Santiago de Chile.- Tras las elecciones municipales, nuestro país entra en la campaña presidencial y parlamentaria. Los sectores de derecha ya están disponiendo sus piezas en el tablero, los ex ministros Lawrence Golborne y Andrés Allamand serán los rostros en esta primera etapa. En la oposición, el nombre de Bachelet parece imponerse por su propio peso. En los próximos meses debe resolverse con mayor nitidez el panorama político, hay tres cuestiones a resolver: mecanismos de elecciones primarias, los programas de gobierno y las estrategias para atraer electores.

Los partidos y conglomerados deben tejer una estrategia de seducción no solo para enaltecer la figura de su candidato sino, y muy principalmente, una estrategia capaz de seducir, aunque sea parcialmente, a ese incierto “electorado oscuro” que se abstuvo en los comicios municipales. Para que esto sea posible se requiere que el proceso por el cual se instala una candidatura sea percibido como democrático y transparente. Es decir, las elecciones primarias en la Alianza y en la Concertación resultan indispensables. A esto se suman las eventuales candidaturas alternativas que bien pudieran darnos más de una sorpresa.

Si ya el mecanismo de elecciones primarias y las estrategias para atraer a parte de los abstencionistas plantea tensiones y problemas al interior de los distintos conglomerados, la elaboración de un programa de gobierno será también un sendero pedregoso y cuesta arriba. Esta dificultad se advierte tanto en los candidatos de derechas como en aquellos de centro-izquierda. Es claro que la UDI y RN oponen visiones distintas del país al que aspiran, lo mismo puede decirse de los pactos al interior de la Concertación.

Otra cuestión crucial es que el abstencionismo instala una dosis mayúscula de incertidumbre que dificulta el análisis y los pronósticos. De hecho, las últimas elecciones municipales mostraron la insuficiencia de las encuestas como instrumento para escrutar el universo de los votantes y sus tendencias. El “electorado oscuro” compromete el diseño de estrategias político – comunicacionales adecuadas de todos los actores políticos del país. Nadie sabe con certeza a quién dirigirse ni, mucho menos, con qué argumentos. La cuestión no es baladí en la medida que una campaña de alto costo, pero mal orientada puede significar el fracaso de una candidatura.

Por último, la campaña presidencial que ya ha comenzado no debe opacar la elección parlamentaria, pues es en ésta donde se juegan las distintas fuerzas en el poder legislativo y, en consecuencia, cualquier posibilidad de reformas políticas o económicas en nuestro país. Las posibilidades del próximo gobierno, cualquiera que sea, estarán condicionadas por la composición del Congreso. Las elecciones del año que viene poseen una característica inusual en nuestro medio, en ella se juega la continuidad de la derecha en el poder o la restitución de una figura reformista de centro-izquierda. Así, las elecciones presidenciales adquieren un mayor “suspenso” fruto de la incertidumbre abstencionista y de un mayor contraste frente a un gobierno de derechas.

¿Cómo enfrentar la abstención?

Una abstención del 60% no es una buena noticia para los partidos políticos progresistas y democráticos, pues supone desmovilización y apatía política. La abstención se instala en las antípodas de cualquier proyecto de cambio democrático. Podríamos afirmar que la abstención da buena cuenta de un “círculo vicioso”: No se concurre a votar porque la institucionalidad política está, reconocidamente, viciada; sin embargo, seguirá viciada, a menos que una amplia mayoría de votantes decida cambiarla.

Para los partidos democráticos y progresistas hay solo un modo de superar esta situación: crear un “círculo virtuoso”: Es imprescindible expresar la voluntad ciudadana, aún en un sistema turbio, precisamente, para modificarlo. La tarea no es fácil, pues se trata de un desafío político de largo aliento que va más allá de una cierta coyuntura electoral. Sin embargo, en lo inmediato, los partidos democráticos deben recuperar una vieja tradición en la política chilena, insertarse en las organizaciones y movimientos sociales y desplegar allí su discurso.

Los abstencionistas constituyen una mayoría muy heterogénea que reconoce un núcleo duro e irreductible para quienes no-votar es una opción política consciente. Sin embargo, una gran parte de la abstención no se encuentra en ese núcleo sólido y corresponde a ciudadanos capaces de volver a votar puestos ante los estímulos adecuados. La tarea de los partidos políticos democráticos es generar, justamente, tales estímulos en forma de “mensajes” nítidos que marquen la diferenciación respecto a los oponentes de derecha. Tal como se ha dicho, una elección presidencial y parlamentaria va a convocar a más votantes que una elección municipal. Esto es cierto en la medida que el contraste entre los candidatos sea más “dramático” y, al contrario, menos atractivo si todo se juega en sutiles matices. Con todo, dado lo breve de los plazos, invertir los porcentajes, sobre todo en una segunda vuelta, ya sería un logro.

No se trata de caer en una suerte de fariseísmo político y culpabilizar la abstención, pues, en definitiva, hay una coincidencia básica entre el abstencionismo y las ideas democráticas, ambas posturas son críticas frente a la institucionalidad real y existente. La única diferencia es que la abstención implica un rechazo pasivo, mientras que los partidos democráticos anhelan una oposición activa a través del voto. El dato no es menor, porque no se trata de convencer al “electorado oscuro” de que el actual estado de cosas es indeseable sino de hacerlo transitar desde la resignada pasividad a la acción democrática por antonomasia: Votar.

Para que un elector, por opaco que sea, se decida a hacerse parte del rito electoral es fundamental que conciba que “su participación” es importante para “Algo”, así con mayúsculas. Ahora bien, si el quehacer político es percibido como degradado, ese “Algo” no podría ser sino el compromiso de un cambio sustancial de la actual condición. En palabras sencillas, el ciudadano desencantado volverá a votar en la medida que percibe que con su voto está abriendo paso a “otra democracia” en que él o ella encuentren su lugar.

* Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS.