En las últimas décadas se han multiplicado los intentos de trazar un balance de los resultados del Concilio Vaticano II. Paralelamente a estas lecturas analíticas ha existido, desde los años mismos del concilio, una evaluación sintética o en otras palabras la investigación de una clave de lectura del acontecimiento conciliar. Fueron básicamente tres las claves de lectura: actualización, ruptura y novedad en la continuidad.

Un obispo hace poco me preguntaba si me sentía emocionado de hablar en presencia del Papa, y ahora le contestaría que me siento emocionado mucho menos que ahora aquí. El motivo es doble: primero, que ahí puedo hablar italiano que es mi lengua, aquí, tengo que esforzarme por hablar español; segundo, es que ahí tengo un público muy homogéneo, el Papa, los cardenales, los obispos, los superiores generales de las órdenes religiosas, entonces tenemos un lenguaje común, aquí veo que hay clero, laicos, políticos y pienso que se tendrá necesidad de un poco de paciencia porque yo he tomado muy en serio la carga de dar una conferencia oficial sobre el Concilio Vaticano II.

En las últimas décadas se han multiplicado los intentos de trazar un balance de los resultados del Concilio Vaticano II. No es el caso de continuar en esta línea, ni por otra parte, lo permitiría el tiempo a disposición. Paralelamente a estas lecturas analíticas ha existido, desde los años mismos del concilio, una evaluación sintética o en otras palabras la investigación de una clave de lectura del acontecimiento conciliar. Yo quisiera insertarme en este esfuerzo e intentar incluso una lectura de las distintas claves de lectura. Fueron básicamente tres las claves de lectura: actualización, ruptura y novedad en la continuidad.

Juan XXIII, al anunciar al mundo el Concilio, usó reiteradamente la palabra aggionamento, actualización, que gracias a él entró en el vocabulario universal. En su discurso de apertura del concilio, dio una primera explicación de lo que entendía con este término: “el Concilio Vaticano II quiere trasmitir la doctrina católica pura e íntegramente sin atenuaciones, ni deformaciones”, decía. “Deber nuestro no es solo estudiar ese precioso tesoro como si únicamente nos preocupará su antigüedad, sino dedicarnos también con diligencia y sin temor a la labor que exige nuestro tiempo prosiguiendo el camino que recorre la iglesia desde hace veinte siglos, es necesario que esta doctrina verdadera e inmutable a la que se le debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo”.

Sin embargo, a medida que progresaban los trabajos y las secciones del concilio, se delinearon dos facciones opuestas, según que de las dos necesidades expresadas por el Papa, se acentuara la primera o la segunda, es decir, o la continuidad con el pasado o la novedad respecto a ese. En el seno de estos últimos, los que hablaban de novedad, la palabra aggiornamento, terminó siendo sustituida por la palabra ruptura, pero con un espíritu y con intenciones muy diferentes dependiendo de su orientación. Para el ala llamada progresista, la ruptura era una conquista que había que saludar con entusiasmo; para el frente opuesto, tradicionalista, se trataba de una tragedia para toda la Iglesia.

Entre estos dos frentes coincidentes en la afirmación del hecho, la ruptura, pero opuestos en el juicio sobre él, se sitúa la posición del Magisterio Papal que habla de novedad en la continuidad. Pablo VI, en la Ecclesiam suam retoma la palabra aggiornamento, actualización y dice que la quiere tener presente como dirección programática. Al inicio de su pontificado, Juan Pablo II confirmó el juicio de su predecesor y en varias ocasiones se expresó en la misma línea. Pero ha sido sobre todo el actual Papa Benedicto XVI, él que ha explicado qué entiende el Magisterio de la Iglesia por novedad en la continuidad. Lo hizo pocos meses después de su elección en el famoso discurso programático a la curia romana, del 22 de diciembre del 2005. Escuchemos algunos pasajes de este discurso:

“Surge la pregunta ¿por qué la recepción del Concilio en grandes zonas de la Iglesia se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o como diríamos hoy de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión, la otra de forma silenciosa pero cada vez más visible ha dado y da frutos. Por una parte, existe una interpretación que podría llamar hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y de una parte de la teología moderna. Ala hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma”.

Benedicto XVI admite que ha habido una cierta discontinuidad y ruptura con el Concilio Vaticano II, pero ésta no afecta a los principios y verdades a la base de la fe cristiana, sino a algunas decisiones históricas. Entre éstas enumera la situación de conflictividad que se ha creado entre la Iglesia y el mundo moderno, que culminó con la condena en bloque de la modernidad bajo Pío IX, pero también situaciones más recientes como la creada por los avances de la ciencia, por la nueva relación entre las religiones con las implicaciones que esto tiene para el problema de la libertad de conciencia; no en último lugar la tragedia de la Shoah que imponía un replanteamiento de la actitud hacia el pueblo judío. Aquí de nuevo cito las palabras de Benedicto XVI:

“Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que en cierto sentido, de hecho, se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios. Este hecho fácilmente escapa a la primera impresión, precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma. Si del plano axiológico, es decir de los principios y valores, pasamos al plano cronológico podríamos decir que el Concilio representa una ruptura y una discontinuidad respecto al pasado próximo de la Iglesia y representa, en cambio, una continuidad con respecto a su pasado remoto. En muchos puntos, sobre todo en el punto central que es la idea de Iglesia, el Concilio ha querido, de hecho, realizar una vuelta a los orígenes, a las fuentes bíblicas y patrísticas de la fe”.

La lectura del Concilio hecha propia por el Magisterio, es decir, la de la novedad en la continuidad tuvo un precursor ilustre en el Ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana, del Cardenal John Henri Newman, definido a menudo, también por esto, como el padre ausente del Concilio Vaticano II. Newman demuestra que cuando se trata de una gran idea filosófica o de una creencia religiosa como es el cristianismo “No se pueden juzgar (aquí cito textualmente) desde sus inicios, sus virtualidades y metas a las que tiende, según las nuevas relaciones que tenga surgen peligros y esperanzas y aparecen principios antiguos bajo formas nuevas; ella mutua junto con ellos para permanecer siempre idéntica a sí misma. En un mundo sobrenatural las cosas van de otra forma, pero aquí en la tierra vivir es cambiar y la perfección es el resultado de muchas transformaciones” (una frase muy famosa de Newman y abusada a veces) San Gregorio Magno anticipaba de algún modo esta convicción cuando afirmaba que la Escritura cum legentibus crecit, es decir, “crece con aquellos que la leen”, es decir, crece a fuerza de ser leída y vivida a medida que surgen nuevas solicitudes y nuevos desafíos por la historia. La doctrina de la fe cambia, por tanto, pero para permanecer fiel a sí misma. Muta en las coyunturas históricas para no cambiar en la sustancia, como decía Benedicto XVI.

Segundo punto de mi charla es titulado la carta mata el espíritu da la vida. Con todo el respecto y la admiración debidos a la inmensa y pionera contribución del Cardenal Newman a distancia de un siglo y medio de su ensayo y con lo que el cristianismo ha vivido entre tanto, no se puede, sin embargo, dejar de señalar una laguna en el desarrollo de su argumento, la casi total ausencia del Espíritu Santo. En la dinámica del Desarrollo de la Doctrina Cristiana, el Cardenal Newman no tiene bastante cuenta del papel preponderante que Jesús había reservado al Paráclito para conducir a los apóstoles y a la Iglesia a la verdad plena.

¿Qué es lo que permite hablar de novedad en la continuidad, de permanencia en el cambio? Hay una contradicción aquí: permanencia y cambio, novedad y continuidad. Lo que resuelve esta paradoja es precisamente la acción del Espíritu Santo. Lo había entendido perfectamente San Ireneo en el siglo II, cuando afirma que la revelación es como un depósito precioso contenido en una vasija valiosa que gracias al Espíritu de Dios rejuvenezca siempre y haga rejuvenecer, también, a la vasija que lo contiene. El Espíritu Santo no dice palabras nuevas, no crea nuevos sacramentos, nuevas instituciones, pero renueva y vivifica constantemente las palabras, los sacramentos y las instituciones creadas por Jesús. No hace cosas nuevas el Espíritu Santo, pero hace nuevas las cosas.

La insuficiente atención al papel del Espíritu Santo explica muchas de las dificultades que se han creado en la recepción del Vaticano II. La tradición en nombre de la cual algunos han rechazado el concilio era una tradición donde el Espíritu Santo no jugaba ningún papel, era un conjunto de creencias y prácticas fijadas una vez para siempre, no la onda de la predicación apostólica que avanza y se propaga en los siglos y que como toda onda sólo se puede captar en movimiento. Congelar la tradición y hacerla partir o terminar en un cierto punto, e incluso el Concilio de Trento, significa hacer de ella una tradición muerta y no como la define Ireneo una tradición viva. Charles Peguy, este gran poeta francés, expresa poéticamente esta gran verdad teológica; en el texto, es la Iglesia Católica en el poema personificada por Madame Gervaise que habla a una de sus hijas que en el drama es Juana de Arco, dice:

Jesús no nos ha dado palabras muertas que nosotros debamos encerrar en pequeñas cajas o en grandes y que debamos conservar en aceite rancio como las momias de Egipto; Jesucristo, niña, no nos ha dado conservas de palabras que haya que conservar, sino que nos ha dado palabras vivas para alimentar. De nosotros depende, enfermos y carnales, hacer vivir, alimentar y mantener vivas en el tiempo esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo. Enseguida hay que decir, sin embargo, que también en el lado del extremismo opuesto al tradicionalismo, las cosas no iban de modo distinto, aquí se hablaba gustosamente del espíritu del concilio, pero no se trataba, lamentablemente, del Espíritu Santo. Por espíritu del concilio se entendía ese mayor impulso, valentía innovadora que no habría podido entrar en los textos del concilio por la resistencia de algunos y de los compromisos necesarios entre las partes.

Querría tratar ahora, si tenéis un poco más de paciencia, tratar de explicar lo que me parece es la verdadera lectura pneumatológica del concilio, es decir, ¿cuál es el papel del Espíritu Santo en la actuación del concilio? Retomando un pensamiento audaz de San Agustín a propósito del dicho paulino sobre la letra y el espíritu, Santo Tomás de Aquino, palabras que si no fueran de un doctor de la Iglesia no me atrevería a decirlas, dice:

“Por letra se entiende cualquier ley escrita que queda afuera del hombre, también los preceptos morales contenidos en el Evangelio, por lo cual también la letra del Evangelio mataría sino se añadiera adentro la gracia de la fe que sana” y del mismo contexto el santo doctor, dice: “La ley nueva es principalmente la misma gracia del Espíritu Santo que se da a los creyentes”. La ley nueva o del espíritu no es pues en el sentido estricto promulgada por Jesús en el Monte de la Bienaventuranzas, sino la que el grabó en los corazones en Pentecostés.

Los preceptos evangélicos son ciertamente más elevados y perfectos, sin embargo, por sí solos habrían permanecido ineficaces. Si hubiese bastado proclamar la nueva voluntad de Dios mediante el Evangelio no se explicaría que necesidad habría de que Jesús muriera, de que viniera el Espíritu Santo, pero los apóstoles mismos demuestran que no bastaba; ellos que habían escuchado todo, por ejemplo que era necesario poner la otra mejilla a quien te abofetea, en el momento de la Pasión no encontraron la fuerza para llevar a la práctica de ninguno de los mandamientos de Jesús. Los preceptos del Evangelio son también la ley nueva, pero en sentido material, en contenido, en el sentido formal, ley nueva es el espíritu que da la vida en Cristo Jesús dice Pablo. Este es un principio universal que se aplica a cualquier ley, si e incluso los preceptos evangélicos sin la gracia del Espíritu serían letra que mata qué decir de los preceptos de la Iglesia y qué decir en nuestro casos de los decretos del Concilio Vaticano II.

La implementación o la aplicación del concilio no tienen lugar de manera inmediata, no hay que buscar la interpretación inmediata, literal y casi mecánica del concilio, sino con el Espíritu, entendiendo con ello el Espíritu Santo y no un vago espíritu del concilio abierto a cualquier subjetivismo. El Magisterio Papal fue el primero en reconocer esta exigencia. Pablo VI en 1972, decía en un discurso: “Nos hemos preocupado muchas veces que necesidad advertimos primera y última de esta Iglesia nuestra bendita y amada, lo debemos decir casi temblorosos y orantes porque es su misterio y su vida, vosotros lo sabéis el Espíritu, el Espíritu Santo. La Iglesia necesita de su perenne Pentecostés, de fuego en el corazón, de palabra en los labios y de profecía en la mirada”. Una expresión que me gusta, se puede ser profeta con la mirada, como se mira a la gente. Por su parte Juan Pablo II en 1981 escribía: “Toda la labor de renovación de la Iglesia que el Concilio Vaticano II ha propuesto he iniciado tan providencialmente, no puede realizarse a no ser en el Espíritu Santo, es decir, con ayuda de su luz y de su virtud”.

Tercer punto ¿Dónde buscar los frutos del Vaticano II? ¿Ha existido en realidad el tan suspirado nuevo Pentecostés? Un conocido estudioso de Newman, Ian Ker, ha puesto de relieve la contribución que Newman puede dar, además del desarrollo del concilio, también a comprensión del postconcilio. A raíz de la definición de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I 1870; el cardenal Newman que vivía en este tiempo fue llevado a hacer una reflexión general sobre los concilios y sobre el sentido de sus definiciones. Su conclusión fue que los concilios pueden tener a menudo efectos no pretendidos en el momento por aquellos que participaron en ellos, éstos pueden ver mucho más en ellos o mucho menos que de lo que sucesivamente producirán tales decisiones. De este modo, Newman no hacía más que aplicar a las definiciones conciliares el principio del desarrollo que había explicado a propósito de la doctrina cristiana en general. Un dogma como toda gran idea no se comprende plenamente sino después de que se han visto las consecuencias y los desarrollos históricos.

Después que el río, para usar la imagen de Newman, desde el terreno accidentado que lo ha visto nacer, descendiendo encuentra finalmente a su lecho más amplio y profundo. Ocurrió así a la definición de la infalibilidad papal que en el clima encendido del momento pareció a muchos que contenía mucho más de lo que de hecho la Iglesia y el Papa mismo dedujeron de ella. No hizo inútil cualquier futuro Concilio Ecuménico como alguno temió o espero en el momento, el Vaticano II es la confirmación que la infalibilidad del Papa no ha hecho inútil los concilios. Todo esto encuentra una singular interpretación en el principio ecuménico de Gadamer de la historia de los efectos. Para comprender el texto es necesario tener en cuenta los efectos que haya producido en la historia al integrarse en esta historia y dialogando con ella. Todo esto arroja una singular luz sobre el tiempo del postconcilio, estos 5 años que estamos celebrando. También aquí las verdaderas realizaciones se sitúan quizá en una parte diferente hacia la que nosotros mirábamos.

Nosotros mirábamos hacia el cambio en las estructuras e instituciones de la Iglesia, a una diferente distribución del poder, a una lengua a utilizar en la liturgia y no nos dábamos cuenta de lo pequeñas que eran estas novedades en comparación con lo que el Espíritu Santo estaba obrando. Hemos pensado romper con nuestras manos los odres viejos y no nos hemos dado cuenta que eran más resistentes y duros que nuestras manos, mientras que Dios nos ofrecía su método de romper los odres viejos que consiste en poner en ellos el vino nuevo, quería renovarlos desde dentro no asaltarlos desde el exterior.

A la pregunta si ha habido un nuevo Pentecostés, se debe responder sin vacilación, sí. Cuál es su signo más convincente, la renovación de la calidad de la vida cristiana allí donde este Pentecostés ha sido acogido. Todos están de acuerdo en considerar como el hecho más nuevo y más significativo del Vaticano II, los primeros capítulos de la Lumen Gentium, donde se define a la Iglesia como Sacramento y Pueblo de Dios bajo la guía del Espíritu Santo animada por sus carismas. La Iglesia entonces como misterio y no solamente como institución.

Dos conceptos familiares nos pueden ayudar a comprender la novedad de esta eclesiología: dos conceptos Nación y Estado. Nación, indica el pueblo como la nación argentina, el pueblo argentino, la realidad social, las personas; Estado indica la organización de esta realidad, el gobierno que la gobierna, la constitución sobre la que se rige, los distintos poderes judicial, ejecutivo y legislativo, así como los símbolos que la representan. No es la nación la que está al servicio del Estado, sino el Estado al servicio de la nación. Podríamos decir por analogía que en un tiempo la Iglesia era vista sobre todo como estado, ahora es vista sobre todo como nación y como pueblo de Dios, la nación Santa, el pueblo sacerdotal del Éxodo y de Pedro. Una vez era vista la Iglesia predominantemente como jerarquía ahora era vista predominantemente como koinonía, comunión, una y otra cosa se sabe son esenciales. Qué sería, para seguir en el plano de la analogía, un Estado sin la Nación, pero que sería una Nación sin Estado, sino una multitud amorfa de personas en perenne conflicto entre sí. Juan Pablo II ha lanzado nuevamente esta visión haciendo de su aplicación en Novo Millennio Ineunte, el compromiso prioritario en el momento de entrar en el nuevo milenio.

La respuesta última, nos preguntamos, entonces, ¿de dónde ha pasado esta imagen de la Iglesia como Nación, pueblo, kononía?, ¿dónde ha pasado de los documentos a la vida?, ¿dónde ha tomada carne y sangre?, ¿dónde se vive la ley cristiana según el Espíritu con alegría y convicción por atracción y no por coacción?, ¿dónde se tiene la palabra de Dios en gran honor, se manifiestan los carismas y es más sentida el ansia por una nueva evangelización y por la unidad de los cristianos? La respuesta última a todas estas respuestas solo la conoce Dios, pues se trata de un hecho interior que acontece en el corazón de las personas.

Tendríamos que decir del nuevo Pentecostés lo que Jesús decía del Reino de los Cielo: no se dirá vedlo aquí o allá, porque el Reino de Dios está entre vosotros. Sin embargo, es posible discernir algunos signos ayudados también por la sociología religiosa que se ocupa de estos fenómenos desde este punto de vista la respuesta que se da a aquella pregunta dónde se ve el nuevo Pentecostés, la respuesta que se da de varias partes, es en los movimientos eclesiales, pero hay que precisar una cosa en seguida, de los movimientos eclesiales forman parte, sino en la forma, pero si en la sustancia, esas parroquias y comunidades nuevas donde se vive la misma kononía y la misma calidad de vida cristiana. Entre ellas se deben enumerar, también, las denominadas comunidades de base, al menos aquellas en las que el factor político no ha tomado la ventaja al factor religioso.

Desde este punto de vista, movimientos, parroquias y comunidades espontáneas no deben ser vistos en oposición o en competencia entre sí, sino unidos en la realización, en contextos diferentes, de un mismo modelo de realización de vida cristiana. Sin embargo, es necesario insistir en el nombre correcto, movimientos eclesiales y no movimientos laicales. La mayor parte de ellos están formados no por un sólo, sino por todos los componentes eclesiales laicos, ciertamente, pero también obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, representan el conjunto de los carismas, el pueblo de Dios. Sólo por razones prácticas, porque ya existe la congregación del clero y la congregación de los religiosos, se ocupa de ellos, de los movimientos, el Pontificio Consejo por los laicos. Juan Pablo II veía en estos movimientos y comunidades parroquiales vivas, los signos de una nueva primavera de la Iglesia. En el mismo sentido, se ha expresado en varias circunstancias, el Papa Benedicto XVI. En la homilía de la Misa Crismal del jueves santo de este año, Benedicto XVI, dijo: “mirando a la época postconciliar se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en movimientos llenos de vida y que hace tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo” palabras del Papa.

Hablando de los signos de un nuevo Pentecostés no se puede dejar de mencionar en particular, aunque sólo fuera por la amplitud del fenómeno, a la renovación carismática o a la renovación en el Espíritu, no es un movimiento es una corriente de gracia. Cuando por primera vez en 1973 uno de los artífices mayores del Vaticano II, el cardenal Suenens, oyó hablar del fenómeno, estaba escribiendo un libro titulado “El Espíritu Santo fuente de nuestras esperanzas” y esto es lo que relata en sus memorias. Deje de escribir el libro, pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo por lo que pudiera manifestarse de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado en la noticia del despertar de los carismas, por cuanto en Concilio había invocado un despertar semejante”.

Este es lo que escribió después de haber comprobado en persona y haber vivido dicha experiencia dese adentro, siempre en sus memorias: “De repente San Pablo los Hechos de los Apóstoles parecían hacerse vivos y convertirse en pare del presente. Lo que era auténticamente verdad en el pasado parece que ocurre de nuevo ante nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que siempre está actuando como Jesús prometió; él mantiene su palabra es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia”.

Los movimientos eclesiales, y las nuevas comunidades no son libres de debilidades y a veces de fracasos, pero cuán grande novedad ha hecho su aparición de manera diferente en la historia de la Iglesia.

Último punto: una promesa cumplida

A este punto quiero compartir un episodio que me ocurrió con Juan Pablo II. Una vez en el año la charla se tiene en la basílica de San Pedro en presencia del Papa el viernes santo, es la única ocasión en la que el Papa preside la liturgia pero no tiene la homilía, el predicador se supone tenga la homilía. Y cuando subí al altar con el Papa a mí lado y el cuerpo diplomático, los cardenales, todo el público; me di cuenta que tenía que hablar muy despacio porque había un re sonido en la basílica. Hablando despacio, duré diez minutos más de lo que estaba programado y el cardenal que entonces era obispo, y que estaba encargado del horario del Papa, estaba muy preocupado y nervioso y miraba su reloj. Yo no lo veía porque estaba al lado mío. El día siguiente éste obispo compartió con algunas hermanas lo que había pasado luego de la liturgia: el Papa Juan Pablo II lo llamó y sonriéndole, le dijo “cuando un hombre de Dios nos habla, no tenemos que mirar nuestro reloj”. Atención a imitar al Papa, al menos en este punto y olvidar por supuesto lo del hombre de Dios.

Entonces nos preguntamos cuál es el significado del Concilio, entendido como el conjunto de los documentos producidos por el concilio: Dei verbum, Lumen gentium, Gaudium et Spes… ¿dejaremos de lado la letra del concilio para esperar todo del Espíritu? La respuesta a esta pregunta está contenida en la frase con la que Agustín resume la relación entre la ley y la gracia, dice: “la ley fue dada para que se buscara la gracia, y la gracia fue dada para que se observará la ley”. Por tanto, el Espíritu no dispensa de valorar también la letra, es decir, los decretos del Vaticano II, al contrario es precisamente él quien empuja a estudiarlos y a ponerlos en práctica. Y de hecho, fuera del ámbito escolar y académico, donde ellos son materia de debate y de estudios y de tesis de doctorado, es precisamente en las realidades eclesiales recordadas donde son tenidas en mayor consideración los documentos del Vaticano II. Lo he experimentado yo mismo: yo me libré de los prejuicios contra los judíos y contra los protestantes, acumulados durante los años de formación. Por haber hecho, por mi pequeñez y por los méritos de mi hermanos, la experiencia del nuevo Pentecostés.

Fue una conversión; primero a los judíos, regresando de Israel una vez en el avión me di cuenta que Jesús era judío y que no amar a los judíos implicaba no amar a Jesús, que ama la gente de su pueblo. Y después me convertí también a la unidad de los cristianos. Mi presencia aquí es un signo, porque estoy aquí invitado conjuntamente por una organización que es al mismo tiempo católica y evangélica. Y de hecho, llego de un lugar de retiro donde tuvimos un retiro con ochenta sacerdotes y diez pastores evangélicos. Y había tanta unidad que al final no sabía quiénes eran los sacerdotes católicos y quiénes los protestantes, ¡era una unidad maravillosa!

El poeta Thomas Stearns Eliot escribió unos versos que nos pueden iluminar en el sentido de las celebraciones de los cincuenta años del Vaticano II. Primero me permitan leerlo en ingles por los que entienden y pido perdón por mi pronunciación: “We shall not cease from exploration/ And the end of all our exploring/ Will be to arrive where we started/ And know the place for the first time”.

Una traducción castellana: “No debemos detenernos en nuestra exploración / y el fin de nuestro explorar/ será llegar allí de donde hemos partido/ y conocer el lugar por primera vez”

Después de muchas exploraciones somos reconducidos también nosotros allí de donde hemos partido, es decir, al acontecimiento del Concilio Vaticano II, pero todo el trabajo alrededor de él ha sido en vano porque en el sentido más profundo sólo ahora estamos en condición de conocer el lugar por primera vez, es decir, de valorar su verdadero significado desconocido para los mismos padres del concilio. Esto permite decir que el árbol crecido desde el concilio es coherente con la semilla de la que ha nacido. En efecto, de qué ha nacido el acontecimiento del Vaticano II. Las palabras con las que Juan XXIII describe la conmoción que acompaño, dice él, “el repentino florecer en mi corazón y en mis labios de la simple palabra concilio, la emoción tiene todos los signos de una inspiración profética”, de una inspiración de lo alto.

En el discurso de clausura de la primera sección, él, Juan XXIII, habló del concilio, al pie de la letra como “un nuevo y deseado Pentecostés que enriquecerá abundantemente a la Iglesia de energías espirituales”. Al comienzo de la segunda sección del Vaticano II, Pablo VI encargó al cardenal Suenens que conmemorara oficialmente a Juan XXIII. El orador que había estado entre los más cercanos al difunto pontífice en la preparación del concilio, describió así lo que esto era en las intenciones del Papa: para él no era ante todo una reunión de los obispos con el Papa, un encontrarse juntos en el plano horizontal, era antes que todo un encuentro colectivo de todo el colegio episcopal con en el Espíritu Santo, un encuentro vertical, la apertura total a una inmensa efusión del Espíritu Santo, una especie de nuevo Pentecostés”.

A cincuenta años de distancia sólo podemos constatar el pleno cumplimiento por parte de Dios de la promesa hecha a la Iglesia por boca de su humilde servidor el beato Juan XXIII. Si hablar de un nuevo Pentecostés nos parece que, es por lo menos exagerado, vistos todos los problemas y controversias surgidas en la Iglesia después de y a causa del concilio, no debemos hacer otra cosa que ir a releer los Hechos de los Apóstoles y constatar cómo no faltaron problemas y controversias ni siquiera después del primer Pentecostés y no menos en sentido que los de hoy.

* Desgrabación de la disertación del padre Raniero Cantalamessa sobre el Concilio Vaticano II, Universidad Católica Argentina, 11 de octubre de 2012, realizada por Florencia Bailo, vicedirectora de la Revista Consudec, tomado del video de la UCA.