El Cairo (PL).- El diluvio de fuego sobre la atormentada Franja de Gaza y sus habitantes aparece como la conjunción de un grupo de factores, a saber, el expansionismo israelí, la necesidad de su actual gobierno de asegurarse en el poder y una limpieza étnica de largo aliento. Tregua o no tregua, el genocidio quedará como otro hito de los extremos a que puede llevar una ideología con claros tintes racistas como la de Israel para lograr sus objetivos expansionistas.

¿Cuál es la relación entre unas elecciones adelantadas, unas pruebas de ADN y una iniciativa diplomática? La respuesta a la adivinanza es sencilla y sangrienta: los bombardeos aéreos, marítimos y terrestres del Gobierno del primer ministro israelí Benyamin Netanyahu contra la Franja de Gaza.

A este conjunto de hechos debe añadirse la anunciada decisión del presidente en ejercicio de la ANP Mahmud Abbas de solicitar a la Asamblea General de la ONU la elevación de su actual estatuto de entidad observadora, a la de estado no miembro. El Gobierno israelí reaccionó ofreciendo a los palestinos el reinicio incondicional e inmediato de negociaciones y, después, ante la insistencia de Abbas de dar el paso, con la amenaza de liquidar a la entidad autonómica y renunciar a los Acuerdos de Oslo.

Ese objetivo final puede haber sido la causa de la inexplicada muerte en 1995 en un atentado del ex primer ministro Yitchak Rabin, signatario de esos acuerdos con el extinto líder palestino Yasser Arafat y el único jefe de gobierno israelí muerto de manera violenta en el ejercicio de su cargo y en su país.

Rabin cayó en un inédito atentado a manos de un hombre nombrado Yigal Amir, descrito en las versiones oficiales como “un colono derechista radical”; Arafat falleció de una misteriosa enfermedad mientras estaba sitiado por tropas israelíes en la Mukata, la sede del gobierno autonómico palestino en la localidad cisjordana de Ramala.

Aunque resulta evidente que los nombres de los verdaderos responsables de la muerte de Rabin permanecerán encerrados en los pechos de quienes planearon el misterioso atentado, las causas del fallecimiento de Arafat pueden salir a la luz en breve tiempo, tras el inicio de pesquisas científicas iniciadas por denuncias de que puede haber sido envenenado con sustancias radiactivas.

Su viuda, Suha Arafat, solicitó una investigación pormenorizada de las causas del fallecimiento del líder palestino, envueltas en el misterio desde el momento mismo que los patólogos del hospital francés en que fue atendido rehusaron certificar una razón aceptable. Un resultado que incrimine a Israel o a su policía política en el magnicidio del líder palestino revelaría otra faceta tenebrosa de la cúpula dirigente israelí, cuyos máximos y más peligrosos exponentes son Netanyahu y su aliado Lieberman.

Netanyahu convocó días atrás a comicios parlamentarios adelantados debido, dijo, a la imposibilidad de aprobar el presupuesto nacional con la actual composición de la Kneset (parlamento) y poco después anunció la fusión oficial de su coalición Likud con el partido Yisrael Beitenu, liderado por su canciller, el ultraderechista Avidor Lieberman.

En fecha reciente Netanyahu en declaraciones a la prensa reconoció que el conjunto de la Asamblea General de la ONU es adverso a la política de Israel, un análisis basado en el cambio de la opinión pública mundial respecto a su país, devenido un Estado paria por su conducta en los territorios palestinos ocupados.

De prosperar su iniciativa, la ANP estará en capacidad de poner a Tel Aviv en la posición de potencia ocupante, además de tener derecho a acceder a los organismos pertinentes de la ONU para denunciar los crímenes de guerra de las tropas israelíes en Palestina. Peor aún, con la evidencia del magnicidio de Arafat, es obvio que Israel tendrá dificultades para seguir presentándose como el pequeño país agredido, una visión que explotó con éxito durante décadas.

Ante ese complejo y desfavorable paisaje, nada mejor que una agresión masiva como la iniciada en Gaza para distraer la atención de una opinión pública mundial harta de desmanes y preocupada por las consecuencias de la belicosidad del régimen teocrático israelí. Ese es el hilo conductor entre los comicios adelantados decretados por Netanyahu, las pruebas de ADN a los restos de Arafat y los bombardeos masivos contra zonas civiles en Gaza, cuyas terminales están todas en las manos de Israel.

El diluvio de fuego sobre la atormentada Franja de Gaza y sus habitantes aparece como la conjunción de un grupo de factores, a saber, el expansionismo israelí, la necesidad de su actual Gobierno de asegurarse en el poder y una limpieza étnica de largo aliento. Tregua o no tregua, el genocidio quedará como otro hito de los extremos a que puede llevar una ideología con claros tintes racistas como la de Israel para lograr sus objetivos expansionistas.

Para fines de la primera quincena de noviembre, la relación de civiles muertos por el diluvio de fuego desatado por las tropas israelíes de aire, mar y tierra se aproximaba a los 200, la mitad de ellos mujeres y niños que no tuvieron donde refugiarse y fueron sorprendidos en sus hogares.

La esencia genocida de la agresión, escalada desde el miércoles 14 de noviembre, pero que comenzó hace tres semanas de manera esporádica, se enlaza con insinuaciones en octubre pasado del ministro de Defensa israelí Ehud Barak, en el sentido de que Tel Aviv sopesa la reocupación de Gaza. Y propósitos electorales del primer ministro israelí Benyamin Netannyahu, quien convocó semanas atrás a comicios adelantados con el pretexto de que necesita más apoyo para lograr la aprobación parlamentaria de su propuesta de presupuesto nacional.

El anuncio propició asimismo la formalización de una alianza de los sectores más agresivos de la ultraderecha israelí, personalizados en Netanyahu y Lieberman, quien encabeza el partido Yisrael Beitenu. Resulta evidente que ambos políticos se complementan por sus presupuestos ultra sionistas y encabezan un gabinete cuya misión inmediata parece estar a punto de cumplirse: invalidar los acuerdos alcanzados en Oslo en 1993 basados en el inicio de negociaciones entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP), asentadas en la existencia de dos estados.

En el frente interno, que es el que interesa ahora a Netanyahu, los resultados le favorecen: un creciente apoyo de los votantes de inclinación más sionista, cuyas demandas inmediatas son barrer lo que queda de la Franja de Gaza y, si surge la coyuntura, obligar a su población a emigrar hacia la Península de Sinaí. Lo único que falta es que pidan encerrar a los palestinos en los campos de concentración y eliminarlos, como “solución final”, para utilizar una descripción empleada por el III Reich hitleriano durante la II Guerra Mundial, aunque con diferentes víctimas.

Gaza: La espina en el costado de Israel

Humeante aún por los impactos de los misiles, las bombas y las balas de cañón disparadas por el Ejército israelí, Gaza sigue siendo a pesar de los muertos y la devastación, una espina en el costado de Tel Aviv. Una escalada de ataques de ocho días, aunque los combates comenzaron a gestarse tres semanas atrás, dejó profundas heridas en la franja costera palestina, pero, como suele ocurrir, significó la ruptura de un estado de cosas insostenible para el millón 700 mil personas residentes en el territorio, uno de los más pobres y superpoblados del planeta.

Tanques israelíes apostados en los bordes con la franja realizaban desde entonces disparos esporádicos contra zonas residenciales y aviones no tripulados atacaban a miembros de la infraestructura de Hamas (Fervor, árabe), la organización islamista que gobierna en la zona. Pero bien mirado, la ofensiva había comenzado mucho antes, a principios de septiembre pasado, cuando el ministro de Defensa israelí, Ehud Barak, declaró a la prensa que el Gobierno del primer ministro Benyamin Netanyahu estaba sopesando la posibilidad de ocupar Gaza.

El escenario era propicio, ya que el titular hizo las formulaciones tras impartir una conferencia sobre la Operación Plomo Fundido, la serie de ataques masivos contra Gaza entre fines del 2008 y principios del 2009 durante la cual murieron mil 400 palestinos, y miles sufrieron heridas. A pesar del número de víctimas y la devastación de la infraestructura del territorio, Gaza siguió en pie y, en octubre pasado, recibió al Emir de Catar, Hamad Bin Jalifa al Thani, quien anunció la creación de un fondo de 400 millones de dólares para restañar las heridas de la operación israelí de tierra arrasada.

Hoy derribamos el muro del bloqueo (israelí) gracias a esta visita histórica y bendita, dijo el primer ministro de Gaza, Ismail Haniyeh, en alusión al cerco de casi seis años tendido por Tel Aviv en torno a la franja para asfixiar a sus habitantes. Y esa es una posibilidad que Netanyahu no estaba dispuesto a admitir, mucho menos en el contexto político interno de su país, signado por la convocatoria a elecciones anticipadas, diseñadas para completar el superobjetivo de liquidar cualquier posibilidad de reinicio de las negociaciones con los palestinos, suspendidas desde hace más de dos años.

Además, en el curso de lo que ha dado en llamarse la segunda guerra de Gaza, surgieron revelaciones sobre la existencia en la costa de ese territorio de importantes yacimientos de gas, cuya explotación liberaría a Israel de la dependencia exterior y ahorraría sumas importantes a su atribulada economía.

Sobre todo ello, está la intención explícita de los sectores más sionistas de Israel, a los que representa la coalición Likud y su nuevo integrante, el partido Yisrael Beitenu, del canciller Avidor Lieberman: arrojar a los palestinos a la vecina Península del Sinaí, en Egipto, y apoderarse de facto de la franja, para satisfacer su necesidad de espacio vital.

El indicio más evidente al respecto fue la preparación en medio del paroxismo de los ataques de una ofensiva terrestre para la cual fueron movilizados decenas de miles de reservistas y medios blindados que fueron concentrados en los límites de Gaza, en espera sólo de la orden de avanzar. Otro factor importante en todo este paisaje es la iniciativa de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de solicitar en la ONU la elevación de su estatuto de entidad observadora a la de país no miembro, cuya importancia está dada por el grado de oposición que despertó en Estados Unidos, el principal sostén de Israel.

El apoyo manifestado por Hamas a la propuesta, difundido en medio de esfuerzos conciliadores entre ambas organizaciones, añade un elemento favorable a la tesis según la cual la unidad palestina sólo perjudica a sus enemigos. Una solución final se imponía, y esa fue la operación que se estaba preparando desde hace tiempo y que estalló el 21 de noviembre por el disparo de un misil que mató al jefe militar de Hamas, Ahmed Yaabari y a su menor hijo.

El resto es conocido: una vez más Israel tomó a Gaza como un polígono de ejercicios militares, una especie de cacería con seres humanos inermes como blancos vivos. Ahora, transcurridos los primeros días del acuerdo de cese de hostilidades, en el que Washington tuve una participación esencial, aunque discreta, resulta obvio que la operación ha resultado el clásico tiro por la culata.

Las posibles presiones de Washington sobre Tel Aviv evidencian las aprensión en el seno de la diplomacia estadounidense por su imagen entre los países árabes, que fueron categóricos al rechazar los ataques israelíes y en criticar las declaraciones estadounidenses que colocaban a agredidos y agresores en el mismo plano.

El acuerdo de tregua despertó críticas en los medios más belicistas israelíes, a los que no falta razón cuando aducen que el texto favorece a los palestinos y que la ofensiva significó un gasto de recursos que no justifica los beneficios. Y los asiste la razón: de los cuatro puntos del acuerdo, uno de los cuales especifica que Egipto es el garante de su cumplimiento, dos responden a demandas palestinas de larga data, a saber, cese de los asesinatos selectivos de dirigentes de Hamas y flexibilización del bloqueo contra la franja.

En el interés de Tel Aviv se cuenta el cese de los disparos de cohetes palestinos, que en realidad son el efecto y en modo alguno la causa del conflicto. Es aquí donde yace la certeza de los palestinos de que, a pesar del crecido número de víctimas y el grado de destrucción, comprensible dada la asimetría de fuerzas, salieron vencedores de la conflagración.

* Corresponsal de Prensa Latina en Egipto.