(CUBARTE).- Desde siempre, un aluvión de cuerdas punteadas invadió los países que rodean ese que los romanos llamaron mare nostrum y que la geografía nombra como Mediterráneo, porque divide y comunica tierras de Europa, de África y de Asia. La balalaika, la cítara, la bandurria, la mandolina, la vihuela, se punteaban del mar Negro a Chipre, de Turquía hasta Italia, de Nápoles a Andalucía y Portugal.

En el año 711, el bereber Tarik ibn Ziyad, acaudilla los contingentes árabes que, cruzando el estrecho de Gibraltar, invaden España, liquidan el poder visigodo en la península Ibérica y establecen una dominación que terminará completamente casi ocho siglos después, cuando los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón toman la ciudad de Granada, el último bastión musulmán.

La leyenda achaca la culpa de la invasión al conde don Julián, cuya hija, Florinda, había sido deshonrada por el rey don Rodrigo. Es Don Julián quien arregla con los árabes la invasión de España.

En el largo tiempo de la dominación árabe, entra en España otro instrumento de cuerdas, proveniente del norte de África, la zona musulmana más próxima a España. Desde España, el laúd se extenderá a casi toda Europa, haciéndose fundamental en el desarrollo de la música renacentista. Pero del laúd transformado surgirá en España un nuevo instrumento de cuerdas, que presumiblemente tome su nombre de la antigua cítara.

Se llamará guitarra y le incorporará a las cuerdas cantantes del laúd, un registro de cuerdas graves, capaces de producir unos bajos que el instrumento árabe no tenía. Se dice que del laúd deriva también el banjo norteamericano.

La guitarra tiene únicamente seis cuerdas, muchas menos que el laúd, pero esta combinación de agudos y graves (la prima que canta y el bordón que llora, escribe el poeta Manuel Machado) le dará la condición de instrumento tan completo como el piano.

La guitarra arraiga inmediatamente entre los españoles, lo mismo en el ámbito culto que en el popular. Entra en América con los conquistadores españoles, mientras en la España del siglo XVIII y del XIX, tiene uno de sus grandes cultivadores en el polifonista Fernando Sor (1778-1839), pero es en el siglo del Romanticismo, el pleno XIX, cuando la guitarra encuentra uno de sus hitos, en el trabajo de Francisco Tárrega (1852-1909).

A pesar del trabajo de varios precursores, no es hasta Tárrega que la guitarra se convierte en un instrumento de concierto. Tárrega se radica durante varios años en París, donde traba contacto con músicos de la talla de Isaac Albéniz y Felipe Pedrell, gran estudioso de la música española, y editor de la obra del más importante músico renacentista español, Tomás Luis de Victoria.

Tárrega, además de extraordinario y limpio ejecutante del instrumento, es compositor y además, autor de versiones para la guitarra de obras de Handël, Mozart, Chopin o el propio Albéniz. Pero de enorme importancia fueron sus composiciones enraizadas en la tradición española como Alborada, Capricho árabe y Danza mora. Tárrega, valenciano, se establece finalmente en Barcelona, donde funda su escuela e irradia su prestigio hacia todo el mundo, preferentemente el hispánico.

En España, la guitarra es adoptada por los gitanos, pueblo nómada y con arraigo en el medio oriente y prácticamente en todos los países de Europa. Los gitanos incorporan al desempeño de la guitarra las que los musicólogos llaman las “notas frigias”, que evoca la sonoridad asiática, la de la escala pentatónica, a contrapelo de la música occidental.

Preferentemente hacia el sur español, en el antiguo Al Andalus de los omeyas, aparece un cante que se llama flamenco, aludiendo al Flandes, que fuera posesión española, pero también se le llama hondo o, con la hache aspirada de los andaluces, jondo.

Había dicho que, de la mano de los conquistadores llega la guitarra a América, y aquí, necesariamente va a seguir las rutas que las culturas de los diversos pueblos del continente: los esquilmados y muchas veces exterminados pueblos autóctonos, desde el norte hasta el sur; los pueblos europeos que llegan como conquistadores; los africanos, que son traídos como esclavos a diversos países de lo que será América (Estados Unidos, el Caribe y Centroamérica, Venezuela. Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Argentina, Uruguay).

La guitarra va a ser un instrumento esencial en el devenir de la música popular de muchos sitios y, por supuesto, de Cuba. Hacia la mitad del siglo XIX están ya a punto los factores que van a integrar la cultura nacional cubana. El campesino cubano canta sus tonadas acompañándose de la guitarra, y cuando hay grupos musicales de más categoría, junto al canto puntea el propio laúd.

En Ronda había nacido Vicente Espinel, a quien se atribuye la creación de la quinta cuerda de la guitarra. Fue autor de una novela picaresca que se tituló Vida del escudero Marcos de Obregón, pero su gloria mayor proviene por haber fijado la estructura definitiva de la décima. Tanto, que se la llamado espinela. La décima es una estrofa barroca propia de la poesía culta. En ella escribe Calderón de la Barca el famoso monólogo de Segismundo, en La vida es sueño.

No se sabe por qué, al venir a América, la culta décima se convierte en popular y, pese a su complejidad, se convierte en la estrofa en la que van a improvisar los poetas repentistas campesinos, sobre todo en el área del Caribe, en países como Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Venezuela y Panamá.

En 1857 Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, “El Cucalambé”, publica Rumores del hórmigo, libro que fija definitivamente la décima como la estrofa de la poesía popular campesina. La guitarra no iba únicamente por ese camino.

En 1851, en Bayamo, el músico Carlos Castillo le confiaba a su amigo Carlos Manuel de Céspedes la disputa que había tenido con su esposa, Luz Vázquez. A Céspedes se le ocurrió, para propiciar la reconciliación, que Carlos compusiera la música de una canción para ella y él convocó a otro amigo, el poeta José Fornaris, para que escribiera el texto de la canción dedicada a Luz. Prefirieron los tres, darle a la canción el nombre de la orgullosa ciudad a la que pertenecían: se llamó La bayamesa, y fueron los tres, quizás acompañados por otros amigos músicos, a cantar la canción en la ventana de Luz Vázquez.

Las guitarras sonaron esa noche, como nunca antes habían sonado en Bayamo. Emergió de esa serenata la reconciliación de los esposos. Tanto, que un nuevo hijo nació de ella. Pero allí comenzó a aparecer la tradición de una canción que ya expresaba los valores de una nación que comenzaba. La bayamesa es, sin duda, la piedra fundacional de nuestra canción trovadoresca.

Pero como se desarrolla esa canción, siempre al amparo de la guitarra, es el tema de un siguiente artículo.

* Poeta, narrador e investigador, doctor en Ciencias Filológicas y profesor titular de la Universidad de La Habana. Fue redactor de la revista Mella (1961), secretario de redacción de Cuba (1965-1966), cofundador y jefe de redacción de El Caimán Barbudo (1966-1967) y secretario de redacción de RC (1967). Obtuvo la Medalla por la Educación Cubana y una Distinción por la Cultura Nacional.