Denuncian que Estados Unidos mantiene en Japón 135 bases militares con cerca de 54 mil soldados, mientras que en toda Corea del Sur tiene cerca de 40 mil efectivos La presencia militar norteamericana en Asia cuenta con el respaldo incondicional de los gobiernos de Seúl y Tokio, independiente de las polémicas entre esos dos países.

En toda Corea del Sur, Estados Unidos tiene dislocadas decenas de bases militares, cerca de 40 mil elementos de tropas y puntos coheteriles enfilados hacia Corea del Norte y regiones de China.

El régimen surcoreano incrementa sus afanes bélicos y logró instrumentar planes para dotarse de cohetes de alcance medio, con un rango superior a los 400 kilómetros en un programa que ronda los tres mil millones de dólares hasta el año 2017. De igual forma, opinan diversos especialistas, mantiene un tono bien agresivo en relación con la República Popular Democrática de Corea (RPDC) y esboza incluso la posibilidad de un primer golpe contra su vecino.

El actual gobierno de Seúl prevé para 2013 un presupuesto de defensa del 5,1% por encima del actual, algo más de 25 mil millones de dólares, lo cual significa una cifra sin precedentes. A tales planes se suman los proyectos para construir una sofisticada base en la isla de Jeju, a solo 300 kilómetros de la línea costera china y que forma parte de la política de Washington de un llamado escudo antimisiles en la región.

La obra, valorada en más de 970 millones de dólares, servirá para albergar proyectiles estadounidenses de largo alcance y una veintena de navíos equipados con la más avanzada tecnología bélica. En Jeju, una exótica región natural y declarada Patrimonio de la Humanidad, tanto la población como el gobierno local se oponen a esos planes, pospuestos en más de una ocasión por tales causas.

La isla, de acuerdo con argumentaciones de la cúpula gobernante de Seúl, incluida jefes militares como el general Shin Won-sik, es considerada un punto estratégico al estar a 300 kilómetros de las costas de China y ser punto de confluencia de varias importantes rutas marítimas en Asia-Pacífico.

El caso de Japón

La presencia militar de Estados Unidos en Japón adquiere últimamente especial relevancia por las propuestas de Washington de reinstalar una base en la isla de Okinawa y la indecisión de Tokio al respecto. De acuerdo con los más diversos datos, ni la reciente visita a esa ínsula del primer ministro Yoshihiko Noda ha logrado consenso entre las dos partes, a pesar de un pacto bilateral en ese sentido firmado en 2006.

Japón mantiene sus tradicionales vínculos de cooperación militar con Washington y los incrementa en particular en la prefectura de Okinawa, donde se autorizó la operación de los controvertidos aviones de despegue vertical Osprey. Particularmente en Okinawa, con apenas 1.300 kilómetros cuadrados y alrededor de un millón 400 mil habitantes, se ubican más del 70% de todas las instalaciones militares estadounidenses en territorio japonés, y sus habitantes piden abiertamente la retirada de los norteamericanos, quienes la cedieron en 1972 a la administración de Tokio.

La historia de Okinawa, la prefectura más austral de Japón, resurge en la actualidad con una inédita sucesión de hechos si se comparan con los de cualquier otra nación del mundo donde Estados Unidos se ha inmiscuido a su conveniencia. Formada por unas 160 islas, de las cuales solamente 44 están habitadas, la región es símbolo de pugnas jurídicas, sociales y medioambientales entre Estados Unidos y el llamado país del Sol Naciente.

Esa controversial historia se remonta a 1945, cuando como resultado de sangrientos enfrentamientos en medio de la Segunda Guerra Mundial, murieron más de 150 mil personas, una buena parte de ellos civiles. Entonces la batalla de Okinawa fue el escenario donde Washington probó ataques directos con enormes bajas y que según diversas fuentes, decidieron al presidente Harry Truman ordenar los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki.

No fue hasta 1972 que Estados Unidos concedió a Japón volver a tener jurisdicción sobre la prefectura, en violación de todos los convenios internacionales y hasta cierto punto con el beneplácito o el silencio de los diversos regímenes de Tokio. A partir de ese año, Okinawa mantuvo una presencia abrumadora de bases militares estadounidenses y la continua actuación contra civiles y el medioambiente, con datos corroborados en la práctica.

Las 15 instalaciones militares del Ejército y la Marina de Guerra de Washington generan accidentes, casos dramáticos de violación de niñas y mujeres, y la oculta existencia de almacenamiento de armas nucleares. Este último hecho fue denunciado en 2006 en el Boletín Científico Atómico por los expertos Robert S. Norris, William Arkin y William Burr, pero nada concreto sucedió y tampoco se divulgó el lugar donde se ubican esas armas.

Desde 1995, a raíz de la violación y asesinato de una niña japonesa de 12 años, se constituyó la Organización de Mujeres de Okinawa contra la Violencia Militar, la que hoy denuncia otro hecho similar protagonizado por soldados estadounidenses.

Durante los últimos meses, incluido el actual gobernador de la prefectura Hirokasu Nakaima, un amplio movimiento social en Okinawa reclama el derecho a la vida pacífica, con la denuncia de la reciente instalación de aviones tipo Osprey en el territorio. Tal movimiento, el cual incluye a las más variadas organizaciones y grupos sociales y políticos, pide la retirada de la presencia militar de Washington y de los Osprey, causantes al menos de dos graves accidentes en el país.

Desde la capital de la zona, Naha, se protestó y protesta por la falsificación histórica, entre otras cosas el hecho de ocultar la obligación al suicidio de miles de personas por los militares del gobierno imperial japonés. Las últimas denuncias contemplan daños al medio ambiente, accidentes y crímenes de las tropas estadounidenses, en particular en el llamado Campo Schwab, donde entrena la Infantería de Marina. Ruinas históricas como la de las seis fortalezas Gusuku, declaradas Patrimonio de la Humanidad, están amenazadas y se ubican en la violación por parte de Estados Unidos de tres convenciones de Naciones Unidas sobre los temas expuestos.

En la actualidad, organizaciones populares e, incluso, funcionarios locales, exigen el cierre de las instalaciones militares. Asociaciones como la de No bases militares en Japón, denuncian que en el país “existen 135 bases estadounidenses con cerca de 54 mil soldados”, de los cuales el 75% se concentra en Okinawa. Para otros y tal es el caso del gobernador del departamento de Yamaguchi Sakinari Nii, es inaceptable el traslado de esos asentamientos de uno a otro territorio del país por los riesgos y el malestar que genera entre la población.

Por otra parte, Estados Unidos desarrolla una amplia cooperación logística con las llamadas Fuerzas de Autodefensa de Japón y ubica en su territorio un contingente de expertos y tropas superior a los 50 mil hombres, además de varios puertos para el abastecimiento y estancia de buques de la Séptima Flota, encargada de la cobertura en el Pacífico.

Organizaciones sociales, políticas y medioambientalistas, tanto japonesas como surcoreanas, denuncian el incremento de la presencia militar estadounidense y que incluye el almacenamiento de armas nucleares en sitios no determinados pero notificados por las más diversas fuentes, incluidos especialistas de Washington.

En la isla surcoreana de Jeju y en Okinawa, Japón, con sitios históricos declarados Patrimonio de la Humanidad, el afán bélico ignora las encuestas y el clamor popular, que demuestran una creciente y constante oposición al incremento militar. Para nadie es un secreto que la intensificación de la presencia de Estados Unidos cuenta con un respaldo práctico de Seúl y Tokio como nunca antes, dirigido al aumento de tensiones con objetivos finales de supremacía económica sobre la base de la fuerza.

* Jefe de la Redacción Asia y Oceanía de Prensa Latina.