó sin más: “Mis padres impregnan todo el Universo. Ir alrededor de ellos, es más que darle la vuelta a la Tierra”.

“Todo un genio -insiste Shahi-. Te aseguro que ni Einstein tenía semejante coeficiente de inteligencia”.

GANESH CHATHURTI

Así llaman los hindúes al festival con que cada año festejan día en que Lord Ganesha les regaló su presencia en la Tierra. Acaban de celebrarlo y ya están soñando con el 2013 y la vuelta del mes lunar de Bhadrapada. Los festejos duran 10 días, durante los cuales los devotos dedican con especial fervor sus “pujas” al dios, le cantan y obsequian flores, frutas y golosinas, ya sea en los templos, los lugares públicos o en la intimidad de los hogares. Los ídolos, además, suelen ser ungidos con ungüentos rojos hechos con sándalo.

Al onceno día, representaciones del niño-elefante son conducidas a las playas, las orillas de ríos, lagos o cuanto espejo de agua esté al alcance de los fieles. Las procesiones tienen lugar en toda la India y son multitudinarias. Y conste que en un país con una población superior a los mil 200 millones de habitantes, merecer la etiqueta de “multitudinaria” comporta reunir a muchísimas personas.

Llegados al lugar elegido, los devotos sumergen los ídolos en las aguas en medio de música religiosa, cantos védicos, bailes y lanzamiento de polvos de colores. Con la inmersión de Ganesha, los creyentes lo despiden hacia el sagrado monte Kailash, donde mora junto con Shiva y Parvati, no sin antes pedirle que se lleve la mala fortuna y las desgracias de este mundo.

“Ganapathi Bappa Morva, Purchya Varshi Laukar ya” (“Oh, padre Ganesha, vuelve otra vez el próximo año”), le piden cuando el siempre sonriente rostro del dios-elefante se hunde en las aguas.

* Corresponsal de Prensa Latina en India.