Relevante creador de relatos de ciencia ficción, escritor fecundo, Ray Bradbury (1920-2012) fue autor de medio millar de cuentos, una treintena de novelas, cierto número de poemas, obras de teatro y alguno que otro guión para el cine y la televisión.

Su paso por el cine fue esporádico y de relativo éxito. Se inició con El monstruo del mar, de Eugene Lourie, un escenógrafo francés que había trabajado con el maestro Jean Rendir antes de saltar a Hollywood al estallar la guerra en Europa. Un modestísimo filme de ciencia ficción, pero de relevante importancia histórica al inaugurar un nuevo ramal del género en la pantalla.

Coyuntura que, como se sabe, la industria cinematográfica japonesa se apresuró a explotar hasta el cansancio, con espantajos del talante de Godzilla, el adefesio amamantado por el realizador nipón Inoshiro Honda, del que se crea toda una serie.

Basado en un cuento, el filme poseía un libreto de poca monta y una realización bastante mediocre. Sin embargo, las fugases apariciones del monstruo, atacando un batiscafo bajo el mar o tomando a un faro por un pariente cercano, apasionaron a los ingenuos espectadores, no obstante sólo contar con los efectos especiales de Ray Harryhausen, creador del método Superdynamation, y sus monstruos de goma animados.

Ante el revuelo formado, ese mismo año, 1953, se rodó Llegaron del otro mundo, de Jack Arnold, en el que unos extraterrestres caen en el proverbial pueblecito ubicado en el correspondiente desierto a causa del habitual problema mecánico.

Tras un inicio que suele ser bastante usual hoy día (los celestes forasteros suplantan la personalidad de varios lugareños), la historia da un giro cuando aquellos contactan con el protagonista y le piden únicamente que les dejen reparar el averiado vehículo para proseguir su viaje, luego de devolver la normalidad a los “secuestrados”.

Rodada con fotografía estereoscópica cuando la fiebre de la 3D, la película resultó precursora de la decisiva Muertos vivientes, de Don Sieguel, donde se prolongó, hasta sus últimas consecuencias, la misma idea de la usurpación del cuerpo humano. De esta manera, el filme de Arnold se alejó del cine de horror para ofrecer una historia de extraterrestres completamente desprovista de toda tentación apocalíptica y convertida, por el contrario, en una abierta denuncia de la xenofobia y de la intolerancia frente a lo desconocido.

De acuerdo con declaraciones del realizador, Bradbury escribió su relato poco antes que Fahrenheit 451 y surgió, por tanto, bajo la influencia de la “cacería de brujas” del senador McCarthy. Ya que, de hecho, si el filme del bombero Montag puede considerarse como una requisitoria contra la censura intelectual, el de los alienígenas venidos del espacio exterior no es otra cosa que un alegato contra el miedo a la diferencia.

Y de ahí el énfasis que se puso en tratar de identificar lo más posible a los visitantes con la apariencia humana, llevando la ambigüedad hasta el límite de sugerir que el protagonista pudiera ser, también, un “invasor” emboscado.

“Cuando el macartismo teníamos miedo de todo y lo importante era no ser sospechoso de comunismo. Estas eran las dos cosas más importantes que queríamos expresar. La Universal se oponía. Pero pudimos sacarlas adelante porque se trataba de una película llena de fantasía que nada tenía que ver con lo que ocurría en la nación”.

Para Francois Truffaut, director de Fahrenheit 451, el tema del filme era el amor por los libros. Y en un nivel menos íntimo e individual, el asunto le interesaba porque era una realidad la quema de libros, la persecución de las ideas y el terror a nuevos conceptos, elementos que regresan una y otra vez en la historia de la humanidad.

Para el cineasta galo, el rodaje resultó un empeño arriesgado y difícil. Por esta vez primera trabajaba en una producción extranjera de mucho mayor presupuesto a lo que había entonces acostumbrado, en un idioma que no dominaba (el inglés) y dentro de un género (la ciencia ficción) que estaba muy distante de su hacer cotidiano.

Truffaut leyó la novela de Bradbury e inmediatamente decidió llevar al cine esta fábula apasionante en la que el espíritu humano, como nuevo ave Fénix, renace de sus cenizas. Pero la película resultó un fracaso comercial y crítico.

Según algunos especialistas, fracasó porque el filme nunca encontró su camino. El guión exigió todo el tiempo ser llano, explícito, un patrón predestinado que no permite que aparezca lo sutil o lo inesperado. Y parte del problema es que, por primera vez, el punto de partida de Truffaut no era una persona o una relación. Sino un concepto abstracto, una oposición de ideas.

Otros críticos fueron más directos: “La novela de Bradbury, como el Alphaville, de Jean-Luc Godard, está profundamente arraigada en la política. Y la película de Truffaut la ignora”. De otras obras de Bradbury adaptadas al cine hay poco que decir. Tales son los casos de El hombre tatuado, de Jack Smight, y de Algo malvado se acerca, de Jack Clayton, con guión del propio escritor. Poseen algunos buenos momentos. Y nada más.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.